Harmony 03 #4
47%

03 #4

—Bueno, no digas eso. En definitiva, lo que pasa es que, cuando las personas pasamos por una experiencia extrema, resulta difícil saber quedarse luego en el punto justo.

El impulso del retroceso nos hace dirigir la aguja en sentido contrario.

La sociedad vidalista actual es el resultado de dicho impulso.

Cierto que, como se decía antes, si uno sabe utilizar con habilidad el monedero, no debería ser necesaria una hucha.

Por cierto, Twan, ¿tú sabes lo que es una hucha?

Al intentar contener la carcajada, finalmente se me escapó una risita. El profesor me miró con aire extrañado.

—¿Qué pasa?

—No, es que… esa frase se la oí hace mucho a una amiga. Y me he acordado.

—¿Qué frase?

—La de que si supieras usar el monedero no te haría falta la hucha.

—Ah, ya…

El profesor puso cara de no entender muy bien y prosiguió.

—Bien, Twan, en cualquier caso, tú no has venido a escuchar proverbios. Quieres saber algo. Tratándose de una información que desea conocer un cargo de la OMS, tiene que ser un asunto de gran importancia, ¿no?

—Myaha Mihie.

No se me escapó que, por un instante, en los ojos del profesor Saeki flotó una sombra de alarma. Después, se llevó una mano al labio inferior en ademán pensativo y contestó:

—Hmm… Yo recogí su cadáver. Para Nuaza. Actué como representante suyo.

—¿Dónde está mi padre?

—A saber. Tanto él como yo hace tiempo que no hemos hecho ningún intento de comunicarnos…

Decidí arremeter de frente contra la línea de defensa del profesor. Opté por ir directamente al grano.

—Mi padre se llevó a Myaha Mihie, ¿verdad? A Bagdad.

El profesor Saeki sacudió una mano ante el rostro, como con fastidio. El anciano este parecía difícil de vencer.

—¿Dónde está mi padre? ¿No está en Bagdad?

El profesor negó con la cabeza mostrando hartazgo.

—Si no está en Bagdad, no tengo ni idea. ¿Por qué no lo buscas con la versión de alcance mundial de SearchYou?

—Ya lo he hecho. Según eso, mi padre no existe en este planeta.

El profesor ladeó la cabeza y clavó su mirada en mí.

—¿Qué quieres decir?

—La búsqueda no ofrece resultados. Pero tampoco he encontrado registro de defunción en ningún Biogobierno. Puede que tenga desconectado el localizador del WatchMe, pero, por más tiempo que pasa, no llega información sobre él.

¿Se daría por vencido el profesor en algún momento si continuaba derribando una barrera tras otra de esta manera? Ya entendía por qué le habían puesto a la madre de Myaha una ventanilla de contacto tan estricta como esta.

El profesor Saeki se rascó la cabeza con aire contrariado.

—Hmm… ¿Qué habrá pasado? De entrada, ¿por qué quieres saber dónde se halla tu padre?

—No es por mi padre, lo que quiero saber es qué ha pasado con Myaha Mihie. Habrás oído hablar del suicidio masivo del otro día, ¿verdad?

—El suicidio colectivo en el mismo día y a la misma hora de más de seis mil personas en todo el mundo… No creo que haya nadie que lo desconozca.

—Creo que Myaha Mihie, que se supone que murió hace trece años, está implicada de alguna manera en este caso.

Keita Saeki guardó silencio. Por lo visto, por fin había comprendido en qué trabajaba la hija de su antiguo amigo, plantada frente a él, y, con mirada de gran seriedad, contestó:

—Si se trata de eso, creo que lo mejor es que busques a través de una mujer que ayudaba en las investigaciones de tu padre en Bagdad.

Su nombre es Gabrielle Eding. Está en el laboratorio de investigaciones de Bagdad de SEC, un consorcio dedicado a la neurología. Nuaza investigaba allí junto con ella.

—¿El qué?

—¿Qué necesidad hay de que preguntes hasta ese punto?

El profesor Saeki parecía desconcertado. Pero decidí insistir.

—Eso lo decido yo. Si es necesario, vendré con una orden de la policía japonesa.

El profesor abrió un poco la boca por la sorpresa y se me quedó mirando estupefacto.

Para algo tenía que servirme haber estado en negociaciones de zonas en guerra o con Gobiernos nacionales a la antigua usanza.

Por mucho que se tratase de un individuo estrafalario, no estaba dispuesta a dejarme vencer permitiendo que se acogiera a su pose de científico enclaustrado en una torre de marfil.

—Desde luego que, vaya con… Veo que te has vuelto bastante dura, ¿eh? Quién lo iba a decir de aquella hijita de Nuaza…

—Va con mi oficio. Es como una enfermedad, pero presenta otros síntomas más desagradables. ¿Quieres verlos?

—No, es suficiente —murmuró con un suspiro—. Haz el favor de no meterme más miedo.

Acto seguido, se acercó a su escritorio e hizo aparecer un pequeño tablero de mandos. Después, comenzó a descargar una serie de datos de algún lugar. El profesor señaló su escritorio, así que me acerqué y, pasando la mano por encima, recibí los datos.

