Harrison (The Level 1) 22. Bufete de abogados Chase, Chase y Waite, Canary Wharf
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22. Bufete de abogados Chase, Chase y Waite, Canary Wharf

Bufete de abogados Chase, Chase y Waite, Canary Wharf

Harrison

—¿Dónde coño estabas? —rujo, entrando como una furia en el despacho de Russell—.

Se ha ido. Ese cabrón la tiene en un avión camino de Chicago en este mismo momento.

—Levanta una ceja y se recuesta en la silla.

Hay que borrarle esa sonrisita de suficiencia de la cara, y rápido.

Tengo los nervios a flor de piel; la rabia me brota por cada poro.

Mientras yacía en el suelo húmedo, maniatado como un cerdo en el matadero, me prometí a mí mismo que, si salía de allí con vida, la familia Chase no iba a dirigir mi vida a partir de ahora.

Había llegado la hora de priorizarme a mí y a mis deseos.

—Ha elegido irse —dice sin más—. Lo ha elegido a él. Típico de Violet, largándose cuando le conviene. Si quieres mi opinión, estamos mejor sin ella.

—Puta mentira —gruño—. ¿Te lo ha dicho tu papi? ¿Ha conseguido convencerte otra vez de que él no es el malo de la película? ¿De que la decisión la ha tomado otro? —Frunce el ceño y se endereza en el asiento—. Y tú eres lo bastante gilipollas para creértelo.

—Mide tus palabras —espeta—. Recuerda con quién estás hablando.

Avanzo hacia su escritorio y apoyo las manos sobre el cristal pulido; dejaré las huellas de los dedos y eso lo cabreará. El despacho de Russell lo limpian dos veces al día; siempre está impoluto.

—¿Y con quién estoy hablando? —pregunto, fulminándolo con la mirada—.

¿Con Russell Chase, el hombre, o con Russell Chase, la putita de su padre?

—Se levanta de un salto de la silla, se inclina sobre el escritorio y me agarra por el cuello de la camisa.

Tira de mí hasta que nuestras narices casi se tocan.

—No me provoques —advierte, apretando más fuerte.

—¿Qué vas a hacer, Russ? ¿Matarme? ¿Deshacerte de mí?

¿O solo darme una paliza? No me das miedo, no eres más que un puto matón.

—Gruñe como un perro mientras me burlo de él—.

Pero no puedes librarte de mí, ¿verdad? Valgo demasiado aquí dentro.

Si yo me fuera, los clientes se irían, y lo sabes.

Soy dueño de un tercio de este bufete, y me lo llevaré si es necesario.

Suéltame antes de que te complique más la vida.

Se ríe entre dientes y luego me suelta el cuello de la camisa. —¿Y cómo me ibas a complicar la vida? El perrito faldero eres tú, no yo. El caso de caridad de mi padre. Lo que tienes te lo ha dado mi familia. No eres más que el chico de la zanja.

—Le contaría a tu padre lo de tu pequeño negocio secundario —le digo, ignorando sus puyas, y sus ojos se abren como platos—. No creo que le hiciera mucha gracia saber que su hijo se acuesta con el enemigo.

—No sabes nada —escupe, caminando hacia una nevera de cristal llena de cervezas en una esquina. Abre la puerta, saca una lata y se la bebe de un trago, luego coge dos más de la nevera.

—Sé que has estado vendiendo información sobre los negocios de tu padre a sus competidores. Por eso ha estado perdiendo en sus últimas pujas inmobiliarias. Las pujas que tú has estado haciendo por él.

—Chorradas. —Aun así, me mira con recelo, lo que me dice que tengo razón.

La acusación fue un tiro al aire, pero alguien tenía que estar pasando a los competidores de Edward Chase la información sobre sus ofertas en propiedades por todo Londres.

Ha perdido cuatro seguidas; no está acostumbrado a una situación así.

Con cada pérdida, su ira aumenta un grado—.

Las he estado comprando yo mismo —concede Russell.

