Harrison (The Level 1) 19. Residencia de la familia Chase, Kensington
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19. Residencia de la familia Chase, Kensington

Residencia de la familia Chase, Kensington

Violet

Seis semanas. Seis largas semanas bajo arresto domiciliario con mis padres.

Cada día es igual. Mi padre desaparece casi todas las mañanas antes de que salga el sol y regresa cuando ya ha anochecido.

Mi madre se pasa los días en la cocina o preparando algo en la casa para complacerlo.

Unos hombres patrullan los jardines con armas de fuego y cuchillos atados a la cintura.

El poco tiempo que he pasado fuera, me observan atentamente mientras deambulo por los vastos jardines.

No podría huir aunque quisiera; no hay escapatoria.

He podido conservar el móvil. Mi madre revisa mi historial de llamadas y mis mensajes a diario.

La única persona con la que he estado en contacto es Samantha.

Ha sido esencial para mi cordura. Hablamos de su trabajo y de las otras chicas del piso donde viví durante un corto tiempo.

Me cuenta historias que me hacen sonreír, sobre todo de sus horrendas experiencias en citas, que parecen ocurrir cada semana.

Espero que le permitan visitarme pronto.

Mi padre ya no me mira con el mismo desdén que al principio. Me estoy portando bien.

***

Es una tarde fresca de otoño cuando recibo un mensaje de mi padre para que me reúna con él en su despacho a las cuatro.

Quiere hablar de mis planes de futuro. Me ducho y me seco el pelo lentamente antes de aplicarme una capa de maquillaje.

Llevo un sencillo vestido de flores que me llega a las rodillas.

La suave tela se desliza sobre mi vientre, en el que se ha formado una pequeña tripita en las últimas semanas.

Después de ponerme las bailarinas, me doy un último vistazo en el espejo y me dirijo al estudio de mi padre.

Su puerta está cerrada. La madera oscura es antigua, pero ha sido lijada y pulida hasta alcanzar un gran brillo.

Me quedo fuera cinco minutos, sin querer entrar para enfrentarme a él.

Oigo su voz grave al otro lado, hablando con alguien por teléfono.

Su tono es brusco y molesto, pero siempre es así.

Dirige su negocio del mismo modo que a su familia: con brutalidad.

Una vez que deja de hablar, golpeo suavemente la puerta.

—Entra —ladra, y yo abro la puerta. Está sentado en el sillón orejero de cuero rojo, detrás de un pesado escritorio de madera.

Las paredes están repletas de estanterías llenas de volúmenes antiguos.

La colección de libros raros de mi padre está valorada en millones y es su orgullo y su alegría.

Nadie puede abrir un libro sin su permiso.

A los doce años me dio con la vara por quitar uno de la estantería—.

Violet —dice mientras me mira a los ojos—, gracias por ser tan puntual.

—Echa un vistazo a su reloj—. Has llegado en punto.

—Quería verme, señor —digo dócilmente, apartando la mirada de la suya. Si lo miro durante mucho tiempo, mi cara reflejará mis pensamientos. Sabrá que no siento ningún respeto por el malvado dictador que es.

—Sí. Tras seis semanas en casa con tu madre y conmigo, parece que te has vuelto a adaptar a nuestro estilo de vida.

Te agradezco tu cooperación. —Se echa hacia atrás en la silla y se cruza de brazos sobre el pecho—.

Siéntate, ponte cómoda. No te irás de aquí en un buen rato. Tenemos mucho de qué hablar.

—Gracias por aceptarme de vuelta después de haberlos avergonzado tanto a usted y a mi madre. Después de abandonar a mi familia y mis responsabilidades como su hija. —Sonríe oscuramente ante mis palabras—. Lo siento, padre. Señor. —Tomo asiento en la silla idéntica que hay frente a él.

—Agradezco tu disculpa —dice—, pero en cierto modo es innecesaria.

Lo que empezó como la desgarradora desolación de que mi hija se hubiera marchado se convirtió en una oportunidad.

Un lucrativo acuerdo comercial. —Mi rostro se contrae en confusión, y él se ríe—.

Como decía, tenemos mucho de qué hablar.

Pero primero, tengo buenas noticias para ti.

—Se inclina, pulsa un botón de su intercomunicador y luego habla por el micrófono—. Ya puede entrar.

La puerta se abre de inmediato y entra un hombre que nunca pensé que volvería a ver.

Aiden Marley entra en el despacho de mi padre vestido con su característico traje de diseño y una camisa blanca perfectamente planchada.

Sonríe, como solía hacer cuando me veía después de semanas separados, cuando yo estaba desesperada por verlo, aquellos días en los que mi corazón se llenaba de alegría con su presencia.

Mi padre se levanta y se acerca a él, estrechándole la mano de forma dramática. —Me alegro de que haya podido acompañarnos, Aiden. Será mejor que le demos a Violet la increíble noticia juntos. Sé que se va a alegrar muchísimo.

