01
Una de las cosas que consiguió la difusión pública de la «declaración» fue que en ese instante hizo callar a todo el mundo. Pues bien, ¿qué estabas haciendo tú en ese momento?
Ese día, en esta ciudad que es la capital de Japón, estaba nublado.
Una masa de color gris se cernía pesadamente sobre la gran ciudad y se diría que estaba aguardando la ocasión de aplastar a la gente. Lo que llevaba a pensar de esta manera tan simbólica era, como es lógico, el contenido de aquella «declaración», ya que resultaba en extremo impactante.
Al parecer hubo quien sintió deseos de vomitar al escucharla.
Por lo visto, también hubo un gran número de gente que se fue corriendo a recibir terapia.
En aquel entonces, yo iba en el coche de camino al aeropuerto con un hombre que todavía usaba tarjetas de visita en papel.
recuerdo
«¿Sabes lo que es una tarjeta de visita?».
Myaha, durante una pausa entre clases, lanzó aquella pregunta en el aula mientras sacaba un trozo de papel.
Era un papel pequeño, cuadrangular, que cabía en la palma de la mano. Ahí constaba en unas letritas el nombre del colegio, la clase nuestra y luego el nombre de Myaha Mihie, escrito en un tamaño mayor.
—Esto es una tarjeta de visita. Antiguamente, los adultos usaban estos papeles para presentarse.
«Oh…», dijo Kyan mirando aquel papel que Myaha había dejado sobre el pupitre. «Pero la información que puede escribirse en este papel tan pequeñajo es muy poca. Así que solo podían incluir ahí esa información tan escasa sobre su perfil…».
Myaha asintió a sus palabras.
—Efectivamente. No había cosas como los puntos de valoración social ni los enlaces para acceder a la información médica.
Porque, antes, «la empresa» era la unidad básica de la sociedad y lo que constaba era el domicilio de dicha empresa. De por sí, las tarjetas de visita eran solo para uso de la empresa. No existía ni necesidad ni medios de exponer a la luz permanentemente otra información particular del interesado.
—¿Por qué?
—Porque antiguamente había algo llamado «intimidad» que se valoraba mucho.
—Uy, qué guarra —se rio Kyan—. «Intimidad», ha dicho. Ahora que recuerdo, Myaha había hablado antes de eso. Nos dijo que palabras como «privado» o «intimidad» antes no tenían un sentido tan picante como el que tienen ahora.
Myaha sonrió y ofreció una explicación adicional.
—De por sí, no existía ninguna costumbre de mostrar la información particular de cada uno. Como ahora disponemos de la realidad aumentada, se puede dar a conocer a todo el mundo de manera permanente nuestras circunstancias, pero antiguamente existían muchas limitaciones físicas.
—Es verdad… —intervine para ayudar a que Kyan comprendiera—. Si no contáramos con la realidad aumentada para dar a conocer a los demás nuestra información particular, no tendríamos más remedio que escribirla en un letrero o algo parecido e ir cargando con ella.
—Pero, si no se mostraba la información particular, todo el mundo debía de mirarte con cara de desconfianza. A tu alrededor no habría más que gente de circunstancias desconocidas, y supongo que todos se sentirían mal, ¿no? No puedo ni imaginármelo.
—Antaño, la información particular era, precisamente, algo que no se facilitaba a los demás.
A nadie le importaba quién se sentaba a su lado en un lugar público.
En esa sociedad, la tarjeta de visita era algo que se entregaba en mano, un medio para las ocasiones en que había que proporcionar a una determinada persona información particular limitada.
Se evitaba repartir esa información indiscriminadamente.
—Tiene encanto esta tarjeta —dije yo, fascinada ante aquel trozo de papel pequeñito y tan mono.
Myaha sonrió.
—¿Verdad que sí? Es encantadora. Me parece muchísimo más elegante y adorable que esos historiales que surgen de pronto a la derecha de tu cabeza por acción de la realidad aumentada. Estaba segura de que te gustaría.
—Tremendo, si hasta tiene un dibujo —dijo Kyan señalando la colorida ilustración que incluía aquel trozo de papel—. ¿Ese símbolo lo has pintado tú, Myaha?
—Claro. Es nuestro emblema.
—Nuestro emblema…
—Así es. El emblema de las tres camaradas, Kyan, Twan y yo.
/recuerdo
La tarjeta de visita hecha a mano que me dio Myaha en aquel momento.
Todavía debía de estar en el cajón de mi mesa en el hogar paterno.
Lo cierto es que el conocimiento sobre las tarjetas de visita me fue útil alguna que otra vez después de hacerme inspectora de espirales.
Porque pude darme cuenta de que ese medio de papel que en los territorios de los Biogobiernos ya había sido arrinconado por completo, en los lugares con Gobiernos o Estados a la antigua usanza resultaba muy apreciado a la hora de las negociaciones.
Cierto inspector de espirales al que le encargaron participar en la mediación de Chechenia entre diversas facciones armadas y Rusia contaba que se sorprendió cuando los encargados de la negociación por parte de las facciones armadas sacaron tarjetas de visita a modo de presentación.