Esa confesión no me la esperaba. Intento que no se me caiga la mandíbula al suelo.

—¿Por qué? —pregunto, realmente perplejo—. ¿Por qué te arriesgarías a eso? Que se entere podría ser mortal para ti.

—Porque quería enseñarle que no puede ganar todas las putas competiciones. Que no es el hombre más poderoso del mundo. Que se le puede vencer —dice con un suspiro, y luego se deja caer de nuevo en su silla. Me siento frente a él. El ambiente de confrontación desaparece al instante.

—Puedo entenderlo —digo con sinceridad—. Es duro sentir que tu vida no te pertenece. —Me lanza una de las latas de cerveza que sostiene. La cojo al vuelo y la abro; la espuma me cae sobre los dedos—. Estás jugando con fuego, Russ. Si se entera, no quiero ni pensar en lo que te haría.

—Me mataría. Sería visto como un traidor a la familia. Embolsándome individualmente lo que debería ser parte de la fortuna familiar. —Se ríe por lo bajo—. La fortuna que él controla.

—Se están llevando a Violet en contra de su voluntad —digo, intentando reconducir la conversación ahora que está más calmado—. Cuando llegué al avión, Marley la tenía inmovilizada en la cama. —Sonríe con suficiencia—. A ella no le hacía ninguna gracia. Le pegué un tiro en el hombro.

—¿Le pegaste un tiro? —Una vez más, sus ojos se abren de par en par por la sorpresa.

—No se morirá por eso; creo que atravesó el músculo.

Pero amenazó con matarme si ella no se iba con él —continúo—.

Luego, sus hombres nos ataron a los cuatro y nos dejaron en el suelo para que nos encontraran más tarde.

—Escucha atentamente mientras rememoro los acontecimientos de antes, cuando perdí a Violet una vez más.

—He llamado a mi padre esta mañana. Me ha dicho que se fue por voluntad propia. Lleva años con Marley —dice.

—Con engaños. No es de él de quien está enamorada —rebato, manteniendo mi mirada fija en él. Necesito asumir esto, asumir toda la verdad.

—¿Y, en tu opinión, a quién ama? —pregunta bruscamente.

—A mí. Me ama a mí. —Hago una pausa para que las palabras calen—. Y yo la amo a ella.

—¿Cómo es eso posible? —responde, poniendo los ojos en blanco—.

Te acostaste con ella una vez y no la has visto en años.

Es una idea ridícula. Tienes que sacártela de la cabeza.

Acostarte una vez con una mujer no significa que la ames.

Vete y cómprate un coño. Olvídate de Violet y deja que vuelva a meterse bajo su piedra de Chicago.

—Lo de mi apartamento no fue la primera vez que estuvimos juntos —admito.

Entrecierra los ojos. —¿Cuándo?

—El último verano antes de que se fuera a Glasgow.

Justo después de cumplir los dieciocho. He estado loco por ella desde entonces.

—Va a abrir la boca, pero levanto una mano para hacerlo callar—.

Déjame hablar. Escucha lo que tengo que decir antes de explotar.

—Se eriza, pero mantiene la boca cerrada—.

Ese verano solo ocurrió una vez, pero fue especial.

Llevaba meses resistiéndome a ella, lanzándole miradas a escondidas cuando creía que nadie miraba.

—Todos sabíamos que la estabas mirando, joder —masculla—. ¿Cuántas veces te aconsejaron que mantuvieras las distancias?

—Lo intenté, Russ, pero… —Dejo la frase en el aire, sin saber cómo explicar lo que siento.

—¿Cómo puedes estar seguro? —cuestiona—. No os conocéis. Apenas habéis estado juntos.

—Es la única mujer que me ha hecho sentir así.

Niega con la cabeza mientras una sonrisa se dibuja en sus labios. No me cree. Russell no cree en el amor.

—Lo que sí sé es que no está con Aiden Marley por elección.

Y aunque no quiera estar conmigo, está claro que no quiere estar con él —afirmo con rotundidad—.

