04
recuerdo
Aquello sucedió el día en que comenzamos a tomar aquel fármaco decisivo.
—Voy a llevar conmigo a esas personas que me han dado energías —dijo Myaha.
Cuando el sol ya se estaba poniendo, recibí comunicación de Myaha y, al llegar junto al río, ella se encontraba echando el aceite de un envase de plástico sobre una gran cantidad de madera apilada que a saber de dónde había traído.
A pesar de que fuera estúpido preguntar «¿Qué estás haciendo?
», porque para mí misma resultaba más que evidente, como sabía que ese era el papel que Myaha esperaba de mí, en principio lo pregunté.
—Voy a quemarlo. Todo.
Si eso que decía era verdad, lo que había ahí debían de ser todas las novelas que Myaha poseía, aquellas a cuya encuadernación había dedicado casi toda su asignación paterna.
Como la chica que yo era entonces nunca había ido a casa de Myaha, no sabía si lo que había allí eran realmente todos los libros que poseía Myaha o no.
Pero tampoco me parecía que ella estuviese mintiendo.
Entonces, Myaha dijo lo siguiente:
—Es que creo que, quizá, si conservara todo esto, no podría marcharme.
—¿Qué quieres decir con eso de no poder marcharte? —pregunté yo.
Myaha hizo con la mano un gesto dando a entender el mundo que la rodeaba o, mejor dicho, que nos rodeaba.
—Marcharme al otro lado de esto. A ese mundo que la gente llama «cielo», «infierno» o «el más allá».
A la nada. Si estos chicos siguen atándome a la tierra, quizá no sea capaz de ir.
Creo que, si dejara pasar más tiempo, mi cuerpo se debilitaría y no tendría fuerzas para traer los libros hasta aquí.
Las últimas gotas del bidón que tenía Myaha terminaron de caer. Myaha escudriñó el interior y, tras hacer un gesto de disgusto, apuntó la boca del bidón hacia mí.
—Puaj. Qué mal huele este aceite. ¿Quieres olerlo?
—No, prefiero que no —contesté.
—Los chinos, cuando cambiaba el emperador, quemaban todos los rollos donde estaba escrita la historia de ese periodo —dijo Myaha mientras ponía otra vez el tapón en la boca del bidón—. Para poder escribir una nueva historia.
—¿Sí? No lo sabía…
Le seguía la corriente como de costumbre. Me gustaba contestarle de esa manera, porque me hacía sentir igual que si ella estuviera escribiendo sobre mi cuerpo.
—Me he dado cuenta de que, en algún momento, este mundo se ha convertido en un gigantesco libro —siguió Myaha—.
Los seres humanos, convencidos de que se podía describir todo en él, han hecho que de verdad así sea.
Cuando nació la tomografía computarizada, el mundo cambió.
Los rayos X tradicionales no ofrecían más que una fotografía.
Pero la tomografía computarizada, aunque usa los rayos X, trata con un computador las imágenes tomadas desde distintos ángulos y, tras resolver una fórmula, muestra los resultados.
Los rayos X y la tomografía computarizada, por lo que respecta a su carácter descriptivo, son cosas definitivamente diferentes.
—¿Y lo mismo el WatchMe? —pregunté.
Myaha asintió mientras sacaba un encendedor del bolsillo.
—Ese es precisamente el caso extremo al que hemos llegado para convertir nuestros cuerpos en una descripción.
Al principio fue la tomografía computarizada la que fue sustituyendo nuestros cuerpos por una descripción, hasta llegar al extremo.
Lo que sucede a partir de entonces ya es solo una cuestión de grado de precisión.
Siempre, ya mismo. Eso es lo que busca el WatchMe.
Por eso yo, antes de meterme semejante cosa en el cuerpo, antes de que yo misma me convierta en un libro para leer, tengo intención de morir mientras todavía soy una chica. Para demostrar que estas tetas, este culo, este vientre, todo en mí... no es un libro. ¿Por qué crees que la gente escribe?
—Ni idea…
—Porque las letras se conservan. Quizá para siempre.
Hasta un punto cercano a la eternidad. Así sucedió con la Biblia.
Las pirámides, a su vez, también son una clase de descripción.
Desde los tiempos antiguos, la gente se siente atraída por el concepto de eternidad.
Ahora nadie enferma en toda su vida. Como mucho, contrae alguna pequeña enfermedad de joven.
Es la primera vez que se da una época donde se piensa erróneamente que el cuerpo es eterno.
A duras penas se conserva la sensación de envejecer, solo como un débil gemido que brota del cuerpo de modo natural, pero está cerca el día en que también eso se conseguirá dominar.
De hecho, se ha refrenado de un modo brutal.
Puede que el Maelstrom fuera un proceso de rehabilitación para devolver al ser humano a su estado natural.
Al acabar de hablar, Myaha suspiró.
Yo, que me encontraba a su espalda mirándola, me acerqué a ella.
—¿Qué pasa? —preguntó haciendo que yo agarrase con la mano derecha el encendedor.
La frialdad de la mano de Myaha me produjo una sensación agradable.
—Por favor… —dijo—. ¿Podrás hacerlo? Después de haber hecho hasta aquí, te parecerá raro, pero me resultaría muy duro acabarlo por mí misma.
