Harmony 02
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recuerdo

En este mundo no existe lugar para mí.

Creo que la primera vez que pensé eso fue, quizá, cuando asistí como observadora a una sesión de ética del Biogobierno.

Yo todavía era una alumna de secundaria y estaba junto con mi padre y mi madre, que participaban en ella.

El contenido de aquella sesión desarrollada a través de la realidad aumentada tenía como primer plato un absurdo e intrascendente debate increíblemente detallado y en extremo difícil de concretar acerca de la elegancia de los anuncios publicitarios, y ahora ya no recuerdo de qué manera terminaba enlazando con la cuestión principal, que consistía en el problema moral del consumo de cafeína.

Yo pensaba que el té era té.

Que el té inglés era té inglés y el café era café.

Sin embargo, al igual que toda bebida alcohólica contiene alcohol, ahora entiendo que, como es natural, todas aquellas bebidas contenían cafeína.

antipatía

Todavía hoy me acuerdo. La mujer de voz estridente tenía dominado en su puño todo el ambiente de la sesión. Del nombre, no me acuerdo. Cierta señora pidió temerosamente la palabra. Aunque su tono era recatado, el contenido distaba mucho de serlo y más bien parecía un tanto apremiante.

—Perdone, pero… ¿el consumo de cafeína no será algo equivocado desde un punto de vista moral?

A continuación, la señora en cuestión afirmó que, básicamente, la cafeína era:

listado: ítem

i: un psicoestimulante

i: un excitante

i: una sustancia mala para el estómago

i: una sustancia dañina para la salud

/listado

Aquella señora decía, básicamente, que la cafeína era una sustancia venenosa.

Eso sí, siempre de manera comedida.

Lo afirmaba de manera comedida.

Que si no les daba la sensación de que la influencia era perniciosa como resultado de un consumo prolongado; se trataba de algo obsceno.

/antipatía

Entonces, un científico, mi padre, adujo que «Hay veces en que, por cuestiones de trabajo, la cafeína resulta necesaria». Por eso, pude ver de primera mano cómo mi padre fue vapuleado por aquella señora. A mí me pareció que lo que él decía era correcto, algo de sentido común y una opinión serena.

Sin embargo, los comentarios de la señora durante la sesión no faltaron a la cortesía propia de un miembro del Biogobierno cuya prioridad es la consideración hacia los demás, así que eran formulados con tono muy comedido, pero, a la vez, encerraban un contenido en extremo radical.

Por eso mismo, arrastraban con facilidad a la gente, pero, sobre todo, estaban repletos de presunciones.

Una presunción tras otra.

«A todos, a todos los de los Biogobiernos les gusta la gente que hace presunciones. Y alrededor de esas personas que nos proporcionan presunciones y decisiones se crea un ambiente.

A los científicos no nos gusta ese ambiente. Lógico, puesto que lo correcto siempre es vulgar, impreciso, aburrido, capaz de resistir una y otra verificación». Una vez finalizada la sesión, ese fue el comentario de mi padre.

Mi padre había dicho que había veces en que, debido al trabajo, la cafeína resultaba necesaria. Y además defendió que también existían casos de estrés que podían aliviarse con la cafeína.

antipatía

—Lo que usted ha dicho, señor Kirie —apostilló la señora hacia el término de la sesión—, puede interpretarse también como la misma lógica de alguien que insiste en aferrarse a malos vicios como el alcohol o el tabaco, aunque le hayan llevado a estar en las últimas.

listado: ítem

i: la señora apuntó que la cafeína podía desencadenar trastornos de pánico

i: la señora apuntó que la cafeína también provocaba trastornos de sueño

i: la señora apuntó que la cafeína podía incluso producir temblores involuntarios

i: la señora apuntó que la cafeína podía activar síntomas como dolor de cabeza u olvidos

i: señaló que los problemas de estrés debían ser tratados mediante terapias u orientación psicológica

/listado

/antipatía

Mi padre permaneció plegado hasta el final, incapaz de argüir «en cantidades adecuadas». Aunque, en conjunto, la cafeína no se prohibiera claramente, el ambiente dominante en la sesión era que se trataba de una sustancia obscena y perniciosa a la que se debía aborrecer.

antipatía

Durante toda esa sesión tuve que aguantarme las ganas de vomitar.

No eran unas ganas físicas de vomitar, sino una sensación mental de arcadas. La señora en cuestión, se mirase como se mirase, no parecía sino una enajenada peligrosa, así que no me explicaba por qué, ante el rosario de solemne palabrería que desplegaba, todo el mundo asentía una y otra vez.

La mujer terminó con esta frase:

—No es más que un deseo, pero ¿no creen que en el futuro, en algún momento, se debería eliminar por completo el consumo de cafeína?

