21. Casa de la familia Chase, Kensington
Casa de la familia Chase, Kensington
Violet
He oído hablar mucho del chico que está sentado frente a mí.
Harrison. Mi hermano, Russell, lo sacó de una zanja hace ocho años y mi padre lo acogió bajo su protección.
Sé que vive en un centro de menores, pero mi familia va a financiarle los últimos años de estudios en un colegio privado a partir del año que viene.
Todos los viernes, mi padre va a visitarlo y a ayudarlo a estudiar.
A mí nunca me habían dejado conocerlo hasta hoy.
Es el chico más guapo que he visto en mi vida.
Mis ojos están imantados a él; no puedo dejar de mirarlo.
—Violet —espeta mi madre—, pásale las patatas a Connor. ¿Tienes los oídos llenos de cera? —Harrison me dedica una sonrisa descarada y me da un vuelco el estómago.
—Lo siento, madre —murmuro, pasando el plato y bajando la vista hacia la comida. Como en silencio el resto de la cena.
A las ocho, el chófer de mi padre llega para llevar a Harrison de vuelta al centro de menores.
Se acerca, me coge de las manos y me da un beso en la mejilla.
—Ha sido un placer conocerte, Violet —dice.
Apenas hemos hablado, pero me he dado cuenta de que me ha estado observando desde que llegó—.
Feliz Navidad. —El corazón me late con más fuerza mientras habla.
Se despide de mis hermanos chocando los cinco.
Los tres se llevan muy bien y quedan a menudo los fines de semana; nunca aquí, se ven en parques o donde él vive.
Mi padre le aprieta el hombro y le promete que lo verá pronto mientras mi madre le entrega una caja llena de dulces.
Con un último adiós, el primer chico por el que he sentido un flechazo sale por la puerta.
***
Octubre de 2022
Harrison
Hunter está sentado frente a mí en mi cocina.
Su teléfono descansa en la encimera, en silencio.
Tiene varios coches apostados alrededor de la mansión de los Chase.
No ha habido ningún movimiento evidente.
Damon y Marshall han ido a unirse a ellos en la vigilancia.
Russell y Connor se han dirigido a la oficina y están esperando noticias.
Son las diez de la mañana y Hunter va por su tercer whisky.
Ninguno de nosotros ha dormido. La señora D.
, que llegó a las nueve para trabajar, le ofreció a Samantha una cama en mi cuarto de invitados.
—Alcohol a estas horas de la mañana, señor Devane —dice la señora D., asqueada, mientras mete una colada en la lavadora.
—Si hay que hacerlo, se hace —responde él con una sonrisa, y ella pone los ojos en blanco.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte, señor Waite? —pregunta—. Esta no parece una mañana normal. Si necesitas que realice otras tareas, no dude en decírmelo.
—Es Violet —le digo, y me mira—. Está en peligro y estamos intentando localizarla.
Traerla de vuelta antes de que se la lleven a Estados Unidos.
—La señora D. sabe casi todo lo que pasa aquí, en nuestra torre de cristal en lo alto del cielo.
Sabe que no somos abogados ni agentes de la ley normales.
Sabe que Hunter Devane no es un hombre de negocios que se mantenga siempre en el lado correcto de la ley.
La mujer no es estúpida y no estoy dispuesto a tratarla como si lo fuera.
—¿Estados Unidos? —pregunta, frunciendo el ceño—. ¿Por qué tendría que volver a Estados Unidos? —Antes de que pueda responder, el teléfono de Hunter se ilumina con una llamada. Lo coge, contesta y se lleva el auricular a la oreja.
—Devane —espeta al teléfono. La persona al otro lado habla rápidamente y Hunter asiente—.
Os alcanzaremos —dice—. Os tengo localizados.
—Corta la llamada y se vuelve hacia mí—.
Tres Mercedes negros han salido de la casa.
Las ventanillas son tintadas, así que no pueden ver quiénes son los pasajeros.
Mi equipo los va a seguir. Damon y Marshall se quedarán quietos por si hay algún otro movimiento.
—Vale, ¿en qué dirección iban?
—Hacia el aeropuerto —dice Hunter—. Tenemos que movernos ya.
Mientras cojo las llaves, miro a la señora D., que me observa atentamente. —¿Puedes quedarte aquí y cuidar de Samantha cuando se despierte? —Ella asiente—. Gracias.
Con una sonrisa comprensiva, dice: —Ve y tráela a casa. Estoy lista para cuidar de Violet también cuando esté aquí. —Nos miramos un momento, sus ojos marchitos sosteniendo los míos, llenos de ansiedad—. Ve a por tu chica. Tu familia.
—Waite, vamos —espeta Hunter, y salgo corriendo tras él.
Nuestro trayecto hasta el garaje en el ascensor transcurre en silencio.
Mi compañero está concentrado en el punto azul que se desplaza por la pantalla de su teléfono, que deja de moverse cuando el ascensor desciende: se ha interrumpido la conexión.
En cuanto se abren las puertas, corremos hacia mi coche y montamos.
Hunter conecta su teléfono al sistema de navegación y el puntito azul reaparece en la pantalla de mi coche.
