Harrison (The Level 1) 12. Farringdon, Londres
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12. Farringdon, Londres

Farringdon, Londres

Violet

Mi habitación es, desde luego, la definición de «acogedora».

Es la más pequeña de un piso de cuatro dormitorios situado a solo unas paradas de metro de Guilty Pleasures, mi nuevo lugar de trabajo.

Las chicas que viven aquí son acogedoras, pero distantes.

Samantha es la más sociable del grupo. Dos de las chicas son hermanas y comparten habitación; son gemelas idénticas.

La otra tiene más o menos mi edad, unos treinta y tantos, y una mata de pelo pelirrojo.

Todas tienen un cuerpo increíble y unas tetas respingonas.

Samantha me las ha presentado a todas tan deprisa que no me he quedado con sus nombres. Ya se lo preguntaré más tarde.

He metido lo que he podido en la cómoda que hay en un rincón de mi espacio privado.

Arreglo la cama, más o menos estirada, para intentar que las sábanas gastadas parezcan más apetecibles.

Por suerte, la habitación es cálida y tiene una pequeña ventana que da a la ciudad.

La gente va de un lado para otro a toda prisa, cargada con bolsas de la compra y hablando por el móvil.

Al otro lado de la calle, hay bolsas de basura negras apiladas.

Una rata mordisquea el borde de una de ellas y se me revuelve el estómago.

Parece que esta semana hay huelga en el ayuntamiento y no están recogiendo nada.

Unos suaves golpes en la puerta me distraen del caos de abajo. «Pasa», digo en voz alta. Samantha entra con una taza humeante de té y me la tiende con una sonrisa.

—Bienvenida a tu nuevo hogar —dice—. Las chicas bajarán la guardia cuando te conozcan. Eres nuestra cuarta compañera de piso desde abril. —Pone los ojos en blanco a propósito—. Digamos que hemos conocido a algunas personas de lo más curiosas.

—¿Cómo has dicho que se llamaban las chicas? —pregunto, avergonzada. Siento que se me encienden las mejillas, pero ella me aprieta el brazo para tranquilizarme.

—Mia, Diane y Steph.

—Gracias. Me ha entrado por un oído y me ha salido por el otro.

—No te preocupes —dice—. Tenemos que estar listas para irnos en veinte minutos.

Nos cambiamos en el club. Todos tus conjuntos están allí.

Tenemos acceso a un camerino con todos los productos para el pelo y pintalabios que te puedas imaginar.

—Me sonríe radiante—. Esta noche estarás en la barra.

¿Has trabajado antes en un bar? —Niego con la cabeza.

—No te preocupes, le cogerás el tranquillo enseguida. Yo también trabajo allí esta noche, así que te echaré una mano. Nos vemos en el salón en veinte minutos. —Se da la vuelta y se va, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. Vuelvo a mirar el cielo que se oscurece fuera.

Hoy es el primer día de mi nueva vida. Un nuevo hogar.

Una nueva profesión. En las próximas semanas, tengo que organizarme y estar en condiciones no solo de cuidar de mí, sino también del ser dependiente que crece en mi vientre.

Esta solución será efímera, pero puede que me proporcione unos ingresos durante unas semanas y un lugar seguro donde quedarme hasta que encuentre una alternativa.

***

Samantha entra dando saltitos en la sala de preparación de Guilty Pleasures.

Una extensión de espejos recorre la pared del fondo, del suelo al techo.

En el lado opuesto hay una fila de seis tocadores, cada uno con su propio espejo de Hollywood.

En las estanterías se alinean productos de peluquería y maquillaje.

Me coge de la mano y me arrastra a través de otra puerta abierta.

Me quedo con la boca abierta al contemplar lo que me rodea.

La sala está atestada de percheros y más percheros llenos de disfraces y pelucas.

—Bienvenida al armario —canturrea—. Aquí dentro puedes convertirte en quien quieras.

—Se pavonea hasta un perchero en la pared del fondo y coge un conjunto rosa chillón.

Es apenas un trozo de tela, lo justo para cubrir lo indispensable—.

Pruébatelo —dice, agitándolo delante de mi cara—.

Te quedaría de puta madre. —Hago una mueca al pensar en ponerme esa prenda, pero se la acepto.

Aquí no me conocerá nadie; puedo ser quien yo quiera.

Después de pelearme con el minúsculo conjunto, me pongo de pie y me miro en la pared de espejos.

La licra empieza en mis hombros y baja hacia el sur en una profunda forma de V, cubriendo mis pezones y pasando por entre mis piernas.

«Se me van a salir las tetas», murmuro. Samantha se ríe y me guiña un ojo.

—Te darán más propinas si eso pasa. —Se acerca a un cajón, lo abre y saca un rollo de cinta adhesiva—.

No te preocupes, cuando te pegue esta mierda, no se va a mover.

—Esboza una sonrisa radiante y agita las cejas.

Luego, saca un trozo de cinta del rollo—.

Brazos arriba —ordena—. Quédate ahí y no te muevas ni un pelo.

