Harmony 03 #5
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03 #5

Controlar los deseos de las personas.

Controlar la voluntad de las personas.

Unir, como quien hace un rompecabezas, una serie de almas hechas de trocitos de seres humanos. ¿Sería posible algún día conseguir una persona perfecta a partir de ello?

No una persona como Myaha. Tampoco una persona como yo.

Myaha gritaba por que le dejaran demostrar que no valía nada. Pero, junto con el amanecer de ese ser humano consciente de estar siendo controlado, desaparecía también la necesidad de torturarse con esa idea.

Un mundo donde todas las personas vivirían en perfecta armonía.

Una sociedad perfecta llevada a la perfección por humanos perfectos.

Su punto de partida ya había sido aprehendido por esta sociedad centrada en el tratamiento médico.

Lo que faltaba para completarla eran las herramientas que la hicieran realidad.

Mi padre, con objeto de encontrarlas, se había marchado a Bagdad dejándonos a mi madre y a mí en Japón.

Con objeto de afilar el cortante bisturí que diseccionara el alma humana.

—Lo siento por ti, Twan, pero eso de manipular el alma humana supone una investigación fascinante.

El profesor Saeki volvió a rascarse la cabeza y apartó la vista de mí como disculpándose.

Seguramente, por su calidad de colega científico, sentía que la vileza que había cometido mi padre hacia nosotras en parte era también culpa suya.

El profesor, dirigiendo la vista hacia la rosada arboleda para huir de mí, añadió:

—Si de pronto brota una idea acerca de eso, que encierra aunque sea un mínimo de probabilidades de tener éxito, sería demasiado cruel pedir que nos olvidásemos de desarrollarla.

No tengo la menor intención de aprobar lo que tu padre os hizo a tu madre y a ti, pero aun así entiendo que, llevado por la ambición del científico, hiciera lo que hizo.

El motivo por el que se fue a Bagdad abandonándoos a tu madre y a ti.

—Ya, entiendo lo que intentas decirme. Pero tú no eres mi padre. La culpa de mi padre es solo de él. Ni más ni menos.

Aparté la vista del profesor y miré hacia un disquete amarillo que destacaba entre otros tantos que había esparcidos por el suelo. En la superficie tenía pegada una etiqueta con un dibujo como para niños y un logotipo. Debía de ser un antiguo juego.

—Puede que algún día las personas acabemos también así…

El comentario del profesor llegó tan de improviso que no entendí a qué se refería y le miré con extrañeza.

—Ya sabes, como en esas historias de ciencia ficción donde el ser humano ha conseguido digitalizar su consciencia y pasa a estar alojada en un ordenador o en la red.

Si se llega a eso, el cuerpo humano no será para el alma más que un medio muerto, un atrasado soporte.

Y si llega el día en que el espíritu de las personas se transfiere al espacio digital, ¿no sería factible que, en mi laboratorio imaginario, entre los disquetes, las cintas magnéticas y las unidades de memoria, rodasen también cuerpos humanos sin alma?

Eso en caso de que se diera el nacimiento de una especie humana con una consciencia evolucionada…

—¿Tú crees? —pregunté dubitativa—. A mí me parece justo lo contrario.

Que el espíritu no es más que una función para mantener el cuerpo con vida el mayor tiempo posible, no es más que un medio.

Por parte del cuerpo, se busca un espíritu lo más adecuado posible para la supervivencia y, si llega un mundo en que todo se vuelve del revés, el espíritu, el alma, será por el contrario quien se convierta en un medio muerto. ¿No crees?

El profesor permaneció un tiempo inexpresivo, como si le hubiera sorprendido con la guardia baja, pero finalmente estalló en una vigorosa carcajada.

—No te falta razón. A primera vista parece en exceso radical, pero lo cierto es que, desde el punto de vista evolutivo, tu observación es más correcta. Por lo visto, soy yo quien sigo atado a la vieja idea de que el alma es única y sagrada.

—El problema es qué se quiere hacer una vez que se encuentre la tecnología capaz de controlar la voluntad y cambiarla.

Al oír eso, el profesor meneó la cabeza con impotencia.

—Mira, Twan, yo creo que quizá, solo quizá, los científicos no investigan con esa clase de objetivos.

No piensan en qué desean hacer con sus descubrimientos.

Es como eso de subo a la montaña porque está ahí delante.

Se investiga porque el asunto en cuestión encierra un interés científico, porque supone un problema que resolver.

Me puse en pie y me dirigí hacia la puerta de la habitación. Esta vez fui en línea recta, pasando por encima de las pilas de hojas impresas y medios muertos. Al llegar a la puerta, me detuve un instante y, sin darme la vuelta hacia él, le dije al profesor:

—A quien yo busco es a Myaha Mihie. Mi padre no es más que una forma de llegar hasta ella.