Me llevo la mano a la garganta al recordar la última vez que lo vi, cuando me aprisionó contra la pared en el apartamento de Harry.

Cuando me cortó el aire que llegaba a mi tráquea, a pesar de que sabía que estaba embarazada de su hijo.

Los moratones que me dejó marcaron mi piel durante días como un recordatorio de lo violento que se había vuelto.

Un hombre al que nunca conocí de verdad.

—Violet —dice Aiden—, estás radiante. El embarazo te sienta bien.

—Se acerca a mí, se inclina y me da un beso en la mejilla.

Me aparto de él; se eriza, pero no dice nada.

Miro a mi padre en busca de orientación.

Me ignora y vuelve a su silla. Aiden se sienta a mi lado.

Intenta cogerme la mano, pero la aparto de su alcance y la coloco en mi rodilla.

—Te estarás preguntando de qué va todo esto —dice mi padre, y yo lo fulmino con la mirada. —No me mires así, señorita —me reprende—. Esta situación es el resultado de una que tú creaste hace catorce años. Aunque no fueras consciente de ello.

—Padre, señor, no lo entiendo.

Levanta la mano para hacerme callar. —Si mantienes la boca cerrada, te lo explicaré —gruñe—.

Te contaré los planes a partir de ahora y cómo va a progresar tu vida.

Pero entiende, hija mía, que no hay nada que discutir.

Los tratos están cerrados y los papeles, firmados.

Tu vida y la de la criatura que llevas en el vientre están trazadas.

Mi atención pasa de mi padre al hombre sentado a mi lado. Un hombre al que antes adoraba y ahora desprecio. Un hombre que me arrancó la juventud con mentiras. El hombre cuyo hijo está en mi vientre.

—Como sabes, cuando vosotros dos empezastéis una relación —mi padre nos señala a los dos mientras empieza su relato—, Aiden y yo éramos socios comerciales lejanos.

Su agencia de publicidad dirigía el equipo de ventas de nuestra empresa inmobiliaria.

Fue una empresa de éxito en muchos sentidos.

Ambos estábamos obteniendo un buen rendimiento de nuestro trabajo e inversión, además de hacer contactos positivos en muchas ciudades importantes de todo el mundo.

—Así fue —asiente Aiden, y los hombres se sonríen. Mi padre se levanta de la silla y se dirige al mueble donde guarda sus preciados güisquis. Sirve dos generosos vasos, le pasa uno a Aiden y se queda con el otro, y luego vuelve a sentarse en su silla. Los hombres brindan en silencio.

—Entonces se te ocurrió, Violet, seguir a tu corazón infantil al otro lado del Atlántico y presentarse en la puerta de Aiden.

Él se quedó de piedra, por decirlo suavemente.

Yo era consciente de que tu relación había progresado más allá de que él se interesara por ti, aunque no es que me hiciera mucha gracia. —Mi padre se ríe entre dientes.

—Recuerdo esa llamada —añade Aiden—. Me alegro de que no estuviéramos en la misma ciudad esa noche. Podrían haber encontrado mi cuerpo en una tumba de agua. Estaba usted que echaba chispas. —Los hombres vuelven a levantar sus vasos en señal de acuerdo silencioso.

—Esa noche que llegaste a Chicago —dice mi padre—, él me llamó y me dijo dónde estabas. Con el tiempo, llegamos a un acuerdo. Algo que nos convenía a los dos.

—¿Un acuerdo? —pregunto, confundida.

—Como Aiden te tenía cariño, quería quedarse contigo.

De verdad, Violet, no creerás que no podría haberte traído a casa si hubiera querido.

Pudiste quedarte en Chicago porque yo te lo permití.

—Junta las yemas de los dedos, apoya los codos en el escritorio y se inclina hacia delante—.

Este hombre ha sido un socio leal desde entonces.

Lo considero uno de mis amigos más cercanos.

Hemos trabajado bien juntos. Ha dirigido algunas de mis operaciones más lucrativas, y todo lo que tuve que hacer fue darle a mi hija. Fue un sacrificio que valió la pena.

—Sigo pensando que me llevé la mejor parte del trato —replica Aiden.

Se vuelve hacia mí y levanta una mano para acariciarme la mejilla.

Cierro los ojos ante su contacto, incapaz de mirarlo—.

Fuimos muy felices juntos, ¿verdad, princesa?

—Vuelvo a abrir los ojos y lo miro con una expresión insulsa.

Lo que de verdad quiero hacer es escupirle, pero sé que no sería una medida muy inteligente.

La situación en la que me encuentro es peligrosa. Tengo que ser dócil.

—Entonces todo se fue a la mierda en verano con el reportaje y ese maldito equipo de béisbol —continúa mi padre—.

Le dije que ese trato era una mala jugada.

—Aiden levanta las manos y asiente hacia mi padre en señal de rendición.

