03
recuerdo
—Oye, Kyan, ¿cómo es que te dio por hacerte amiga de Myaha?
—Verás, sobre aquel fármaco…, esas pastillas que eliminaban los nutrientes de los alimentos…, fui yo quien se lo sopló a mis padres.
No me sobrevino enfado alguno. Aquello fue una barbaridad que cometieron hace trece años tres niñas unidas por su odio hacia el mundo. Yo misma había conseguido relativizar esos hechos. No tenía el menor deseo de recriminar a Kyan nada que hubiera hecho entonces.
—Vaya, no lo sabía…
—Twan, ¿no te enfadas?
—Aquello fue algo sucedido cuando todavía éramos unas niñas. Sería bastante difícil a estas alturas enfadarse o sentir rencor…
Acto seguido, sonreí y, con un gesto de la mano, invité a Kyan a seguir para saber a dónde quería llegar. Kyan asintió dos veces y dijo:
—Gracias. —Desde mi punto de vista actual, eres la persona a quien debo la vida.
—Soy una traidora. Como poco, fui incapaz de salvar la vida de Myaha.
—Esa no es una culpa con la que tengas que cargar. Vamos, cuéntame, quiero saber cómo sigue la historia.
Entonces Kyan volvió a sumirse en el silencio. Debía de llevar a cuestas tantas cosas que necesitaba ordenarlas para poder contarlas. Tras unos momentos, por fin Kyan volvió a hablar.
—Verás, a la mitad dejé de tomar aquellas pastillas.
Tuve miedo. Porque sentí que realmente estaba adelgazando, que me estaba debilitando de verdad.
De niña, claro, no tenía instalado el WatchMe, pero, como imaginarás, entre mis padres y el consultor de salud me habían hecho un diseño de vida.
El Medicare de casa enseguida me proporcionaba medicación preventiva y apenas había niños que experimentaran enfermedades ni dolores de cabeza, ¿no?
—Sí, es verdad. En mi caso también era así.
—Por eso, por primera vez cobré consciencia real de que el cuerpo estaba vivo, que era algo que experimentaba cambios, que no había nada en él que fuera eterno ni inmutable, que vivir era algo doloroso, que conllevaba sufrimiento.
Que en eso consistía vivir. Que ese dolor era la prueba de que las personas éramos seres vivos.
Al pensar en ello, de pronto sentí miedo.
Miedo al sentir que yo era una forma de vida, al sentir que era un ser vivo.
—Creo que te entiendo.
—Por eso me asusté y dejé de tomar esas pastillas. Pero no me sentí con fuerzas para confesarlo ante Myaha o ante ti. Así que, sin poder decírselo a nadie, permanecí todo el tiempo callada y, cuando por fin se lo conté a mis padres, ya era demasiado tarde para salvar a Myaha.
Vi que en los ojos de Kyan comenzaban a agolparse poco a poco las lágrimas.
Un periodo de trece años. ¿Hasta dónde llegaría el sufrimiento por haber cargado con ese complejo de culpabilidad por tanto tiempo?
Seguro que no serían una vez ni dos las que se vio empujada a pasar por terapias o asesoramiento psicológico.
—Ya te he dicho antes, Kyan, que lo que pasó no fue culpa tuya.
—Sí, lo entiendo. O, mejor dicho, quiero entender que es así. Me gustaría entenderlo de esa manera, pero…
—Al menos, aquí tienes una persona que te está agradecida. Una persona que piensa que es bueno haber sobrevivido.
—Gracias. Eso me alegra, sí…
—Mejor no hablemos más del tema —le dije porque ya me estaba preocupando.
No le había dicho ni una sola mentira. Me sentía muy agradecida hacia Kyan. Estaba con vida. Gracias a que estaba con vida, pude fumar puros o cigarrillos y beber alcohol, dañando mi cuerpo con ello. Claro que a ella no le podía decir esas cosas.
—No importa. Deja que siga hablando de eso.
Kyan se enjugó las lágrimas y aspiró fuerte, como buscando serenarse.
—¿Sabes? Pensándolo ahora, creo que si iba con Myaha era porque estaba convencida de que tenía que estar con ella…
—¿Que tenías que estar?
—Creo que, quizá, me gustaba dármelas de persona que ayudaba a mantener el equilibrio.
Es cierto que en aquella época también yo me sentía asfixiada ante el mundo y con una impresión continua de incomodidad.
El mundo rebosaba de un exceso de cariño y pensaba que era como si nos estuvieran estrangulando poco a poco con él.
Me parecía ridículo eso que nos repetían de que todos éramos importantes recursos de la sociedad.
—Sí, cierto, lo decía Myaha. Que ni de broma eso de concienciarse de ser un recurso. Y quería que le dejasen probar que no poseíamos ningún valor.
—Pero, aun así, yo no pensaba que por eso tuviéramos que morir ni que matar a nadie. No me sentía acorralada hasta ese punto. Aunque, a mi mirada, Myaha se veía diferente. Me parecía que Myaha se sostenía en un punto muy frágil, cercano al borde.
