Harmony 06
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La extinción de la consciencia.

Cuando dije eso, mi padre me miró a los ojos con expresión de sorpresa. Durante unos momentos pareció haber perdido el habla, como estupefacto.

—Así es. ¿Cómo lo has sabido?

—Porque con aquella metáfora de la reunión comprendí en qué consiste poseer una consciencia —le contesté.

Yo misma me encontraba sorprendida del modo tan fluido en que había llegado hasta mí la lógica conclusión. Sin dejar de mirar el sorprendido rostro de mi padre, proseguí:

—Si la opinión de todos los participantes en esa reunión es igual y el papel recíproco que desempeñan en ella ha sido regulado a la perfección, para empezar, no habría necesidad ni de celebrar dicha reunión.

He comprendido que si, en vez de trazar una hipérbola del sistema de recompensa donde el valor correspondiente al presente se halle aumentado en extremo, mostramos un estado perfectamente armonizado mediante una curva exponencial de carácter lógico, el resultado del experimento es, en pocas palabras, una situación sin consciencia.

Esto es algo que, ciertamente, no se puede prever en los experimentos con animales.

Lo que mi padre había intentado crear.

Unos seres humanos de comportamientos obvios, adaptados para resistir el estrés de la sociedad vidalista.

Pero, si tienen solo comportamientos obvios, eso implica también que no necesitan tomar decisiones.

Si el sistema de recompensa se comportara de forma exponencial, de manera que el descuento del valor fuese completamente lógico, ¿no tendríamos entonces que la voluntad para tomar decisiones resultaría innecesaria, que la consciencia resultaría innecesaria?

¿No era para reírse que esta conclusión a la que yo había llegado de modo tan sencillo no hubiera sido imaginada por nadie de aquel grupo de investigación, empezando por mi padre?

El olor de las calles, de los alimentos con especias, cocidos o salteados, que llegaba de la dirección de Abu Nuwas, se extendía por la vasta ribera del Tigris. Al lado del agua, los niños continuaban jugando con el perro.

—Nosotros informamos a las personas que participaban en el grupo de trabajo y a los patrocinadores del resultado que cabría esperar.

Que una armonía perfecta desembocaría necesariamente en que no haría falta ser consciente de nada.

Que la consciencia, en verdad, es algo que existe con objeto de regular las ventajas e inconvenientes de los muchos agentes que subyacen en el inconsciente del cerebro, o, en otras palabras, que nuestra consciencia y nuestros actos son el resultado de un conflicto del que no somos conscientes.

Y que una voluntad nacida de una situación armonizada implica un estado en el que todas las acciones son obvias y entonces la voluntad misma que se precisa a la hora de decidir los actos no exista.

Que, si uno pretende conseguir una persona perfecta, el resultado es que la consciencia se vuelve innecesaria y se extingue.

Qué ironía la de esta historia. Nuestra alma no era más que el producto de los juicios sobre el valor de las cosas, según una curva hiperbólica que la evolución había ido encadenando cada vez que se daba la situación de tener que elegir.

Un ser humano perfecto no tendría necesidad de un alma en sí misma.

—¿Y qué sucede si desaparece la consciencia? ¿Se está uno sentado todo el día en una silla con la mente en blanco?

—No, no es eso. Se pueden hacer compras, comer, divertirse, pero solo eso, opciones que son obvias.

La cuestión es si resulta necesario un proceso para decidir o se hace solo lo que es obvio, la diferencia entre un mundo donde es necesario hacer trabajar la consciencia y otro en el que no.

¿Sabes una cosa? Las personas no tenemos ningún impedimento para seguir existiendo sin consciencia ni voluntad.

Todos seguiríamos viviendo normalmente, nacerían nuevas personas, envejeceríamos y moriríamos.

La única diferencia es que careceríamos de consciencia.

La consciencia y la cultura apenas tienen nada que ver.

Por el aspecto externo, no se distingue en absoluto si la persona en cuestión tiene consciencia o solo se comporta como si la tuviera.

Ahora bien, como el sistema de valores del segundo caso ha sido programado de manera que armonice perfectamente con la sociedad, disminuirían en gran medida los suicidios y se eliminaría por completo el estrés que acarrea la sociedad de los Biogobiernos.

Myaha y los otros habían pasado por esa situación debido a los experimentos de que fueron objeto. Un estado en el que había desaparecido la consciencia.

Cientos de millones de personas vivían en este planeta.

A través de su largo camino evolutivo, en algún momento, en algún lugar, el ser humano adquirió «voluntad».

La evolución es algo que depende en gran medida del azar.

Se conservan los genes que mejor se adaptan al entorno que va surgiendo en cada situación.

