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Cierto que, durante la época del Maelstrom, Irak había sufrido la experiencia de la guerra nuclear, por lo que no cabe duda de que existía una abundante cantidad de casos que podían ser objeto de la investigación médica.
Sin embargo, en aquella época eso era algo que sucedía en todos los países afectados por los estragos nucleares.
El hecho de que se establecieran ventajas fiscales para la industria médica o también el que se rebajaran las exigencias éticas y legales sobre la experimentación con seres humanos tampoco eran razones suficientes para que desde hace décadas se prolongase en Bagdad la gran burbuja del tratamiento médico, para el nacimiento en pleno centro del desierto de este estrafalario oasis de la medicina.
Por tanto, al final solo cabía conformarse con el oxímoron de que los capitales se concentraron allí porque se concentraron.
La división en zonas había sido realizada por las compañías llamadas Military Resources Suppliers (MRS) civiles, contratadas por los consorcios de la industria farmacéutica.
listado: compañía
c: Security Artz S. A.
c: Haddshield S. A.
c: Eugene
c: etcétera, etcétera
/listado
La vigilancia y seguridad de las instalaciones dependía de esta clase de MRS.
Entre finales del siglo xix y principios del xx, hubo un tiempo en que los ejércitos pertenecían a su correspondiente nación, pero a la vez que las naciones se fueron debilitando, la competencia sobre el poderío militar se fue trasladando a las MRS y las MIS.
Aun así, como en la mayoría de los casos el cliente que formalizaba el contrato era el organismo del Tratado de Ginebra que unía sus manos con los Biogobiernos de todo el mundo, en la práctica no había demasiada diferencia con los tiempos en que los ejércitos «pertenecían» a la nación.
Llegué al portón de la SecWall, que, con un perímetro de unas decenas de kilómetros, rodeaba el sector médico, y finalicé el proceso de reconocimiento con el guardia del ejército médico vestido de uniforme color rosa.
Aparte de la identificación, el proceso incluía cumplir con dos obligaciones básicas: declarar que se asumía que, una vez fuera del área en cuestión, no se podía garantizar tu seguridad y que debías desconectar el WatchMe.
Una vez aceptadas esas dos condiciones, se autorizaba a salir del área dividida en zonas mediante el reconocimiento de dicha declaración jurada.
Así pues, de aquí en adelante me adentraba en un mundo al margen del WatchMe, del Medicare y de la realidad aumentada. Un mundo que mantenía las mismas caras de antaño, de barracas, barracas y barracas, junto a edificios medio podridos y una multitud acostumbrada a ver ese paisaje.
Una ciudad donde apenas se detectaba el olor de la vida de los Biogobiernos era algo diferente.
Eso significaba que el aire estaba repleto de moléculas olorosas.
Personas que fumaban tabaco sentadas junto a la acera, y además que fumaban con unos artefactos que nunca había visto, similares a enormes instrumentos musicales.
Pescado, cordero, toda clase de alimentos que despedían olores.
Me hallaba en un mercado. Me metí en un establecimiento de comidas que tenía cerca y pedí un menú que, tanto por sus ingredientes como por sus calorías, podía encerrar cierto riesgo.
Puesto que vi que encima de la mesa había un cenicero, hice un gesto al dueño del local indicando que quería fumar tabaco.
Y como me trajo tabaco y un mechero, coloqué el mensaje de antes encima del cenicero y le prendí fuego con el mechero.
Así, así. Hacía tiempo que tenía ganas de representar por mí misma esa escena.
relajo
Esta es la vida al margen de los Biogobiernos… Me sumí en una profunda emoción.
A pesar de que muy cerca se alzaba un lugar que bien podía calificarse de cuartel general del mundo del tratamiento médico, la mayoría de la gente de Bagdad no se había metido en el cuerpo el WatchMe ni estaba conectada a un servidor. Así que, como lo más natural del mundo:
listado
i: contraían resfriados
i: sentían dolores de cabeza
i: enfermaban de cáncer
i: morían entre los sesenta y setenta años de edad
/listado
Fumé por primera vez un puro desde que estuve en Níger. A lo mejor no estaría mal vivir aquí. Claro que no tenía mucha confianza de hasta cuándo los Biogobiernos dejarían en paz a esta pobre gente.
Un rato después, me trajeron un plato de pescado. Parecía una de esas carpas que nadan en el río Tigris, que teníamos justo al lado, abierta por la espalda, asada y con una guarnición de algo que parecían bolas de masa de pan con unos cuantos dátiles.
listado
i: calorías
i: ingredientes
i: y riesgo
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Qué sencillo y qué bello era el aspecto de una comida cuando la realidad aumentada no empezaba a gimotear ante su visión. «Qué pinta tan deliciosa», murmuré inconscientemente.
