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Según Gabrielle Eding, «somos un conglomerado de deseos guiados por un sistema de descuento hiperbólico».
Según Gabrielle Eding, «hasta las palomas o los monos sobrevaloran la importancia de lo que tienen delante».
Según Gabrielle Eding, «si hasta las palomas y los monos cuentan con consciencia y voluntad, ¿dónde está la necesidad de sobrevalorar estas solo en el ser humano?».
Me hallaba conduciendo un vehículo con objeto de ir al encuentro de esa Gabrielle Eding.
Mientras miraba el río Tigris, que discurría a mi derecha, pasé entre las columnas de un arco que sostenía una estructura similar al esqueleto de un dragón.
La carretera en pendiente se dirigía hacia la zona alta de Bagdad, Dian Cécht, donde se alzaban, como torretas de un hormiguero, las grandes construcciones de los consorcios de la industria farmacéutica.
Mi campo de visión se fue ensanchando poco a poco hasta que llegué a una altura desde la que se podía abarcar toda la ciudad de Bagdad.
El servidor de guía de Bagdad central me conducía hasta donde estaba Gabrielle Eding.
Allá en el horizonte, el calor hacía temblar la visión del desierto, que se entremezclaba con los espejismos.
El sector de Bagdad destinado a los complejos farmacéuticos se hallaba dividido por zonas, y no hay un solo espacio para anuncios, a diferencia de las ciudades ordinarias.
En otras palabras, Bagdad no tenía necesidad de vender espacios para publicidad mediante realidad aumentada, sino que disponía de un sistema propio y completo gracias a la estructura que formaba la industria farmacéutica.
Se mirase como se mirase, esta ciudad laboratorio no necesitaba ingresos procedentes de algo como la publicidad.
Aun así, para alguien que pasó su adolescencia en un tiempo en el que tanto en el cielo como en las ventanas como en las paredes competían los anuncios por cualquier resquicio de superficie, un espacio público en el que no había un solo anuncio suponía algo vagamente intranquilizador.
Había un bosque con árboles de hoja perenne color rosa e incluso un lago.
Era la zona destinada al parque de Dian Cécht.
Hice avanzar el coche por la ribera de aquel lago creado en el área que imitaba la «naturaleza» entre un mar de enormes construcciones.
Por lo visto, quienes diseñaron estas construcciones intentaron que sus ocupantes no se sintieran como en el interior de unas torretas de hormigas.
Me adentré en una suave cuesta ascendente y llegué hasta un estrato situado a mayor nivel que el lago.
Estaba en el área de mayor altitud de Dian Cécht.
Aparqué el coche. SEC, el consorcio de investigaciones neurológicas, se hallaba en un extremo de Dian Cécht, formando un pico que sobresalía del conjunto como si fuese la proa de un barco.
Se encontraba a una altitud de seiscientos veinte metros.
Era un sector expuesto a la luz del sol, donde se concentraban sobre todo los laboratorios de investigación y que por eso recibió el nombre de «Sector de Desarrollo de Investigaciones».
SEC era un acrónimo compuesto por las iniciales de Sukunabikona, Eugene y Crupps, los tres consorcios que participaron en la creación de este nuevo ente de la industria del tratamiento médico.
Toqué la puerta y, tras proporcionar mis datos personales, un empleado salió del interior y me condujo a la sala de visitas que había junto a la entrada.
Como cabía esperar, también en esta sala de alto techo, tanto este como las paredes como el suelo estaban recubiertos de una especie de plástico color blanco y había unos asientos redondeados color rojo, de gelatina, donde rara vez se sentaría nadie.
Me hundí en uno de los asientos y, pasado un rato, vino aquella Gabrielle Eding, haciendo resonar su calzado en el suelo. Tras estrecharme la mano enunciando un saludo formal, Gabrielle se acomodó en otro de los asientos de gelatina de la sala de visitas.
—Cuando me dijeron que venía un inspector de espirales, lo primero que pensé es que se trataba de una inspección por sorpresa. Aunque, claro, nosotros no llevamos a cabo ni un solo experimento por el que la OMS tenga que albergar sospechas.
Eding hablaba con monotonía, recortada contra una pared a espaldas de ella, toda de cristal, que dejaba ver la línea del horizonte separando el cielo del mar y con algunas gaviotas sobrevolando.
—Disculpe la sorpresa —contesté asintiendo—. El motivo de que haya venido hoy aquí es porque deseo preguntarle sobre dos puntos que al parecer conoce. El paradero de cierta persona y una investigación acerca del cerebro.
—Adelante…
—En primer lugar, la cuestión del cerebro: se trata del comportamiento del llamado sistema de recompensa en el mesencéfalo. ¿Conoce usted la existencia de un estudio que ha ofrecido un modelo muy detallado del asunto?
—Se refiere al de Sergei Gurlukovich Jirivjenski…
—Eso es —contesté mirando fijamente el rostro de Eding.
