01
recuerdo
Aquel día, estábamos las tres comiendo nuestras respectivas cajitas de bento en la azotea.
Tanto el bento de Kyan como el mío los había preparado nuestra madre eligiendo entre las opciones que enviaba el diseñador de patrones de vida, con un control de nutrientes que abarcaba hasta el último resquicio.
Estaba concebido también con un punto de vista educativo, que buscaba que en el futuro no sintiéramos apetito por los «sabores indecentes».
Lo único que hacían las madres era la preparación física del contenido.
La planificación de los sabores necesarios dependía del propio cuerpo y del diseñador de patrones de vida que lo «leía».
El pedido de los ingredientes requeridos era un trabajo conjunto de dicho diseñador y el programa de gestión de economía familiar, con el que se encargaban las cosas mediante un sistema en línea.
Los diferentes aspectos de la vida cotidiana se iban parcelando cada vez más, y cada especialista vendía su parte.
Externalización, externalización, externalización.
Estoy segura de que cuando yo era una niña no existía una división hasta ese punto.
Como mínimo, cuando yo tenía en torno a cinco años, mi madre preparaba por sí misma las recetas después de comprobar el valor de las especificaciones de mi cuerpo que se obtenían tras calibrar la edad, la estatura, el peso y el porcentaje de grasa.
El bento de Myaha era muy diferente del nuestro. Podía decirse que la receta en sí misma era pobre, pero en cualquier caso las dos terceras partes de la caja estaban ocupadas por arroz blanco y luego había algo montado en medio que debía de ser lo que llaman umeboshi , una ciruela rojo oscuro.
—Naoya Shiga decía que los japoneses perdieron la guerra porque comían arroz blanco —comentó Myaha mientras masticaba a dos carrillos aquel arroz espolvoreado con sal y sésamo.
Tenía un grano de arroz adherido a la mejilla.
—¿Guerra? ¿La de cuándo?
—La Segunda Guerra Mundial. Las naciones llamadas Estados Unidos y Japón estuvieron en guerra, ¿no?
—Pero ahora, tanto Estados Unidos como Japón se encuentran divididos en multitud de Biogobiernos…
—Así es. Yo hablo de cuando Estados Unidos era todavía una nación. Antes de que se desmembrara por el Maelstrom.
—Oye, Myaha, tienes un grano de arroz en la mejilla —terció Kyan.
—Uy, vaya —contestó Myaha pegándose el grano en el índice y dando después un lametón para comérselo.
—Myaha, traes una cantidad impresionante de arroz.
—Sí, es que me encanta el arroz. Además, necesito una cantidad así para que el cerebro me funcione bien.
Miré unos instantes el bento de Myaha y lo comparé con el mío.
—Tienes pocas cosas como acompañamiento; la proporción de arroz con respecto a lo demás es enorme. Y la caja misma también es muy grande.
—Pero estoy delgada, ¿no? El tejido adiposo pardo de mi espalda es muy eficiente y quema todas las calorías. El arroz no me llega hasta el cerebro. Por eso trago de esta manera. Si hubiera un concurso de comilones, a lo mejor me llevaría el premio.
—¿Pero de qué hablas?
—Antiguamente había esa clase de programas, antes del Maelstrom. Donde la gente competía por ver quién podía comer más, algo tan malo para la salud que si lo oyese la gente que asiste a las sesiones de ética de hoy en día, lo criticaría con acidez.
No terminaba de entenderlo muy bien, pero parecía algo de lo más espantoso. ¿Qué diversión habría en producir a propósito tanto daño en el estómago y en los intestinos comiendo de esa manera?
Sentada en la azotea, mientras contemplaba las zonas residenciales de la ciudad donde se había eliminado a conciencia cualquier detalle de su forma o color que pudiera producir una fuerte impresión, pregunté:
—Entonces, ¿decides por ti misma la receta del bento y le dices a tu padre o tu madre cómo hacerlo?
—Eso es. Bueno, a decir verdad, lo preparo yo. Mi madre, a su vez, gusta de hacer que el…, ¿cómo se llama?, el diseñador de patrones de vida le dé toda clase de regañinas sobre el asunto.
—Es que, si su hija no le hace caso sobre el control de su salud, a lo mejor baja la puntuación de la valoración social de la madre, ¿no?
—Sí, puede ser. O quizá no. No sé muy bien cómo funciona eso. ¿No habéis oído ese refrán de que «los niños se crían, aunque tengan padres»?
—Oye, creo que no es así… ¿No era «los niños se crían, aunque no tengan padres»?
—Sí, eso era una frase hecha de los tiempos antiguos.
Pero un escritor llamado Ango Sakaguchi, sin importarle la existencia de algo tan inútil como los padres, decía que los niños podían convertirse solos en adultos hechos y derechos.
Lo cual tiene un sentido por completo diferente a decir que se puede llegar a ser un adulto hecho y derecho aunque falte algo tan importante como los padres.
Pero, seguramente, existirán muchas opiniones acerca de qué se considera «un adulto hecho y derecho».