—Y por eso intentabas que se mantuviera un equilibrio…
—Eso es. Estando yo ahí, me parecía que podía ejercer el papel de frenar un poco a Myaha.
Yo asentía a todo lo que decía Myaha y me mostraba de acuerdo con ella, pero porque pensaba que así se aliviaría.
Es algo vergonzoso, porque en el fondo lo que pasa es que soy una cobarde y al final Myaha terminó por morir…
Sentí que por primera vez me alcanzaba una porción del sufrimiento que esa mujer había acarreado durante trece años.
Al pensar en el enorme peso con que había cargado Kyan, lo que le dije antes de «creo que te entiendo» sonaba como algo tremendamente falso, una mera adulación.
El sufrimiento de Kyan era muy severo, muy intenso y además había cargado con él durante más de una década ella sola.
Había sido una completa equivocación verla como un perrito faldero de Myaha.
Más que Myaha y, por supuesto, mucho más que yo, la chica que estaba en aquel momento y lugar con nosotras quizá tuviera una gran fuerza y nobleza, y estuviera en una posición mucho más solitaria, en la que no podía esperar apoyo de nadie. Sin compañía alguna.
Sin equivocación posible, Kyan Reikado ya era entonces «adulta».
—Kyan, creo que eres muy fuerte.
Era lo único que fui capaz de decirle. A mi manera, con esas palabras intentaba mostrarle mi admiración y también mi agradecimiento.
—Nada de eso. No es que actuase así por ser fuerte, es que era lo único que podía hacer, por mi cobardía.
Mientras Kyan hablaba, advertí que, recortado contra el paisaje tokiota que se veía desde el piso 62 de Lilac Hills, el camarero se acercaba con unos platos blancos con lonchas de tomate y mozzarella encima.
—Ah, ya traen la caprese —dijo Kyan—. Hacía tiempo que no comíamos juntas como ahora, ¿verdad?
/recuerdo
Bajo la mirada de los participantes, cerraron el blanco féretro de Kyan.
Pensando en los muchos familiares que cargarían con él, le habían dado un suave tono rosado, como una muestra de cariño hacia el cadáver.
Daba la impresión de que entraba dentro del sentido común que la gente viviese eternamente y que, para ocultar lo ilógico de que la vida hubiese sido arrebatada de improviso, se aplicaba ese color claro y agradable.
A su vez, entre los participantes destacaban los trajes de luto color amarillo claro o verde esmeralda.
A continuación, el frío cuerpo de Kyan sería transportado en coche fúnebre al Centro de Descomposición del vecindario.
Contemplé desde la distancia cómo la introducían en el vehículo del centro comunitario, rodeada por los familiares.
Mis sentimientos no llegaban hasta el punto de querer acompañarlos a «la fábrica».
Porque tampoco me sentía capaz de aguardar parada a que mi amiga fuera descompuesta.
Además, no tenía tiempo. Antes de verme atrapada por la terapia, tenía que averiguar la causa de aquel incidente que se llevó también la vida de Kyan.
La fábrica, la fundición, el Centro de Descomposición.
Un residuo de los tiempos en que la radiactividad de la guerra nuclear hizo que los virus mutasen y se propagaran por doquier.
Los cadáveres eran descompuestos mediante un disolvente proteolítico y, tras realizar el tratamiento pertinente al líquido resultante para eliminar sus elementos infecciosos, la fábrica transformaba el conjunto en un cadáver inocuo.
El recuerdo de una época de caos. Ahora, más de medio siglo después, la costumbre persistía como una nueva forma de rito funerario.
Por eso, no se podría hacer una autopsia del cerebro ni un análisis delicado mediante medimoles .
En los tiempos del Maelstrom, en que los patógenos mutaban de repente, circulando como enloquecidos, los cadáveres eran el principal foco de infección, y la tarea prioritaria era su tratamiento.
Los cadáveres traían nuevos contagios y no era suficiente con practicar incineraciones superficiales.
Entre la costumbre adquirida entonces y la cuestión emocional, el sistema anteriormente adoptado pervivía y en la actualidad lo más habitual era un peritaje forense visual en lugar de una autopsia, para destinar después el cadáver a la descomposición proteolítica.
Por supuesto que era posible también un peritaje visual a través de imágenes, pero detectar mutaciones a escala nanométrica resultaba inconcebible sin recurrir a una autopsia mediante medimoles , que llevaba largo tiempo.
sentimiento
—Adiós. Y muchas gracias, Kyan.
Murmuré aquella despedida mientras observaba el coche fúnebre que salía al exterior por el aparcamiento del tanatorio.
Como si Kyan me estuviera contestando, una corriente de viento me lavó el rostro.
Estaba a punto de derramar unas pocas lágrimas.
Me quedé mirando hasta que el vehículo se perdió de vista.
Mi amiga, que me salvó la vida, que se preocupaba siempre por nosotras, que se atormentaba por no haber podido salvar a Myaha.
Myaha quizá la considerase como una «camarada».
Pero ahora para mí tenía la condición de amiga.
La chica que, de nosotras tres, había sido la más valiente y la más adulta.
/sentimiento