Harrison (The Level 1) 9. Farringdon, Londres
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9. Farringdon, Londres

Farringdon, Londres

Violet

—¿Cómo has dicho que te llamabas? —pregunta la chica del otro lado del mostrador. Sus alocados rizos rubios están recogidos en lo alto, retorcidos en un moño deshecho.

—Violet.

—¿Qué te trae a Londres? —pregunta, dedicándome una sonrisa radiante.

Madre mía, si solo he entrado aquí para comprar algo de ropa que me quede bien. Estoy desesperada por volver a sentirme más como yo, sea quien sea «yo».

—La vida —respondo evasivamente, y ella se ríe. Su risa es cálida, llena de alegría. Es el tipo de persona que ves y te cae bien al instante. Sospecho que ronda la veintena, todavía con ese brillo rosado de la juventud. La idea me deprime; me he perdido muchísimas cosas.

—Supongo que todos estamos en ello, viviendo sin más. A la vida le gusta masticarnos y escupirnos para que aterricemos en un lugar que nunca hubiéramos esperado. Supongo que eso hace las cosas interesantes. ¿Dónde te alojas?

—En un albergue, de momento. Mis planes originales se torcieron un poco. Voy a tener que pivotar.

—¿Pivotar? —repite, frunciendo el ceño en clara confusión.

—Sí, pivotar. Si algo no funciona, cambias de dirección.

Pruebas otra cosa. Encuentras dónde se supone que debes estar.

—Su boca se abre en una amplia sonrisa y asiente, comprendiendo ahora—.

Ahora mismo, no tengo un hogar permanente ni forma de ganarme la vida.

Pero lo conseguiré. Por una vez en la vida, yo tengo el control.

Es liberador. —Le ofrezco información que no ha pedido. Sienta bien hablar con alguien.

—Te entiendo —dice. Su mirada me recorre la cara, baja hasta los pies y vuelve a subir.

—¿Qué tipo de trabajo buscas? Puede que conozca un sitio donde estén contratando.

—Cualquier cosa —le digo—. No estoy en posición de ponerme exquisita. Necesito poder comer.

—Yo tampoco. Llegué aquí hace unos años con grandes sueños de entretener al público en el West End. Lo más cerca que he estado ha sido haciendo de elfo en la pantomima del centro comercial del barrio.

Suelto una carcajada y me tapo la boca con las manos. —Lo siento —murmuro—, ha sido una falta de sensibilidad.

—No te preocupes —dice amablemente—. Es reír por no llorar.

Quizás pueda ayudarte también con un sitio donde quedarte.

Soy Samantha. —Me tiende la mano por encima del mostrador de la pequeña tienda de ropa barata que he encontrado mientras caminaba por las lúgubres calles de Londres.

Se la cojo; su apretón es sorprendentemente fuerte.

El verano se ha tomado hoy un día libre.

El cartel del escaparate decía que todo dentro costaba una libra. Y así es, y tiene toda la pinta.

—Encantada de conocerte, Samantha.

Garabatea en un pequeño bloc de notas blanco con un bolígrafo rosa fucsia. Sus ojos, de un azul claro, brillan mientras me lo pasa.

—Aquí tienes mi número —dice—. Termino de trabajar a las cinco.

—Echa un vistazo al viejo reloj de la pared, cuyo segundero se mueve lentamente por la esfera—.

Mándame un mensaje y podemos quedar para tomar algo.

Buscamos una compañera de piso. Vivo con otras tres chicas no muy lejos de aquí.

El piso no es bonito y los vecinos pueden ser un incordio, pero no hay humedades, está limpio y es barato.

—Suena bien. ¿Y has dicho que podrías ayudarme con mi falta de trabajo?

—De eso te hablaré luego. Es mejor que lo veas a que te lo cuenten.

Será menos… —Hace una pausa y se golpea el labio con un dedo, sopesando sus palabras—.

Abrumador. —Asiente para sí, contenta con su evaluación—.

Sí, abrumador. Pero creo que a la dirección le interesaría contratarte. Tienes lo que buscan.

—¿Y qué es? —pregunto, confundida por cómo ha podido evaluarme para un trabajo con nuestra breve conversación.

—Prometes —responde con un guiño—. Nos vemos luego.

Salgo de la tienda con una bolsa llena de ropa de mala calidad, sin idea de en qué me estoy metiendo y con una posible nueva amiga.

Después de debatirlo durante más de una hora, decido enviarle un mensaje a la mujer desconocida que he conocido en la tienda de ropa.

¿Qué tengo que perder? Si esto está destinado a suceder, solo lo averiguaré siguiendo el rastro.

