05
—Me alegro de que hayas podido venir hasta aquí.
Esa frase tan decepcionante fue todo lo que dijo mi padre.
Seguía siendo el mismo. El paso de trece años había marcado ciertos rasgos de vejez en su rostro, pero se reconocían los rasgos de ese padre mío que cierto día fue vapuleado verbalmente por una señora y que se marchó sin más después de que yo estuviese a punto de morir por las pastillas de Myaha.
—Ha sido un gran esfuerzo poder llegar hasta aquí —le contesté—. Ha muerto muchísima gente.
—Sí, yo también he oído hablar de ello. El mundo entero está en una grave situación. Es muy lamentable.
—Lamentable… ¿Acaso no has sido tú quien le ha dicho a Myaha que mate a toda esa gente?
—Eso no es cierto —contestó mi padre, recortado contra el sol de Bagdad, que ya terminaba de ponerse.
—Durante estos trece años, ¿has estado todo el tiempo aquí? —pregunté mirándolo de frente.
Mi padre hizo un gesto negativo con la cabeza.
—A veces también he salido por ahí fuera. Con la identificación que me proporciona esta organización, puedo ir a casi cualquier parte del mundo sin que se sepa que soy yo.
—Organización. ¿Qué es eso de «organización»?
—El Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación …
La única organización que puede, en sentido literal, controlar este mundo.
Aquí, en Dian Cécht, se albergan todos los recursos de computación y todo el plan médico necesarios para ello.
—¿Qué significa eso de controlar el mundo?
Mi padre comenzó a caminar lentamente por la orilla del río. Me situé hombro con hombro con él, acompañándolo para no perderme una sola palabra de lo que dijera.
—¿Qué te han contado Saeki y Eding?
—Que lo que llamamos voluntad de las personas es una palabra para indicar la totalidad de un estado en el que están compitiendo una serie de agentes del sistema de recompensa que existe en los ventrículos laterales y los núcleos cerebrales que hay en el mesencéfalo 11 .
Que el comportamiento del sistema de recompensa humano, siguiendo una curva de descuento hiperbólico, es lo que determina nuestra voluntad.
—Eso es. En líneas generales, puede considerarse así.
Según iba desapareciendo la luz del sol, bajaba la temperatura. El calor del día parecía mentira. Me froté un poco las manos para mitigar el frío que sentía. Qué bien hice en ponerme una chaqueta.
—Y entonces, vosotros estáis investigando acerca de ello, ¿no?
—No. La investigación ya casi ha finalizado.
Me sentí confusa. Entonces, ¿qué demonios se encontraba haciendo esa organización llamada Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación ? ¿Para qué se suponía que estaba trabajando mi padre?
—El objetivo de nuestra organización es prepararse.
Prepararse para ese día del desmoronamiento que quizá llegue, conservar la tecnología necesaria para ese día, mantenerla en secreto y, si por una posibilidad entre mil llega el momento, esparcir la semilla.
Ruego por que, a ser posible, no llegue ese día, pero parece que Myaha y los suyos abrazan ideas un tanto diferentes.
—Explícame eso.
—Hmm… Por lo que veo, entiendes el comportamiento del sistema de recompensa humano. Y también que eso es lo que crea la «voluntad».
—Así es. El profesor Saeki me lo explicó comparándolo con las discusiones de una reunión.
—Bien, nosotros también solemos usar esa comparación.
La voluntad humana es, verdaderamente, esa situación general de competencia de opciones que se da en el sistema de recompensa.
Y se genera basándose en una directividad irracional que sigue una curva hiperbólica de descuento.
Sin embargo, lo importante es que estas injerencias mutuas en el sistema de recompensa adoptan una estructura recurrente aparejada con una retroalimentación.
Los resultados de la decisión hacen que el sistema de recompensa realice un proceso incesante de transformaciones y correcciones.
Los resultados ejercen una influencia sobre el sistema de recompensa y este a su vez evoluciona de manera que lleva a otros resultados, en un proceso cíclico.
Por eso, una pequeña desviación en la elección puede ir ampliándose cada vez más hasta que el caos generado se redoble cíclicamente.
Ahí reside el motivo de que la voluntad humana no se estabilice ni responda a la lógica, por lo que es difícil de predecir. No sé si lo entiendes…
—Creo que sí.
—Se nos ocurrió que, si podíamos controlar el sistema de recompensa del mesencéfalo mediante moléculas medicinales, podríamos controlar las elecciones, decisiones, emociones o pensamientos del ser humano.
Eso fue un poco antes de que tú nacieras.
Por aquel entonces, controlar la voluntad humana era una cuestión pendiente de extrema importancia para la OMS y una parte de la clase dirigente de los Biogobiernos.
