Harmony 06 #4
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06 #4

Después de estos trece años, mi padre se había convertido en una persona ajena para mí.

Por lo que a mí atañe, mi padre no me había mostrado nada que reflejase dicha condición, aparte de una relación tan simbólica como la consanguinidad, que es algo que los ojos no ven.

Sin embargo, para él no era así. Me había abandonado, dejando todo lo relativo a mí en manos de mi madre, para hacerse cargo de Myaha Mihie y viajar con ella a la capital del tratamiento médico.

Pero, a la vez que hacía eso, al contrario de mi indiferencia hacia el hecho de que él siguiera siendo mi padre, no había perdido el amor por su hija.

Quizá se había movido por un impulso repentino.

Puede que no hubiera sido un acto consciente, sino un acto reflejo grabado en sus genes.

A lo mejor era eso que llaman compasión por relación sanguínea.

Algo que en este momento a mí me faltaba.

Mi padre había muerto por mí. Por eso solo puedo decir lo siguiente: palabras de agradecimiento.

—Muchas gracias.

/duelo

Cerré los párpados de mi padre, que tenía entreabiertos.

Me puse en pie y me acerqué a Vasilov, cuya respiración, tan débil como la de un insecto, todavía podía captarse.

Puse la oreja junto a su tráquea. Este hombre también estaba acabado.

Pero si todavía conservaba un hilo de vida, tenía que sacarle algunas cosas.

—Mi padre ha muerto. ¿No os supone un problema?

—No importa. Aunque lo mejor hubiera sido raptarlo.

Su muerte también supone un gran éxito para nosotros.

Gracias a que en eso que llamas tu «investigación» anduviste mosconeando en torno a Saeki y a los organismos conocidos de esa gente, he conseguido que Nuaza salga de su escondrijo y tenerlo frente a mí.

Con esto, la facción central ha perdido a su ideólogo y su fuerza centrípeta.

Del resto se encargará el caos que va a desatarse en el mundo.

—¿Cuál es vuestro objetivo?

—Nuestro objetivo… Construir un nuevo mundo. Traer una nueva armonía al mundo resultante de superar el caos.

Estos tipos se hallaban en mitad de un proceso que produciría una montaña de suicidios y desencadenaría el caos en el mundo.

Y, además, habían golpeado el planeta entero con la mayor de las amenazas posibles: si no matas a tu vecino, te mataremos a ti.

Sonaba bastante extraño que el objetivo de individuos así fuera traer la paz.

—Pues parece que lo que se extiende por el mundo es una situación por completo diferente…

—Pero, con el tiempo, dicho estado se calmará.

Este caos es el camino hacia la paz. Es la señalización que nos ha marcado Myaha Mihie.

Myaha Mihie, nuestra ideóloga. La persona que tiene una visión clara de la dirección correcta en la que debemos avanzar como seres humanos.

Seguro que usted misma, de niña, experimentó de primera mano la fuerza de su carisma.

Ella es capaz de prever las cosas a largo plazo.

—O sea, que para que el futuro sea como ella desea, tenían que suicidarse seis mil personas, ¿no?

—Eso es.

—A mí no me convence nada —contesté agarrándolo con ambas manos por la pechera—. ¿Dónde está Myaha?

Cada vez que respiraba, un nuevo chorro de sangre salía a borbotones del pecho de Vasilov.

Mi bala debía de haberle destrozado alguna arteria o vena grande.

La sangre estaría ya anegando su desgarrada pleura y parecía tener dificultades para seguir respirando.

Tras una bocanada que fue casi como el estertor que anunciaba el final, consiguió hablar con voz muy débil.

—Los suicidios y aquella amenaza no son más que un catalizador. La situación ya es imparable. Si aun así insiste en que desea saber dónde está Myaha, ella me dijo que podía contárselo. Pero si se lo digo, ¿no podría a cambio hacerme el favor de volarme la cabeza?

Tras esas palabras, Vasilov estiró las comisuras de los labios en una mueca similar a una sonrisa que llegó a conmoverme apenas un instante. Después añadió con mirada suplicante:

—Es terriblemente doloroso. Un puro sufrimiento. Ah, ahora comprendo lo que es el dolor. Esos malditos WatchMe y Medicare me habían ocultado que en el cuerpo humano existen esta clase de sensaciones. ¿No cree que es para indignarse? Vamos, se lo ruego.

—Se lo prometo.

Acto seguido, puse la punta del arma sobre la sien de Vasilov y la amartillé. El alivio que causó en Vasilov ese chasquido metálico que indicaba que las piezas estaban en posición lista para disparar hizo que su arqueado pecho volviera a descender.

—En Chechenia. He oído que para contactar con el Frente de Liberación Antirruso…

—Myaha está allí, ¿verdad?

—En cuanto a eso, lo mejor es que vaya usted misma y lo compruebe.

Después, Vasilov murmuró «Vamos» y meneó un poco la cabeza con rostro implorante.

Mientras su mirada me perforaba, me quedé paralizada con el dedo en el gatillo.

Bajo el cielo en penumbra de Irak, estaba a punto de matar a alguien por primera vez en mi vida.

Ahora, en este mismo instante. La misma decisión que había sido expuesta frente a decenas de millones de personas en todo el planeta.

Con esto quedaría libre de la decisión que tenía que tomar la mayor parte de la población de aquí a unos días.

Me sentí como si estuviera haciendo trampas en el juego.

El otro me lo estaba pidiendo y encima servía para vengarme.

No se podía pedir mayor concurrencia de pretextos para alegar causa justa.

Con el arma en la mano, sentí asco de mí misma.

Entonces se me ocurrió una cosa. Esa sensación de autoodio, la función en mi pecho que provocaba dicha sensación, ¿en qué ambiente había resultado necesaria para que fuese incluida dentro del proceso evolutivo?

Acto seguido, apreté el gatillo.

/cuerpo

/etml