—Vale —asentí.
Con la solemnidad de un atleta que va a encender la antorcha olímpica, prendí fuego a la montaña de libros.
Ardieron en un abrir y cerrar de ojos, transformándose en un montón de cenizas.
El sol, ya casi oculto, teñía el entorno con una extraña tonalidad y la luz del plasma emitido por las llamas incidía desde debajo en mí y en Myaha, de pie con expresión serena junto al fuego, confiriéndonos una coloración naranja.
—Verás, antiguamente, en Japón, quemaban así los cadáveres.
—¿Sí? No lo sabía…
—Pero, lógicamente, cuando llegaron los tiempos del Maelstrom, todo cambió —dijo Myaha sonriendo acto seguido—.
Todo cambió. Después del gran caos, llegó la era de la gran moderación.
Y aquello cuajó de un modo tan consistente que, por más que lo intentes, es imposible hacerlo tambalear.
«Incineración», llamaban a aquel método.
Antes de quemarlo, metían en el ataúd cosas que se suponía que le gustaban al difunto.
Pero, desde que el tratamiento de los cadáveres se realiza con un líquido que disuelve las proteínas, esa costumbre ha desaparecido por completo.
—¿Y esta es tu incineración, Myaha? —pregunté.
—Sí —asintió ella—. Porque en mi ataúd no puedo meter los libros. Me los llevo en agradecimiento por la fuerza que me han dado.
Las dos nos quedamos largo largo tiempo, aun ya anochecido, sentadas en cuclillas junto a la ribera del río, contemplando la ciudad hasta que se apagó el último rescoldo del fuego, hasta que acabó la «incineración» de Myaha. Entonces señaló hacia las calles y dijo:
—Eso es eterno. El castillo de la gente que cree ser eterna.
Eso es el rey. Eso es el Gobierno. Antiguamente se usaban esos nombres y ahora es lo que se llama Biogobiernos, una madriguera de la clase dominante que ha sido fragmentada de forma ilimitada.
¿Sabes?, quiero golpear por sorpresa eso que la gente cree que es eterno.
—¿Y la muerte de nosotras tres será ese golpe? —pregunté—. ¿El mundo cambiará por eso?
—Cambiará todo para nosotras —contestó Myaha.
/recuerdo
—Finalmente, hemos llegado hasta aquí —dijo Myaha dando dos o tres golpecitos con el pie en el suelo.
Era bastante más alta que antes y tenía también unas tetas más macizas que las mías. Seguía siendo una chica bonita. Myaha Mihie parecía tan hermosa y tan joven como antes.
—¿Y dónde es aquí?
—A Un mundo feliz .
No entendí de qué estaba hablando. Myaha se dio cuenta y procedió a explicarse.
—Es una utopía, Twan Kirie. La escribió Aldous Huxley.
Dio otros dos pisotones en el suelo.
—¿El objetivo es la felicidad o es la verdad?
Después del Maelstrom, la humanidad escogió la felicidad.
Escogió la farsa de la eternidad, la negación del hecho de que no es más que un animal defectuoso, un pegote construido a base de remiendos que fueron surgiendo en el curso de la evolución para adaptarse a las necesidades de cada momento.
Si aplastaba la naturaleza, podría conseguirlo.
Si sustituía todo, todo lo que hay en el mundo en que vivimos por cosas artificiales, podría conseguirlo.
Así, la humanidad llegó a cruzar una línea sin retorno.
Sin dejar de apuntar a Myaha, la confusión empezó a aflorar en mi rostro.
—¿Pero acaso no eras tú, Myaha Mihie, quien más renegaba de todo eso, quien más lo odiaba?
Nuevo tac, tac, tac en el suelo.
—Mi padre me dijo que tú….
—Sí, soy miembro de una raza que carece de consciencia.
O, mejor dicho, creo que es más exacto decir miembro de una raza que no la necesita.
Aunque, como ahora ya he adquirido una consciencia, debería formular la frase en tiempo pasado.
La sección del cerebro que gestiona la mía es diferente de la que gestiona la vuestra.
Según la imagen por resonancia magnética funcional, IRMf, al parecer, se está produciendo una emulación de la consciencia en una parte de mi sistema límbico.
¿Sabes, Twan?, mi consciencia nació aquí.
Myaha extendió los brazos y, con una pirueta estilo ballet , dio una vuelta completa. Con ello me indicaba el interior del búnker, aquella gruta de hormigón que parecía inacabable.
Fuuuh, fuuuh, fuuuh.
El viento que soplaba en las alturas del Cáucaso interpretaba una triste melodía usando el búnker como sustituto de la flauta.
—Este sitio era la base del Ejército ruso para la prostitución. Los soldados rusos se trabajaban aquí a diario a las chicas raptadas en los campos de batalla.
Fuuuh, fuuuh.
—El oficial que se montaba encima de mí, mientras me la metía una y otra vez, hacía que le tocase el cañón de su antigua pistola Tokarev.
Me iba diciendo «esto es una pistola», «esto es acero», «esto es fuerza», mientras que, igual que si fuera otro pene suyo, me obligaba a acariciarla y a chuparla, metiéndola con violencia en mi boca, una y otra vez.