Comprendía aquel asunto. El miedo que sentían los ancianos.
Aquel miedo hacia el caos.
El miedo a que la gente perdiera la razón.
Las revueltas y las matanzas étnicas se repetían y muchas de las cabezas nucleares sustraídas estallaron a lo largo de la superficie del planeta. Era el miedo hacia aquellos tiempos.
—Ya, por el Maelstrom… —murmuré.
Mi padre asintió.
—Así es. En aquella época, una serie de personas pensaron lo siguiente: para evitar que los seres humanos vuelvan a sumirse en un caos irracional, hay que establecer una red de seguridad.
Entonces, contactaron con nosotros. Porque creyeron que quizá nosotros encontraríamos la forma más prometedora de salvar la voluntad humana de caer en el salvajismo.
Ancianos con mucho poder en la cúpula de Biogobiernos, dirigentes de la OMS, vidalistas pertenecientes a los grandes consorcios farmacéuticos…
Así nació el Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación .
Eso no era un mero organismo de investigación.
Constituía algo que, en cierto sentido, tenía más poder que la ONU.
Bueno, no solo eso, sino más que la OMS, que ya de por sí estaba por encima de la ONU.
Así pues, los ancianos con gran fortuna y poder desperdigados por el mundo y asustados por el Maelstrom, pertenecían al seno de la OMS, de la ONU y de los Biogobiernos, pero al mismo tiempo eran miembros del Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación .
—Sostenida por un abundante capital, nuestra investigación avanzó a buen ritmo. En un tiempo más o menos corto, conseguimos desarrollar moléculas medicinales que atravesaban la barrera hematoencefálica.
—¿Pero qué dices?
—Hoy día, la gente todavía siente una fuerte repulsión hacia el hecho de que alguien pueda actuar sobre su cerebro.
Lo de que la barrera hematoencefálica protege el cerebro de las moléculas medicinales es un concepto erróneo que difundimos nosotros a propósito.
Si se rebusca entre los trabajos de investigación acerca de la tecnología de las moléculas medicinales, seguro que podrán encontrarse varios que hablan acerca de cómo hacerlo.
Es una información que está a la vista del público.
Lo que hicimos nosotros fue regular dicha información sepultando esos trabajos de investigación bajo un aluvión de otros diferentes, de manera que fuera difícil que llamaran la atención.
El problema no estaba en la barrera hematoencefálica.
Ese punto lo solucionamos enseguida recubriendo las moléculas medicinales con un «rebozo» muy similar al de las enzimas o a algunas proteínas, que sí atraviesan la barrera.
El problema, Twan, estaba en la orientación misma de nuestra investigación.
Recordé unas palabras de Eding: estaban construyendo un modelo detallado basado en la curva hipérbola de descuento acerca del sistema de recompensa del mesencéfalo.
Si se combinaba eso con el control del mesencéfalo mediante medimoles , ¿no significaba entonces que sería posible manipular la voluntad humana o, todavía más, la consciencia misma?
¿Qué habría querido decir con eso de la orientación?
—A mí me parece que el gran problema es el mero hecho de intentar controlar la voluntad humana.
—Sí. Ya pensé que me dirías eso. Sin embargo, prueba a pensar en lo siguiente: si ahora, con objeto de evitar la aparición de enfermedades, las personas están controlando su cuerpo a diario mediante las medimoles , ¿dónde está el motivo por el que no se deba controlar el cerebro para evitar los pensamientos dañinos?
confusión
La libre voluntad. Lo tenía en la punta de la lengua cuando dudé en decirlo.
El ser humano ha luchado sin cesar por someter la naturaleza.
Ha construido ciudades, ha construido sociedades y ha construido sistemas.
Todo ello ha sido el resultado de la manifestación de la voluntad humana, que ha querido que el conjunto de elementos imprevisibles que conforman la naturaleza quedara sujeto en un marco que pudiera ser previsto y controlado.
Después, con objeto de sobrevivir en la era de la bomba nuclear y las epidemias, el ser humano intentó controlar los últimos resquicios de la naturaleza y, en líneas generales, se alzó victorioso.
Instaló en el interior de su cuerpo moléculas medicinales y las conectó a un servidor de gestión de la salud.
A continuación, se esforzó a conciencia por erradicar de la sociedad los hábitos «malos para la salud». De esa manera, el ser humano había terminado por vencer sobre esa parcela de la naturaleza que era su propio cuerpo. Exceptuando, eso sí, la cuestión del envejecimiento.
Entonces, puesto que el cerebro es una parte del cuerpo, ¿dónde residiría el fundamento de que no se debería controlar eso también? Notando que había perdido los argumentos, me senté en la arena de la ribera. Me quedé mirando cómo a lo lejos unos niños jugaban con un perro.