Harrison (The Level 1) 11. Golborne, Londres
33%

11. Golborne, Londres

Golborne, Londres

Harrison

—Feliz cumpleaños, cielo —dice mi madre, con la boca estirada en una gran y radiante sonrisa—.

Hoy cumples ocho, ¿a dónde se ha ido mi niño pequeño?

—Me rodea con sus brazos mientras estoy sentado a la inestable mesa de la cocina.

Hay diez posavasos de cerveza bajo una de las patas para que no cojee.

Ante mí hay una sola magdalena sin glaseado, con una solitaria vela azul casi consumida encima—. Pide un deseo —me dice.

Cierro los ojos y deseo con todo mi corazón que, cuando los abra, estemos en otro lugar. Que el gran hematoma morado que rodea su ojo haya desaparecido y que la casa esté caliente. Mis pulmones se llenan de aire y soplo con fuerza entre mis labios. Ella aplaude, vitoreando con alegría.

Cuando abro los ojos, todo sigue igual. El desuelo me llena el pecho. Antes creía en la magia, pero con cada día que pasa, empiezo a pensar que todo es mentira.

Nuestra habitación en la casa compartida es minúscula.

Hay una cama individual encajada en la esquina, y yo duermo en un colchón viejo en el suelo con una manta roja ancestral, manchada por años de uso.

Es invierno y el hielo bordea las ventanas, tanto por dentro como por fuera.

La comida se raciona entre todos los que viven aquí.

Recibimos tres pequeñas comidas al día hechas con sobras recogidas de restaurantes o de cubos de basura.

Es uno de los trabajos que nos encargan a los niños mientras nuestras madres trabajan.

Nos llaman familia, pero no lo somos. Estoy seguro de que las familias no viven como nosotros.

Los hombres vienen de visita a todas horas del día y de la noche.

Mi madre tiene muchos visitantes habituales, las mismas personas.

Los mismos hombres. No sé sus nombres, pero reconozco sus caras.

Nunca me dice qué hace; solo que pasa tiempo con ellos, que son sus amigos.

Si no estoy fuera jugando con los otros niños, tengo que quedarme en el salón.

No debo subir, ya que a los niños no se nos permite estar en los dormitorios cuando sus madres están trabajando.

Una vez, olvidé mi camión de juguete. Fui a nuestra habitación, pero la puerta estaba cerrada. Oía a mi madre hablar al otro lado de la puerta, y luego el sonido que hacen los muelles cuando salto en la cama. Me había vuelto abajo sin mi juguete.

Nuestra casa es el hogar de ocho señoras y cinco niños.

Aquí no hay papás. Solo Jeff, nuestro dueño.

Él nos mantiene. Es alto, tan grande como un rascacielos.

Cuando se pone frente a mí, tengo que echar la cabeza hacia atrás para verle los ojos.

Un tatuaje que parece alambre de espino le recorre el lado de la cara y la mejilla.

Tiene palabras en los nudillos, pero no sé leer, así que no sé qué dicen.

Siempre lleva vaqueros sucios, rotos por las rodillas, con una camiseta negra.

Normalmente, lleva el dibujo de una calavera o de una mujer desnuda en el pecho.

Si todos hacemos todo lo que nos pide y seguimos las reglas de la casa, a veces nos dan chocolate.

Las reglas son…

No hablas a menos que te hablen.

No vayas a tu dormitorio cuando tu madre esté trabajando.

Nunca cojas comida de la cocina.

Avísale siempre si ves a un policía cerca de la casa.

Las reglas son fáciles de seguir, la mayor parte del tiempo.

Pero los días en que estoy hambriento, es difícil no robar algo de la cocina.

Hay paquetes de galletas en el armario y chocolate en la nevera.

A menudo, me quedo en el umbral y veo a Jeff comerse una galleta tras otra.

Se las mete en la boca, una a una, y mastica despacio.

Sabe que lo miro; sus ojos bailan mientras come, sin mirarme nunca directamente pero disfrutando de la provocación.

—¿Qué has deseado? —pregunta mi madre, interrumpiendo mis recuerdos.

—Una bicicleta —miento mientras la miro. La alegría de su rostro desaparece por un momento, y luego reaparece cuando se da cuenta.

—Quizá algún día —dice en voz baja—. Algún día, saldrás de este lugar y tendrás todo lo que desees.

—Tú estarás conmigo —le rebato. Ella solo sonríe con tristeza en respuesta.

Esa tarde, nos envían a todos los niños al salón para ver una película.

