Harrison (The Level 1) 14. Hogar Lammerton para Niños
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14. Hogar Lammerton para Niños

Hogar Lammerton para Niños

Harrison

—Esta será tu habitación, Harry —dice la mujer, que tiene un parecido aterrador con la profesora del libro Matilda .

Es una señora corpulenta, con el pelo negro repeinado en un moño.

Tiene los rasgos marcados y la nariz un poco grande para su cara.

Lleva una chaqueta gris oscuro tan ajustada que se le han desabrochado los botones tres veces desde que he llegado.

La camisa blanca que lleva debajo está impoluta, con el cuello bien tieso.

Pone un pie, calzado con una bota pesada, en el diminuto dormitorio que tenemos delante y me hace una seña para que la siga—.

Vamos, no seas tímido. Esta es tu habitación. Tu propio espacio.

Avanzo mientras ella se queda junto a la puerta, sujetándola.

Al asomarme, espero que alguien salga de un salto para sorprenderme.

Eso era algo habitual en el último hogar para niños en el que estuve.

Dentro hay una cama individual con una manta azul claro, una cómoda y una mesa con una lámpara.

Me doy cuenta de que la pantalla gris está torcida; es evidente que está rota.

Todas las paredes son blancas, no hay cuadros ni dibujos.

Una pequeña ventana da al jardín inglés de abajo, lleno de rosales y árboles.

Durante los últimos doce meses, desde que me encontraron en la zanja, he estado en dos casas de acogida y en un hogar para niños.

Ninguno de ellos fue un lugar adecuado para mí; por lo visto, necesito apoyo adicional.

Eso es lo que dicen los mayores. Ojalá los otros niños dejaran de tomarme el pelo.

La gota que colmó el vaso con la familia Reynolds fue cuando tiré a su hijo, James, al estanque del jardín.

Me robó la galleta que me estaba comiendo, quitándomela de entre los dedos mientras estaba sentado en el columpio, disfrutando del sol de primavera.

Desde que llegué a la casa, no había parado de fastidiarme, burlándose de mí por ser el niño que encontraron en una zanja.

Después de tres semanas de tormento, estallé.

Mientras él se alejaba comiéndose mi merienda, corrí detrás y lo empujé directamente al estanque hecho a medida con peces exóticos.

Los servicios sociales vinieron a por mí esa misma noche.

—Bueno, Harry —dice la mujer, sacándome de mis recuerdos.

Levanto la vista hacia ella. Me dijo su nombre, pero no lo recuerdo.

Posiblemente ni siquiera quiera recordarlo.

Sin duda, esta será otra estancia corta.

Cada día que pasa, mi ira crece. Mi madre me ha dejado solo en un mundo que da miedo.

Nadie me quiere. Nadie me ama. Odiar a todo y a todos es más fácil que intentarlo—.

Harry —repite con firmeza. He apartado la mirada sin darme cuenta—.

¿Entiendes dónde está? ¿Y por qué estás aquí?

—Supongo —digo, encogiéndome de hombros—. Mi madre está muerta y no tengo dónde vivir. Así que se ha quedado usted conmigo. —¿Soy un niño malo que tiró a alguien a un estanque? —sugiero cuando no dice nada. Me mira fijamente durante otro minuto antes de ofrecer una explicación.

—Estás aquí, en Lammerton, porque tus otras acogidas no han tenido éxito.

—Eso ya lo sé, me lo explicó el asistente social—.

Pero tienes que entender que no hay ningún otro sitio después de Lammerton.

Se acabó. Así que, ya estés contento o triste, seas bueno o malo, te quedarás aquí, en este hogar con nosotros.

—¿Y si alguien quiere adoptarme? —pregunto, y ella sonríe con suficiencia.

—Los niños pequeños siempre son los últimos de la lista.

Sobre todo, los niños pequeños con mal genio.

Tienes que empezar a comportarte o este será tu hogar hasta que seas un adulto.

—La miro parpadeando, atónito. Todos los demás adultos que he conocido desde que perdí a mi madre han sido excesivamente amables, ofreciéndome caprichos y cogiéndome de la mano.

