Harrison (The Level 1) 17. La casa de la familia Chase, Kensington #2
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17. La casa de la familia Chase, Kensington #2

—¿Qué tiene que ver el bufete de abogados con mi padre?

—pregunto confundida. La poca investigación que hice antes de regresar a Londres no mostraba ninguna conexión aparente entre él y el negocio.

Aunque no debería sorprenderme que la haya.

La idea de que permitiera autonomía a mis hermanos en sus carreras es de risa.

Nunca les daría la libertad de expandirse fuera de su control.

Siempre debe haber un beneficio en cada acción para Edward Chase.

—Cariño, basta de hablar por hoy. Tu padre siempre ha apoyado a sus hijos.

Ya lo sabes —dice, apretándome los dedos para tranquilizarme—.

Nada de esto es asunto tuyo. Descansa. ¿Has visto a un médico recientemente?

—Niego con la cabeza—. Eso es algo que tendremos que organizar.

Sea quien sea el padre —asiente hacia mi vientre—, este bebé sigue siendo mi nieto, y pienso apoyaros a ambos a partir de ahora.

Te quiero, hija mía. —Se inclina hacia delante y me planta un beso en la frente—.

Ahora, duerme y descansa. Todo parecerá mejor por la mañana.

Tu padre estará en casa. Se habrá echado tierra sobre el asunto y todos podremos seguir adelante.

—La veo levantarse y salir de mi habitación antes de meterme bajo el edredón.

El sueño no llega. A las tres de la mañana, estoy tumbada mirando al techo. Mi mente se acelera al pensar en qué tortura habrán podido infligir mi padre y mis hermanos a Harry.

***

Cuando tenía unos doce años, me levanté de la cama en mitad de la noche porque necesitaba un vaso de agua. De camino a la cocina, oí unos gemidos que venían del salón.

Al asomarme por la vieja puerta de madera, apareció un hombre.

Estaba atado a una silla, con las muñecas y los tobillos sujetos con bridas.

Mis hermanos estaban en un rincón observando, mientras mi padre y otros dos hombres rodeaban al prisionero.

—Ya veis, chicos —dijo él—. A veces, en los negocios, hay que jugar duro.

A veces, el castigo es necesario para asegurar que las personas adecuadas sigan en el poder.

Este hombre de aquí era un miembro de nuestra familia.

Una persona clave dentro de nuestra delicada organización, pero ha traicionado nuestra confianza al colaborar con nuestros enemigos, proporcionándoles información sobre nuestro funcionamiento interno.

Puso su pesada bota sobre el pie del hombre y presionó, y el hombre chilló de dolor. Fue entonces cuando vi el cuchillo que ya tenía clavado en el tobillo.

—Es importante que todo el mundo, tanto camaradas como enemigos, sepa quién manda.

La muerte de este hombre servirá de advertencia para otros que se sientan tentados a usurpar la cadena de mando.

—Mi padre sacó entonces un cuchillo del bolsillo y lo pasó por la garganta del hombre.

Todos vimos cómo se desangraba, aunque nunca supieron que yo estaba allí.

De ahí en adelante, mi padre, el hombre que debía protegerme, se convirtió en un individuo aterrador.

Alguien a quien no conocía. Un hombre peligroso al que tener vigilado en todo momento.

***

Mi mente regresa a mi situación actual. A Harrison y lo que podría haber sucedido o estar sucediéndole esta noche, qué clase de justicia habrán elegido mi padre y mis hermanos para él.

El pecho me duele al pensar en él, sabiendo los riesgos que ha corrido para estar cerca de mí y protegerme.

Lo único que sé es que tengo que verlo. Estar lejos de él permanentemente no es una opción.

A la mañana siguiente, bajo las escaleras atraída por el olor a beicon frito.

Mi madre está en la cocina con el mismo delantal que tenía cuando me fui hace años.

Fue un regalo que le hice por su cumpleaños cuando tenía trece años, una prenda de cuadros rosas que se ata a la cintura con las palabras La mejor mamá del mundo cruzando el pecho.

—Buenos días, cariño —dice cuando entro en la estancia.

Mi padre está sentado a la mesa bebiendo su café matutino mientras lee el periódico.

Lanza una mirada en mi dirección y vuelve a su tarea.

—Padre —digo con dulzura. Las palabras se me atascan en la garganta. Él gruñe—. Por favor, ¿podría darme mi teléfono?

—No.

—Quiero hablar con mi amiga, Samantha. Decirle que estoy bien.

—No.

—Dijo que si no contactaba con ella, llamaría a la policía después de que me sacaran del club.

—Él me mira, frunciendo el ceño de forma escéptica—.

Por lo que ella sabe, los hombres que me trajeron a casa no eran quienes decían ser.

—Tengo cuidado de no usar el nombre de Harrison—.

Necesito decirle que estoy a salvo. No querrá usted que la policía venga a la puerta.

Sin decir palabra, se levanta, saca mi teléfono de su bolsillo y me lo entrega.

—Quiero ver toda la comunicación que mantienes con quien sea —ladra—. Y no vas a salir de esta casa. ¿Me has entendido?

—Sí, señor.

—Cualquier tontería y te quedarás encerrada en tu cuarto hasta que eso —señala mi vientre— nazca y decidamos qué hacer con vosotros dos.

—Se me eriza la piel por su tono despectivo.

Mi genio amenaza con estallar. Reprimo mi ira, no queriendo contrariarlo.

No podré hacer lo que quiero si me está vigilando.

—Sí, señor —digo de nuevo. Siempre era señor cuando nos daba órdenes. Padre era un término que rara vez se usaba, y cualquier cosa más cariñosa era inaudita en nuestro hogar.

—Para asegurarme de que te portas bien y no vuelves a huir —dice mientras levanta una ceja—, permanecerás en esta casa en el futuro previsible.

No se te dejará sola hasta que yo esté satisfecho de que tu comportamiento ha sido corregido.

Pero dudo que seas tan estúpida como para fugarte una vez más.

Coge su teléfono y pulsa unos botones. Mi móvil pita en mi mano.

Una foto de Harrison aparece en mi pantalla.

Está atado a una silla. Le sale sangre de la boca y tiene un corte profundo en la mejilla.

Grito, dejando caer el teléfono al suelo.

Cuando lo recojo de nuevo, una gran grieta cubre el cristal, pero no hay forma de ocultar al hombre destrozado que aparece debajo.

—Esa era su advertencia, y también es la tuya —dice con una sonrisa de suficiencia—.

La próxima vez, me aseguraré de que su cara bonita quede desfigurada permanentemente.

Aléjate de él. —Miro fijamente la imagen en mi mano, sin parpadear, con las lágrimas asomando a los ojos.

Mi padre se marcha, y entonces siento los brazos de mi madre rodearme mientras lloro.