Samantha me responde a los pocos minutos indicando un lugar para quedar a las cinco y media.

***

La cafetería está en un callejón detrás de la tienda que he visitado antes.

Es pequeña, con solo ocho mesas apretujadas en el diminuto espacio.

Cada una está cubierta con un mantel de plástico rojo.

Samantha está sentada en la mesa más alejada de la puerta; levanta la mano en el aire cuando me ve.

Le devuelvo el saludo con timidez, sin querer llamar la atención.

No hay mucha gente dentro, solo dos mesas ocupadas.

El único sonido es el de una conversación tranquila.

A medida que me acerco a ella, Samantha se pone de pie y sale de detrás de su silla, envolviéndome en un abrazo que me pilla por sorpresa.

—Me alegro mucho de que hayas venido —dice, eufórica—.

Me preocupaba que no aparecieras. —Intento sonreírle, sin saber qué decir.

El exceso de confianza es algo a lo que no estoy acostumbrada—.

Hoy parecías necesitar una amiga. Recuerdo haberme sentido así.

Londres es un lugar que da miedo cuando estás sola.

—Lo es —convengo.

—En fin, siéntate. Pidamos un café y un pastel.

Podemos hablar de cualquier cosa o de nada, y luego te enseño lo que hay disponible.

—Sonríe—. He concertado una reunión con el jefe del club por lo del trabajo.

Tiene muchas ganas de conocerte. Y es el pez gordo, que ha venido de Glasgow.

Si le gustas, estás dentro. Nunca pensarías que es lo que es.

—¿El club?

—Sí, por desgracia el sueldo de la tienda de ropa no me cubre los gastos. Así que también tengo que bailar.

—¿Bailar?

—Sí, bailar en un club de caballeros. Todas lo hacemos.

Así conocí a las otras chicas. —Se me encoge el corazón mientras describe su función—.

No te asustes —dice, inclinándose hacia delante y poniendo una mano sobre la mía—.

Es un sitio estupendo para trabajar. No tienes que hacer nada que no quieras, y el dueño nos cuida.

Como te he dicho, es increíblemente normal para ser un hombre con tantos contactos. Lo entenderás mejor cuando lo veas.

—No sé —murmuro.

—Ven a conocer a las chicas. A ver el club.

No parece que tengas muchas opciones, Violet —dice, clavando en mí sus perspicaces ojos.

Esta mujer no tiene un pelo de tonta. Me caló esta mañana.

Una mujer necesitada. Una mujer que necesitaba posibilidades cuando no tenía ninguna—.

Esto podría ser la respuesta a tus plegarias.

En unos meses, podrías ganar suficiente dinero para volver a encarrilar tu vida. Yo saco al menos quinientos por noche.

—Quinientos… —farfullo. Ella me sonríe con picardía.

—Y todo lo que tengo que hacer es dar vueltas en una barra con las tetas al aire. Dinero fácil —dice, abriendo mucho los ojos.

—¿Alguna vez te tocan? —pregunto, nerviosa de que siquiera esté considerando esta posibilidad. Mi único conocimiento sobre clubes de caballeros y strippers viene de las películas. No ayuda a calmar mis preocupaciones.

—¿Quiénes? ¿Los clientes? —Niega con la cabeza—. No, no tienen permitido hacerlo. El señor Parker los pondría de patitas en la calle con un brazo roto. Como te he dicho, nos cuidan.

—Vale, iré a echar un vistazo —cedo, pensando que no tengo nada que perder.

—¡Excelente! —chilla, dando una palmada—. Termínate la bebida para que pueda llevarte a conocer a todo el mundo.

Una hora después, estoy de pie en la discoteca más lujosa que he visto en mi vida.

La entrada había sido completamente discreta, una simple puerta azul enclavada entre un local de comida para llevar y una lavandería en el centro de Londres.

Un hombre con esmoquin estaba al otro lado de la puerta.

Subimos por una estrecha escalera hacia otra puerta azul, pero una vez que la cruzamos, se abrió al espacio más increíble.

Un escenario circular con una barra vertical se alza en el centro de la sala.

Reservados de terciopelo azul bordean los laterales.

Todas las paredes están cubiertas de espejos.

En la pared del fondo, hay una barra con todas las botellas imaginables apiladas detrás.

Samantha se pavonea por el espacio vacío, levanta las manos por encima de la cabeza y da un giro de trescientos sesenta grados.

—Bienvenida a Guilty Pleasures —dice con una sonrisa—.

El señor Parker estará en su despacho. Está justo por aquí. Nos está esperando.

La sigo detrás de la barra, donde llama a una puerta de espejo; no te darías cuenta de que está ahí a menos que lo supieras.

—Adelante —dice una voz grave. Samantha empuja la puerta, y entramos en un gran despacho con un pesado escritorio de madera en el centro.

Detrás de él se sienta un hombre con un impecable traje azul.

Parece estar en la treintena, con el pelo rubio ceniza y unos deslumbrantes ojos verdes.

—Hola, Samantha —dice, su tono acogedor pero autoritario.

—Buenas noches, señor Parker. He traído a la nueva candidata, como solicitó.

—Muy bien —responde, luego se vuelve hacia mí antes de levantarse y salir de detrás de su escritorio. Extiende una mano y yo la tomo. Su apretón es firme; este es un hombre que tiene el control—. Joel Parker —dice, presentándose—. ¿Y usted es?

—Violet.

—¿Tiene apellido? —pregunta con una sonrisa socarrona—. ¿O es como una de esas estrellas del pop que son tan conocidas que no lo necesitan?

—Brown —respondo. El instinto me dice que no use Chase. Si este hombre es el tipo de persona que creo que es, puede que conozca a mis hermanos. No quiero que ate cabos. Para que mi nueva vida funcione, nadie puede saber quién soy. Necesito ser anónima.

—Encantado de conocerla, Violet Brown. —Me lanza una mirada que me hace saber que sabe que estoy mintiendo—. ¿Le ha explicado Samantha las oportunidades disponibles en Guilty Pleasures?

—Dijo que esto era un club de baile.

—Lo es. Pero no necesita bailar si no quiere. Tenemos un puesto disponible en la barra, o algunas de las chicas ofrecen entretenimiento privado. Dónde elija empezar depende completamente de usted.

—¿Entretenimiento privado? —digo, con el pecho oprimido por los nervios. Él asiente.

—Ofrecemos un espacio seguro. Las chicas eligen si quieren proporcionar a nuestros caballeros extras opcionales.

Como he dicho, es su elección. Si la hace sentir más cómoda, podría empezar en la barra, conocer a parte de la clientela.

Los caballeros que vienen aquí son hombres adinerados que buscan relajarse.

Ofrecemos un servicio de alta gama y total discreción; nos pagan bien por ello.

A cambio, nosotros le pagamos a usted generosamente.

—¿Usted prueba su producto? —suelto, y él se ríe entre dientes.

—No, soy un hombre felizmente casado con un hijo en casa y otro en camino. Estos clubes —hace un gesto con el brazo— eran de mi familia. Los heredé. No es mi parte favorita del negocio, pero los gestiono de la manera más justa posible.

—Ah, entonces eso lo arregla todo —murmuro.

—Los clubes funcionarían me pertenecieran o no.

De esta forma, sé que las chicas que trabajan aquí están bien cuidadas.

El sexo es uno de los oficios más antiguos del mundo.

Hacerlo ilegal no va a detenerlo. —Enarca una ceja—.

Señorita Brown, si la oportunidad no es para usted, lo entiendo.

Normalmente, uno de mis primos gestiona nuestros establecimientos de Londres.

Yo vivo en Glasgow y vuelvo a casa mañana.

Piénselo, y si quiere probar una noche detrás de la barra, puede decírselo a él.

Samantha se acerca a mi lado, dándome un suave golpe en el hombro. —¿Tienes alguna otra opción, Violet? No tienes que hacer nada que no quieras.

Suspiro, resignada. Tiene razón. Esta oportunidad me ha caído del cielo. Tengo que aprovecharla.

—Disculpe, señor Parker —digo, y él levanta la vista de su móvil, que ha vibrado hace un momento. En la pantalla hay una foto de un niño pequeño con los brazos alrededor de una mujer guapa de pelo castaño—. Me gustaría aceptar su oferta de un periodo de prueba.

—Excelente —responde—. Samantha le enseñará dónde está todo y le explicará cómo funcionamos.

Tenga la seguridad de que nuestros clientes están bien advertidos sobre su comportamiento, y si se siente incómoda en algún momento, avise a uno de los miembros del personal de seguridad. Ellos se encargarán.

Mira a Samantha y asiente. —Gracias, Samantha. Un buen trabajo, como siempre.

Ella me coge del brazo y nos giramos para irnos. Una vez fuera del despacho, me detengo, y ella se vuelve para mirarme.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—¿Cuál es exactamente la descripción de tu puesto?

—Te lo he dicho, bailo. —Entrecierro los ojos—. Y hago de reclutadora.