—Su mano se mueve con rapidez, levantando cada tira de tela y aplicando la cinta sobre mi piel.

Vuelve a colocar la ropa y presiona con firmeza—.

Esto es como el hormigón cuando se seca.

Dúchate con el conjunto puesto cuando termines de trabajar, eso despegará la cinta de tu piel sin problemas.

—Se echa hacia atrás, examina su obra y asiente para sí misma—. Joder, qué buena estás —dice.

Ahora, de pie detrás de la barra, docenas de clientes se acercan, uno tras otro, con ojos oscuros y sonrisas de apreciación.

«¿Quién es esta, Sam?», dice un hombre. Es alto y delgado, con grandes ojos verdes y el pelo gris muy corto.

Es difícil calcular su edad, pero diría que está en la cincuentena.

—Esta es Violet. ¿A que es preciosa? —responde ella, acercándose con contoneo para ponerse a mi lado y colocar su mano en mi hombro.

Camina sin esfuerzo con los tacones de veinte centímetros que lleva.

Yo casi me parto el cuello al salir del vestuario con los míos.

Por suerte, Samantha me agarró del brazo y conseguí aferrarme a la pared.

Durante la última hora, he estado arrastrando los pies intentando mantenerme en pie. No sé cuánto aguantaré.

—Hola, Violet —dice el hombre. Se quita un pelo invisible de su carísimo traje de cuadros azules.

Cuando fija su atención en mí, bajo la mirada, incómoda.

Él se ríe entre dientes—. Me encanta cuando empieza una chica nueva.

Al principio estáis todas tan frescas… Listas para ser recogidas.

—Mis ojos vuelven a los suyos mientras se pasa la lengua por el labio inferior.

—¿Le sirvo algo? —le pregunto.

—Quizá —responde—. Depende de lo que haya en el menú.

—Solo bebidas.

—Qué pena —dice con una sonrisita—. Con suerte, en unas semanas te soltarás y estarás dispuesta a ofrecerme algo de entretenimiento. —Sus ojos echan chispas—. Me encantaría ver qué hay debajo de esa pobre excusa de conjunto. Puede que hasta disfrutes del proceso.

Se me eriza la piel… Este tipo es un asqueroso. Por un momento, considero salir del bar, volver al edificio de mi hermano, ponerme de rodillas y suplicar ayuda.

La imagen de ellos deleitándose con mi patética situación me detiene. Ni de coña voy a volver arrastrándome. Violet Chase tiene que endurecerse y tomar el control por una vez.

—Disculpe, señor —respondo, apoyando las manos en la barra e inclinándome hacia él.

Su atención se desvía hacia mis pechos, pero vuelve inmediatamente a mis ojos—.

Ciertamente, yo estoy fuera del menú. Si desea una bebida, estaré encantada de ayudarle.

Si no, por favor, hágase a un lado y permítame atender a otra persona.

—Miro a la chica que no conozco, que se contonea alrededor de la barra en el centro del club—.

Quizá debería tomar asiento y disfrutar del entretenimiento que se ofrece.

—Con carácter, además —dice asintiendo. Apoya un codo en la barra, clavando su mirada en la mía—. Apuesto a que eres de las que gritan, Violet. Tú y yo podríamos hacer mucho ruido juntos.

—En tus sueños.

—Desde luego que estarás.

Samantha le pasa un whisky con hielo. «Compórtate», le regaña.

Él coge la bebida, le hace un gesto con la cabeza, se da la vuelta y se dirige hacia el escenario.

«Madre mía —dice ella—, me extraña que no se haya golpeado el pecho y saltado la barra.

Ese hombre te ha echado el ojo. ¿Sabes quién es?

». Niego con la cabeza. «Marshall Blake.

Uno de los hombres más ricos de la ciudad.

Es dueño de un club de fútbol o algo así.

Y, chica, estás en su radar». Levanta la mano para chocar los cinco. Me río y la aparto con un gesto.

—Ese asqueroso no se me va a acercar —le digo—. Me ha puesto la piel de gallina.

—No te precipites —me aconseja—. Ese asqueroso podría ser tu billete a una nueva vida. Y, sinceramente, no es tan terrible comparado con otros.

***

En las cuatro semanas que llevo trabajando en el club, Marshall Blake se ha convertido en mi mayor fan.

Resulta que no es tan malo como aparentaba la primera impresión.

Todas las noches que trabajo, él está aquí, sentado en la barra, charlando mientras sirvo bebidas y atiendo al interminable flujo de clientes.

Me pidió salir y le dije que no. Es un hombre atractivo, pero mi corazón no late como debería cuando lo veo.

Solo dos hombres han conseguido eso en mi vida, y ninguno de los dos está aquí.

Pero Marshall se ha convertido en una especie de amigo para mí; está solo, eso es evidente.

Viene al club por compañía, no por sexo.

Nunca le he visto llevarse a una chica a los reservados; apenas mira a las bailarinas.

A pesar de toda su palabrería de macho alfa, es un encanto que busca el amor.

Ojalá se diera cuenta de que no lo va a encontrar en Guilty Pleasures.