Harmony 04 #3
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04 #3

Myaha y los suyos habían usado al máximo las facultades de que disponían.

Habían penetrado en los servidores de una serie de Biogobiernos a los que tenían acceso y habían conseguido manipular la curva hiperbólica mediante la que el agente de los deseos alojado en el mesencéfalo de la gente hacía sus elecciones.

Sin embargo, la capacidad por encima de eso se hallaba solo en manos de los ancianos, aquellos que, irónicamente, a pesar de haber vivido el Maelstrom, creían en la dignidad del alma humana.

Según Myaha, quien estuvo defendiendo dicha dignidad e impidiendo que la especie humana cruzase dicha línea fue mi padre.

Recordé aquel día en que tenía ocho o nueve años.

Aquel día en que la posición de mi padre acerca del consumo de cafeína fue hecha pedazos por cierta señora.

En aquella ocasión, la mujer en cuestión ridiculizó con suavidad sus argumentos sobre la cafeína y, mientras él mismo iba desmenuzando poco a poco su dignidad como quien va deshaciendo un montoncito de hielo picado y esta se iba derritiendo, resulta que mi padre continuaba creyendo en el alma, en la consciencia, en la dignidad que nos dice que existimos como humanos.

Me entristecí. Y sentí pena también por la muerte de mi padre.

Creo que eran motivos suficientes para justificar la venganza.

—Tu padre era muuuy terco —dijo Myaha mientras me señalaba con una sonrisa—.

A pesar de que año tras año morían tantos millones de personas porque odiaban el mundo hasta ese punto, y todos eran por suicidio, que para una persona es el acto más indigno que existe, y él sentía lástima hacia ellos por haber cometido un acto despreciable, insistía en que aun así el ser humano no debía perder la voluntad ni la consciencia.

A mí me pareció que esa visión era absurda.

Y entonces pensé que tenía que hacer algo al respecto.

Por el alma de los millones de personas que morían en vano todos los años, decidí construir un mundo sin almas.

Fuuh, fuuh, fuuh.

Fuuh, fuuh, fuuh.

El viento que entraba por alguna parte del búnker cruzaba en torno a nosotras.

Volví a levantar la pistola.

Hice coincidir la mira justo con el corazón de Myaha.

Encañoné a Myaha.

—Kyan ha muerto. Mi padre ha muerto. Tú los mataste.

Myaha asintió con expresión muy seria.

—Fue inevitable. Fue el resultado de la elección aleatoria que tuvo lugar.

—En el caso de mi padre, no.

—Bueno, eso es cierto. Tu padre murió por sus creencias.

Tras esas palabras, señaló mi pistola.

—¿Y cuáles son las tuyas, Twan Kirie?

Intenté prestar oídos a la voz de mi interior.

Si desaparecían la voluntad y la consciencia, probablemente se extinguirían también cosas como esta voz interior.

La consciencia, la individualidad, desaparecería y lo único que quedaría sería un sistema.

Lo único restante sería un yo limitado a acciones obvias.

Sería, simplemente, actuar como dictara el momento, sin dudar para nada, y limitarse a contar con un cuerpo hecho de carne provisto de unas funciones que le hicieran trabajar eternamente.

Personas con un cerebro en consonancia con la armonía, que hubieran renunciado a toda duda o, mejor dicho, que la hubieran eliminado.

Si no hay duda, tampoco hay elección. Si no hay elección, solo hay lo que hay.

Sé que ese panorama no es muy diferente del que hemos tenido en estos últimos tiempos. Dado que la consciencia del ser humano últimamente no ha hecho gran cosa, no es que su desaparición vaya a cambiar la situación de un modo radical.

Hoy, al igual que ayer, la gente seguiría saliendo de compras.

Hoy, al igual que ayer, la gente continuaría yendo a sus trabajos.

Hoy, al igual que ayer, la gente se reiría.

Hoy, al igual que ayer, la gente lloraría.

Reaccionarían solo con las acciones que fueran evidentes. Harían las cosas simplemente porque debían hacerse.

¿Era este el rito de iniciación por el que había que pasar todos a una para alcanzar la eternidad?

Seguramente, así era.

Nada que objetar.

—Ah, entonces, Myaha, lo que tú querías era volver. Volver a ese panorama en el que no existía la consciencia. A un mundo como aquel en el que vivía tu raza.

Myaha bajó un poco la cabeza y asintió lentamente.

—Sí, puede que así fuera. Bueno, no, seguro que así fue.

—Bien, entonces, supongo que arrebatarte eso podría ser mi pequeña venganza, ¿no?

—¿Qué?

