03 #2
Y si así fuera… Por lo que respecta a este extraño rasgo llamado consciencia que hemos adquirido los humanos, ¿dónde estaba la necesidad de considerarlo especialmente grato y adorarlo poniéndolo en un altar?
La ética, lo sagrado, todo eso no era más que una parte de esos remiendos que había adquirido el cerebro para adaptarse a la situación.
La tristeza, la alegría, todo eso existe solo porque en un determinado «ambiente», únicamente ahí, resultó necesario para vivir, contribuyó a la supervivencia.
No sé en qué ambiente resultó necesaria esa emoción que es la alegría.
No sé en qué ambiente resultaron necesarios esos sentimientos que son la tristeza o la angustia.
Pero, aun así, al igual que sucedió con la diabetes, los años de resistencia como aplicación práctica de las emociones se habían deshilachado hacía ya tiempo.
Si para el ser humano, que es un animal social, el ambiente por el que se volvieron necesarias funciones como las emociones o la consciencia había dejado en algún momento lejano de existir, ¿por qué deberíamos dudar ante la «curación» de ambas, eliminando dichas funciones de nuestro cerebro al igual que hemos curado la diabetes?
Hace tiempo, la furia era necesaria para la humanidad.
Hace tiempo, la alegría era necesaria para la humanidad.
Hace tiempo, la tristeza era necesaria para la humanidad.
Hace tiempo, el placer era necesario para la humanidad.
Hace tiempo, hace tiempo, hace tiempo.
Esas eran las palabras de responso hacia un ambiente y una época que ya se fue.
Keita Saeki, Gabrielle Eding y Nuaza Kirie.
El encuentro con estas tres personas ¿no me habría arrebatado sin remedio todos los fundamentos por los que creía en la existencia de un yo en mi interior?
Mi padre dijo que, al igual que en la isla de Vineyard las personas con discapacidad auditiva constituían mayoría y que los que podían oír eran los marginados, en esta región vivía de la manera más natural del mundo una etnia de personas carentes de consciencia, que se emparejaban entre ellas poseyendo los mismos genes recesivos.
Si se estructuraba a partir de ello una sociedad donde se pudiera mantener un sistema de cierta ayuda mutua, ¿no es cierto que constituiría la prueba de que resultaba innecesaria una función anticuada como la consciencia y su destino no sería otro que el de extinguirse?
¿No sería deseable que, siguiendo el camino que ha venido escogiendo la especie humana, eliminásemos esa molesta función que era la consciencia, causante de los enfrentamientos, las incertidumbres o los sufrimientos?
¿En qué fundamentos se basaría la emoción inquisitiva que me hacía actuar?
El ánimo de vengar la muerte de Kyan Reikado y de mi padre ¿acaso no sería más que algo anticuado, las reminiscencias de una función que resultó necesaria antaño en el proceso evolutivo y se implantó en el mesencéfalo de los simios?
Antiguamente, es probable que fuera la religión la que nos garantizaba que yo soy yo .
Puesto que todo había sido dispuesto por Dios, el ser humano no tenía necesidad de opinar al respecto.
Pero hoy en día, dicha función de la religión se había perdido por completo.
Si alegría, furia, tristeza y placer, todos los fenómenos que provocaba el cerebro, eran solo peculiaridades fruto de que en tal o cual ocasión el ser humano se vio en un determinado entorno y, para una mejor supervivencia, resultaba mejor ir añadiéndolas, se perderían los fundamentos inamovibles de casi toda ética.
Y una ética relativa es muy frágil. La historia lo ha demostrado.
En cualquier caso, lo importante ahora era verse con Myaha Mihie.
Allí deberían de aguardarme unas cuantas respuestas al respecto.
Después del enésimo receso, para la hora en que llegué junto al búnker, el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. A lo lejos, las nubes parecían extenderse muy por debajo de mí. Me pregunto hasta qué altitud habría llegado.
Una esquina del búnker acababa de brotar de la montaña. Estaba hecho de hormigón sin recubrir y su oscura puerta se encontraba abierta.