Ayúdame a traerla a casa. Luego, si decide que no me quiere, me iré.

Te cederé a ti y a Connor mi parte del bufete, os traspasaré mis clientes y me marcharé.

—Sus ojos escrutan mi rostro, buscando algún truco.

No lo hay. Renunciaría a todo lo que tengo para asegurarme de que Violet Chase estuviera a salvo, ella y su hijo.

Pero ruego que me quiera si me ofrezco a ella, si tengo la oportunidad de hacerlo—.

¿Qué me dices? Sé que nuestra relación se ha deteriorado en los últimos años.

No me ves como el hermano que yo veo en ti.

—Traga saliva visiblemente—. Ayúdame a salvar a tu hermana. Los dos la queremos.

—No estoy seguro de que mi hermana necesite que la salven —dice—. Ella se hizo la cama, pues que duerma en ella.

—Y en ella está —anuncia Connor al entrar en el despacho, oyendo el final de nuestra conversación—.

Literalmente. Está en su antigua habitación en la mansión.

He hablado con mamá. —Nos quedamos los dos boquiabiertos mirándolo—.

Al parecer, la bala que le metiste a Marley hizo un poco más de daño de lo que pensabas.

Tuvieron que desviar el avión antes de que se desangrara.

—Se ríe a carcajadas—. Una pena, la verdad, habría sido una buena forma de quitárnoslo de en medio.

—¿Dónde está ahora? —pregunta Russell.

—También está en la mansión, atendido por el personal de enfermería privado de padre.

—Connor nos mira a ambos—. Mamá dice que Violet se ha vuelto a encerrar en su habitación y se niega a salir.

Le he preguntado cuál era la situación con Marley.

Me ha dicho que no quiere volver a Chicago.

—Se centra en su hermano—. Padre ha aceptado que Aiden se quede con Violet a cambio de sus continuos servicios.

—¿Servicios? —escupe Russell, claramente confundido—. ¿Qué clase de servicios?

—Negocios, supongo. No sé los detalles y mamá tampoco.

Pero está preocupada por Violet y quiere que la ayudemos a salir de allí.

—Toma aire—. Russ, nuestra hermana nos necesita.

Por una vez, tenemos que plantarle cara a nuestro padre y hacer lo que creemos que es correcto.

—Russell asiente, pero no habla; la sangre se le ha ido del rostro solo de pensar en desafiar a su padre.

Connor se vuelve hacia mí—. Si quieres a mi hermana como dices, te apoyaré para que estéis juntos.

—La amo con todo mi ser —le digo con determinación—. Quiero que viva la vida que ella quiera, me incluya a mí o no. —No responde a mis palabras, solo me mira de arriba abajo. Callado, reservado y profundo, así es Connor Chase.

—Violet tiene una ecografía en la clínica de maternidad privada de la ciudad el viernes —continúa Connor—. La llevará mamá. Habrá un par de guardias, pero no les permitirán entrar en el hospital.

—¿El viernes? Faltan tres días. ¿Y si la toca antes? Prácticamente la estaba forzando cuando los encontré en el avión —digo. Mi rabia hierve bajo la superficie. Quiero ir a buscarla ahora mismo.

—No está en condiciones de hacer nada por el momento —responde con una sonrisita—. Drogado hasta las cejas mientras se cura, al parecer. Mamá lo mantendrá alejado unos días con el pretexto de cuidar de Violet y del bebé. Tiene un plan; tenemos que confiar en ella.

—¿Confiar en tu madre? ¿No sigue las instrucciones de tu padre sin rechistar?

—Normalmente, sí. Pero se trata de su hija. Quiere lo mejor para ella y, por alguna extraña razón, parece pensar que lo mejor eres tú. —Abre mucho los ojos—. Acepta la ayuda. No tienes que arreglar esto tú solo. —Me agarra del hombro—. La sacaremos de allí, y entonces podrá rechazarte ella misma.

—Supongo que tienes un plan —interviene Russell.

—Por supuesto —responde Connor—, pero podemos hablarlo esta noche en The Level.