Harmony 02 #4
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02 #4

Nos sentamos a la mesa de negociaciones con un chico de doce años.

Porque ese niño era el líder de una facción armada de unos ciento cuarenta miembros.

Los ojos de aquellos niños que vimos, debido al tabaco y la pólvora que usaban a modo de drogas, parecían perdidos en el vacío, por expresarlo de alguna manera.

Sobre la situación bélica en Chechenia, no sé más que los rumores que se cuentan.

Según el inspector de espirales encargado, gracias a que la empresa proveedora de recursos militares contratada por el Ejército del Tratado de Ginebra se ha comportado en el campo de batalla de manera salvaje, el odio hacia los países poderosos no deja de crecer.

Myaha había vivido antes en un lugar tan horrible. En principio, tengo conocimiento del listado de la gran variedad de cosas ilegales y crueles que les hacen a los niños en los lugares en guerra. ¿Y si Myaha hubiera pasado por alguna de esas experiencias o las hubiera presenciado?

Por primera vez me enteraba de que Myaha cargaba con un espeso mundo de tinieblas del que no hablaba a nadie, ni siquiera a nosotras.

A pesar de que había conseguido salvar su vida por los pelos al huir de aquel lugar infernal, Myaha Mihie odiaba este mundo paradisíaco de los Biogobiernos, este mundo que parecía la imitación de un paraíso.

—Al principio, todo fue bien. Pero, desde que entró en la Escuela Secundaria, pareció como si esa chica hubiera sido poseída por algún espíritu y comenzó a hacerse daño a sí misma.

Como le he contado antes, se cortaba las muñecas.

Y, cierto día, no sé muy bien cómo lo hizo, pero consiguió algún fármaco que eliminaba todos los nutrientes que tomase y, junto con un par de amigas, trazó un plan para morir de inanición.

confesión

Una de esas amigas era yo.

Yo prometí que moriría junto con Myaha.

Y yo soy esa chica que durante trece años se ha estado torturando por no haberlo conseguido en ese momento.

Para hacer daño al mundo, a ese mundo que nos intentaba asfixiar a base de cuidarnos en exceso, para asestarle un golpe mortal con todo nuestro orgullo, tomé aquellas fatales pastillas junto con Myaha y Kyan.

/confesión

Por supuesto que no verbalicé esta confesión, y fui capaz de seguir aparentando calma mientras la animaba a continuar. En silencio, me dedicaba a asentir de vez en cuando y escuchar.

—Como, aparentemente, estaba comiendo, ni yo misma ni los padres de sus amigas nos percatamos de nada. Cuando nos dimos cuenta de su plan, ya había sobrepasado la línea y era demasiado tarde para reaccionar.

Así me contaba la mujer que en tiempos fue madre de Myaha Mihie, o que quizá seguía pensando que lo era, mientras permanecía con la mirada clavada en el vaso de agua con olor a lavanda.

—Imagino que estará sintiendo desprecio hacia mí, ¿no? Por haber criado de esa manera a la niña y, encima, no haberme dado cuenta de los síntomas que indicaban que quería quitarse la vida…

—No, no, nada de eso…

—No importa. Porque es la pura verdad.

Al llegar ahí, Reiko Mihie se mordió suavemente un labio.

apasionamiento

—Pero, cuando un hijo tuyo se marcha a un lugar que queda fuera de tu imaginación, ¿qué puedes hacer como padre?

Mientras decía esto, los ojos de la madre de Myaha parecieron humedecerse.

—Puede que suene como una mera excusa, pero nosotros nos esforzamos al máximo por convertirnos en unos buenos padres.

Fuimos también a consultar con el Centro de Ética e incluso pedimos ayuda a la comunidad de nuestro Biogobierno.

Las personas de la comunidad fueron muy amables con nosotros y organizaron varias veces una sesión específica sobre el tema.

¿Eso era todo lo que se le ocurría decir?

Comencé a sentirme un poco harta. Cuando se encontraban frente a un niño con un problema, hacían todos piña para ahogarlo en su cariño, impidiendo pararse a pensar en nada. El protocolo de costumbre.

Sin duda, la imaginación de este matrimonio que se veía sobrepasada por la actitud de Myaha era escasa y frágil.

—Pero, cada vez que intentábamos acercarnos a Myaha de una nueva manera, era como si nuestro cariño fuese arena que se escurre entre los resquicios de los dedos, fluyendo limpiamente hasta no quedar nada.

Myaha sufría por algo que escapaba a nuestra imaginación, bueno, a la imaginación de todo el Biogobierno.

Se encontraba torturada por motivos que no podíamos imaginar ni sentir y gritaba continuamente en silencio.

/apasionamiento

turbación

Para ser sincera, me sentía aturdida ante la dolorosa confesión que brotaba de forma tan repentina.

No estaba acostumbrada a que la gente se me confesara así.

Aun cuando, en mi calidad de inspectora de espirales, estuviera habituada a tratar con los Biogobiernos o con los grandes Gobiernos a la antigua usanza que persistían tozudamente en su existencia o incluso con facciones armadas, ante alguien que expelía en directo sus sentimientos no podía sino turbarme confundida.

Era un panorama de lo más habitual en la comunidad de un Biogobierno, en las terapias conjuntas o en los asesoramientos de los centros éticos.

En el mundo donde todos conocen todo de todos.

Que afloren allí las propias emociones no es motivo de vergüenza.

Todos sonríen, aceptan el hecho y después deliberan entre ellos hasta que dan con una solución.

Un panorama espantoso.

De ahí es de donde resbalé y caí. De ahí es de donde me apartaron.

Ante la confesión de la madre de Myaha, cobré consciencia de que, por lo que respecta a ese territorio llamado Japón o, mejor dicho, a todos los miembros consensuados de los territorios avanzados del mundo entero en donde existían los Biogobiernos, yo era por completo una rezagada.

/turbación

—Usted perdone. Parece que me he excitado demasiado, ¿verdad?

—No, no se preocupe.

La madre de Myaha meneó la cabeza en gesto negativo.

—El WatchMe me ha advertido de ello. Dice que los valores de la condición psicológica que debe mantenerse frente a un tercero sobrepasaban el umbral.

—Ahora que lo dice, es cierto que, si uno se altera demasiado en un lugar público, el WatchMe lo detecta y advierte al usuario…

—Así es. Es muy de agradecer que exista una mirada que me proteja desde mi interior.

Me pregunto si sería exactamente así. Lo que acababa de hacer el WatchMe era analizar las desviaciones físicas y mentales que habían medido las medimoles en apartados como las pulsaciones del corazón o el balance hormonal y se las había mostrado a la usuaria mediante la realidad aumentada bajo la forma de aviso, indicándole que reflejaban un estado de ánimo psicológico inapropiado para tratar con los demás.

En otras palabras, el WatchMe había proporcionado a la madre de Myaha una leve directriz sobre buenas maneras, señalándole cómo debía comportarse.

Es decir, que la mayoría de los elementos que nos permiten gobernarnos a nosotros mismos ahora se hallan externalizados.

Se habían sacado afuera bajo la forma de un aviso sobre el prolapso mental medido bioquímicamente.

El descubrimiento de las medimoles había colocado en la misma mesa el cuerpo y las normas de comportamiento.