—Un hombre interesante, ese Sakaguchi…
—Se puede descargar el libro en la Biblioteca Completa Borges. Aunque recomiendo leerlo con los ojos, en vez de usar el lector.
Tras decir esto, Myaha cogió con los palillos una gran porción del arroz espolvoreado con sal y sésamo y lo engulló. La cara que tenía con los dos carrillos abultados por el arroz era tan graciosa que se me escapó una risita.
—¿Qué pasa?
—Nada, es que como has cogido tanto arroz de una vez…
—Es para ajustar el paso a la cantidad de vuestros almuerzos. Si no como deprisa, no os alcanzo.
—No hace falta, yo no me voy a tomar todo —dijo Kyan cerrando su cajita de bento —. Mis padres quieren que me lo tome todo, pero es demasiado para el almuerzo.
—¿Ah, sí?
—Cuando me suele entrar hambre es más bien hacia las dos o las tres de la tarde. A las doce tengo todavía la sensación de que me queda el desayuno en el estómago.
—¿Sabéis por qué se toma el almuerzo en torno a las doce del mediodía? —preguntó Myaha mientras seguía masticando.
—Pues porque a esa hora entra hambre —contesté como diciendo «vaya tonterías preguntas».
—Pero parece que en el caso de Kyan no es así… —arguyó Myaha.
Miré a Kyan y ella, bajando la mirada, murmuró:
—Perdón…
—No es como para pedir perdón —me apresuré a decir.
Myaha, enlazando con mis palabras, siguió:
—Claro que no hay que disculparse por eso. Cada uno tiene hambre a la hora que tiene, pero ese espacio que es el colegio no está hecho para permitir las particularidades fisiológicas de cada cual.
—Eso es porque se trata de vida grupal.
—¿No creéis que se podría comer durante las clases?
Ahora que lo decía, puesto que había mucha gente que leía revistas o veía algún programa mientras comía, no sabía muy bien cuál era el motivo por el que no se pudiera comer mientras se leía un libro de texto.
¿Sería porque entonces no se concentraba uno en el contenido de las clases?
En lo tocante al aburrimiento, la competición entre las clases y la comida estaba muy reñida.
Como mínimo, podía decir que el sabor de los almuerzos que me preparaban mis padres no era como para interferir en las clases.
—Es una cuestión de disciplina. La disciplina hace con cosas como esa que nuestro tiempo de vida esté cortado en trozos, separado de manera que pueda controlarse.
Por decirlo de forma retorcida, la fisiología de Kyan, que le hace desear el almuerzo a las dos o las tres de la tarde, se resiste a la disciplina, pero Kyan se siente a disgusto porque su vida no se adapta a dicha disciplina.
No puede evitar sentirse así. Mientras desplegaba su habitual verborrea ideológica, Myaha se embuchaba en la boca tanto arroz como palabras expulsaba.
—Aunque, eso sí, la división del horario de las clases en los colegios es algo que existe desde los tiempos antiguos.
Por cosas como que es más agradable comer juntos o que es más práctico para el trabajo, esas costumbres se fueron refinando y nació la separación en horarios, que se convirtió en una norma.
Tiene gracia, ¿eh? Eso de diseñador de patrones de vida es una profesión que no existía antes de que se propagara el vidalismo.
Las cosas que comienzan a existir sin que tengan demasiada importancia terminan un buen día haciéndose por acuerdo, luego porque están en el «ambiente», después porque se convierten en norma y, finalmente, por ley.
Así, todo eso que es invisible ahora quiere forzar la fisiología de nuestros cuerpos.
Mientras terminaba su veloz perorata, Myaha se metió en la boca el resto del arroz y su escaso acompañamiento.
Al acabar, cerró la tapa de la caja y la guardó en la cartera.
Acto seguido, se puso en pie como impulsada por un resorte, fue hasta la barandilla de la azotea y, apoyándose en ella, comenzó a hablar con potente voz, como si quisiera llegar a todo el panorama que se veía o, más aún, como si lanzara una declaración al mundo entero.
—Ahora es en el propio hecho de vivir donde el poder establece su fuerza. Y en todo lo que permite desarrollar ese acto de vivir. La muerte es el límite del poder y el instante en que podemos huir de él. La muerte es el aspecto más secreto de la existencia, el más privado.
—¿Son palabras de alguien?
—Michel Foucault.
A pesar de que era quien había traído más cantidad de comida, Myaha había terminado mucho más deprisa que yo. Me metí el último trozo de acompañamiento en la boca, cerré la cajita, la envolví en un paño y la guardé en mi cartera. El viento nos acariciaba suavemente las mejillas y el cabello.
La muerte es el límite del poder y el instante en que podemos huir de él.
—Entonces, en definitiva, ¿ese es el único medio de salir de aquí? —murmuré.
Myaha, que más que contemplar el paisaje se enfrentaba a él, habló de espaldas a nosotras, sin hacer ademán de querer darse la vuelta.
—Antes de venir aquí, me doblegaron con otro tipo de poder. Fue un infierno. Por eso me escapé de él y vine aquí. Pero también aquí hay bastante locura. En una medida más o menos igual que la de allí, este no es un lugar donde una persona pueda vivir.