03
Según subía la altitud, aumentaba el frío que sentía en la piel.
En la caja del camión estaba yo sola, bamboleándome con la cabra mecánica de la que colgaba un saco a cada lado con mis cosas.
Dado que se usaba para el Ejército de Tierra, no era cuestión de que el ingenio fuera pintado de color rosa.
Era en su totalidad de un verde oliva apagado, mate, sucio.
El color de la guerra. Según había oído, en el mecanismo de control de mi compañero de seis patas se había utilizado un cultivo de nervio craneal de caballo con el que se le había adiestrado.
Y, además, era de un caballo de los que se criaban por aquí, por lo que Uwe afirmaba que debería estar acostumbrado a las zonas montañosas.
En su blindada y abultada barriga, se veía el emblema del Ejército del Tratado de Ginebra.
El ingenio en cuestión era una mezcla de partes a base de aquellos cultivos biológicos, carne extraída de una auténtica cabra y maquinaria diversa, en una proporción bastante difícil de desentrañar.
No tenía cabeza. En la parte delantera, donde se concentraban las piezas, contaba con algunos sensores, pero hacía falta un gran esfuerzo para interpretar aquello como un rostro. Lo más parecido sería la sensación de estar junto a una cabra decapitada. La comparación se ajustaba como un guante.
El camión traqueteaba mucho, pero en todo ese tiempo el conductor no miró ni una sola vez a través de la ventanilla para ver cómo estábamos, bueno, estaba, y no hizo intento de dirigirme la palabra.
Después de todo, como por mi parte yo tampoco conocía ni el idioma de aquí ni el ruso, aunque me hubiese dicho algo, no habría sabido cómo contestarle.
Debido también a eso, me limitaba a dejarme bambolear junto a esta cabra artificial sin cabeza.
Y así, poco a poco, se fue despertando en mí cierto cariño por mi porteador cibernético.
De repente, el camión se detuvo.
El toldo del vehículo se abrió, y como el conductor me hizo una señal para que bajara, di una palmadita en el culo de la cabra.
La cabra se enderezó al instante en la caja del camión y, de un salto, se plantó en la vereda que discurría entre los arrozales.
Miré unos instantes la fotografía aérea obtenida como resultado de conectar la realidad aumentada con el GPS.
Desde aquí hasta el terreno donde quedaba el búnker indicado había algo más de medio día de camino.
Un trayecto donde, en realidad, no existía ningún camino, pero, combinando los datos de altitud y las imágenes del satélite con el programa informático que tenía, quedaba determinada la ruta de escalada.
Agité una mano hacia el conductor mientras le daba las gracias, y aquel hombre tan seco emprendió la vuelta sin dilación por el camino que nos había traído.
Me adentré en la montaña. Las rocas del Cáucaso eran negras.
Según dijo Uwe, al parecer la palabra procede del griego Kaukasos , que a su vez es una deformación de Kroykhasis , y en una antigua lengua escita significa «blanca nieve».
En el norte del Cáucaso, ensartada entre el mar Caspio y el mar Negro, está Chechenia.
Nuestro camión de antes se había detenido en las faldas de la cordillera del Cáucaso, es decir, junto a la frontera sur que limitaba con Georgia.
Comencé a escalar por las escarpadas rocas.
A mi espalda venía la cabra, subiendo mientras localizaba con habilidad puntos donde ir pisando.
«Parecemos monjes eremitas», pensé mientras avanzaba jadeante.
Era como un ejercicio ascético para ir al encuentro de un dios.
Aunque no pienso que Myaha sea un dios ni quiero pensarlo.
La nieve en estas montañas del Cáucaso cuajaba solo en las cimas más altas. Por debajo de los 2500 metros, donde me encontraba, lo único que había era tierra y rocas negruzcas.
En el cielo no se veía ni una nube. Como la temperatura era baja, el radiante sol no suponía un problema, siempre y cuando se tratara de un periodo de tiempo no demasiado largo.
Aunque no existiera un camino en sí mismo, estas montañas eran un lugar por el que la guerrilla chechena deambulaba libremente.
Contando con el sistema de navegación asociado a la realidad aumentada, no resultaba una escalada imposible.
Mis pulmones sentían nítidamente cómo el oxígeno disminuía poco a poco según ascendía.
Ante eso, ni siquiera el WatchMe o el Medicare implantados en mi cuerpo podían hacer nada.
De entrada, en un lugar como este resultaba inevitable que el servidor de tratamiento médico quedara fuera de cobertura.
Lo único que hacía la realidad aumentada era conectar una simulación con el GPS que yo llevaba.
—Estar en medio de una soledad como esta resulta casi emocionante, ¿eh? —le dije a la cabra.