Según dejaba atrás el laboratorio, iba adquiriendo como algo muy real la sensación de que sin duda me estaba acercando al centro de la cuestión. El camino por el que iba no estaba equivocado.

listado: ítem

i: Myaha Mihie

i: mi padre

i: el manejo de la consciencia

/listado

No hacía falta recurrir a que la realidad aumentada me mostrase nada con sus flechas.

A Excelencia, su Excelencia la directora de inspectores de espirales Oskar Staufenberg, no le hacía ni la más mínima gracia que yo actuara de manera independiente y que no informase de lo que hacía no ya a la policía japonesa, sino ni siquiera al Departamento de Inspección de Espirales.

A través de mi HeadPhone, Excelencia me lanzaba sus recriminaciones con tono suave, conteniéndose para no prorrumpir en una ristra de insultos.

—No se preocupe. Mi investigación está arrojando frutos concretos.

Lo que le había contestado era la pura verdad, pero, como es natural, Excelencia, la directora de inspectores de espirales, insistió en que le diera los detalles de dichos resultados.

Era tal su persistencia en la manera de preguntar que se diría que en realidad intentaba provocarme para que le contestara con un término tan lascivo como «privado» para tener una excusa con la que castigarme.

Por supuesto que eso no pasaba de ser caprichosas imaginaciones mías y que la directora no sabía que este caso había empezado a cobrar un tinte personal que me concernía.

Mientras dirigía la vista al suelo con hastío, iba dando contestaciones breves para salir del paso, del tipo de «sí», «entendido», «no», «no, nada de eso», hasta que el camino pavimentado de blanco y flanqueado por árboles de hoja color rosa me llevó al aparcamiento de la universidad.

—Me voy a Bagdad.

—¿Cómo dice?

No había llegado a gritar de forma ostentosa, pero resultaba evidente que en el interior de Oskar había brotado un arranque de furia.

Aun así, lo único que alcanzó a decir fue «¿Y por qué a Bagdad?

». A mi vez, yo no podía contestarle otra cosa que la ambigua frase «Hay una pista allí», del mismo efecto que acariciar sus nervios a contrapelo.

Después añadí: «Parece que tenemos en común el hecho de habernos quedado sin opciones para contestar».

Lo cual pareció irritar todavía más a Excelencia, la directora de inspectores de espirales Oskar Staufenberg.

—Mejor que no se piense usted que puede seguir estirando hasta siempre la carta del asunto de Níger.

Viendo que por fin su excelencia la directora de inspectores de espirales escupía lo que de verdad pensaba, le contesté con desparpajo.

—Así es. En lo posible, seguiré usando esa carta hasta el límite.

En aquel aparcamiento de la universidad, una y otra íbamos prolongando nuestra serena discusión con una interlocutora que no teníamos delante, a base de mirar el impertérrito gráfico que representaba a cada una.

El motivo por el que las personas que caminan al aire libre mientras conversan con un dispositivo intracorporal tienden a ir mirando al suelo es porque, con la conversación, la mayoría de la gente suele descuidar el camino por el que pisa y tropieza.

Como es una visión muy natural, a nadie le llama la atención, pero si hubiera un viajero del tiempo llegado de un mundo de hace cien años, sin duda pensaría que la gente de este mundo camina farfullando a solas con la vista clavada en el suelo y que somos todos una pandilla de tipos que necesita una terapia.

Sí, perdóname, Myaha.

Entonces, de repente, recordé aquello. Cuando dijo eso, Kyan estaba mirando fijamente el plato de ensalada caprese.

En los archivos de los suicidas que vi mediante la realidad aumentada, el tiempo hasta que se mataron discurrió de una manera muy fluida.

El acto se les ocurría de improviso y se quitaban la vida como si nada con lo primero que tenían a mano.

Hasta donde yo recordaba, Kyan era el único caso en que, cabizbaja, parecía estar arrepintiéndose de algo.

Kyan Reikado era la única persona que estaba cabizbaja, igual que yo ahora, que me encontraba mirando al suelo mientras hablaba con la directora de los inspectores

—Señora directora, el resto de lo que tenga que decirme lo escucharé cuando esté a bordo del PassengerBird. Acabo de recordar ahora algo importante.

Corté la comunicación un instante antes de que su excelencia la directora Staufenberg pudiera soltar un grito al perder definitivamente los nervios y, haciendo uso de las facultades que me habían sido otorgadas para este caso en calidad de inspectora de espirales, solicité la reproducción del registro de conversaciones de Kyan Reikado.

silencio

El día que murió Kyan.

Los momentos antes de su muerte.

El tiempo que estuvo cabizbaja.

miedo

Sentí un frío en la espina dorsal. En aquel momento, Kyan estaba en comunicación con otra persona, aparte de tenerme a mí delante de ella.

No hacía falta ni imaginar quién era esa otra persona. Kyan misma pronunció su nombre.

Sin embargo, eso era algo difícil de admitir.

Tenía miedo de admitirlo.