Harmony 03 #2
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03 #2

Me enjugué las lágrimas con el dorso de la mano y, subiéndome al coche, dejé atrás el tanatorio para dirigirme a la universidad donde trabajaba Keita Saeki.

Mientras que por una parte Nuaza Kirie, es decir, mi padre, se había trasladado a Bagdad, Keita Saeki proseguía con sus propias investigaciones en la universidad original.

En otras palabras, la universidad donde mi padre tuvo su laboratorio.

Dejé el automóvil en el aparcamiento de la universidad y acto seguido toqué la superficie del SearchYou que había instalado en la entrada que conectaba con el interior de la universidad.

Comuniqué a aquel SearchYou, que, con el toque distinguido que corresponde a una universidad, estaba montado en un pilar mediano de granito, que buscaba a Keita Saeki.

Apareció sobre la superficie un «realizando búsqueda» mientras el aparato comenzaba a buscar las señales que emitiera el WatchMe de Saeki.

Pasado un rato, brotó de golpe en la superficie el laboratorio en cuestión y un mapa hasta él.

Al tocar dicha imagen, se incorporó a mi sistema de realidad aumentada y, sin hacer caso de la atención que reunía entre los estudiantes mi uniforme escarlata de inspectora de espirales, fui siguiendo las flechas que aparecían frente a mis ojos en dirección al objetivo.

Después de cruzar por un camino flanqueado por árboles de hoja perenne con follaje de color rosa, llegué al edificio universitario que buscaba. Toqué la puerta y, tras identificarme, proseguí hacia el laboratorio.

—Te estaba esperando. Pasa.

La voz que me hablaba desde el otro lado de la puerta me resultaba conocida.

Mientras que yo averiguaba con el SearchYou el lugar donde estaba, el individuo en búsqueda, como un derecho que en buena lógica se le otorgaba, recibía la información de que Twan Kirie preguntaba por él.

Abrí la puerta sin recato alguno y me introduje en el desordenado laboratorio.

—Desde luego que esto anda bastante revuelto, ¿eh?

En el interior se veían montañas de papeles con páginas sueltas impresas de alguna de sus tesis u otros documentos de referencia.

Pero no se trataba solo de eso. Había por doquier cantidad de restos de «medios muertos», a los que el profesor Saeki era muy aficionado.

Láminas finas y cuadradas de color negro, que antiguamente se llamaban disquetes .

Una vez que vine aquí de niña, me los mostró y me dijo que eran como células de memoria.

En cuanto al resto de objetos, no solo no conocía su nombre, sino que ni siquiera por su aspecto podía imaginar claramente cuál era su función.

—No sé cómo puedes aguantar sin ordenarlo. Si ni siquiera hay dónde pisar…

Mientras hacía este comentario, me acerqué hacia el profesor Saeki con movimientos intencionadamente exagerados, como si fuera cruzando un río pisando las piedras que sobresalen, hasta llegar al fondo de la sala.

—No es asunto tuyo —murmuró el profesor—. Me pregunto qué necesidad hay de ordenar las cosas. Para eso, entre la realidad aumentada y la TingList ya me dicen dónde está cada cosa.

Aquel profesor con una espesa barba parecida a la copa de un árbol saman argüía con fastidio, pero sin dejarme vencer; negué con la cabeza.

—No se trata de eso, sino de una cuestión de higiene mental.

—Los investigadores nos ocupamos de lo que es necesario.

Puesto que la TingList posee atributos localizadores, no tengo necesidad de recordar minucias como dónde está cada cosa, y la realidad aumentada me lo indica con flechas señalizadoras, así que siempre puedo echar mano de lo que sea.

Porque las cosas que tengo en mi habitación o que están por ahí llevan adheridos sus metadatos.

—Entonces la TingList echa a perder a la gente.

—Preferiría que dijeras que la memoria se convierte en algo externo. Si dentro de la TingList fabricas una NeedList, te avisa, por ejemplo, de los olvidos cuando vas a salir de la habitación.

—Es que yo, por cuestiones de mi trabajo, a menudo no estoy conectada…

—A ver si está la tesis. Una que había impreso y que publicó un matemático checo hace unos tres años.

Saeki habló dirigiéndose a un lugar indeterminado de la sala.

Entonces, un brazo de color rosa que parecía hecho de goma brotó del techo inteligente alargándose hacia abajo y, desplazándose hasta un lugar que quedaba como diez metros más allá, utilizó los dedos para escoger con pericia unas pocas hojas impresas que había ensartadas entre otros montones de papeles y, agarrándolas, las trajo hasta donde estábamos nosotros.

Todo lo que había en aquella sala, incluyendo cada hoja de papel, llevaba adjunta la información sobre su posición, por lo que era posible extraerlo al instante.

Es decir, que en el servidor de la universidad se hallaba registrada una réplica perfecta de la situación en tiempo real de la sala del profesor.

Siendo así, no tenía nada de extraño que los seres humanos decayeran.