Me devolvió la mirada de la misma manera, con aire de estar moviendo un caramelo o similar dentro de la boca.
—Así que, como pensaba, se trata de una inspección…
Negué agitando las manos.
—Nada de eso. No le estoy mintiendo. Solo le estoy preguntando una información que creo necesaria para la investigación del caso en el que estamos ahora. ¿Por qué piensa que se trata de una inspección?
—Porque en nuestro consorcio de investigación neurológica estamos construyendo ese modelo de sistema de desarrollo.
—Dentro de los márgenes en que le esté permitido o de los márgenes de lo que ya es público, ¿podría hacerme un esbozo general de en qué consiste?
Hice mi petición con el tono más afable que pude. Eding, tras reflexionar unos instantes, contestó pausadamente:
—Lo que está llevando a cabo nuestro consorcio es una investigación sobre las inclinaciones universales de la psicología humana que deciden sobre el valor de las cosas.
—¿Qué clase de inclinaciones son?
—Pues, por ejemplo… Si a alguien le prometen recibir 10000 créditos ahora o recibir 20000 dentro de un año, ¿cuál elegiría?
—Sería la primera opción, supongo.
—Así es. Y no solo en el caso de las personas ni en el de, por supuesto, los primates, sino que también se ha comprobado la misma inclinación de deseo en el caso de aves como palomas o perdices o de animales como perros y gatos.
Una parte de los seres vivos valora con exceso lo que tiene ante sus ojos.
—¿Se trata de un rasgo de la adquisición evolutiva?
—Es una programación genética. El hecho de que se pueda observar el mismo fenómeno en tantas clases diferentes de especies tiene que deberse a la existencia de algún motivo por el que es fácil para los vertebrados implementar este rasgo.
—Bueno, a mí solo me parece una reacción lógica.
Si un animal no se abalanza sobre el alimento que tiene delante, puede que se lo arrebate otro.
Si existiera un ser vivo que se quedara inmóvil esperando un beneficio futuro, no tendría más final que extinguirse.
Creo que, desde el punto de vista de la supervivencia de los mejor adaptados, la tendencia a sobrevalorar lo que se tiene delante es algo de lo más natural del mundo.
—Si hacemos una gráfica con la apreciación que merecen las cosas, donde la línea horizontal representa el tiempo y el cero coincide con el momento presente, la altura de la curva asciende más y más cuanto más próxima está del cero, que es donde alcanza su punto más álgido.
Por el contrario, si nos desplazamos hacia un futuro lejano, la valoración dibuja una curva descendente que baja hasta extremos lastimosos, pero, en cambio, apenas hay variación en los valores de un año o dos años después.
Estas curvas que al acercarse a un extremo suben o bajan de golpe se llaman hipérbolas.
En suma, tanto las personas como la mayoría de los animales, cuando tenemos que valorar una determinada cosa, presentamos tendencia a que su apreciación en el futuro descienda trazando una hipérbola.
—Es decir, que el criterio de valoración del ser humano no sigue una lógica racional de carácter exponencial, sino que es una hipérbola irracional.
—Efectivamente. Debido a que los seres humanos poseemos un criterio de valoración que sigue el patrón de esta hipérbola, tomamos decisiones irracionales o cometemos actos imprevisibles.
Cuando se aproxima a nuestros ojos un cierto beneficio, se produce la ilusión de que se trata de algo con un extremado valor.
El agente que se ve sometido a tener que elegir por sí mismo en este juego de supervivencia entre un pequeño deseo que satisfacer enseguida y un gran deseo que satisfacer a largo plazo es lo que llamamos voluntad.
Esta es la gran particularidad del sistema de recompensa, de la que el modelo de Jirivjenski no se ocupa.
Nosotros, basándonos en el resultado de este experimento, nos hallamos enfrascados en ver cómo añadir correcciones a aquel modelo para comprender cómo funciona la voluntad humana.
Pensé en mi padre, Nuaza Kirie. Si se podía controlar la voluntad humana manipulando el sistema de recompensa, para poder predecir de qué manera podía ser controlado, por fuerza se necesitaría un modelo mucho más detallado del criterio de valoración de las personas.
—¿Participa en el equipo de investigación de dicho proyecto el doctor Nuaza Kirie?
—Sí o, mejor dicho, participó al principio. En la actualidad, el doctor ya no se encuentra en el consorcio de investigación.
—Y el doctor Kirie, basándose en ese modelo que aplica el descuento hiperbólico para el sistema de recompensa existente en el mesencéfalo, ¿no estaría realizando también una investigación diferente?
—Cualquiera sabe… De hecho, existen varios investigadores que trabajan a la vez en cuestiones diferentes. Pero acerca de eso no sé nada.
—El hecho de saber que el sistema de recompensa motiva las decisiones según el sesgo del descuento hiperbólico, ¿en qué cambia la visión del ser humano con respecto a los modelos tradicionales?