02 #2
—Están empezando a morir miles de personas en todo el mundo, decenas de miles. Si aun así crees que no existe peligro inminente, es que tus nervios son de lo más insensible que hay.
Uwe arqueó la espalda y, en aquella vasta habitación donde solo estábamos los dos, estalló en una carcajada.
—Tú sí que tienes unos nervios insensibles, Twan.
Te conozco, porque somos compañeros de profesión.
A ti no te importa el caos que se está generando ahora en el mundo.
Si tú te estás moviendo, es porque hay algo en este caso que te concierne personalmente.
Lo de tu padre fue una verdadera pena y eso también habrá influido.
Un deseo a título particular de conocer y una parte de venganza.
Aclaremos una cosa. También yo, que vengo aquí como miembro del grupo de observadores de la tregua, me dedico a probar el alcohol y el tabaco, incluyendo una parte procedente de Níger, donde tú estabas.
Se trata de una minoría, pero hay unos cuantos estúpidos que, buscando huir de la asfixiante amabilidad y salud que nos impone la sociedad, hemos ido dando tumbos por ahí hasta que, como resultado, hemos ido a parar, a saber por qué, a una profesión en la que tenemos que cargar con responsabilidades de la sociedad internacional.
Tú no eres la única; también estamos otros.
Me quedé paralizada por la sorpresa. Nunca pensé que entre los inspectores de espirales hubiera otras personas de mi cuerda, capaces de olfatear a un similar.
—Tú trabajas para ti misma. Reconócelo. Después, te echaré una mano con los preliminares.
Exhalé un suspiro. Pero, aun así, no me sentía del todo incómoda. Este hombre comenzaba a caerme bien.
—Es cierto. Existe una cuestión de ámbito muy privado.
—Privado, ¿eh? Qué agradable tintineo erótico tiene eso…
Tras esas palabras, Uwe curvó sus labios en una sonrisa y se llevó una mano a la oreja para conectar con algún lado mediante el HeadPhone.
—Cervatillo, ¿puedes hacerme el favor de decir al Kid que venga? Lo más pronto que pueda. Total, por el sonido intuyo que apenas hay clientes, ¿no? Bueno, lo dejo en tus manos.
Sorprendentemente, en El Cervatillo servían cerveza.
Al parecer, este restaurante situado frente al antiguo edificio del Ayuntamiento, ahora convertido en centro de operaciones del grupo de observadores de la tregua, antes era frecuentado sobre todo por los entonces empleados del consistorio.
Como recuerdo de las guerras que habían ido sucediéndose, en las paredes de madera había imágenes pegadas, impresas en papel, de algunos militares.
Cuando saqué el tema, Uwe se rio y dijo con tono divertido:
—Eso no son imágenes impresas en papel. Se llaman «fotografías», Twan.
—Fotografías…
—Se obtienen con un proceso muy engorroso que necesita varios materiales, como película, papel fotográfico, líquido de revelado, etcétera. No era algo tan sencillo como ahora, que basta con ir cambiando la tinta de la impresora.
—Entonces, es uno de los llamados «medios muertos»…
—Eso mismo. Aunque en sitios como este todavía es un «medio vivo».
—Es increíble que en el menú venga escrito «cerveza» sin tapujos.
—Sí, esos son los puntos negros de los rusos —contestó Uwe alegremente—. Por toda esa región todavía agasajan a los invitados con algo tan malo para la salud como el alcohol. Lo he visto miles de veces en la documentación que esa gente me trae.
—Ya, imagino que sí.
—¿Sabes una cosa, Twan? He estado haciendo unas averiguaciones.
He buscado cuántos Biogobiernos tienen una prohibición oficial sobre el alcohol.
De los varios miles de Biogobiernos que existen en el mundo, solo hay veintiséis.
Solo son veintiséis los Biogobiernos donde consta escrita en los contratos de acuerdos con sus miembros la prohibición de consumir bebidas alcohólicas.
En el resto, se trata solo de la opresión del «ambiente».
Solo el sentido común que dice que no se debe beber alcohol.
—Pero los analistas de la puntuación social no reconocerían el consumo de alcohol, ¿verdad?
—Efectivamente. Porque los puntos sociales son la unidad de credibilidad pública.
Eso que llamamos sentido común se introduce ahí a hurtadillas.
Aun cuando no exista ninguna ley al respecto, cosas como el «sentido común» y el «ambiente» ejercen su influencia sobre nosotros a través de la valoración social.
¿No crees que es un mecanismo de lo más oscuro y astuto?
—Por lo visto, tenía que haberme hecho tu amiga hace mucho más tiempo…
—Qué cosas más agradables me dices. A mí tampoco me disgustas… Mira, ahí viene.
El dueño de ese local donde solo estábamos nosotros dos se acercó trayendo una bandeja con los platos de comida. Tras colocarlos sobre la mesa de madera haciéndolos resonar, se metió otra vez en la cocina.
—Me pregunto si ese hombre también estará dándole vueltas a qué hacer antes del plazo de la «declaración»… —comenté.
—Seguro que no. Yo tampoco pienso en ello.
—¿Crees que es un farol?
—A mí me da igual si es verdad o mentira. Me basta con aceptar lo que llegue en ese día. Bueno, aquí tenemos un plato de comida chechena. Zhizhig galnash , un plato de carne.
Consistía en una especie de penne o masa de pasta sobre la cual se montaba una gran cantidad de carne hervida con sal.
El olor a cordero que despedía me encantó.
«Se suele comer con esto», me dijo Uwe alargando hacia mí un plato con un caldo de ajos.
Cuando lo probé tras echarle aquello, aprecié mejor el sabor del cordero.
En cualquier caso, la carne estaba bastante dura.
Había que bregar a conciencia con el cuchillo y el tenedor para acabar con ella.
Nos fueron trayendo un plato tras otro. Una sopa donde flotaban pequeñas empanadillas de cordero. De una forma o de otra, cordero. Para borrar el olor que me quedaba en la boca, terminé por pedir una cerveza a pesar de que estaba Uwe delante.
—Buena idea, entonces yo pediré otra. Además, parece que no hay ningún cliente aparte de nosotros.
—Oye, ¿tú cómo engañas al WatchMe?