01 #2
—¿Cómo era en aquel otro lugar?
—Es un lugar justo al contrario de este. Si estás allí, te matan de un balazo. Si estás aquí, te matan con su amabilidad. Tal para cual. Deprimente, ¿no?
/recuerdo
Y ahora, yo había venido al lugar que Myaha llamaba «allí». Trece años después de esa conversación.
En diversas partes del mundo se habían producido pequeñas revueltas.
La capacidad de respuesta de la policía en esas sociedades que más que vivir en relativa paz vivían en una paz por completo exagerada, enseguida sobrepasó el límite, por lo que las grandes ciudades o la mayor parte de los Biogobiernos solicitaron a aquellas naciones que todavía conservaban a duras penas un mando militar el despliegue de sus ejércitos.
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miedo
Franz Recht agarró la herramienta que siempre usaba su mujer. El cuchillo de cocina con el que picaba el repollo para hacer chucrut. El cuchillo con el que cortaba en lonchas las salchichas.
Como Franz Recht era un hombre poco dado a cocinar, lo dejaba por completo en manos de su mujer. La limpieza de la casa sí la hacía a menudo y también iba con ella a comprar, pero no cocinaba en absoluto e incluso llevaba tiempo sin entrar en la cocina.
Al llegar a la cocina, la mirada de Franz vagó perdida.
Para alguien como él, que por lo general no entraba allí, sin duda resultó sorprendente la visión de una abundancia tal de instrumentos peligrosos.
Cualquiera de los que escogiera para el trabajo que tenía que hacer a continuación cumplía las condiciones necesarias sobradamente.
Pensándolo bien, resultaba lógico que así ocurriera.
Por más que fuera con objeto de conseguir el sustento diario, al fin y al cabo, este era básicamente un lugar donde procesar muchos seres vivos.
Cortar, picar, machacar, asar, cocer, preparar al vapor… En la mayoría de las religiones existían normas en relación con la comida nacidas de las costumbres.
diccionario
ítem “Kosher” /ítem
descripción
Tabú de la religión judía relativo a la comida.
Por poner un ejemplo, basándose en la enseñanza de que la «sangre es vida», hay que eliminar toda la sangre de las comidas mediante un procedimiento adecuado.
Por eso, en las cocinas de los judíos más rigurosos hay dos fregaderos.
Uno es para lavar toda la sangre, dejando el producto purificado, y el otro es para la preparación de la comida.
De por sí, comer cerdo «sin purificar» no está permitido.
/descripción
ítem “Halal” /ítem
descripción
Ley de la religión islámica. En especial, suele referirse a las leyes de dicha religión que se aplican a los alimentos.
El término halal significa «permitido por Dios», pero los alimentos halal además tienen que ser preparados siguiendo un proceso especial de matanza, llamado dhabihah .
Por poner un ejemplo, se considera comida halal la carne del animal que se sacrifica tumbándolo de costado y cortando a continuación con un cuchillo muy afilado la tráquea, el esófago y la arteria carótida, intentando que sea lo menos doloroso posible y teniendo cuidado de no cercenar la cabeza.
En el proceso, se pide perdón también a Dios entonando un rezo que dice Bismillah wa Allahu akbar .
/descripción
/diccionario
Alimentarse con otras vidas exigía esa clase de procedimientos desde tiempos antiguos. La esencia de lo que llamamos alimentos era el permiso que por fin se recibía tras unos protocolos tan engorrosos. La esencia del hecho de matar.
—Querido, ya estoy en casa.
Franz oyó que su esposa parecía haber regresado a casa, así que su mirada se dirigió hacia el recibidor. Franz se encaminó allí y, según se encontró con la mujer que acababa de volver de su trabajo, le clavó en el pecho el cuchillo recién escogido en la cocina.
Franz, que era un cristiano moderado, no tenía necesidad de halal ni de dhabibah . Y resultaba inimaginable una oración como Allahu akbar . Se limitó a pinchar en el pecho con el cuchillo con el que siempre se picaba el repollo del chucrut y luego hundirlo hasta el fondo.
La mirada de sorpresa de la esposa se clavó en las pupilas de Franz.
Quizá por eso el hombre entró en pánico o puede que simplemente, como era un aficionado, no supiera cuántas veces debía repetir la acción para que ella muriera o no supiera si el filo había alcanzado o no algún órgano vital, pero el caso es que Franz clavó una y otra vez el cuchillo en el cuerpo de su mujer, ya caída en el suelo.
Sin fijarse si era en el pecho o en el abdomen.
A saber por qué motivo ni una sola vez lo clavó en esa cabeza de tan bello rostro, pero tras unos minutos de seguir acuchillándola, el cuerpo quedó en un estado horrible.