Ambos hombres ríen—. Desapareciste sin dejar rastro, saliendo a escondidas del país y presentándote en el apartamento de Harrison Waite.

Solo para huir de nuevo. —Pone los ojos en blanco—.

Hay un cierto patrón aquí, hija mía. Cuando las cosas se ponen difíciles, sales por patas.

—Eso ya no será necesario —interrumpe Aiden—. Nuestro aprieto está resuelto.

—¿Aprieto? —siseo, y él sonríe con malicia.

—Por desgracia, a Marissa no le hizo ninguna gracia descubrir que tenía una amante.

Se llevó a los niños y solicitó el divorcio.

—Se encoge de hombros—. Alguien la llamó y le habló de ti.

Sospecho que fue uno de tus hermanos. No es que sea un problema, la familia nunca fue uno de mis objetivos.

Era algo bueno que tener de cara a la galería.

Siempre preferí estar contigo, princesa.

Mi padre golpea su escritorio con el pequeño mazo que guarda para restablecer el orden cuando las reuniones se le van de las manos. Ambos volvemos a prestarle atención.

—Así que, como Aiden está ahora en proceso de divorcio, nuestro acuerdo original se restablece —dice mi padre sin rodeos.

Me mira, esperando mi reacción—. Volverás a América con él y reanudarás tu vida a su lado.

Él es el padre del niño que llevas en tu vientre.

Una vez que su divorcio con Marissa finalice, os casaréis discretamente.

La vida volverá a una versión mejor de lo que era.

Tendrás a tu hombre, y tu hijo tendrá a su padre.

Estos últimos meses serán como si nunca hubieráis existido.

Habréis desaparecido y quedaréis en el olvido.

—Te has quedado sin palabras, princesa —dice Aiden con una sonrisa sombría—. Yo sentí lo mismo. Una euforia total al saber que volverás a mí. Una vez más, serás mía.

—¡No voy a ir a ninguna puta parte contigo!

—grito, poniéndome de pie de un salto. La ira estalla en mí.

Aiden se levanta. Me vuelvo hacia él y le doy un golpecito en el pecho con el dedo—.

Hay un pequeño detalle que estás olvidando.

—Sonríe con suficiencia y levanta una ceja, interrogante—.

Yo no sabía nada de tu puta mujer y tus hijos. Me mentiste. No te quiero.

Me agarra la muñeca y aprieta. —No es tu decisión, princesa. Nunca lo ha sido. Has sido vendida. Eres mía a cambio de mi lealtad a tu padre y a sus operaciones. Volveremos juntos a Chicago.

—No me encuentro bien —digo, volviéndome hacia mi padre—. Por favor, ¿puedo ir a mi habitación? Necesito tumbarme. Tengo náuseas. —Él asiente, pero sonríe con malicia.

—Antes de que te vayas —dice Aiden—, tengo otra buena noticia para ti.

—Lo miro de reojo—. He reservado nuestra boda para febrero del año que viene.

Nuestro bebé nacerá en enero, supongo, por lo que me han dicho y calculando las fechas.

Mi divorcio estará finalizado antes de que acabe el año.

Para estas fechas, el año que viene, serás mi esposa. Seremos una familia, los tres.

—Una noticia increíble. Lo celebraremos ahora mientras discutimos los negocios —interviene mi padre, levantando de nuevo su vaso—. Duerme bien, hija mía —le grita a mi figura en retirada mientras salgo de la habitación.

De vuelta en mi cama, saco el móvil del cajón de la mesilla de noche.

El único número de contacto que tengo es el de Samantha; sé que mis mensajes están vigilados.

No puedo arriesgarme a que me pillen, pero no voy a volver a Chicago con ese lunático.

Rezando para que mi padre no haya llegado al extremo de grabar mis llamadas, marco su número.

El teléfono suena dos veces y luego se corta.

El corazón se me hunde. Unos minutos más tarde, mi móvil cobra vida con un zumbido.

—Hola, Samantha —contesto.

—¡Violet! —canturrea ella al otro lado de la línea—. Qué alegría saber de ti. Han pasado como tres horas desde que hablamos. —Se ríe, y mis labios esbozan una triste sonrisa. Hablar con mi amiga es la única luz en mi vida ahora mismo—. ¿Ya me echas de menos?

—Siempre —digo—. Necesito tu ayuda. Estoy en problemas.

—¿Cómo puedes meterte en problemas encerrada en una mansión? ¿Te has quedado sin té? —Se ríe de su propio chiste.

—Mi padre ha acordado que vuelva a Chicago y me case con el hombre que es el padre de mi bebé.

—Ella se queda en silencio. Durante las últimas semanas, le he contado toda la verdad sobre mi situación durante nuestras llamadas telefónicas—.

Por favor, escucha. Hay muchas cosas que no entiendes, pero necesito que le pases un mensaje a Harrison y a mis hermanos.

Tienes que decirles que estoy en problemas. Los necesito.