15. Guilty Pleasures Gentlemens Club
Guilty Pleasures Gentlemen's Club
Violet
Mi canción empieza cuando se encienden las luces.
Me giro y me contoneo hacia la parte delantera del escenario sintiéndome increíble con mi tanga diminuto y las tetas al aire.
Nunca pensé que podría hacer algo así y sentir que tengo el control, pero joder, lo tengo.
Los hombres literalmente babean por mí y me ofrecen su dinero por una noche.
Joder, me encanta decir que no.
Parte de la razón por la que he disfrutado tanto de mi corta estancia en el club es que sé que no puede durar mucho.
El médico me dijo que ya he pasado las doce semanas y que pronto se me empezará a notar.
Una bailarina de barra embarazada no es una artista muy solicitada, así que lo disfrutaré mientras pueda.
Ser Violet Brown es divertido. Tener mi libertad me ha cambiado la vida.
Nadie me dice lo que tengo que hacer. Nadie me avisa de cuándo me van a ver.
Vivo con chicas que ahora considero mis amigas.
Aparte de mis turnos aquí, mi tiempo es solo mío.
Nadie lo exige. Ningún hombre es más prioritario en mi vida que yo misma.
Ese es un cambio que pienso mantener, pase lo que pase.
Cuando bailo, el público es invisible para mí.
Claro, oigo los gritos de aprecio, pero mis ojos nunca miran a los hombres de abajo.
Los mantengo fijos por encima de sus cabezas.
Pero esta vez, siento su mirada clavada en mí.
Al hacer una invertida básica, quedo boca abajo en la barra y mis ojos se encuentran con sus furiosos ojos marrones.
Harrison está de pie justo delante de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Baja de ahí de una puta vez —articula con los labios.
—No —le respondo en silencio—. Estoy trabajando.
—Se dispone a subir al escenario cuando veo a Marshall acercarse desde la barra y cogerle del brazo.
Harry lo fulmina con la mirada y se zafa de su agarre.
Marshall se inclina y le susurra algo al oído.
Intento ignorar el altercado que tengo delante y concentrarme en mi baile.
Tras terminar un giro, miro a los hombres y veo a Marshall acunándose la nariz.
Un hombre más corpulento se ha unido al grupo y los está conduciendo a ambos hacia la barra.
La chica que está detrás ya tiene tres vasos de lo que parece güisqui preparados.
No me quita los ojos de encima en todo el tiempo que estoy en el escenario.
Está furioso, eso es obvio. Los otros hombres hablan entre ellos, pero Harrison nunca participa en la conversación.
Se sienta y observa cada uno de mis movimientos mientras bebe a sorbos el líquido ambarino que hay en su vaso.
Si a alguien pudiera salirle humo de las orejas, sería a él.
Cuando termino mi número, me retiro al camerino.
—¿Quién era ese? —chilla Samantha al entrar como una exhalación por la puerta del vestuario. Estoy sentada en un tocador quitándome el pesado maquillaje de la cara. Mis ojos permanecen fijos en mi reflejo.
—¿Quién? —pregunto, fingiendo ignorancia.
—Pues… el pivón que te fulminaba con la mirada mientras bailabas. —Extiende las manos—. Y que luego le ha metido un puñetazo a Marshall en toda la cara cuando ha intentado apartarlo.
—Ah, ese —respondo encogiéndome de hombros—. Es Harrison.
—¿Harrison? —dice, arqueando las cejas—. ¿Por qué se iba a enfadar tanto Harrison al encontrarte actuando? Supongo que os conocéis.
Me río y, acto seguido, me echo a llorar. Ella se acerca y me rodea los hombros con sus brazos. Nos miramos en el espejo. —¿Qué pasa, Violet?
—Es… —me interrumpo, sin saber cómo explicar quién es.
Mi amigo. Mi amante ocasional. El mejor amigo de mi hermano.
Mi alma gemela, a la que no puedo tener.
Siempre ha estado prohibido. Durante toda mi adolescencia me advirtieron constantemente que me mantuviera alejada de él.
Aunque mi padre lo apoyaba, siempre lo ha visto como un caso de caridad en cierto modo.
Algo que exhibir como una obra en progreso, una historia de éxito de la que alardear ante sus amigos—. Trabaja con mis hermanos.
—¿Y a qué se dedican?
—Son abogados. —Se le abren los ojos como platos—.
Harrison es uno de los mejores abogados defensores de la ciudad.
Los tres son dueños de un bufete en el distrito financiero.
—La explicación se me escapa a borbotones.
La verdad que he estado ocultando durante semanas sale a la luz.
Quién soy. El tipo de gente con la que estoy relacionada.
—Bueno, supongo por su pequeño arrebato que no es solo eso, un colega de tus hermanos. —Entrecierra los ojos, animándome con la mirada a que le dé más información.
—Tenemos un pasado, pero las cosas son complicadas. No nos habíamos visto en catorce años hasta junio. Sospecho que alguien le ha dicho que estoy aquí y ha venido a llevarme a casa con mi familia. —La idea es deprimente—. Me escapé a Chicago cuando tenía diecinueve años. Acabo de volver.
