Harrison (The Level 1) 20. La sala de juntas de The Level
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20. La sala de juntas de The Level

La sala de juntas de The Level

Harrison

—Cuéntanos otra vez lo que ha dicho —digo. Samantha arruga la cara, molesta, y se echa el pelo rubio por encima del hombro.

—Ha dicho —dice con una lentitud exasperante, enfatizando cada palabra— que su padre ha aceptado que vuelva a Chicago con el hombre casado que la dejó preñada.

—Ladea la cabeza, me mira fijamente y abre los ojos como platos—.

Ya sabes, el cabrón que la acorraló contra la pared de tu apartamento agarrándola por el cuello.

—Sí, ya sé quién es. No tiene ningún sentido.

—¡Esto es una mierda! —brama Russell, poniéndose en pie de un salto.

Da una vuelta furioso alrededor de la mesa y se inclina sobre la mujer sentada en la silla.

Estamos todos en The Level, nuestra pequeña banda de seis justicieros y esta mujer que no conocemos y que ha aparecido en mi puerta para decirme que van a casar a Violet con el hombre con el que se fugó hace años—. Mi padre no lo permitiría.

—¿Me estás llamando mentirosa? —sisea Samantha—.

Quítate de mi vista, arrogante de mierda.

—Russell se queda boquiabierto. Ella le da un empujón en el pecho—.

He dicho que te muevas, joder. —Él retrocede.

Todos observamos la escena asombrados. Samantha se levanta y lo mira, furiosa a más no poder.

Él es mucho más alto que ella; su delgada figura queda empequeñecida a su lado—.

Ni se te ocurra volver a invadir mi espacio, so salido. ¿Quién narices te crees que eres?

—Mi padre no permitiría que Violet volviera a Chicago con ese gilipollas —dice, con el tono de un colegial impertinente. Se cruza de brazos y la mira con los ojos entrecerrados. Ella no se mueve.

—No lo está permitiendo. Lo está organizando, joder.

Ponte al día, pedazo de idiota —dice sin rodeos.

Hunter suelta una carcajada y Russell lo fulmina con la mirada—.

¿Es que no has escuchado ni una palabra de lo que he dicho?

Tu padre ha sido cómplice todo este tiempo.

Dejó a Violet en Chicago porque el acuerdo le venía bien.

—Vaya, tiene agallas —grita Hunter desde el otro lado de la sala—. Me gusta. —Nadie le hace caso.

—No eres más que una puta barata —escupe Russell—. ¿Por qué íbamos a creerte?

Antes de que Samantha pueda responder, Connor se adelanta y le pone una mano en el brazo a su hermano.

La recorre con la mirada de arriba abajo.

Como de costumbre, se ha mantenido en la sombra hasta ahora.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —le dice, volviéndose hacia su hermano—.

¿Qué gana esta mujer viniendo aquí a mentir?

No tiene sentido. Los dos sabemos que no se puede confiar en nuestro padre.

Ambos hemos sufrido el lado más amargo de sus represalias.

—Pasa la mirada a Samantha—. ¿Mi hermana sigue en casa de nuestros padres? ¿Cómo puedes comunicarte con ella?

—Tiene un móvil. Tu madre le revisa los mensajes a diario.

Nos llamamos cuando podemos. Me ha ido contando trozos de la historia estas últimas semanas.

Hoy se ha arriesgado y me ha llamado en cuanto tu padre le ha dicho lo que iba a pasar.

Me ha dicho que contactara con Harry y le dijera que necesita su ayuda.

—Me mira y entrecierra los ojos—. Tienes que espabilar y dejar de huir de lo que sientes. Da la cara.

—No estoy huyendo de nada —respondo bruscamente—. Las cosas no son tan sencillas. Y no tienes ni idea de lo que siento.

—Reconozco a un hombre celoso cuando lo veo —dice con una sonrisita—. Y la idea de que Violet esté con otro hombre te está carcomiendo por dentro. Cuando he mencionado que se iba a casar, casi se te salen los ojos de las órbitas.

Me había apoyado de espaldas a la pared para tener una vista completa de la sala mientras Russell tenía su crisis.

Hunter y Damon están sentados frente a mí en unos sillones de cuero.

Marshall está a la cabecera de la mesa de cristal, de pie pero en su sitio.

Russell y Connor están de pie junto a Samantha, a mi derecha.

Ella se aparta de ellos y se acerca a mí, deteniéndose justo delante de mis narices. Me escruta la cara con la mirada.

—Harrison —dice—, ¿intentas decirme que no la quieres?

—Las palabras dichas en voz alta son aterradoras.

Yo no quiero a nadie y nadie me quiere a mí —.

¿Irrumpiste en Guilty Pleasures como un oso porque no te importa?

—pregunta—. Me has arrastrado hasta aquí arriba y has llamado a todos estos hombres para que vinieran a ayudar en mitad de la noche porque lo que sientes por Violet no es más que algo platónico.

—Sus labios se ensanchan en una sonrisa.

Unos dientes blancos y brillantes relucen entre unos labios de color rubí—.

¿Es eso lo que intentas hacerme creer? Porque te digo desde ya que no está funcionando.

—No tengo que darte explicaciones —respondo. Mi voz es serena, pero por dentro soy un caos. Samantha me ha calado. Quiero a Violet, aunque no quiera admitírmelo a mí mismo.