—Anda, cabra bonita, espera aquí, ¿eh?
Usando la biometría vascular, dejé bloqueada el arma de la cabra y, acto seguido, procedí a verificar el estado de la que llevaba en la funda.
listado: protocolo
p: comprobar el cargador
p: volver a meter las balas
p: tirar de la corredera
p: comprobar, una vez bloqueada el arma, si hay o no balas en la recámara
p: verificar cuidadosamente otros movimientos del arma
/listado
—Todo bien, puedo ir —murmuré.
Acto seguido, me encaminé a la entrada de aquel búnker excavado en la montaña y reforzado con hormigón.
—Hola, Twan. Trece años sin vernos, ¿verdad?
Las palabras salían de las tinieblas del fondo del búnker. Aparte del sonido de un goteo de agua y del de mis pasos, lo único que había oído era aquella voz. Al sacar mi arma de la funda, el ruido del rozamiento con la ropa destacó de un modo espectacular en medio de aquel extremo silencio.
—No necesitas ninguna arma. Aquí solo estamos tú y yo.
Un paso. Otro paso.
Cambié el modo de la realidad aumentada para que aumentase la claridad y con eso pude hacer visible el interior del umbrío búnker.
—Estaba segura de que vendrías. Que tú serías la única que vendría a verme aquí, Twan.
La entrada ya quedaba bastante detrás de mí. Allí, la cabra esperaba disciplinadamente mi regreso.
—Estoy aquí, Twan.
Entonces, de improviso, realmente de golpe, vi la figura de Myaha Mihie justo delante del cañón de mi pistola.
Con el mismo aspecto de entonces, el mismo que tenía cuando éramos adolescentes.
—Esto fue una idea brillante, Twan. Mi tarjeta de visita. La que hice cuando estábamos en bachillerato. Enseguida comprendí que se trataba de ti.
Mientras hablaba, Myaha sacó su propia tarjeta, que yo encontré en el escritorio de mi habitación del hogar paterno en Japón cuando pasé por allí a mi vuelta de Bagdad y antes de volver a salir destino a Chechenia.
Ese era el papel que le di al chico que vino como mensajero a El Cervatillo . Contesté sin dejar de encañonarla.
—¿Verdad que sí? La traje porque Vasilov me dijo que estabas aquí.
—Vasilov… Una pena, lo suyo. Y también lo de tu padre, Twan.
Cosa extraña: aunque Myaha dijera aquello, no se me subió la sangre a la cabeza. Pero, junto con el recuerdo de Kyan Reikado, sentí de manera muy vívida que una viscosa furia comenzaba a borbotear en el fondo de mis entrañas.
—Pero imagino que sin duda dirás que fue inevitable, ¿verdad?
—Así es, yo diría eso. Fue inevitable.
Apreté el gatillo. La bala pasó rozando su blanca frente y trazó un hilillo de roja sangre.
—Para mí, no fue algo inevitable. Podía haberse evitado que muriera nadie.
—Puede ser. Pero no podemos permitirnos que muera más gente. En este mundo que es el nuestro.
—Cerca de seis mil personas intentaron suicidarse y de ellas casi tres mil realmente murieron.
Ahora mismo, en los territorios de la esfera de la sociedad vidalista, no paran de sucederse los asesinatos, suicidios y revueltas por culpa de vuestra «declaración».
Después de haber hecho algo así, ¿cómo osas decir eso de que no podemos permitirnos que muera más gente? ¿Qué broma de mal gusto es esa?
—Pero es que, si no, los ancianos no se decidían a apretar el botón…
—¿Cómo que «es que»?
Al llegar ahí, entendí en un instante todo el camino que había llevado hasta esta situación.
Comprendí la visión de las cosas que tenía Myaha. Cuál era el dibujo que Myaha quería sobreimpresionar sobre el mundo existente.
Sin dejar de apuntar mi arma hacia ella, me encontré mirándola con la boca abierta con cara de lerda.
—Efectivamente, Twan. Lo que nosotros deseamos es la armonía de la especie humana.