Di unos pasos hasta colocarme al lado del profesor Keita Saeki y entonces, de manera espontánea, brotó del suelo una silla que parecía hecha de gelatina.

—¿Quieres tomar un poco de agua, por ejemplo?

—¿No tienes algo con cafeína?

—La universidad o, mejor dicho, la gente de la autonomía estudiantil es muy quisquillosa. Me asombra que los jóvenes sean capaces de gobernarse a sí mismos.

—Pero es precisamente tu generación la que deseaba algo así, ¿no?

—Calla, calla. No podíamos prever que llegaría a formarse una sociedad tan extremadamente saludable como esta. Eh, tráeme de una vez dos vasos de agua.

Una vez más, surgió del techo aquel brazo, que echó agua en dos vasos y nos los trajo.

—También hay muchos jóvenes que deseaban una sociedad así, aunque luego hayan sido incapaces de aguantar las normas que conlleva.

—Bueno, eso sucede también con los adultos, ¿no? —argüí yo.

—Producción, consumo. Para la sociedad basada en ese ciclo y en la estabilidad que genera, lo más repudiado de todo es la autodestrucción, que ignora la propia condición de valioso recurso social.

Antes de llegar a eso, las personas del entorno deben percibir los síntomas y someter al individuo a una intensa terapia.

Una sociedad que se preocupa por los demás…

—¿No crees que ya ha llegado al límite? Esa sociedad donde tenemos que mostrar hasta la exageración nuestro afecto de unos hacia otros…

—Gracias a eso, hemos conseguido todos una sociedad sin discusiones.

Ciertamente, el aumento del índice de suicidios en la sociedad de los Biogobiernos es un elemento perturbador, pero muchos piensan que algún día se descubrirá algún fármaco o alguna terapia revolucionaria que se incorporará a la legislación y hará posible su control.

—Pareces bastante bien de salud.

—Ya no queda nadie que esté mal de salud, supongo. Porque han desaparecido las enfermedades en sí. Odio esas frases hechas acerca de la salud, que se dicen solo por costumbre. Frases que, además, ya han perdido todo su sentido.

Resfriado. Migraña. Todas las enfermedades infecciosas.

¿Cuánto dolor se supone que debo sentir para poder sostener que yo soy yo y que existo en calidad de alguien que siente dolor en tal o cual parte? ¿Se obtendría alguna satisfacción con ello?

Cuando comenzó a sufrir, Kyan se asustó.

Se asustó por la consciencia de estar viva, por la irrefutable condición de ser vivo con un sistema nervioso.

Pero si se llegaba a la ancianidad, las circunstancias ya eran un tanto diferentes.

Guste o no, la edad terminaba por matarte; así que te veías obligado a percibir tanto la vida como la muerte con mayor intensidad que las generaciones por debajo, y poco a poco aparecían fenómenos disruptivos que ni el WatchMe ni el Medicare podían evitar.

—En el caso de los ancianos, no puede decirse que no existen problemas de salud, ¿no? Como el debilitamiento que acompaña a la vejez.

—No te callas nada, ¿eh? Bien, admitamos que ni el WatchMe ni el Medicare son omnipotentes ante la vejez. Pero, aun así, ¿no crees que esos pequeños ingenios que ideamos nosotros hacen un gran servicio?

Fue esa sociedad carente de enfermedades lo que nos unió a Myaha, a Kyan y a mí. La voz que en nuestro interior decía: déjame sentir dolor. No te preocupes por mí y déjame que pruebe que no valgo nada.

Por supuesto que sí valíamos algo y ni los padres ni el colegio ni la comunidad ni la sociedad dejaron de ocuparse de nosotras.

—Pero, aunque hayan desaparecido las enfermedades, la gente no deja de dar la lata con el tema de la salud, ¿eh?

El profesor se encogió de hombros como diciendo «eso no es culpa mía». Era una reacción un tanto exagerada, pero, en cualquier caso, como tenía solo ochenta y cinco años, contaba todavía con buena salud para rato.

—Si nos descuidamos, en cualquier momento volverán a aplastarnos los virus o el cáncer. Eso es lo que cree todo el mundo. No tiene remedio.

—Pero ya ha pasado medio siglo desde el Maelstrom… —repliqué.

—La gente que entonces sufrió experiencias horribles, como me sucedió a mí, es la que controla ahora los Biogobiernos.

Aquel caos y la guerra nuclear que le siguió convirtieron el planeta en un territorio del espacio exterior, en cierto sentido.

Y en el espacio exterior, si no llevas un traje de astronauta, mueres al instante.

A menos que te quedes todo el tiempo dentro de la estación espacial.

De la misma manera, la guerra nuclear y toda la radiactividad que desperdigó volvieron imposible la supervivencia de la humanidad, salvo que se recurriera a una vigilancia constante del interior del cuerpo mediante el WatchMe y un tratamiento médico permanente mediante el Medicare.

Para vivir en un mundo de condiciones severas, hace falta una armadura aparatosa.

—Entonces, quieres decir que, aunque la radiactividad desaparezca, se conserva el terror hacia ella, ¿no?