La cabra seguía mis pasos en silencio, con el equipaje a cuestas.
Tras unas tres horas subiendo por aquella ruta sin camino, encontré algo similar a una vereda de montaña.
Según el navegador de la realidad aumentada, si continuaba subiendo unas seis horas desde aquí, debería llegar al búnker que tenía por objetivo.
La vereda tenía una anchura aceptable. Se podía ver también el rastro del paso de vehículos.
Probablemente, los combatientes chechenos no habían sido los únicos en usarla.
En la época de guerra abierta, la vereda debió de ser utilizada también por el Ejército ruso.
Avancé haciendo pausas de vez en cuando, en las que bebía agua y acostumbraba mis pulmones al aire circundante.
Gracias a que la cabra de uso militar contaba con un reciclador incorporado, apenas había necesidad de darle agua.
Toqué la espalda de la cabra igual que si estuviera acariciando el lomo de un animal de compañía.
Al tacto, era idéntica a un animal corriente.
También tenía una cierta calidez. Un porteador de seis patas que poseía un sistema de control recubierto de músculos de caballo y con unos sesos y una red neuronal también de caballo.
Durante uno de mis trabajos de mediación, ya no recuerdo si en Níger o en otra parte de África, una vez vi unos milicianos que se lanzaban contra el ejército regular montados en estos ingenios como si fueran soldados de caballería.
El ejército regular de entonces estaba compuesto en su totalidad por efectivos subcontratados que actuaban teledirigidos.
Los subcontratados por dicho ejército regular contaban con un sistema de contramedidas electrónicas (ECM), pero los operadores que estaban teledirigiendo desde el centro de mando perdieron el control y hubo que recurrir al combate por sus propios medios.
Las cabalgaduras cibernéticas que eran controladas directamente por sus jinetes se movieron tan rápido que sorprendieron al ejército subcontratado de la empresa de recursos militares, eliminándolo por completo.
Comparado con aquellos ingenios, la cabra de ahora había sido creada específicamente para el transporte en zonas montañosas.
Era propiedad del Ejército y el cañoncito con el que contaba era casi por cumplir, ofreciendo un aspecto de lo más apacible.
Me puse en pie, devolví la cantimplora a la alforja de la cabra y, tras comprobar la pistola que llevaba en la funda bajo la axila, reemprendí la subida.
Subí un poco y descansé. Otro tramo y otra pausa.
Así, mientras intentaba acostumbrar mi cuerpo poco a poco, llegué a un punto en que sentí que cada vez tardaba más en recuperarme.
El motivo era la escasez de oxígeno, pero noté que mis sensaciones eran verdaderamente humanas.
Por lo general, el Medicare implantado en el cuerpo actuaba sobre el sistema nervioso y acallaba el dolor o el sufrimiento.
Sin embargo, esta clase de penalidades eran, en verdad, la prueba de que estaba viva y en una parte de ese proceso que era la vida.
El WatchMe externalizaba las enfermedades, el hecho de sentirse enfermo.
Cuanto más se alarga la historia de la especie humana, más se reduce el ámbito de las cosas de la naturaleza cuya existencia se considera buena para ella.
Siendo así, ¿dónde estaba el fundamento para considerar inviolables el alma o la consciencia humanas como territorio que no se debe manipular?
Ahora que la humanidad había conseguido dominar ya la mayoría de las enfermedades «naturales».
Ahora que la fantasía de un cuerpo humano «normalizado» se había elevado a la categoría de algo de «sentido común» en la sociedad.
Mientras subía la montaña, iba pensando acerca de esas cosas. Por ejemplo, el caso de la diabetes.
La diabetes es un valioso rasgo genético que la especie humana adquirió para hacer frente a las frías temperaturas.
El punto de congelación del agua con azúcar está por debajo de los cero grados.
Para los humanos sobre los que de pronto caía una ola de frío, debió de suponer una característica muy útil.
Aunque el azúcar estropee las venas y descontrole los riñones, tarda décadas en producir la muerte.
Si hasta entonces uno concibe descendencia, puede legar sus genes y cantar victoria.
La diabetes es una parte de la evolución humana.
La evolución es un encadenado de remiendos.
Aquel rasgo que resultaba necesario en las condiciones en que nació se volvía inútil una vez pasado el asunto.
Tenemos un conjunto de genes que fueron creándose por las necesidades de cada momento.
El genoma humano está hecho de remiendos que en su momento tuvieron éxito.
Una palabra como evolución está cargada de resonancias positivas, y con mucha facilidad ofrece a la gente una imagen equivocada.
El ser humano o, mejor dicho, todos los seres vivos somos un enorme conglomerado de genes originados en su momento para salir del paso.