Harrison (The Level 1) 23. La residencia de la familia Chase, Kensington
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23. La residencia de la familia Chase, Kensington

La residencia de la familia Chase, Kensington

Violet

Tumbada en la cama de mi infancia, con la vista clavada de nuevo en el techo, desaparece cualquier esperanza de salir de esta maldita situación.

Me quedé sentada en el lujoso asiento de cuero, mirando a Harrison por la ventanilla del avión mientras despegábamos.

Él y sus amigos parecían completamente indefensos, atados y amordazados como estaban, con su intento de rescate desbaratado.

Vino a por mí como dijo que haría, pero nunca llegué a irme con él.

En ese momento, solo recé para que los hombres de Aiden no lo mataran. Solo quería que le permitieran vivir.

Llevábamos una hora de vuelo cuando Aiden se desmayó por sus heridas.

La bala de Harrison le había rozado la arteria braquial del hombro.

La herida no era lo bastante grave como para causarle la muerte, pero había perdido tanta sangre que tuvimos que dar media vuelta.

Nos trajeron directamente a casa de mis padres, donde nos esperaba un equipo médico.

Entré por la puerta principal y subí a mi habitación sin preocuparme por el cabrón que será mi compañero de vida. Mi marido.

La única persona con la que he hablado es mi madre. Me trajo el desayuno a la mañana siguiente. No hablamos; no hay nada que decir. Mi vida está planeada. Tengo que sobrevivirla.

***

Llega el viernes por la mañana. He pasado el tiempo aquí, en mi habitación.

No he visto a Aiden ni a mi padre. Mis hermanos también han estado extrañamente ausentes.

No estaban en el aeródromo, así que supongo que no participaron en mi fallida huida.

Quizá estén de acuerdo con mi padre en que el mejor lugar para mí es Chicago.

Nadie me informa día a día de los futuros preparativos que se están llevando a cabo, no es que yo tenga ningún plan al que pudieran afectar.

Cada pocas horas, alguien aparece con una bandeja de comida y un vaso de agua, ya sea un miembro del personal de la casa o mi madre. Esta mañana le ha tocado a ella.

Oigo la llave en la cerradura. Quitaron el cerrojo del interior de mi puerta y empezaron a encerrarme al día siguiente de mi regreso.

—Tu padre dice que si vas a dejarnos fuera, nosotros te cerraremos con el pestillo —me dijo mi madre—.

Si quieres empezar a actuar como una adulta y a bajar, te abriremos la puerta, pero hasta entonces te trataremos como la adolescente irritable que estás hecha.

—Repitió sus palabras exactas—. Este es el mensaje de tu padre —dijo, suavizando el tono—, no mío.

Yo también me quedaría aquí. —Había dejado la bandeja de comida que llevaba en el suelo y me había abrazado antes de reanudar su actitud distante.

El pequeño atisbo de emoción me pilló por sorpresa y me vi obligada a apartarme de ella para contener las lágrimas.

Ahora, entra en la habitación sin ninguna bandeja. En sus manos hay un suave vestido rosa de manga larga y mis zapatillas Converse. Sigo en la cama, envuelta en mi edredón. No hay nada por lo que levantarse. Coloca las prendas sobre la barandilla de la cama y luego se sienta a mi lado.

—He concertado una ecografía privada para ti en una clínica de Westminster hoy —dice mi madre, sin más. Levanta la mano hacia mi cara y me aparta un mechón de pelo del ojo—. Ahora, vístete y baja a desayunar.

—¿Por qué?

—¿Y por qué no? Has tenido una semana estresante y quiero asegurarme de que mi nieto está bien. —Se levanta y se limpia las palmas de las manos en la falda blanca que lleva puesta.

—Te la vas a manchar —murmuro, y ella se ríe entre dientes.

—Mi ropa no es mi prioridad hoy. Tú sí, Violet.

Tenemos que ir a la ciudad para esta ecografía para asegurarnos de que los dos estáis bien.

Solo seremos nosotras y un par de guardias; quizá hasta podamos ir de compras para el bebé.

—Sonríe feliz mientras se me encoge el corazón.

Lo último que quiero hacer es ir de putas compras—. Hoy es un día importante.

—Es solo una ecografía. Estoy bien, madre —discuto—. No es necesaria.

—Puede que encuentres allí algo que no esperas —contesta—. Siempre es mejor comprobarlo. —Perpleja, la veo salir de la habitación saltando, más animada de lo que la he visto desde que volví a Londres.

El suave vestido rosa se desliza sobre mis curvas, la tela se estira para adaptarse a mi creciente cintura.

El bajo termina un par de centímetros por debajo de mi rodilla.

Mis fieles Converse son como llevar zapatillas de estar por casa; sienta bien tenerlas de nuevo en mis pies.

Me las habían quitado cuando llegué aquí, ya que, según mi padre, las chicas no deberían llevar calzado informal.

Tacones y ropa femenina en todo momento.

Me sorprendió verlas en la mano de mi madre, pero no iba a discutir.

