Harmony 02 #3
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—Pues así es. Tal y como dice Twan. Somos nosotros mismos quienes nos mostramos unos a otros nuestras circunstancias con todo detalle y ese proceso es el que nos impide hacer algo que se salga de lo establecido.

Mediante ese proceso por el cual uno mismo se ofrece a los demás como si fuera un rehén, esta sociedad mantiene su profunda estabilidad, paz y recato.

En los tiempos en que todavía éramos unas niñas, nos preguntábamos por qué Myaha, sentada en un rincón de la clase como apartada de las demás, siempre tenía aspecto de estar de mal humor y parecía no encontrar su sitio en la sociedad, pero con charlas como la anterior nos iba convenciendo de su postura.

Volviendo a pensar ahora en todo aquello, me doy cuenta de que nunca nos preguntamos cómo serían los padres de Myaha Mihie, nuestro ídolo carismático, nuestra amiga y camarada que veía el mismo panorama que nosotras, y también que no fuimos a su casa ni una sola vez.

Es más, ni siquiera mostramos interés por la cuestión.

Me parece que Myaha apenas mencionó alguna vez a sus padres.

Pero en cambio yo sí que terminé por hablar de mi padre.

Les conté que mi padre había escrito una tesis que sirvió de base para la creación del WatchMe.

Que mi padre echó una mano para crear este mundo que tanto odiamos.

Cuando oyó eso, Myaha se limitó a murmurar «Hmm… Vaya» y, al contrario de lo que temía, ni me tomó manía ni se enfadó, nada en absoluto.

/recuerdo

¿Qué clase de personas serían esos padres que habían criado a alguien como Myaha?

Esa Myaha que, sonriendo, decía que con el Medicare que había en casa podía matar a cincuenta mil personas…

Esperé con serenidad a que llegara la contestación al movimiento de mis dedos, que pulsaban la placa de identificación.

—¿Qué asunto tiene que tratar con nosotros una persona de un organismo internacional? —preguntó alguien de la casa.

La voz me arrancó de mis recuerdos.

—Como puede ver por mi identificación, soy inspectora de espirales.

Se trata de un organismo dependiente de la OMS. Con relación a la investigación del incidente sucedido ayer, donde una gran cantidad de miembros consensuados de los Gobiernos Sukunabikona intentaron suicidarse a la vez, me gustaría pedir su colaboración…

La puerta se abrió y una mujer en edad menopáusica dejó ver su figura.

Era Reiko Mihie, madre de Myaha Mihie. En sus facciones no había el menor rastro de aquella retorcida inocencia, de aquella negrísima jovialidad (si es que puede expresarse así), de aquella excéntrica vitalidad de Myaha.

Más bien, su expresión recordaba a la que lucían los pasajeros del metro donde subí el día en que regresé a Japón; una expresión que reflejaba (y, de nuevo, lo defino de modo un poco raro) lo que se podría describir como una persona sana a quien le hubieran arrebatado la vitalidad o, en otras palabras, se trataba del rostro común y corriente del ciudadano de un Biogobierno.

Como mínimo, diría que, después de haber tenido ante mí al pueblo de los kel tamasheq , aflorando por todo ese cuerpo en ropajes azules una vitalidad heredada de la historia, los habitantes de este país me parecían más cercanos a los muertos que a los vivos.

La Myaha Mihie que vivía en mi interior me susurraba: «En eso consiste el progreso».

Cuanto más progresan las personas, más se acercan a un muerto. O, mejor dicho, acercarse lo más posible a un muerto es lo que llaman progreso.

—Por supuesto que estaré encantada de colaborar, pero es que no se me ocurre de qué manera podría ser de utilidad…

—Se trata de Myaha-san.

El rostro de Reiko se ensombreció al oír lo que dije. Su cara denotaba confusión. ¿Y no era lógico? Lo normal es que no existiera ninguna lógica en la idea de que su hija, fallecida hacía trece años, pudiese guardar alguna relación con este espeluznante incidente.

—¿Qué tiene que ver Myaha? Esa chica ya murió hace más de una década, así que, por más que desee colaborar, no puedo hacerlo.

—Lo sé —le contesté.

Pero, en cualquier caso, ¿realmente esta mujer no recordaba que hace diez y tantos años yo era amiga de su difunta hija? Que era una de sus dos compañeras que se comprometió a suicidarse con ella. Que era una de aquellas tres estúpidas.

—Lo que deseaba era hablar de los tiempos en que su hija estaba con vida y por eso me he permitido acudir aquí…

—¿Cuándo vivía mi hija? —murmuró la madre confusa.

Daba la impresión de que excavaba en sus recuerdos buscando algo. Tras bajar la mirada, añadió:

—Me da vergüenza decirlo, pero esa chica, cuando todavía era una niña, de vez en cuando ya hablaba de matarse y alguna vez incluso intentó suicidarse. En particular, haciéndose cortes en las muñecas o en el cuello.

—Lo sé. Porque lo he visto en la ficha suya que se conserva.