/antipatía

arrepentimiento

Me arrepentí de haber pedido a mis padres que me dejaran asistir a la sesión porque sentía curiosidad.

Una vez vi en el Media Channel un programa donde no paraban de aparecer imágenes de comidas por completo desconocidas para mí.

Cuando le pregunté a mi padre qué clase de programa era ese y me contestó: «Ah, es lo que llaman los dos minutos de odio 10 .

Es una especie de autohipnosis, para que la última generación que comía esa clase de alimentos, con exceso de grasa, con exceso de colesterol, con exceso de sal, que no eran buenos para la salud y constituían una manera de comer falta de la consciencia de ser un recurso, al ver las imágenes se repita en su interior «no tengo que volver a comer esas cosas, echarse eso a la boca es una vergüenza para un miembro de la sociedad, qué falta de consciencia de recurso tenía…

» y se dé cuenta de que estaba echando a perder un cuerpo que es público».

Hace unos diez años, en Media Channel existía esa clase de programas.

El límite extremo de ese odio hacia todo alimento que dañara la salud, que comenzó con ese programa de los dos minutos de odio sobre las comidas, se manifestó en la sesión de aquel día donde se llamaba a que todos compartiesen el odio hacia la cafeína.

Desearía no haber visto cómo mi padre, que se supone que estaba tan orgulloso de haber alumbrado el WatchMe que cambió el mundo, ahora lucía en público aquel aspecto tan miserable.

Pensé, embargada de angustia, que, si eso era el Biogobierno, eso era el mundo, eso era lo que lo que recubría todo; entonces, no deseaba vivir en semejante entorno.

Se trata de un incidente acaecido antes de que conociese a Myaha Mihie, pero me produjo una sensación de anormalidad tan salvaje que durante bastante tiempo no pude apartar aquella sesión de ética de mi cabeza.

Ya estuviera en clase o jugando a algo en casa, la sensación de anormalidad que experimenté entonces continuaba torturándome.

Nunca volví a decir que quería ver una de esas sesiones.

/arrepentimiento

Más adelante, quien supo detectar la impresión de anormalidad yacente en mí fue la chica que aquel día leía un libro sentada en un banco del parque junto a la jungla de barras.

Fue en el camino por el que yo pasaba al volver a casa desde el colegio.

La chica se acercó a mí y, mientras señalaba la jungla de barras, comenzó a decirme lo siguiente:

—¿Sabes por qué esas barras están retorcidas como un guiñapo?

/recuerdo

—Aviso de la tripulación del BirdRider a todos los pasajeros. Este aparato, vuelo Northern Passengers DR947 con salida de Tokio, tiene previsto aterrizar dentro de una hora en la Ciudad Médica de Bagdad.

La voz de esa clase de anuncios que avisaban de la hora de llegada siempre sonaba muy agradable a los oídos de cualquiera. Este mundo evitaba con denuedo todo aquello que pudiera causar una sensación desagradable.

Un mundo sin enfermedades, sin el sabor de experiencias desagradables, sin la visión de imágenes desagradables y en el que, si por un casual se daban esa clase de circunstancias, inmediatamente después aguardaba una montaña de terapias.

Un mundo sin sensaciones desagradables. ¿Cuántos puntos se supone que podían conseguirse así hasta llegar al mundo de los muertos?

Mientras escuchaba la voz suave como la seda procedente del anuncio, miré por la ventanilla de mi asiento de pasajeros.

Las seis alas principales del PassengerBird trabajaban vigorosas curvándose como si aletearan para cambiar su forma con dinamismo y hacer frente a las corrientes de aire.

Antiguamente, en los tiempos en que los aparatos llamados aeroplanos se mantenían en activo como medios de transporte aéreo, las alas principales eran únicamente dos y se mantenían casi todo el tiempo con la misma forma, rígida y tosca.

Comparado con los aviones de entonces, el actual PassengerBird era mucho más elegante y estaba mucho más atareado.

Entonces, casi sin quererlo, me acordé de aquella charla sobre las junglas de barras. Aquellas palabras que iban deshilvanándose entre los labios de Myaha.

Las junglas de barras, hasta comienzos del siglo XXI, estaban hechas de metal.

Eran una estructura geométrica en forma de rejilla tridimensional donde se entrecruzaban los tubos de metal.

Si te caías desde arriba, no se movían al instante para recogerte como las de ahora.

Porque a las barras de metal de entonces no les habían otorgado ni inteligencia ni encanto, ni siquiera blandura.

listado: ítem

i: Myaha con vida

i: Myaha no había muerto

i: Myaha no nos había dejado solas

i: Myaha, que quizá hubiera matado a Kyan y a otras 2795 personas

/listado

Me encuentro ahora persiguiendo la sombra de aquella Myaha.