/miedo
Después, Franz se puso una mano en la oreja, llamó a la comisaría de policía y, todavía sentado a horcajadas sobre el cuerpo de su esposa, comenzó a hablar por el HeadPhone.
Acabo de matar a mi mujer. Sí, eso es. Ya sabe, ¿no?
Dijeron que si no lo hacía, me matarían a mí, ¿verdad?
Además, en este país no hay pena de muerte.
No me importa que digan que soy un egoísta, pero ¿no podrían enviar un coche patrulla aquí cuanto antes?
¿Cómo? ¿Que ahora mismo están todos fuera?
No me diga… Bueno, claro, es que todos deben de estar tan atareados como yo…
Acto seguido, Franz cortó la comunicación y, tras contemplar un tiempo el cadáver a sus pies, comenzó a llorar en silencio.
/película
—Este no es más que un ejemplo —dijo Staufenberg.
Todos los que asistían a aquella sesión a través de realidad aumentada guardaban silencio, esperando las siguientes palabras que vendrían tras las imágenes de visión subjetiva del matarife.
—Al parecer, más o menos desde ayer ha comenzado a manifestarse la capacidad ejecutiva de aquella «declaración».
No solo mediante esta clase de asesinatos, sino que también se están dando muchos casos de suicidio, en solitario o en pareja.
Porque, sin necesidad de recurrir a cosas como el efecto Werther, la imaginación de los seres humanos discurre por caminos similares.
Alguien preguntó cómo estaban enfrentando el asunto los Biogobiernos. Staufenberg movió la cabeza en ademán negativo.
—Los Biogobiernos que pueden permitírselo están contratando la intervención de empresas civiles de policía.
Aparte, la Convención de los Biogobiernos continúa solicitando que las policías nacionales o los ejércitos, y a ser posible el Ejército del Tratado de Ginebra, se desplieguen en las ciudades, pero ya se extienden por todo el mundo alegando diversas razones las revueltas o la gente que actúa al margen de la ley, unos para criticar la actitud de los Biogobiernos, otros por mera desesperación.
Se diría que estamos viendo la repetición de lo sucedido hace medio siglo con el Maelstrom, según opinan muchos ancianos.
Ya no queda ningún lugar seguro. Han empezado a propagarse la muerte y la locura, ya sea por los suicidios o por los asesinatos.
Las filmaciones se sucedían una tras otra.
En una calle empedrada de Europa, con un aspecto de lo más corriente, había más de una treintena de cadáveres ensangrentados y unos soldados del Ejército Médico con máscaras de gas rosas se afanaban en apilarlos de manera que no estorbasen el paso de los vehículos por allí.
En otra filmación se veía un grupo de hombres y mujeres con palos de madera o barras de metal lanzándose contra una barricada mientras el ejército intentaba frenarlos con un armamento de microondas no letal.
Pero, aunque los contuvieran en un determinado lugar, se iban a continuación a otro.
Nadie pensaba que dicho procedimiento pudiera servir para algo.
—Pasado mañana se cumplirá el plazo anunciado para que cada cual haya matado a una persona. La mayoría de la gente se encuentra dominada por ese terror y por eso el mundo entero se halla sumido en un caos como el que estamos viendo.
En las imágenes tomadas por un satélite artificial se veían dos grupos de gente con cuchillos en las manos, enfrentados el uno al otro y comenzando a matarse bajo la fría lente del aparato que los observaba desde la órbita que describía sobre ellos.
En torno a los grupos en combate se había formado un círculo de tipos con el torso desnudo como ellos, que animaban a los contendientes a luchar.
Como cada uno debía matar a una persona, seguramente aquella estrafalaria concentración se acabaría cuando los contendientes quedaran reducidos a la mitad.
Si disponían de la suficiente capacidad de raciocinio como para decidir unas reglas sobre el modo de matarse, ya podían utilizarla para usarla esperando sin hacer nada hasta que llegase el plazo marcado por los «criminales» en aquella «declaración», pero la manera en que las personas ven las cosas, siguiendo el patrón de la curva hiperbólica, hacía valorar de forma exagerada el terror que se echaba encima, llevando a unos comportamientos realmente extraños.
El espectáculo actual era precisamente el de un cerebro que, como decía el refrán, corre hacia la hucha, incapaz de usar bien el monedero.
—Por el momento no hay ningún informe sobre policías o militares que hayan asesinado o se hayan suicidado. Sin embargo, aunque me parecería la peor de las situaciones, no me sorprendería que en cualquier momento pudiera suceder.
—¿Y lo mismo si se diera algún caso entre nosotros, los inspectores de espirales? —pregunté con cierto tono irónico.
La directora torció los labios en algo similar a una forzada sonrisa y contestó: