04 #2
Me di cuenta de que, mientras escuchaba la historia de Myaha, estaba ya llorando.
Su consciencia le permitía contar cosas semejantes sonriendo con rostro alegre.
¿Pero qué clase de consciencia era esa?
Fuuuh, fuuuh, fuuh, fuuh.
Me tapé la boca con una mano. Conseguí dominar a duras penas las arcadas.
—Así, con la pistola clavada en la boca, pegajosa y llena de babas, fue como nació mi consciencia.
En el hormigón que hay aquí han calado una gran cantidad de «caldos»: semen, fluido vaginal, sangre, lágrimas, moquillo, sudor…
Yo renací en medio de todos esos líquidos como lo que se llama un ser humano con consciencia.
Tac, tac; tac, tac; tac, tac.
—Me salvó un destacamento mixto, formado por personal de una compañía de recursos militares contratada por Chechenia y soldados voluntarios. Me entregaron en adopción a un Biogobierno japonés como parte de un programa para contrarrestar el descenso de natalidad y por eso llegué a Japón.
—Myaha, ¿no lo decías una y otra vez? —pregunté con el rostro empapado por las lágrimas y los mocos.
Ya no era capaz de contener las emociones que iban brotando de mi interior.
—¿No decías que odiabas este mundo? ¿Que odiabas esta sociedad donde el amor de unos hacia otros era tan asfixiante como si te estrangularan con un pañuelo de algodón?
¿Qué te parece? ¿Crees que donde vivíamos era un lugar más horrible que este, que esta Chechenia?
¿La sociedad donde vivíamos era un lugar más horrible que este búnker?
—No sabía qué era lo que debía hacer.
Nuevo zapateado.
—Cuando tenía doce años, murió un chico que vivía en la casa de al lado. Se ahorcó.
Tac, tac, tac, tac, tac.
—Ese chico murió porque decía que odiaba este mundo y que no existía ningún lugar donde él pudiera estar.
Entonces pensé una cosa. Yo conocía hasta dónde podía llegar el salvajismo del ser humano.
Y ahora conocía, por el contrario, cuánto podía llegar a destruir el ser humano en su intento por dominar el salvajismo, la naturaleza.
En ese momento, vi las cosas de una manera muy sencilla.
Esta sociedad, esta sociedad de los Biogobiernos, este sistema de la esfera del vidalismo es ridículo.
Después de ver varios casos de personas que se suicidaban, pensé que esta sociedad donde uno mismo tenía que exigirse seguir con todo rigor una serie de normas era ridícula.
Sí. Influenciadas por esas ideas de Myaha, Kyan y yo adquirimos una forma especial de ver el mundo.
Esa sociedad basada en una ideología cuya escala de valores decía que la salud debía tener prioridad sobre cualquier otra cosa, donde el cuerpo humano era analizado minuciosamente mediante moléculas medicinales, monitoreado en tiempo real y donde en todo momento uno debía demostrar que se encontraba sano.
Una sociedad donde todos creían que la paz y la armonía nacían de que uno se aplicara con rigor la disciplina para estar sano.
—Eso es, tú odiabas el modo en que está articulado este mundo. Por eso, cuando nos dijiste que muriésemos juntas, Kyan y yo pensamos: «Sí, vayamos todas juntas».
No me di cuenta de cuándo empecé, pero estaba hablando con el mismo tono que si hubiéramos vuelto a los días del bachillerato.
La manera de hablar de las chicas de esa edad, como cuando comía el bento junto a Kyan Reikado y Myaha Mihie.
La manera de hablar de la Twan Kirie de entonces.
—Pero en el sitio a donde fui con tu padre, aprendí una cosa.
—¿El qué?
—Que el ser humano puede cambiar. Que las personas pueden romper el límite que les impone el hecho de contar con una consciencia.
Tac, tac, tac, tac, tac.
—Entonces, no has montado todo este revuelo porque odies este mundo, ¿no? —dije mientras bajaba la pistola.
Myaha, por su parte, seguía con su zapateado para esa única espectadora que era yo.
—Eso es. Amo el mundo. Amo este mundo con todas mis fuerzas. Todo lo hago para aceptar este mundo. Para salvar este mundo corroído por el yo.
El rostro de Myaha adoptó una gran seriedad. El zapateado se volvió todavía más violento.
—Sin avisar a nadie, introdujimos un código fuente a base de moléculas medicinales en el mesencéfalo de la gente del mundo entero que tenía instalado el WatchMe que ideó tu padre y sus compañeros, en su mayor parte creado por mí.
En el sistema de control del WatchMe de algunos Biogobiernos existe una «puerta trasera».
Lista para nosotros. Utilizando eso, es fácil generar en una gran cantidad de personas un valor de apreciación alto hacia el deseo de morir, que se comporta con el patrón de una curva hiperbólica.
En el eje del tiempo actual, se ponía un valor a la muerte mucho más alto que el del apego a la vida, de manera que resultase elegida.