Myaha reaccionó como si no esperase que de pronto yo le dijera eso. Venganza. Como si creyera que yo, hasta que no llegué aquí, cargando con el peso de la muerte de Kyan y de mi padre, no hubiera pensado ni por un segundo en aquella palabra.

Aquel comportamiento tan caprichoso de Myaha terminó por hacerme gracia de un modo incontenible. Al fin y al cabo, esta chica seguía siendo la Myaha Mihie de siempre. Puede parecer raro, pero sentí cierto alivio por ello.

«Oye, Myaha Mihie, desde que, en aquella comida del mediodía, Kyan Reikado hundió su cabeza en la ensalada caprese hasta que llegaste con mil esfuerzos a este búnker de Chechenia, ¿no se te ha pasado nunca por la cabeza la de veces que he pensado en matarte?».

—No había ninguna necesidad de que Kyan muriese. Por eso mantuviste esa comunicación con ella, ¿no? Le dijiste que no hacía ninguna falta que muriese…

—Sí, puede ser…

—Tu «consciencia» tenía necesidad de justificarse. En aquel momento. Cuando la decisión ya estaba tomada y el fenómeno no podía frenarse.

—Sí, puede ser…

Asentí y empuñé con mayor fuerza el arma.

—Por eso voy a cobrarme ahora la venganza por la muerte de Kyan y de mi padre.

—¿De qué manera?

—Voy a materializar el mundo que deseas. Pero tú no lo vas a disfrutar.

Fuuh, fuuh.

Después, apreté el gatillo.

Myaha cayó sobre el suelo de hormigón.

De su boca brotó un tenue y agudo gemido. Myaha realizó un último esfuerzo y habló con voz débil.

—¿Con esto ya puedes perdonarme?

—¿Lo de Kyan y mi padre?

—Sí…

—Mi venganza ha terminado.

Acaricié los cabellos de Myaha, caída en el suelo.

El hilo de sangre que afluía de una de las comisuras de los labios ofrecía un contraste muy bello con el blanco de su piel.

Las pupilas, carentes de fuerza, miraban hacia el suelo.

Aquel suelo donde antaño se había esparcido una buena ración del salvajismo del ser humano.

—Por favor, llévame…

—¿Adónde?

—Hasta un lugar donde se vean las montañas del Cáucaso.

Dos balas mías habían atravesado el cuerpo de Myaha.

Una por Kyan. Otra por mi padre.

Recostando aquella carne sobre mi hombro, caminé por el interior del búnker.

Tal y como me pedía Myaha. Uwe también tenía razón.

A mí no me importaba lo que pasara con el mundo.

Aun cuando en estos momentos, en alguna ciudad del planeta, unos militares con uniforme de camuflaje color rosa estuvieran intentando contener de alguna manera con armamento no letal a las muchedumbres que se les echaban encima.

Aun cuando hombres con cuchillos se estuvieran haciendo picadillo mutuamente.

O aun cuando, para detener todo eso, los ancianos introdujeran en el sistema el código final.

Llevé a Myaha hasta un rincón del búnker que sobresalía de las montañas como si fuera el escenario de un teatro. Un polvillo de nieve se adentraba en el pasillo. Avancé en esa dirección.

El Cáucaso. Kroykhasis. La blanca nieve.

La cordillera coronada de blanco se extendía hasta donde llegaba la vista.

—¿Puedes quedarte aquí mirando?

—¿El qué?

—El final de… mi consciencia.

Asentí.

Esas balas las había disparado yo.

No había sido por voluntad de ninguna otra persona; las había disparado yo.

Yo fui.

Yo fui.

Yo.

Un momento después, dejó de verse el blanco aliento que salía de la boca de Myaha.

Su cuerpo, su cerebro, perdía el calor y la consciencia; la consciencia que nos dice que yo soy yo se fue borrando por ese mecanismo a la antigua usanza llamado muerte, tan sencillo y tan complicado a la vez.

Aun cuando se tratase de una emulación creada por el sistema límbico y sus alrededores, no hay una gran diferencia con la consciencia nuestra nacida en el mesencéfalo.

Mientras el viento seguía desperdigando nieve por el interior del búnker, permanecí un tiempo allí de pie.

Volví en mí por el sonido del goteo sobre el hormigón de la sangre que caía de las heridas de bala de Myaha.

—Hace frío aquí, ¿eh? —murmuré al paisaje del Cáucaso sosteniendo todavía el cuerpo de Myaha.

El frío calaba en mis mejillas.

¿Hasta dónde llegaba mi propio cuerpo y dónde empezaba el frío del aire? Ya no podía distinguir la frontera entre ambos.

Fuuuh, fuuuh, fuuuh, fuuuh.

Adiós, yo.

A-di-os, yo.

/cuerpo

/etml

inexistente

Yo

/inexistente