02 #5
Y esta mujer que tenía delante, sin notar lo deprimente que resultaba el asunto o, quizá, aunque sí lo notase, lo aceptaba de la manera más natural del mundo, como una norma que debía respetar.
Basándose en las señales que emitía el cuerpo, el código fuente dirimía sobre la moral. Sentí una aversión instintiva.
Seguramente, la misma aversión que sentía Myaha.
Aversión hacia ese código que determinaba cuáles eran las normas que debía aceptar el ochenta por ciento de la población de la tierra.
—Antes de venir aquí, quería haber dejado unas flores en la tumba de Myaha, pero no estaba enterrada en la tumba familiar que vi. A la luz de lo que acabo de oír, ¿es que devolvieron su cuerpo a Chechenia?
La madre negó con la cabeza y, una vez que consiguió serenarse, contestó:
—No, esa chica… Dejó firmado por propia voluntad un acuerdo para ceder su cuerpo a la ciencia. Creo que es algo relativamente frecuente desde que sucedió el Maelstrom…
Efectivamente. Cuando el mundo se sumió en el caos, en los tiempos en que, unido a ello, enfermedades como el cáncer o los virus comenzaron a aplastar a la humanidad, se consideró como el más elevado deber ciudadano ofrecer el propio cuerpo para uso de la experimentación médica después de fallecer y, apenas transcurrido un tiempo, ya se había convertido en una práctica generalizada de sentido común.
Ni en las leyes de ningún Gobierno ni en los apartados de los acuerdos de los Biogobiernos venía escrita una sola línea donde se forzara a ello ni se recomendara, pero todavía hoy se conserva la costumbre de ofrecer el propio cadáver para contribuir al desarrollo de la medicina.
—Entonces, tampoco enterraron en la tumba un líquido con carne suya disuelta, ¿no?
—No. Entregamos el cuerpo a cierto investigador de una universidad.
Como era lo que pidió la chica… Era… No recuerdo bien el nombre del lugar.
Esa ciudad donde se produjo una burbuja en el tratamiento médico gracias a que los Biogobiernos del mundo entero se pusieron a abrir allí centros de investigación. ¿No lo recuerda? En Oriente Medio…
—Ah, Bagdad, ¿no?
Había oído que antiguamente, a primeros de siglo, en los tiempos en que un país llamado Estados Unidos tenía mucho poder, la ciudad se vio sumida en un extremo caos por culpa de la guerra.
Sin embargo, en la actualidad, aquella ciudad era un lugar donde competían todas las inversiones de capital para tratamiento médico del mundo.
Se había convertido en una metrópoli centrada en el tratamiento médico, flotando solitaria en medio del desierto.
—Sí, sí, eso es. Allí. En Bagdad. Un investigador que trabaja en un laboratorio de Bagdad nos pidió quedarse con el cuerpo de Myaha y aceptamos.
—Y… ¿podría usted darme el nombre de esa persona que pidió quedarse con el cadáver de Myaha-san?
—Claro. El señor Kirie. Nuaza Kirie.
silencio
sorpresa
¿Por qué en este lugar salía a relucir el nombre de mi padre?
¿Qué relación guardaba mi padre, ese hombre que eligió apartarse de su familia para encerrarse en el cascarón de un laboratorio?
Al llegar ahí, me encontraba ya inmersa en una confusión absoluta.
Pero huelga decir que, gracias a haber examinado muchas zonas en guerra o países con baja calidad de vida, así como a mi experiencia en negociaciones con militares presuntuosos o cabecillas de facciones armadas, ni mi rostro ni mi voz delataron la confusión y el temor que yacían tan pesadamente como el plomo en el fondo de mis entrañas.
Nuaza Kirie.
Fue precisamente después de que Myaha, Kyan y yo intentásemos morir juntas cuando mi padre se apartó de mi madre y de mí con objeto de profundizar en sus investigaciones.
/sorpresa
/silencio
—Es el mismo apellido que el suyo, ¿no? ¿Acaso son parientes?
—Pues no lo sé… ¿Y conoce usted algún medio de contacto con ese hombre?
—Sí. Pero, en realidad, no puedo contactar directamente con el señor Kirie. Por lo visto, es una norma del servicio de seguridad de ese lugar.
—¿No puede contactar con la persona que se llevó el cuerpo de su propia hija?
Fruncí las cejas de manera un tanto exagerada, fingiendo recriminar a aquella madre. Esta clase de personas tienden a aflojar la lengua cuando se ven sometidas a cierta presión.
—Bueno, es que…
—Hay algo especial, ¿no?
—Sí, pero es que me dijeron que debía evitar hablar de ello…
—Soy inspectora de un organismo internacional. Desde el punto de vista legal, me han sido otorgadas unas facultades que están por encima de las del departamento de seguridad de cualquier consorcio de la industria médica. No debe temer nada.
—Pues, se trata de que el señor Kirie tiene un amigo en Japón. Un caballero llamado Saeki…
Keita Saeki. Sí, conocía ese nombre. Sabía quién era aquel individuo.
referencia: tesis: id=stid749-60d-r2yrui6ron1
título Sobre las posibilidades del monitoreo de salud homeostático del cuerpo humano mediante el conjunto de moléculas medicinales (medimoles) y las moléculas maleables de uso farmacéutico /título
autor Investigador: Nuaza Kirie /autor
autor Investigador adjunto: /autor
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