Por muy pequeño que fuera, todo el mundo albergaba cierto deseo de morir.
Lo único que sucedía era que, como es lógico, el apego a la vida era más alto.
Las personas que de pronto sintieron una atracción salvaje hacia la muerte y decidieron que era un acto que debían elegir, carecían de medios para eludir esa irrazonable escala de valores.
—Pero ¿sabes qué? Los ancianos se asustaron.
—Los que manejan el Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación , ¿no?
—Eso es. Tu padre era su ideólogo central.
—Decía que, si se pretende un ser humano perfecto para esta sociedad, el alma es el elemento más innecesario de todos. Es para reírse, ¿no?
—Yo no me reí.
Myaha detuvo su zapateado y entrechocó sus manos en una fuerte palmada. El sonido huyó hacia el fondo del búnker, resonando en forma de eco.
—Pensé que era lo que debía hacerse. En estos tiempos, hay decenas de miles de chicos y chicas en todo el mundo que se están suicidando.
También adultos. No pueden eliminar por completo de su interior la violencia, la naturaleza.
Por encima de las pequeñas comunidades que encarnan los Biogobiernos y demás, antes de pensar en la relación con ese sistema, está el hecho de que no somos más que unos animales atados por nuestra condición de conglomerado de funciones como el raciocinio y las emociones. Esto es algo que no podemos olvidar.
—Así que fue idea tuya, ¿no? Si la gente no se acostumbraba a este mundo e iba muriendo…
—Eso es. Entonces, mejor dejar de ser humanos.
Tatac, tatac, tatac.
Myaha comenzó otra vez un ligero zapateado.
—O, mejor dicho, abandonar la consciencia de uno mismo.
Es preferible eliminar sin piedad, hasta en el último resquicio del cuerpo, esa consciencia que no es más que una función hecha de remiendos producto de la naturaleza, y transformarse hasta los huesos en una existencia social.
Es mejor tirar a la basura la idea de que «yo soy yo».
Borrar esa función que el medioambiente otorgó al ser humano para salir del paso, esa consciencia y ese yo.
Así, a esta sociedad que buscaba la armonía, le llegará por fin la verdadera armonía.
Tatatatatac, tatac, tatac.
—Al parecer, antiguamente se decía que un soldado no adapta el calzado a sus pies, sino sus pies al calzado. Para nosotros, eso es fácil de conseguir.
—Si los ancianos lo admitían, claro está.
Myaha detuvo de nuevo su zapateado. Bajó el entrecejo y suspiró.
—Sí… Los ancianos lo tomaron como que la paralización de la consciencia era sinónimo de la muerte.
A pesar de que cierta raza minoritaria de las montañas del Cáucaso ha estado viviendo así durante miles de años.
Si el sistema se encuentra lo suficientemente maduro, no hay necesidad de tomar decisiones conscientemente.
Nosotros, que contamos con un sistema de ayuda mutua, con un programa que nos da indicaciones acerca de cómo vivir y que externalizamos un montón de cosas, ¿qué clase de voluntad se supone que necesitamos?
El problema, más bien, es el sufrimiento por sernos requerida una voluntad, el sufrimiento por esa única necesidad restante de una voluntad para autodisciplinarse por causa de la salud o de la comunidad.
—Así que no hay necesidad ni de voluntad ni de consciencia. ¿Y qué tiene que ver eso con sumir el mundo en un completo caos? —pregunté.
—Pues porque si el mundo está a punto de convertirse en un completo revoltijo, a los ancianos no les quedará más opción que apretar el botón aun a disgusto, ¿no?
Me quedé estupefacta.
Dijo que había visto las cosas de manera muy sencilla. A esto se refería.
—O sea, que quieres decir que estás dando un empujoncito a los ancianos para que no tengan más remedio que arrebatar la consciencia a las personas, ¿no?
—Eso mismo.
—Has dirigido las cosas de manera que el mundo se hunda en el caos. Para que los ancianos se vieran obligados a pulsar el botón.
—Sí. Para ser exactos, no es un botón, sino una serie de códigos que solo conocen los ancianos.
Una clave secreta. Un encadenado de letras para ordenarle al mundo cómo debe ser. Y así llegaría el mundo deseado.
—Esa es la única facultad que nosotros no pudimos conseguir.
Supongo que ya te lo contaría Vasilov o tu padre, pero en el Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación existe una división.
La corriente principal, que opina que es precisamente la consciencia imitativa que dice «yo soy yo» lo que constituye la dignidad humana, y luego nuestra facción minoritaria: los herejes que pensamos que, dentro de este sistema social completo de hoy en día, el cerebro humano es la única cuestión pendiente, que algo como la consciencia solo trae desgracia y que hay que librarse de ella cuanto antes.
Por eso yo, que soy su líder, tuve que huir y he vuelto con la gente de Chechenia que antaño me salvó.