El resultado de esa serie de adaptaciones, por así decir, del entramado de esas adaptaciones, es el ser humano existente hoy en día, así como esa extraña función implementada en él que es la consciencia.

—Cuando «regresó», Myaha dijo que se había sentido extasiada —contó mi padre con una sonrisa amarga—.

Durante el tiempo que había perdido la consciencia, Myaha comía normalmente, estudiaba o hablaba con nosotros.

En suma, llevaba una vida tranquila. Cuando le devolvimos la consciencia, dijo que no recordaba nada de aquel período de tiempo.

Pero que sí tenía la vaga impresión de que había estado envuelta en un mundo de felicidad y experimentado una especie de éxtasis.

Me dio la sensación de que eso sí podía entenderlo.

Comparados con las personas, a menudo los animales nos dan la impresión de que son más felices.

Alguien dijo que un pájaro que se cae de una rama no es consciente de su miserable condición.

Probablemente, lo que Myaha experimentó fue la situación cerebral del ser humano en un tiempo muy anterior a la adquisición de la consciencia, un mundo que todavía no se había adentrado en laberintos como el de la introspección o el de adaptar el comportamiento al de los demás.

Me puse lentamente la mano sobre los ojos a modo de visera, como si quisiera que la acariciasen los últimos rayos de sol.

En alguien con una capacidad de decisión perfecta no existe necesidad de consciencia y, por tanto, no existe.

—¿Intentabais implementar eso en todos los seres humanos del planeta? O, aunque no fuera en toda la humanidad, sí en todos aquellos conectados al WatchMe… ¿Queríais robarles la consciencia?

—No… Eso no es así.

Tras decir eso, mi padre comenzó a caminar hacia la ciudad, hacia Abu Nuwas.

—La desaparición de la consciencia. Tratándose de algo tan trascendente, no podíamos llegar a una conclusión solo entre nosotros.

En cierto sentido, se trataba de una condición equivalente a la muerte.

Había que preguntarse si estaba bien imponer algo así a los cientos de millones de personas que viven en este planeta.

—Depende también de lo que se entienda por muerte —comenté yo.

Ciertamente, existe la propensión a creer que la consciencia lo es todo en uno mismo, a pensar que se cuenta con una consciencia previsible y que es una función que controla las cosas y, además, que eso se puede aplicar a todo. Aunque al cuerpo físico no debe de gustarle mucho esa opinión.

Nos adentramos entre la multitud que atestaba la calle. No todo eran establecimientos de comida; había además ferreterías, tiendas de telas o también de alfombras. Gente de todo tipo de profesiones trabajaba afanosamente en medio de aquel mar de olores.

—Pedimos que la decisión fuera tomada por la OMS y una parte de los dirigentes de los Biogobiernos —continuó mi padre—.

El resultado fue la elección de una opción intermedia.

Implantaríamos dicha función en la gente, pero la dejaríamos sin activar.

Sí, también en mi cerebro y en el tuyo se halla implementada una red de medimoles capaces de controlar el sistema de recompensa para que, si llega un momento en la historia de la humanidad en que vuelva a asomar su rostro un caos como el del Maelstrom, se pueda poner en marcha el Harmony como si fuera un refugio de emergencia.

furia

Alabado sea Dios. Un dispositivo de aleluya automático, que nadie había pedido, se hallaba instalado en nuestro cerebro. Se encontraba fuertemente enraizado en las sinapsis de los ventrículos y los nódulos cerebrales y no se podía arrancar.

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Aleluya

Aleluya

Aleluya

Aleluya

Aleluya

/música

Una palabra de los rezos que se murmuraban por ahí.

Desde que Dios otorgó a la humanidad esa cosa tan fastidiosa de la propia consciencia, había estado torturando a los suicidas y a los literatos, pero ahora por fin íbamos a conseguir prescindir de ella.

Y, después, podríamos sumirnos en un éxtasis primordial y pasar los días alabando el reino de Dios.

Aleluya.

/furia

—Padre, fabricas un sistema que puede matar nuestra consciencia en vida, que se arroga el derecho de dárnosla o quitárnosla… ¿Y a Myaha se la has quitado por completo? ¡Déjate ya de bromas de mal gusto!

—Ya pensaba que me dirías eso. Aunque antes nunca habría creído que tú, que en los tiempos de adolescente sufrías en tu propia carne esa misma desesperanza, llegaras un día a hablar así.

Pero, en fin, ya supongo que la mayoría de las personas no desean perder la facultad cerebral que les dice que «yo soy yo».

Por más daño que eso pueda causar a la sociedad.

Por eso la OMS o los ancianos de los Biogobiernos que tiemblan ante aquel retorno a los oscuros tiempos medievales que fueron el Maelstrom no presentaron este asunto en ninguna discusión pública ni en sesiones de ética, optando por desarrollarlo en secreto.