—Quizá no —dice encogiéndose de hombros—.

Pero os debéis, al menos, la sinceridad sobre lo que sentís el uno por el otro.

Y… —hace una pausa y se pasa una mano por el pelo.

Aunque es descarada, esta mujer está nerviosa de estar aquí con nosotros—.

Ella no merece que la abandonen a una vida en la que es el segundo plato de un cabrón que no la respeta, un gilipollas malvado que la ha comprado. Tenemos que sacarla de ahí como sea.

—En eso estoy de acuerdo. Tenemos que impedir que se la lleve de vuelta a Estados Unidos. —Miro por encima de la cabeza de Samantha, hacia Russell y Connor, que están detrás—. ¿Me ayudaréis? —les pregunto—. Pienso hacerlo con o sin vuestro apoyo. Yo sí creo lo que nos está contando Samantha.

—Te ayudaré aunque estos cabezas huecas no lo hagan —interrumpe Marshall, acercándose para ponerse a mi lado—.

No hay forma de que deje que esa mujer suba a un avión de vuelta al sitio del que huyó.

Esté Edward Chase metido en esto o no, si hay algo de verdad en lo que se está diciendo, entonces tenemos que intervenir.

—Mira a Samantha—. Nos conocemos desde hace un tiempo…

No eres una mentirosa. Te he visto lidiar con situaciones horribles en el club y mantener la dignidad.

Creo que nos estás contando lo que te han dicho.

Y es nuestra responsabilidad averiguar la verdad de la situación.

—Gracias, Marshall —dice ella, y su cuerpo se relaja visiblemente con sus palabras.

Damon y Hunter se levantan y rodean la mesa para unirse a nosotros. Una mano fuerte me aprieta el codo. —Lo que necesites, Waite —dice Damon—, estaremos los dos a tu lado.

—Desde luego —asiente Hunter. Lanza una mirada a los hermanos Chase, que están de pie observando cómo se desarrollan los acontecimientos—.

¿Qué me decís, chicos? ¿No es hora de que vuestro padre aprenda que no puede mangonearos a todos?

Si lo que dice esta señorita resulta ser cierto, y si a vuestra hermana la dejaron en Chicago por orden de vuestro padre, entonces a vosotros también os han mentido.

—Tenemos que averiguar la verdad, Russ —dice Connor. Su hermano asiente, pero no habla. Se sienta en la silla más cercana, y todos seguimos su ejemplo y tomamos asiento alrededor de la mesa para discutir nuestro próximo movimiento.

Una hora más tarde, Samantha sujeta el móvil con ambas manos mientras contempla la ciudad.

El sol ha empezado a asomar por encima de los tejados.

Le mandó un mensaje a Violet hace treinta minutos, pero todavía no ha habido respuesta.

—Normalmente responde en minutos —dice, con la voz cargada de ansiedad.

—Todavía es de madrugada —le digo—. Probablemente esté durmiendo, e imagino que tendrá el móvil en silencio. No querrá llamar demasiado la atención. Violet es lista. ¿Sabes si habla con alguien más fuera de la casa?

Niega con la cabeza.

—¿No lo sabes o no lo hace?

—No lo hace.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Mi número es uno de los pocos permitidos en su móvil.

Creo que solo el mío y el de tus padres.

Todo lo demás está bloqueado. Solo le dejan hablar conmigo porque consiguió convencerlos de que no tenía contactos que pudieran ayudar.

—Fija la mirada en la pantalla en blanco como si quisiera obligarla a iluminarse con un mensaje—.

¿Y si han estado escuchando sus llamadas?

¿Y si saben que me pidió que viniera aquí? ¿Que buscara ayuda?

—Si eso es cierto, la trasladarán. De todos modos, tendrán que hacerlo, con lo avanzado que está su embarazo. Imagino que Aiden querrá que vuelva a Chicago pronto. —Justo cuando voy a abrir la boca, su móvil se ilumina con el nombre Violet . Samantha contesta y se lleva el teléfono a la oreja.

—Hola, Violet, ¿eres tú? ¿Estás bien? —pregunta rápidamente. Le doy un golpecito en el hombro; sus ojos se clavan en mí.

—Pon el manos libres —le digo, y hace lo que le pido.

—Sí, soy yo —susurra Violet. Mis nervios se calman un poco al oír su voz—.

Estoy bien. ¿Has podido conseguir ayuda?

Las cosas están avanzando rápido aquí, hay muchos hombres en la casa.

Mi padre ha venido hace diez minutos y me ha dicho que hiciera la maleta porque me voy esta noche.

—Se le escapa un sollozo y le arranco el teléfono de las manos a Samantha.

—Vi —digo con firmeza—, vamos a sacarte de ahí. No puedes entrar en pánico, no es bueno ni para ti ni para el bebé.

—Harry —jadea—, te ha encontrado. Necesito tu ayuda. No puedo volver a Chicago. Me encerrará. Seré su prisionera. —Todos los hombres de la sala observan en silencio—. Tengo miedo.

—¿Dónde estás ahora? —le pregunto, ignorando su tono de pánico. Necesitamos toda la información posible de ella para trazar un plan. Tengo que mantenerla calmada.

—En mi habitación. He cerrado la puerta con pestillo, pero vendrán a por mí pronto.