Todos quieren consolarme, ayudarme a «aceptar» mi pérdida.

Me da repelús. Esta mujer no ofrece nada de eso.

Me está advirtiendo que me comporte o me quedaré aquí atrapado para siempre. Un niño malo desechado en el vertedero.

—¿Cómo has dicho que te llamas? —mascullo con petulancia.

—Superintendente Deliah. Bien, instálate.

La cena estará lista en una hora. Enviaré a uno de los chicos a buscarte.

—Coloca sobre la cama la bolsa de basura negra con las pocas pertenencias que he ido reuniendo.

Ninguna es mía; todas me las han regalado las familias con las que he estado.

Lo único que todavía conservo es mi osito azul; lo llevo siempre a buen recaudo en el bolsillo de la chaqueta—.

Nos vemos en la cena — dice mientras se da la vuelta, sale y cierra la puerta tras de sí. Una vez más, estoy solo.

***

Cuatro semanas después de mudarme a Lammerton, he empezado a adaptarme a la estricta rutina con la que vivimos.

Todas las mañanas nos despiertan a las seis en punto.

El desayuno es a las siete y las clases empiezan a las ocho.

Los fines de semana los pasamos haciendo tareas en el recinto o ayudando a la comunidad local, si se fían de ti.

De mí no se fían. Pero la superintendente Deliah me ha dicho que está contenta con mi progreso desde que llegué.

Mi carácter está más controlado, sobre todo cuando uno de los otros chicos me molesta.

En mi segundo día aquí, un chico mayor intentó robarme el almuerzo.

Como respuesta, le volqué la sopa en el regazo, luego salté al banco a su lado y le di un puñetazo en la nariz.

La sangre le salió a borbotones por toda la mesa y le estropeó también la comida a su amigo.

Ahora nadie se me acerca. No he hecho amigos, pero es mejor así: no puedes perderlos.

Es una tarde cálida de junio cuando la superintendente me dice que tengo una visita. —Harry, hay alguien aquí que ha venido a verte —dice.

—¿Quién? No tengo a nadie que pueda venir a verme.

—Paciencia, espera y verás. Ahora, ve a lavarte las manos y después ven a la sala de visitas.

—¿Dónde está? Nunca he tenido ir.

—Al lado de la puerta principal. Venga, no lo haga esperar —me apremia, haciéndome un gesto con la mano.

—¿Hagas? —pregunto.

—Sí, esperar. Vaya. —La cabeza me da mil vueltas mientras corro por el jardín hacia los baños de dentro. Él. ¿Quién podría ser? No conozco a ningún hombre adulto que quiera visitarme. Nadie que pudiera siquiera saber que estaba aquí.

El pensamiento que no quiero reconocer salta a la palestra, agitando los brazos. ¿Y si es tu padre? Intento apartarlo, pero no puedo evitar tener esperanza. No es que sepa quién es, pero si alguien viene a visitarme, ojalá fuera él.

Después de lavarme y cambiarme de camiseta, me dirijo hacia la puerta principal.

La sala de visitas está claramente indicada con un cartel negro con letras blancas que dice SALA DE VISITAS.

La puerta de la sala está entreabierta y oigo voces dentro que hablan animadamente.

Cuando entro, ya hay tres mesas con chicos que viven aquí y los que supongo que son sus familiares.

Muchos chicos solo se quedan aquí un corto periodo de tiempo antes de volver a casa, después de que se solucione el problema que sea.

La superintendente está sentada en una mesa en la esquina, hablando con un hombre que lleva un traje negro y una camisa blanca.

Levanta la vista y, al verme, me hace una seña para que me una a ellos.

Me acerco, nervioso por lo que está a punto de suceder.

El hombre se vuelve hacia mí y me dedica una sonrisa amable.

Extiende una mano, yo la cojo y nos la estrechamos.

He visto a gente darse la mano en la televisión; se me hace raro hacerlo en el mundo real.

Tiene el pelo oscuro, pero con canas en los bordes.

Tiene unos ojos marrones penetrantes, del color de las castañas.

Me doy cuenta de que lleva los zapatos muy lustrados.