Con un giro de la llave, el motor cobra vida y partimos en busca de la mujer que amo.
El tráfico de Londres durante el día es una tortura. Serpenteo entre los coches lo mejor que puedo. —Han llegado al aeropuerto —dice—. Los tres vehículos se han detenido frente a la entrada privada del aeródromo.
—¿Están tus hombres allí?
—Por supuesto. ¿Cómo crees que lo sé? Y Damon acaba de llegar.
—Me mira de reojo y luego vuelve a concentrarse en su pantalla—.
Pisa a fondo, Waite. —Hundo más el acelerador al incorporarnos al tráfico de la autopista.
Hay mucho, pero se mueve con fluidez y, en diez minutos, estamos circulando junto al aeródromo.
Es uno privado y pequeño, no el aeropuerto al que esperábamos que la llevara.
Hay un jet privado con el nombre Marley pintado en el lateral.
Joder, le debe de ir mejor de lo que pensábamos, o está cogiendo el dinero de sus clientes y gastándoselo para uso personal.
Los tres vehículos negros están aparcados a su lado, con todas las puertas aún cerradas.
Nos detenemos detrás del discreto Ford Focus gris de Damon, que utiliza cuando no quiere que lo reconozcan.
Abro la puerta del conductor al mismo tiempo que él y ambos salimos, caminando el uno hacia el otro.
—Has traído el Ferrari —dice, con el rostro contraído por la molestia—. A la mierda la vigilancia. Pasar desapercibidos. —Levanta las cejas para enfatizar su argumento.
—Es el coche más rápido que tengo —replico.
—Vamos, ven conmigo —murmura y me hace una seña para que lo siga. Me subo al asiento trasero de su coche discreto mientras Hunter entra por el otro lado.
—Yo también voy —declara.
—No, tú no —le dice Damon. Hunter ignora el comentario y se acomoda en el asiento—. Devane, sal del coche.
—No —dice—. No pienso perderme la diversión. —Marshall se ríe mientras Damon suspira y conduce hacia la entrada del aeródromo.
—Hoy va a haber un puto lío que limpiar —murmura Damon—. Lo presiento.
Cuando nos acercamos a la entrada, un guardia de seguridad se aproxima al coche. —Buenos días, señores —dice—. ¿Puedo ayudarles?
—Sí —responde Damon; a todos nos han advertido que mantengamos la boca cerrada—. Inspector jefe McKinney. —Le pasa su placa al hombre—. Tengo razones para creer que un avión en sus instalaciones contiene mercancía robada. Necesito entrar para evaluar la situación.
—¿Tiene una orden judicial?
—¿Acaso la necesito? —responde—. Si no hay nada que encontrar, esta será una visita corta.
Mientras los hombres discuten, una de las puertas traseras de los coches negros que esperan se abre. Marley sale, vestido con un traje impecable y con un maletín. Se gira y se agacha hacia el coche, hablándole a alguien. Niega con la cabeza, luego se inclina y mete la mano en el vehículo.
—McKinney —digo, sin apartar los ojos de la escena que se está desarrollando—. Tenemos que entrar ahí. —Sigue discutiendo con el guardia de seguridad.
Violet pisa el asfalto. Su pelo oscuro está suelto alrededor de su cara; el ligero viento se lo alborota en todas direcciones.
Lleva un sencillo vestido negro de manga larga que cuelga de su delgada figura.
Parece algo que llevaría su madre. Aiden la tiene agarrada por la muñeca; la atrae hacia su lado y luego cierra la puerta de un portazo.
Ella se zafa de su agarre y él se gira para encararla.
No oigo lo que se dicen, pero es evidente que están discutiendo.
Dos de sus hombres se colocan entonces a su lado.
La cogen cada uno por un brazo y la escoltan hacia las escalerillas del avión.
—Tenemos que entrar ahí, joder —espeto, y Marshall se gira en su asiento para mirarme.
—Pues vamos, Maverick —dice, abriendo su puerta. Hunter hace lo mismo. Les sigo los pasos y corremos hacia la verja parcialmente abierta. Los tres lo conseguimos y nos deslizamos por el hueco, corriendo hacia el avión tan rápido como podemos.
—¡Alto! —resuena una voz de hombre detrás de nosotros.
Lo ignoramos y seguimos corriendo hacia el jet privado.
Observo cómo Violet sube las escaleras con los dos hombres corpulentos detrás de ella.
Aiden subió primero y ya ha desaparecido en la cabina—.
¡Alto o disparo! —grita nuestro perseguidor.
Suena un disparo y toda la gente en las escaleras se gira en la dirección del sonido.
Los dos escoltas de Violet bajan, dirigiéndose hacia nosotros.
Aiden reaparece. Ya estoy a pocos metros de ella.
Hunter saca la pistola de la cinturilla y dispara a uno de los matones en la pierna, haciendo que caiga al suelo.
Violet grita y, al levantar la vista, veo a Aiden arrastrándola escaleras arriba mientras yo llego abajo.
—Sube aquí, zorra testaruda —grita. Oigo un alboroto a mi espalda, pero no me giro para mirar. Mi único objetivo es alejarla de este maníaco mientras subo los escalones de dos en dos. Ella desaparece de mi vista.