Mediante la realidad aumentada, fui avanzando a marcha rápida por los densos párrafos de una tesis científica. Aquello excedía mi capacidad de comprensión y, sobre todo, yo carecía de tiempo. No estaba como para ponerme a leer con calma.

—Pero esto, mostrado así sin más, no me ayuda demasiado…

—Ya me imaginaba. Lo he hecho a propósito.

—Oye, si es que…

—Es una broma. Pero solo en parte. Bueno, pues haciendo un resumen, el mamotreto en cuestión es un estudio sobre la voluntad del ser humano.

Fue publicado por un investigador ruso y propone un nuevo modelo sobre cómo funciona la voluntad.

Y la verdad es que las simulaciones psicológicas basadas en su tesis han conseguido reproducir con extrema fidelidad el mecanismo de la voluntad humana.

El profesor extrajo una imagen tridimensional insertada en la tesis. Ante mis ojos apareció el gráfico de un cerebro que fue girando lentamente sobre su eje y en el que parpadeaban unos puntitos alojados en una zona diminuta. Cuando le pregunté qué era eso, el profesor contestó:

—Pues esto o, mejor dicho, esta zona es una parte del mesencéfalo, que conecta con los núcleos cerebrales o con los ventrículos laterales.

Esta es la zona del cerebro que controla el llamado sistema de recompensa.

Dicho a grandes rasgos, lo que calificamos aquí de «recompensa» son las motivaciones que justifican nuestras acciones o elecciones, la gratificación que obtenemos.

En la mayoría de los casos, se manifiestan como sensaciones placenteras o satisfacción psicológica.

Por ejemplo, se trata de un caso extremadamente sencillo, pero el acto sexual nos hace sentir placer.

En resumen, así funciona. Lo cierto es que esta explicación contiene pequeñas incorrecciones, pero podemos dejarlo así.

Para decirlo con mayor exactitud, se trataría de la zona del cerebro que otorga la motivación que nos lleva a desear repetir una y otra vez una misma elección.

Y lo que las personas llamamos «voluntad» es aquello que dicta la decisión final tras calibrar todas aquellas opciones que compiten por ser elegidas, frutos del módulo de las muchas y variadas apetencias procedentes de las motivaciones que proporciona el sistema de recompensa.

Dado que el profesor me miró como preguntando «¿Entiendes mi explicación?», le animé a seguir con un «Adelante, por favor».

—Bien, pues… Imaginemos que estamos en una reunión.

Da igual que sea una sesión con realidad aumentada o una reunión física.

Toda una serie de personas comienzan a decir «quiero hacer esto», «quiero hacer aquello», y cada una defiende su postura hasta que se cocinan las propuestas, se aderezan y al final sale la conclusión.

Considera que cada uno de los participantes en esa reunión con sus respectivas opiniones es uno de los muchos módulos de apetencias que poseemos las personas.

Entonces, eso que llamamos voluntad humana es, en pocas palabras, la reunión misma en su conjunto; es todo el proceso, toda esa apasionada discusión que se produce, y no, como tiende a creerse por el sentido común, una entidad unificada, un conglomerado que toma una decisión, un alma o cualquier otra cosa por el estilo.

La voluntad no tiene existencia como un ente monolítico, sino que es un estado en el que vociferan un gran número de apetencias.

Las personas somos seres vivos que olvidamos por completo que en realidad somos un conjunto de trozos sueltos y vamos tan felices presumiendo de ser «yo», como si constituyéramos una existencia individual.

—Y entonces, esta tesis ha convertido esa teoría en un modelo, ¿no?

—Efectivamente. Y cuando Nuaza leyó esta tesis, intuyó que sería posible controlar la voluntad humana mediante la manipulación de diversos elementos del sistema de recompensa asociado a nuestras apetencias.

Control de la voluntad.

Sentí la presencia de algo siniestro en el trasfondo. Al mismo tiempo que comprendía muy bien que poder hablar de manera tan directa y despreocupada de algo tan siniestro también formaba parte de la fascinación que produce la ciencia.

—Las apetencias van fuertemente unidas a la recompensa.

Si la recompensa que se obtiene en el cerebro por determinada apetencia disminuye, el agente mismo de dicho deseo se desgana y, equiparándolo con el ejemplo de la reunión de antes, para el participante en cuestión se vuelve más difícil tomar la iniciativa.

Las decisiones de la persona van cambiando por sí mismas.

De esa manera, controlando al detalle cada uno de los niveles de recompensa, la voluntad de una persona va cambiando.

El modelo ya existe. En este estudio se incluye también el mapa del cerebro relativo al sistema de recompensa.

El problema es cómo elaborar moléculas medicinales que lleven dicha teoría a la práctica. Cómo enviar soldados al mesencéfalo.

En ese instante recordé algo. Para manipular el cerebro, resulta del todo punto imprescindible atravesar una pared que lo impide.

—El problema de la barrera hematoencefálica, ¿verdad?

—Eso también. Pero no es más que uno de los varios problemas que hay. Bueno, esto es más o menos lo que andaba investigando Nuaza hasta que se fue a Bagdad.