Estos dátiles, antiguamente, o quizá ahora también, eran un alimento incomparablemente fresco y preciado para los pueblos del desierto.
Por eso mismo, en la Biblia eran utilizados como símbolo de la belleza o de la victoria.
Al parecer, se dice que cuando el cristianismo hablaba del árbol de la vida, probablemente se refiriera a la palmera datilera.
Cuando Jesucristo entró en Jerusalén, fue recibido entre vítores por la población con hojas de palmera.
Estos frutos eran la prueba de la vida y de la fe.
¿Que por qué conozco yo todo esto? Porque la palmera datilera está dibujada en el emblema del Departamento de Inspección de Espirales.
Parece que realmente es un fruto muy relacionado con la esfera del cristianismo.
Pero, con todo, dado que también en el Corán o en el Gilgamesh aparece como un símbolo de la vida, puede decirse que hasta cierto punto su carácter simbólico en este sentido es de alcance general.
Había mucha gente. Suponía un gran contraste con los lugares regidos por los Biogobiernos, donde aquella «declaración» había provocado que la mayoría de la gente se encerrase en sus casas.
Las personas que se encontraban aquí, para empezar, probablemente ni siquiera habían oído aquella noticia.
Quienes tenían miedo eran los cientos de millones de personas que se habían instalado el WatchMe en el cuerpo, los habitantes de la esfera vital que cargaban con el ochenta por cien de la economía del planeta.
La gente de Irak, que no tenía nada que ver con el WatchMe ni con las medimoles , hacía su vida como de costumbre en el anochecer de la ciudad.
El lado interior del portón y el lado exterior.
Qué vida tan diferente en uno y otro. La gente que había dejado en manos de una entidad externa su propio cuerpo, desmembrando sus funciones tal y como le requería la sociedad.
Del otro lado, la gente que no dejaba su cuerpo en manos de nadie.
Mientras yo acometía el plato de pescado de río, llamado masgouf , el dueño del restaurante me trajo un yogur bastante aguado.
Más que venir a modo de postre, era como un plato de comida más.
El hombre dejó caer el plato pesadamente sobre la mesa de madera y volvió a meterse en la trastienda.
/relajo
Entonces descubrí que debajo del plato de yogur me había dejado un papel. Al leerlo, vi que su escueto contenido, escrito en japonés, decía: «Hacia el río».
Hice una seña al dueño para que volviese a traerme un mechero y quemé sobre el cenicero ese nuevo trozo de papel.
Al terminar de comer el masgouf , salí a la calle y, para intentar despistar en lo posible al hipotético perseguidor que temía la persona que me envió los mensajes, me metí entre la multitud.
Esta calle donde se encontraba el mercado antiguamente era la zona del bullicio.
Abu Nuwas.
Ese nombre que venía en el trozo de papel correspondía a esta calle del mercado.
Abu Nuwas era un gran poeta árabe y se dice que, a pesar de que la sociedad islámica prohíbe el alcohol, era un gran amante del vino y las mujeres.
La poesía de este hedonista, Abu Nuwas, fue prohibida por la ley islámica, pero él ignoró deliberadamente la lista de prohibiciones, ya que le gustaba causar impacto en la sociedad.
Es decir, que ya hace casi dos mil años, en estas tierras árabes hubo un hombre que se enfrentó a unos dogmas muy similares a los de la sociedad vidalista actual.
«Un lugar perfecto para un encuentro secreto», pensé mientras daba vueltas a mi falta de valor por seguir día a día los dictados del vidalismo, a pesar de lo deprimente que me parecía, y por dejar que en un modo u otro dicho vidalismo afectase a mi posición.
Comprobando cuidadosamente que no me siguieran, salí de Abu Nuwas para llegar a la ribera del río, ya a oscuras.
Era un espacio muy amplio, una simple extensión de arena hasta donde corría el agua.
Me pregunté si quien me citaba sería Gabrielle Eding o la mismísima Myaha Mihie.
En la penumbra del Tigris, las pocas luces existentes proporcionaban un entorno ambiguo donde la frontera entre el cielo y yo o entre el resto de la gente y el cielo se volvía borrosa.
—Me pregunto si sabes por qué a esta región se le llama Mesopotamia —dijo una sombra agazapada junto a la orilla.
Una voz que recordaba bien.
—Mesopotamia quiere decir «la tierra entre ríos». Sabes cuáles son, ¿verdad?
—El Tigris y el Éufrates, ¿no?
—Exactamente.
Entonces, se acercó un hombre vestido con un traje ya desgastado. El inútil que hace trece años nos abandonó a mi madre y a mí para venirse a Bagdad. Mi padre.