03 #2
Preguntaba por simple curiosidad. Eding se puso una mano en la barbilla y pensó durante unos segundos.
—Pues veamos… Como he dicho antes, lo que llamamos «voluntad» del ser humano es una palabra para designar la situación de batalla campal entre numerosos agentes de deseo que hay en el interior del cerebro, y en realidad se ha demostrado que existe también en los animales.
—¿Significa eso que los animales no actúan únicamente por ese programa genético que es el instinto?
—Eso es un concepto erróneo. También lo que nosotros entendemos como nuestra voluntad, nuestra alma, en realidad no es más que un estado en el que chocan diversos elementos programados genéticamente.
En experimentos realizados con palomas, hay uno que consiste en disponer frente a ellas dos botones; si pulsan el primero, caen al momento una decena de legumbres; pero si pulsan el segundo, pasado cierto tiempo, una treintena.
¿Qué cree usted que sucedió? No fueron todas, pero sí hubo algunas palomas que prefirieron esperar y recibir treinta legumbres.
Por lo que respecta a nuestro modelo, las palomas cuentan con un mecanismo de elección que puede llamarse «voluntad».
En suma, creo que puede decirse que podemos ofrecer un modelo válido para muchas aplicaciones, no solo en lo que respecta a la voluntad humana, sino sobre la forma en que se manifiesta la consciencia.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo… Pues el dolor.
—El dolor…
—Antes he utilizado la palabra «recompensa», pero aquí no tiene el significado que suele dársele por lo general.
En este caso se llama «recompensa» al efecto psicológico por el que algo atrae fuertemente la atención de la consciencia y deja una fuerte impresión en ella.
Esto es así también en el modelo de Jirivjenski.
No es una clase de beneficio lo que se llama «recompensa».
—¿Y entonces?
—Con respecto al modo de ser de esta «recompensa», el proceso por el cual el grupo de agentes del sistema de recompensa existente en el cerebro interactúa recíprocamente mediante la voluntad para decantarse por una determinada opción; es lo que se llama «conflicto» o «elección».
Tanto el hecho de pensar la acción en un instante como el dolor que sentimos en el instante en que se clava una aguja en el dedo son elecciones del cerebro, y no son más que agentes que buscan dejar una impresión.
Eso sí, el eje temporal de la curva hiperbólica es extremadamente corto.
Había terminado por no entender bien su explicación. ¿Qué quería decir con eso de que el dolor se escogía?
—Sin embargo, el dolor existe, guste o no…
—No siempre. ¿No ha oído hablar de casos en que uno está concentrado en otra cosa y, en un momento dado, se fija en que tiene clavada en el dedo o en el antebrazo una aguja hasta la mitad?
Eso es porque la atención consciente del cerebro estaba ocupada por la faena en cuestión y el dolor perdió en la carrera por predominar en la consciencia. A eso me refiero.
—Ya veo…
—Debido a eso, el dolor está considerado como una experiencia subjetiva. El dolor es una emoción que depende en un grado extremo del entorno, que decide si escogerlo o no, o en qué medida. Ahí reside el motivo por el que el dolor no puede medirse con valores absolutos.
—Es decir, que todas las emociones que dan forma a nuestra realidad son el conjunto de una serie de agentes escogidos que emergen en la superficie del cerebro, ¿no?
—Efectivamente. Incluso estímulos como la vista, el oído, el olfato o el gusto no ascienden al nivel de nuestra consciencia si no han sido elegidos.
Bueno, aunque en el caso de esos estímulos básicos, dado que son los de más fácil elección y muestran los mayores incrementos en las curvas hiperbólicas, rara vez son ignorados.
—Entonces, en cierto sentido, las investigaciones que se desarrollan aquí se refieren no solo a nuestra consciencia, sino que pueden llegar a encerrar incluso un sentido metafísico al estudiar cómo se articula la realidad, ¿no?
Al oír mi comentario, Eding ladeó la cabeza. Parecía pensar que yo había dicho algo bastante extraño.
—¿No cree usted, inspectora Kirie, que realidad y consciencia significan lo mismo?
—Me pregunto si así será…
—Sí, porque la realidad que nosotros podemos aprehender, en definitiva, está limitada a lo que permite nuestra consciencia.
—Puede ser, sí.
Al llegar aquí, Gabrielle Eding se puso en pie y alargó una mano hacia mí.
—Bien, creo que ya he contestado a todo lo que usted quería preguntar, inspectora Kirie. Si le parece bien, podemos terminar aquí.
—De acuerdo —contesté estrechando su mano—. Quizá venga otra vez, así que ya me disculpará la molestia.
En ese punto, de pronto, una curiosidad cruzó por mi cabeza. ¿Qué pensaría esta mujer de la «declaración» del otro día? Después de oír aquel aviso, ¿cuál sería su decisión? Me encanta hacer preguntas de mal gusto.
—Por cierto, señora Eding, ¿vio usted la «declaración» del otro día?
—Sí.
—¿Y qué piensa usted de ello?
Sabía de sobra que se sentiría incómoda ante la pregunta. A veces las preguntas ambiguas sacan a la luz cosas ocultas en lo más profundo del corazón de las personas. Sin embargo, la respuesta que me devolvió Eding fue de lo más vulgar.
—Me parece algo espantoso.
—A mí me parece que la tecnología que están usando ustedes en su investigación se ocupa de un terreno muy próximo al de la declaración de esos criminales que manipulan la voluntad ajena para empujar al suicidio…
Tras mi apunte, Eding se puso un dedo en el mentón y reflexionó.
—Ciertamente, creo que así es. Pero nosotros no somos los criminales. No hemos llegado al punto de conseguir manipular la voluntad de otros y hacerles ver la realidad que nosotros queramos.
—¿Qué piensa hacer antes de que llegue el plazo que han puesto los criminales?
Mi segunda pregunta de mal gusto.
Eding frunció el entrecejo con el aire de desagrado propio de quien escucha una pregunta maleducada.
—No voy a hacer nada. Eso que dijeron no fue más que para meter miedo, ¿no?
—Sin embargo, parece cierto que poseen la tecnología necesaria para inducir a la gente al suicidio, como pudo experimentar con su propio cuerpo aquel presentador.
—Ahí es precisamente donde los miembros consensuados de los Biogobiernos debemos mostrar la valentía compartida que corresponde. Que nuestra sociedad no se doblega ante nadie.
Grandiosa respuesta. Grandiosa en exceso, quizá.
Acto seguido, Eding guardó silencio e hizo un gesto hacia la salida. Antes de traspasar la puerta, como si se me hubiera ocurrido de repente, lancé la última pregunta. A lo mejor me quedó un poco teatral, pero es que a veces eso funciona bastante bien.
—Por cierto, señora Eding, ¿conoce usted un grupo de investigación llamado Grupo de trabajo para la descripción de las características del comportamiento del ser humano de la próxima generación ?
Tras un segundo de silencio, la mujer contestó con absoluta tranquilidad:
—No, no lo conozco…