01 #4
El Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación , con objeto de seguir el rastro de Myaha, y la «secta» de Myaha, con objeto de hacer salir a Nuaza Kirie, el cabecilla del Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación , ambas partes se habían fijado en mí esperando que con ello los respectivos líderes asomaran la cabeza.
¡En qué situación tan estúpida me había metido!
—O sea, que cada una de las facciones intentaba hacer salir al jefe de la otra, aprovechando que una misma mujer era hija del uno y amiga de la otra. Y ambas partes me dejaron nadar libremente mientras me vigilaban. Nunca lo imaginé…
—Coincidió que, curiosamente, la persona que usted buscaba y la que buscábamos nosotros era la misma.
—Eso parece, sí.
—En cuanto a su padre, ha sido una lástima. Lo digo de veras.
Nada en la expresión de Staufenberg hacía pensar que estuviera mintiendo al decir esto.
Seguramente, en su calidad de ideólogo del grupo, mi padre se había ganado un verdadero respeto entre los miembros.
Al pensar en el aspecto que ofrecía mi padre el día que participó en aquella sesión de ética donde fue arrollado por una señora, el abismo existente me resultó irónico.
—Myaha Mihie se ocultó en alguna parte del planeta conservando las facultades que se le otorgaron de forma limitada para manipular a su gusto el sistema de recompensa del cerebro de una serie de miembros consensuados de los Biogobiernos.
Y lo que está llevando a cabo en la actualidad el grupo que lidera ella es guiar a la gente hacia el suicidio manipulando el sistema de recompensa de los ventrículos y los nódulos cerebrales de manera que sientan un fuerte deseo de encaminarse hacia la muerte.
Nuestra intención al vigilarla a usted era averiguar dónde se encuentra oculta Myaha, para acto seguido contactar con ella, preguntarle el motivo por el que está desatando este caos en la sociedad e intentar que pare.
Nosotros no comprendemos en absoluto el motivo por el que está haciendo algo tan horroroso.
Me pregunté si así sería. Pensé en cierta posibilidad.
Quizá Kyan y yo fuéramos las únicas personas que conociésemos los oscuros deseos de Myaha, que habían formado una continuidad desde que era una niña.
Recordé aquel día en que, hartas ya de la aburrida rutina de los días en el colegio, nos juntamos en torno a los pupitres de la clase para mascullar toda clase de maldiciones.
¿No sería que Myaha, todavía hoy, seguía albergando en su seno ese mismo odio, ese mismo rencor?
¿Y que ahora Myaha Mihie había terminado por conseguir aquel poder que deseaba y se dedicaba a descargarlo para destrozar todo lo que odiaba?
El poder de hacer añicos aquella sociedad que ella tanto aborrecía.
Si así fuera, lo que estaba sucediendo ahora entraba por completo en la esfera de mi terreno privado y, muerta Kyan, yo era la única que podía comprender su verdadero sentido.
La única persona que podía comprender el significado de que ahora la sociedad estuviera sacudiéndose el yugo gracias a que la gente, presa de un terror indiferente a las miradas ajenas, se iba quitando una a una todas las anillas que la sujetaban.
Un mundo donde el propio cuerpo volvía a ser propiedad de uno mismo. Se supone que eso era lo que buscaba la Myaha que conocí durante mi niñez. Un cuerpo que no fuese propiedad de la sociedad ni estuviera sujeto a ninguna norma, un cuerpo que fuera solamente suyo.
—Y entonces, ¿hay algo que podamos hacer nosotros?
—¿Quién era el inspector que se encargaba de mediar entre Rusia y Chechenia por el derecho a la vida? —pregunté yo.
—A ver… Uwe Wohl, sí.
—¿Podría usted comunicar a Uwe que me ayude en mis trabajos de investigación? Me basta con eso.
—Entendido —dijo Staufenberg alargando una mano para cortar la comunicación.
Sin embargo, en el último momento, detuvo el movimiento. Como si de pronto hubiera recordado que todavía debía decir algo.
—Puede que la suerte del mundo recaiga ahora en sus hombros. No desfallezca.
Las palabras de ánimo que de pronto me dirigía a título particular aquella superiora que siempre me hablaba en tono mordaz me cogieron por completo desprevenida.
De entrada, este era un caso que desde un principio encerraba un fuerte cariz de interés privado para mí y su desarrollo también fue discurriendo por derroteros que cada vez me atañían más a nivel personal.
Para ser sincera, debo decir que incluso hoy, cuando en el planeta entero se suceden las revueltas y los suicidios en grupo, a mí no me preocupa ni lo más mínimo qué pueda suceder con el mundo.
Pero quería ver a Myaha Mihie, que había matado tanto a Kyan como quizá también a mi padre, y obtener alguna clase de resultado de dicho encuentro.
Eso era exactamente el fundamento de mis actos y lo que yo realmente sentía.
Desconecté la sesión sumida en una cierta intranquilidad. Pedí algo de cafeína a una de las azafatas que pasaba cerca. Y añadí: «Bien cargado», de un modo casi insultante. No estaba como para remilgos de cara a los demás. De un tiempo a esta parte, como es lógico, no estaba durmiendo bien.
Uwe se encontraba en el grupo de observadores de la tregua de Chechenia. Allí me dirigía yo ahora.