Es una historia sobre una lámpara mágica y un genio que te concede tres deseos.

Todos miramos la diminuta pantalla, con los ojos pegados al milagro que se representa.

Un grito resuena por toda la casa; la voz de una mujer, una que conozco. La persona más importante de mi mundo.

—¡Me cago en la puta! —grita Jeff mientras un hombre que no lleva nada de ropa baja las escaleras corriendo y se detiene en el pasillo. Todos corremos a la puerta para ver el caos.

—La puta está muerta —gruñe el hombre desnudo—. Se ha pinchado cuando yo estaba en faena y luego se ha quedado frita. No despierta, joder.

Jeff agarra al hombre por los hombros, forcejeando con él hasta la puerta principal y lo echa a la calle.

—¡Que estoy en bolas, capullo! —grita el hombre, furioso mientras aporrea la puerta.

Jeff coge el abrigo de una mujer de un gancho, abre la puerta y lanza la prenda fuera.

Cierra la puerta de un portazo. Jeff sube las escaleras a zancadas y yo lo sigo, con los ojos buscando frenéticamente a mi madre.

Cuando llego a la puerta de nuestro dormitorio, Jeff está de pie sobre la cama mirando algo. Se inclina y lo sacude violentamente. —¡Mamá! —grito al darme cuenta de quién es. Él gira para encararme y luego me agarra por los hombros mientras entro corriendo en la habitación.

—Lárgate, niño estúpido —gruñe—. Está muerta, joder. —Grito, y él me golpea con fuerza en la cara—. Calla la puta boca.

—¡Mamá! —lloro, intentando zafarme de su agarre mientras me echa al hombro. Agarro el osito de peluche azul pequeño de la estantería al pasar y me lo meto en la camiseta. Al salir de la habitación, mi cabeza golpea contra el marco de la puerta y todo se vuelve negro.

Cuando despierto, estoy envuelto en una manta.

El movimiento del coche me revuelve el estómago.

Está oscuro. Intento mover los dedos, pero tengo las manos atadas a la espalda.

Demasiado asustado para gritar, me quedo quieto hasta que nos detenemos.

El coche se apaga y oigo cerrarse la puerta.

El maletero se abre sobre mí; una luz tenue se filtra a través de la sábana hasta mis ojos.

Permanezco en silencio. Me levantan y luego me lanzan por el aire.

Golpeo el suelo con fuerza, rodeado de agua y barro.

Oigo la puerta del coche una vez más, el sonido del motor y luego el chirrido de los neumáticos contra el pavimento.

Frío y mojado, me quedo inmóvil, demasiado asustado para moverme.

Es de noche. Oigo el ulular de un búho a lo lejos, pero la luz de lo que creo que debe ser una farola parpadea sobre mí.

Después de un rato, me retuerzo en mis ataduras; mis manos están bien sujetas.

Es entonces cuando oigo el sonido de voces, voces jóvenes; creo que de chicos.

—Russ —grita uno de ellos—, mira aquí. Ese montón de basura se mueve.

—Cállate, Connor. Mejor que nos demos prisa. Llegamos tarde. Mamá y papá nos castigarán... otra vez. —La voz que responde suena más mayor, con más fuerza.

—Te lo digo en serio, hermano. Hay alguien ahí abajo. —El sonido de metal golpeando el suelo me indica que se han detenido y han soltado lo que supongo que son sus bicicletas—. Ve a echar un vistazo.

—¿Yo? ¿Por qué yo? Tú eres el que ha querido parar. A lo mejor es un monstruo. —Suelto una carcajada y luego oigo el sonido de pasos en el barro. Algo me da una patadita en la pierna y la retiro. Dos gritos resuenan en mis oídos.

—¡Está vivo! —grita el chico más joven—. Corre.

—Espera un momento —responde la voz mayor. Me toca otra vez con el pie—. Hola, ¿eres humano? Si eres un vampiro, por favor, no nos muerdas.

No hablo. No puedo. Tal como me siento, quiero que se vayan.

Que me dejen aquí pudriéndome en el barro, dondequiera que esté.

Tengo los ojos fuertemente apretados, pero parpadeo para abrirlos al sentir que se agacha a mi lado.

Algo retira la manta de mi cara y miro a los ojos de un chico de pelo oscuro, mayor que yo pero no adulto.

—Connor —dice—, ve a casa en bici lo más rápido que puedas y trae a papá. Dile que hemos encontrado a alguien. Necesita ayuda.