Después de pasarme el cepillo por el pelo, me aplico una ligera capa de maquillaje y bajo a desayunar.

Mi madre está de pie junto a los fogones, removiendo algo. —Fuera hace frío —dice—. Os he hecho unas gachas. —Mis labios se contraen automáticamente al pensarlo. Recuerdo las gachas de mi madre, tan espesas que se podían pisar—. No pongas esa cara —me regaña—. Necesitas energía para hoy.

—Madre, es una ecografía. Nos llevarán en coche de ida y vuelta. Padre probablemente insistirá en que me esposen a uno de sus matones durante todo el puto proceso —contesto, sonando como la adolescente petulante de la que me ha acusado antes.

—Esa lengua —dice bruscamente, golpeando el borde de la olla con su cuchara de madera y levantándola después para señalarme—. Las reglas de esta casa no han cambiado, Violet Chase. Las señoritas no usan malas palabras bajo mi techo.

—Pero los chicos pueden soltar tacos como el puto Mick Jagger —mascullo.

—Violet —retumba el vozarrón de mi padre—, has oído a tu madre.

Cuida tu lenguaje. —Sus siguientes palabras son más bajas, pero la ira es clara en su tono—.

Es un detalle que te dignes a honrarnos con tu presencia.

Empezaba a pensar que no querías estar aquí.

—Está detrás de mí, pero aún no me he girado para mirarlo.

Verlo podría hacerme reír, llorar o explotar.

No sé qué reacción sería la mejor. Así que me mantengo centrada en mi madre, la mujer que creo que está de mi lado, pero no puedo estar segura.

—Date la vuelta y mírame, pequeña desagradecida de mierda —gruñe. Trago saliva y enderezo la espalda, y luego me doy la vuelta.

—Buenos días, padre —digo con los dientes apretados.

—Son las hormonas —dice mi madre—. Edward, ya recuerdas cómo me ponía yo cuando estaba embarazada. Un minuto tan feliz como una perdiz y al siguiente sollozando en la almohada.

Sus labios se curvan en una sonrisa taimada.

—Sí, pero tú no eras desafiante. Esta sí, y necesita aprender a pasar por el aro, como todas las mujeres deberían.

Ni siquiera ha preguntado cómo está su futuro marido después de que le dispararan.

—Nos mira a mí y a mi madre, y luego a mí de nuevo—.

Estará bien y debería poder volver a tu cama esta noche, te alegrará saberlo.

Cuando regreséis de esta ecografía, os mudaréis a las habitaciones de invitados con Aiden.

Él te pondrá al día entonces sobre los preparativos para tu regreso a Chicago.

—Se ríe con sorna—. Esperemos que sin interrupciones ni experiencias cercanas a la muerte.

Voy a hablar, pero mi madre me interrumpe.

—Perfecto —canturrea, dando una palmada.

Un olor a quemado empieza a emanar de la olla de potingue que tiene delante, y se me revuelve el estómago—.

Una vez que hayamos comido, Violet, subiremos a tu habitación y trasladaremos tus cosas al cuarto de invitados.

—La miro y me devuelve una sonrisa radiante—.

Te hará mucha ilusión tenerlo de vuelta contigo después de estos meses tan difíciles.

Imagínate, gracias al amor incondicional de Aiden y a la paciencia de tu padre, tendrás tu final feliz.

—Me giro por completo esta vez y la miro boquiabierta, sin saber qué decir.

La situación que se está planteando no podría estar más lejos de un final feliz ni aunque lo intentara.

—Escucha a tu madre —espeta mi padre—. Ella sabe lo que es mejor para ti. Es el modelo de esposa para un hombre como yo. Deberías intentar hacer lo mismo por Aiden. Acepta el resultado y amóldate a la mejor versión de lo que se requiere. —Sin decir una palabra más, se da la vuelta y se va.

Mi madre vierte un cazo de gachas en un cuenco y me lo pasa por encima de la encimera con una cuchara. Me siento en un taburete. —Come —me anima, y luego levanta la vista como si buscara espectadores—. Todo saldrá bien, hija mía. Confía en mí.

***

El Range Rover oscuro espera en el camino de entrada perfectamente pavimentado.

Las ventanillas están tintadas para que nadie pueda ver el interior.

Un hombre vestido con un característico traje negro, camisa blanca y con un pinganillo me abre la puerta para que entre en el asiento trasero.

Otro hombre, vestido igual, está sentado en el asiento del conductor.

Mi madre se desliza a mi lado y sonríe. Me coge de la mano mientras el primer hombre se sube al asiento del copiloto.

—Buenos días, señora —le dice a mi madre.

—Buenos días, Jonathan —contesta ella amablemente—. ¿Sabe dónde está la clínica?

—Sí, señora. Mason nos dejará en la entrada principal. Yo la acompañaré adentro y luego volveré a la puerta principal a esperar —dice—. Luego, cuando estén listas para irse, puede enviarme un mensaje para que entre a buscarlas.