Cuando estuve en Níger sucedió lo mismo.
En esa clase de regiones al margen del vidalismo, donde al parecer la realidad aumentada no ha terminado de arraigar, el intercambio de tarjetas aún se mantiene en buena forma.
Lo que me hizo recordar aquello fue que el hombre que me esperaba apoyado en mi coche en el aparcamiento de la universidad sacó una tarjeta de visita para presentarse.
—Mi nombre es Ilya Vasilov, inspector de Interpol.
Viendo que yo recogía con completa naturalidad la tarjeta que me alargaba, Vasilov no pudo disimular su sorpresa.
—¿Conoce usted lo que es esto?
—Una tarjeta de visita, ¿no? —le contesté—. Conozco esa antigua costumbre.
No tenía el menor encanto que de pronto un hombre tan sospechoso se me presentara sacando sin más una tarjeta.
No solo no existía la menor necesidad de recurrir a esa antigua costumbre que había visto en mis destinos como inspectora de espirales, sino que no tenía mayor sentido que pretender un efecto teatral.
—Vaya, qué chasco.
—No me diga que hace usted lo mismo cada vez que va a ver a alguien…
—Pues la verdad es que sí. Y tiene bastante buena aceptación…
Vasilov se rascó la cabeza, confundido por el fracaso. Clavé la mirada en aquel hombre tan aficionado a las interpretaciones exageradas y le pregunté qué asunto le traía. No tenía tiempo que perder, así que quería terminar cuanto antes.
—No es un lugar muy apropiado para conversar. Si le parece, hablemos en el coche, mientras damos una vuelta por los alrededores.
—Lo siento, pero tengo que ir al aeropuerto.
Tras rechazar la petición de Vasilov, señalé mi coche con un gesto de la mandíbula para indicarle que quería subir.
—Para ir a Bagdad, ¿no?
Le miré a los ojos, disimulando la sorpresa. No encontré ninguna expresión particular en ellos. Pero no cabía duda de que su intención había sido pillar con la guardia bajada a esa inspectora de espirales de actitud tan poco grata que tenía delante.
—¿Por qué lo sabe? —le pregunté con un esfuerzo para fingir serenidad.
—De eso quería hablarle. Puede ser en su camino hacia el aeropuerto. ¿Le importaría si me subo con usted?
Asentí a disgusto y Vasilov ordenó a su vehículo que volviera solo. Subí al mío y, tras programar la ruta, apareció el tiempo estimado hasta el aeropuerto. Usando la autopista, una hora.
—Este es el máximo tiempo del que dispone —le advertí.
—Me parece bien, es suficiente —contestó Vasilov subiendo al asiento contiguo.
Mientras recorríamos las calles de la ciudad, me acometió una sensación extraña.
Quizá fuera culpa de las nubes que se cernían sobre nosotros, pero me pareció que el plano paisaje que se veía llevaba ese día unas pinceladas añadidas de especial soledad.
Mirando por la ventanilla las edificaciones que íbamos dejando atrás, intentaba dilucidar el origen de aquel efecto de soledad que ofrecía el paisaje.
Sin embargo, llegamos a la entrada de la autopista sin que hubiese llegado a ninguna conclusión acerca de la sensación de extrañeza que me dominaba.
Entramos en la autopista con soltura y, una vez allí, me encontré con que dicha autopista, a su vez, tenía muy poca circulación.
Entendí el motivo de la soledad. La soledad en sí misma era la respuesta. En la ciudad había menos gente de lo habitual.
—Habiendo tan poco tráfico, a lo mejor llegamos antes, ¿verdad? —dijo Vasilov.
Ciertamente, comparado con lo habitual, podía decirse que la autopista estaba vacía.
—Todos están asustados —murmuró el hombre.
—¿De qué? —le pregunté.
—De que haya muerto gente delante de ellos. De que les pueda suceder lo mismo.
Supongo que tenía razón. No en vano acababa de ocurrir un incidente que hacía pensar que en el momento menos pensado algún desconocido podía matarse clavándose algo en el cuello.
Había oído que los centros de terapias estaban a reventar.
La gente no daba crédito ante el hecho de que hubiera muerto alguien frente a sus propios ojos.
Lo que había sostenido esta sociedad era la obsesión de que había que creer en el prójimo.
En eso consistía el que cada uno se convirtiera poco a poco en rehén de otro.
Aquellas personas que no fallecían más que por vejez o accidente mostraban sin cesar su información personal, participando sin falta en las discusiones o sesiones sobre ética que organizaban los Biogobiernos y decidiendo todas las cosas por consenso tras recibir consejos de especialistas.
Sin embargo, aquel sistema se había torcido un poco. A causa de aquel incidente.
La forma de aparición del fenómeno había resultado de lo más raro, pero el incidente hizo que todos recordaran con nostalgia antiguas emociones ya olvidadas.
La cuestión fundamental estaba en que los otros, los desconocidos, de por sí, son seres imprevisibles e inquietantes. Y eso ahora había salido a la luz.