02 #3
—Según el reglamento de los inspectores de espirales, beber alcohol en las regiones donde se consume se calibra valorando el equilibrio entre el riesgo para la salud y su utilidad en las negociaciones.
Basta con hacerlo constar en el informe.
En tu caso, imagino que quizá te hayas instalado eso que llaman DummyMe, ¿no?
Sin necesidad de hacer algo tan farragoso, nuestro trabajo es tratar con gente de toda clase de regiones del mundo con muy diversas costumbres.
Para eso existen normas como es debido que nos proporcionan una red de protección.
—No lo sabía.
—Mucha gente no lo sabe. Yo, como quiero disfrutar de la vida, me dedico en lo posible a buscar todos los resquicios que pueda haber en el sistema.
El dueño nos trajo un arroz pilaf. Consistía en arroz índico mezclado con tiras de pollo.
Entonces, en ese momento, un muchacho dio una palmada en el hombro de Uwe.
No nos habíamos dado cuenta de cuándo había llegado.
Pero, en cualquier caso, era imposible que hubiera entrado por la puerta principal.
En la pechera del traje étnico que vestía había varias cartucheras cosidas con hilos. ¿Sería un guerrero? Tan joven… Uwe se dio media vuelta, le dijo algo y el muchacho alargó una mano hacia mí.
—Dice que le des lo que quieras entregar a su jefe…
Dado que Uwe así lo decía, me saqué un papel de un bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Nada más que ese papelito? —preguntó Uwe.
—Con eso basta —contesté—. Dile que se lo entregue sin falta a su jefe, que seguro que lo entenderá.
Uwe le tradujo despacio mis palabras. El chico asintió con rostro muy serio y desapareció por la trastienda.
—¿Pero es suficiente con eso?
—Sí, está bien así. Si no nos damos prisa, se va a enfriar el pilaf.
—Aquí no lo llaman pilaf, sino plov . Pero, aparte de eso, tienes razón. Y se supone que ambos estamos comiendo aquí por trabajo. Así que ¿por qué no nos metemos todo esto en el estómago sin preocuparnos lo más mínimo por cuestiones morales sobre la grasa o el colesterol?
Después de hincharnos a comer de tal manera, regresamos a la oficina de Uwe y vimos que habían dejado una hoja de papel doblada encima de la mesa. Uwe, con aire disgustado, dijo:
—Debe de ser la respuesta. Vaya una rapidez…
Me adelanté a Uwe y recogí el papel. Había escritas unas cifras.
Coordenadas. Y después, la palabra «sola».
—Esto se encuentra bastante adentrado en la montaña —comentó Uwe.
Al oír eso, conecté la realidad aumentada y, tras llamar al sistema WorldVision, introduje las cifras de antes.
Ante mis ojos, el globo terráqueo fue acercándose; luego, la imagen se centró en la zona interior de Eurasia; después, siguió aumentando hasta que enfocó el Cáucaso, entre el mar Negro y el mar Caspio y, cuando ya se pudo ver la superficie rocosa de las montañas con un detalle que hacía sentir su textura, finalmente, la imagen se detuvo en una forma cuadrada que parecía flotar en medio de un mar de rocas.
—Un búnker… Y parece bastante antiguo. Debieron de construirlo los chechenos en el siglo pasado o a primeros de este para protegerse de los bombardeos del Ejército ruso.
—Voy a ir. ¿Te importaría acompañarme hasta la mitad?
—¿Yo solo? Es una locura.
—El chisme de seis patas que tienes aparcado afuera, lleva armas, ¿no?
—Sí, se supone que lleva un cañón de no sé cuántos milímetros. Es un vehículo de transporte con armamento incorporado, lo que se llama una «cabra correo».
—Me bastará con que metas en un par de sacos comida para dos días y los ates colgando del vehículo. Si consigues un camión que nos transporte a la cabra y a mí hasta donde se pueda llegar, luego ya me arreglo sola.
—¿Y la protección de la empresa proveedora de servicios militares?
—No la necesito.
—Entonces será un billete solo de ida. No puedo consentirlo.
Inesperadamente, este Uwe resultaba ser un hombre de buen corazón. Le di una palmadita en el hombro.
—¿Acaso no fuiste tú quien me obligó a decirlo? Este es un acto que hago a título personal. Es una cuestión muuuy privada.
—El problema es tu vida. No puedo hacer como que no me doy cuenta.
—Ahora mismo, el mundo entero, los ciudadanos de todos los Biogobiernos están sufriendo por su propia vida. Lo que suceda con la mía es poca cosa. Ya te dije lo que opinó Staufenberg, ¿no? Que la suerte del mundo recaía sobre mis hombros. Todo este asunto debe recaer solo sobre mí.
Parecía que aun así Uwe no se mostraba conforme y se quedó un rato contemplando mi rostro. Sin embargo, finalmente dio su brazo a torcer y se encogió de hombros. Después, tras un suspiro, dijo:
—Desde luego que eres una mujer que solo piensa en sí misma, ¿eh?
—Así es. ¿No lo dijiste tú? Que tenía unos nervios insensibles, que no me importaba lo que estuviera sucediendo en el mundo…
—Parece que te dejas llevar por alguna obsesión. Conste que no me disgusta esa actitud tuya. Yo, que también me hice inspector de espirales para beber cerveza y fumar tabaco, soy, en mayor o menor medida, un tipo similar.
Tras decir esto, Uwe se llevó una mano a la oreja. Comenzó a hablar con alguien. «Ah, Yuri, eres Yuri, ¿no? Soy Uwe. Quería que llevases a una mujer y la cabra correo en la caja de tu camión. Ahora, enseguida».