—Hola, Harrison —dice—. Es un placer volver a verte. Y esta vez en mejores circunstancias. —Lo miro boquiabierto, atónito y confuso a la vez.

—¿Me conoce? —pregunto.

—Sí, ya nos hemos visto una vez. En enero del año pasado. Fueron mis hijos quienes te encontraron aquella noche. Fui yo quien te llevó al hospital. Me llamo señor Chase.

—Harry —interrumpe la superintendente—, siéntate. El señor Chase quería venir a visitarte. Se ha mantenido al día de cómo te ha ido desde que te encontró. Cuando se enteró de que te habías mudado aquí y de que ya estabas asentado, quiso visitarte.

Con el piloto automático puesto, me siento frente al hombre que muy probablemente me salvó la vida.

Sus ojos recorren mi cara, pero no habla de inmediato.

Le devuelvo la mirada. He aprendido a no bajar nunca la vista si puedo evitarlo.

Es una señal de debilidad y a los matones les encanta, así que nunca aparto la mirada.

—Los dejaré solos —dice la superintendente. Se acerca a otra mesa y entabla conversación con ellos. El señor Chase y yo la vemos marcharse y luego volvemos a mirarnos.

—Bueno, Harrison —dice con firmeza.

—Mis amigos me llaman Harry.

—Pues tú a mí no me conoces, así que no somos amigos. Por ahora, te llamaré Harrison y tú me llamarás señor Chase. —Frunzo el ceño—. No pongas esa cara. Como cambie el viento, te quedará así.

—¿Qué?

—¿No lo sabes, Harrison? Si pones una cara fea y cambia la dirección del viento, te arriesgas a quedarte con esa cara para siempre.

—Eso no es verdad —replico, y él sonríe.

—Puede que sí, puede que no, pero ¿estás dispuesto a correr el riesgo? —Enarca una ceja en señal de desafío—. ¿Empezamos de nuevo? Soy el señor Chase, es un placer volver a verte en mejores circunstancias.

—Hola, señor Chase —murmuro—. Es un placer volver a verlo.

—Bueno, cuéntame, ¿qué ha estado pasando este último año? He oído que has estado en varios sitios.

—Nadie me quiere.

—¿Es eso cierto? ¿O te has estado portando mal? —pregunta. Doy una palmada en la mesa que nos separa y abro la boca para discutir. Él levanta una mano—. No me mientas, Harrison. Me he enterado de todas tus andanzas justicieras. He oído que te gusta repartir tus propios castigos.

—Me robó la galleta.

—Ese único incidente. ¿Y las otras veces? La ventana rota. La ropa cortada a trozos. El chico con la nariz rota. ¿Me estás diciendo que todos te robaron una galleta? ¿Y que sus castigos eran merecidos? —Me encojo de hombros, incapaz de justificar mis acciones—. Contéstame.

—Me enfado —digo como intento de explicación.

—Eso no es excusa. Tú no eres el juez y el verdugo. No es tu responsabilidad dictar sentencia a los infractores. ¿Lo entiendes? —Asiento, completamente perdido sobre por qué este hombre está sentado frente a mí, echándome un sermón—. Contéstame.

—Sí, señor Chase.

—Si quieres trabajar en las fuerzas del orden —dice—, tienes que convertirse en alguien a quien se le permita imponer los castigos. Eso significa hacerse policía, abogado o incluso juez. ¿Sabes lo que hace esa gente?

—Sí, señor Chase.

—¿Quieres trabajar cuando seas mayor, Harrison, o quieres estar en la cárcel?

—La pregunta queda en el aire entre nosotros por un momento mientras proceso lo que está diciendo.

Como no contesto, continúa—. Lo que estoy diciendo es que, si no dejas este mal comportamiento ahora, te arrastrará hasta la edad adulta.

Ahora es cuando decides si vas a meter a la gente en la cárcel o si vas a estar en la cárcel.

—De acuerdo, señor Chase.

—Esta es tu vida. Es tu responsabilidad vivirla de la mejor manera posible. Es injusto que a una edad tan temprana tenga que decirte esto, pero esta es tu situación. Ahora, díme, ¿sabes leer?