Le había mentido con toda desfachatez. Señora, la chica que agarró a su hija de la mano para bajar juntas hasta el fondo del mundo, era yo.

—Sí… También intentó morir por exceso o por defecto de alimentación. Parecía como si, precisamente porque su cuerpo era algo muy valioso, deseara dañarlo…

Aquella frase de la mujer había dado en el blanco. Nosotras intentamos morir porque nos sentíamos en exceso cuidadas, porque nos mentían insistiendo en que nuestros cuerpos no nos pertenecían solo a nosotras, sino que eran públicos y un recurso social.

—Nos esforzamos por darle todo nuestro cariño, deseando que se criara sana y rogando por que se convirtiera en un magnífico recurso para la sociedad. Realmente fue algo lamentable. Era una chica tan lista que incluso nos superaba, de carácter fuerte y, aun así, tenía otro lado muy débil y delicado.

—¿Y entonces?

—Bueno, es mejor que pase, porque es una historia un poco larga —dijo Reiko retirándose un poco para dejarme entrar.

Una vez que entré, me encontré en una sala de estar de lo más corriente y tomé asiento en un sofá para dos personas.

Desde la cocina, la mujer me preguntó si me gustaba el olor a lavanda y, como ni me gusta ni me disgusta, le contesté de manera un tanto ambigua, con un «Psche, bueno…

» que debió de enfriarle un poco los ánimos.

—Tenga —me dijo ofreciéndome un vaso de agua.

Cuando lo probé, ciertamente desprendía un tenue aroma a lavanda. Últimamente se ha puesto de moda usar el Medicare para añadir olores al agua de beber. Dicen que actúa como un relajante de la mente y seguramente se usa también en terapias de ajuste emocional.

El ochenta por ciento de la caridad que rebosa la sociedad de los Biogobiernos se basa en el tono rosado de los edificios y el olor a lavanda.

—Y entonces, ¿qué sucedió con Myaha? —le pregunté a Reiko, que se había sentado frente a mí.

Aquella mujer que un tiempo fue la madre de Myaha dirigió la vista hacia un árbol retorcido que crecía al otro lado de la ventana. Era un tipo de palmera asiática.

—Myaha era hija adoptiva. ¿Recuerda usted?

El Biogobierno realizó una campaña de adopción de huérfanos de guerra como parte de un plan para hacer frente al descenso de natalidad y al envejecimiento de la población.

Aquel lema de «Asegurémonos recursos jóvenes»...

Los análisis médicos decían que nuestros cuerpos no podrían engendrar niños, y mi esposo y yo nos llevamos una gran decepción.

En adelante, gracias al WatchMe, no enfermaríamos y podríamos vivir pacífica y cómodamente hasta la vejez…

Pero aquello resultaría demasiado insípido y uniforme, algo que solo con imaginarlo ya asustaba y entristecía.

Por eso, como oímos que en Chechenia y alrededores hubo un conflicto… ¿Lo recuerda usted?

—Todavía continúa hoy —contesté.

—Ah, ¿sí? Bueno, el caso es que esa niña vivía allí, en los alrededores de la zona de los combates.

Por lo visto era una niña de una etnia muy particular y muy escasa.

Eso nos dijo la persona del Biogobierno que dirigía la adopción.

Se trataba de una etnia con facciones similares a las de los japoneses y cuando la hicimos venir con nosotros era muy pequeña todavía, solo ocho años, por lo que nos dijeron que enseguida se adaptaría a nuestro hogar y a la sociedad de aquí.

Al oír eso nos llevamos una gran alegría y aceptamos encantados quedarnos con ella.

Según nos contó aquella persona del Biogobierno, por lo visto, la niña había experimentado grandes penalidades en su país.

El organizador de la adopción por cuenta del Biogobierno nos dijo también que, de por sí, ellos ya se habían ocupado de que fuese tratada con una fuerte terapia que la ayudase a superar el trauma, por lo que lo único que faltaba, nuestra única obligación, sería proporcionarle la calidez de un hogar.

sorpresa

Myaha era una huérfana de guerra. En todo el tiempo que estuvimos con ella, ni una sola vez lo mencionó.

No mostraba ningún acento raro al hablar y, aunque tenía ciertos rasgos de belleza exótica para ser japonesa, lo cierto es que sus facciones entraban dentro de los márgenes de lo que cabía esperar.

/sorpresa

Por mor de mi profesión, veo a menudo a niños soldado. Cuando aparecen en alguna imagen, la inteligencia artificial crea un filtro social que evita que se vean en los medios de comunicación, principalmente por el peligro de que causen efectos traumáticos.

Recuerdo un incidente que viví en cierto país africano.

Había unos niños con viejos fusiles de asalto AK y también algunos con M4 procedentes de los Estados Unidos.

Justo entonces, aquel país se encontraba realizando un gran esfuerzo para cambiar su gobierno a la antigua usanza por el sistema de Biogobiernos, pero en su territorio quedaban todavía facciones armadas dispersas y la situación difícilmente permitía decir que ya se había apagado el fuego por completo.