—No tienes que ir a ningún sitio al que no quieras ir —me dice con firmeza—.
Tienes un lugar donde quedarte conmigo, siempre.
Las chicas tenemos que apoyarnos. —Le sonrío en agradecimiento; esta mujer se ha convertido en una amiga más íntima que nadie en estas últimas semanas.
La compañía femenina no es algo a lo que esté acostumbrada.
Una amiga en la que confiar no es un atributo que quiera perder.
—Las cosas no son tan sencillas —susurro—. Verás, Sam… —Cuando voy a contarle lo de mi preciada carga, la puerta del camerino se abre de golpe y Harry entra furioso en la habitación.
—Violet —gruñe, acercándose a mi lado y cogiéndome del codo—. Ponte algo de ropa, joder. Vienes conmigo, ahora.
—No —le grito, y él me fulmina con la mirada—. Quítame las manos de encima.
—No es una puta pregunta. Te estoy diciendo que te vas a casa. —Me suelto de su agarre y lo empujo con fuerza en el pecho—. No me presiones. Te arrastraré si es necesario. —Sus ojos están oscuros, y no por la excitación. Está lívido.
—Ya te lo he dicho, no soy tu problema. Ahora vete a la mierda.
Me va bien sin ti y sin los masoquistas de mis hermanos.
Vuelve a tus noches de chicos y a tu «entretenimiento femenino».
No deberías estar aquí. Samantha, llama a seguridad.
—La mujer a mi lado está contemplando a un Harry iracundo que sigue sermoneándome.
No estoy escuchando—. Sam, seguridad. —Le doy un golpecito en el brazo con la mano—. Concéntrate de una puta vez, ¿quieres?
—¿Quieres ponerte algo de puta ropa? —murmura de nuevo, pasándose una mano por el pelo. Un enrojecimiento familiar aparece en la base de su garganta, y el color le sube hasta las mejillas. Está para mojar las bragas cuando se enfada.
—¿Por qué? —espeto—. No es como si no lo hubieras visto ya todo. Y desde luego que has visto estas bien de cerca. —Le agito las tetas en la cara, y él abre la boca para responder cuando Marshall y el otro hombre alto que vi aparecen en el umbral.
—Waite —ladra el hombre, interponiéndose entre Harry y yo—. Ven conmigo, ahora. Vas a conseguir que te echen de aquí y entonces no habrás hecho lo que viniste a hacer.
—¿Y qué sería eso? —pregunto bruscamente. El desconocido se vuelve hacia mí. Recorre mi cara con la mirada y sonríe con suficiencia.
—A llevarte a casa con papá y mamá, ricura.
Ya saben todo sobre tu pequeño aprieto. —Se me encoge el estómago…
Mierda, mis padres saben que he vuelto a Gran Bretaña y que estoy embarazada—.
Papá no está muy contento, que digamos. Y no se puede decir que a tus hermanos les entusiasme la noticia de que van a ser tíos.
—¡Estás embarazada! —me susurra Samantha al oído, enfadada. La aparto con la mano—. ¿Es suyo? —dice, señalando a Harry.
—No.
—¿De quién es entonces? —pregunta, con el rostro contraído por la confusión—. ¿Cuántos hombres tienes, Violet?
—Te lo contaré más tarde. Ahora mismo, ninguno, y no quiero ninguno.
El hombre alto coge a Harry por los hombros, le da la vuelta y lo empuja fuera de la puerta, dejando a Marshall de pie con Samantha y conmigo.
Me dejo caer en el banco junto al tocador más cercano y hundo la cabeza entre las manos.
Samantha me pone mi bata de seda rosa sobre los hombros.
Las lágrimas caen libremente mientras mi realidad aflora.
Marshall se agacha a mi lado y lo miro de reojo.
—¿Les dijiste que estaba aquí? —le pregunto en voz baja y él asiente—. ¿Por qué?
—He trabajado con Damon durante años —empieza a explicar.
—¿Damon es el tipo grande?
Vuelve a asentir. —El comisario principal Damon McKinney, jefe de la Unidad Nacional de Delincuencia Grave y Organizada —me informa—.
Dio aviso a sus hombres sobre el terreno para que te buscaran.
Imagina mi sorpresa cuando te encontré aquí.
No se lo dije de inmediato, pero luego me habló del bebé.
—Hace una pausa, sopesando sus palabras—.
Violet, mi conciencia no me permitía no decírselo.
Este no es un sitio donde deba trabajar una futura madre.
—Esa es mi decisión —balbuceo mientras mis lágrimas caen con más fuerza.
—A veces necesitamos que la gente tome el control —continúa—.
Especialmente cuando acabamos donde nunca esperamos estar.
No quería traicionar tu confianza, pero tenía que decidir cuál era la prioridad.
Quién era la prioridad. La parte inocente en todo esto era ese bebé.
—Sus ojos se posan en mi estómago y luego vuelven a mi cara.
—No pensaba trabajar aquí mucho tiempo —me justifico, y él sonríe con dulzura.