Harmony 02 #2
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Ciertamente, quizá tuvieran razón al decir que tenía que someterme a una terapia enseguida.

Debería dejar que en el Centro Ético de Urgencias me metieran en una celda acolchada con algodón para poder huir de aquellas últimas palabras, aquel conjuro que murmuró Kyan, la mujer que, de las cien personas escogidas al azar, era la única que dijo algo en el instante antes de morir.

Tranquilízate. Recupera tu respiración normal.

¿Acaso no fui yo misma quien decidió esclarecer por su cuenta el motivo de la muerte de Kyan?

¿Acaso no había luchado por conseguir mi derecho a investigar, llegando incluso a amenazar a mi jefa, convencida de que averiguaría el sentido de las últimas palabras de mi amiga?

¿Cómo iba a hacerlo si solo porque me habían mostrado mi propio rostro visto por mi amiga cuando estaba a punto de morir ya me ponía a jadear?

Perdóname, Myaha.

Al recordar esas palabras, de pronto se me ocurrió algo.

Kyan era la única persona de las cien escogidas al azar que había dicho algo en el instante antes de morir.

¿Por qué solo Kyan dejó unas palabras a modo de testamento?

Mejor dicho, de entrada, ¿realmente lo hizo con intención de que fueran sus últimas palabras?

La selección de casos fue fruto del azar.

El hecho de que la visión de Kyan se encontrara en el listado había sido una casualidad, pero parecía bastante difícil de creer que también fuera casualidad que las otras 99 personas extraídas de un total de 2049 se mataran sin dejar ninguna frase escrita o hablada.

—Del total de estas 2049, extrae el listado de las filmaciones que incluyan la voz del observador —ordené a la base de datos.

Entonces, aunque encontró varias, cuando procedí a su visionado, lo único que se escuchaba eran diálogos intrascendentes y cotidianos con familiares o amigos, o comentarios del tipo de «bien» o «vamos», que en todos los casos conectaban de modo natural con el instante siguiente en que cada uno acometía la forma de suicidio que le había parecido mejor.

Perdóname, Myaha.

Kyan Reikado. La única de los suicidas que dejó unas últimas palabras.

Y lo que dijo ahí fue el nombre de la mujer que se fue sola al otro mundo mirando hacia atrás de reojo a las dos compañeras cobardes que huimos del mismo destino.

En el caso, claro, de que aquellas palabras fueran dichas con intención de ser un testamento.

Después de aquello, regresé. Al lugar que Myaha llamaba «suburbio del alma».

Hacia el aburrido futuro donde se sucedían interminablemente las formas tridimensionales con paredes de colores suaves fabricadas con un nanomaterial que imitaba el yeso.

Al salir del hotel, opté por usar un coche magnético automático.

Pensando en la escalofriante experiencia con Kyan en el metro cuando regresé del extranjero, ni de broma quería repetir en el uso de trenes.

Por supuesto que tampoco sentía el menor deseo de volver a casa de mis padres.

El motivo por el que acudía a este lugar era visitar a los padres de Myaha Mihie.

Perdóname, Myaha.

Por más que intentara explicar a la policía japonesa o a cualquier inspector de espirales o menos aún a la directora Oskar Staufenberg que las palabras que para nosotras tres, Kyan, Myaha y yo, encerraban un profundo significado eran la pista para resolver este caso de intento de suicidio simultáneo a escala mundial de 6582 personas, no solo no me creerían, sino que quizá incluso me dirían: «Desde luego, está claro que necesita terapia».

De entrada, ¿era capaz de explicármelo yo misma? ¿Se podía considerar una explicación que, puesto que ese «perdóname, Myaha» eran las únicas dos palabras legadas por 6582 suicidas, había sentido la necesidad de venir hasta aquí?

Lo que me hacía ir a visitar la casa de los padres de Myaha Mihie era una emoción que no terminaba de entender, donde se mezclaban una pista que ni siquiera se podía llamar pista, una ocurrencia demasiado débil como para considerarla intuición y el miedo hacia el fantasma de esa Myaha Mihie a la que hicimos cruzar sola al mundo de la otra orilla.

En este mundo de ahora, donde todo estaba a la vista del público, la motivación de este caso resultaba en exceso privada, en exceso obscena.

Y es que, si uno miraba el mundo a través de la realidad aumentada, todos llevábamos un letrero a la espalda con...

listado: ítem

i: nuestro propio nombre

i: nuestra edad y profesión

i: nuestra puntuación de valoración social

i: nuestro estado de mantenimiento de salud

/listado

Si uno caminaba por la ciudad y se fijaba en una persona determinada a voleo, aparecían indicados todos estos datos suyos en un recuadro estructurado como un índice.

En la sociedad vidalista se consideraba una muestra de probidad moral exponer al público toda una serie de informaciones particulares que, centrándose en el estado de salud, influían en la credibilidad que merecía cada uno, y la palabra «privado» ya estaba cambiando su sentido por completo para desplazarse a un terreno con olor a «secreto».

Por eso yo, utilizando al ciento veinte por cien las potestades que en calidad de inspectora de espirales me otorgaba el Tratado de Ginebra al respecto, estaba llevando a cabo mi investigación en solitario.

Los padres de Myaha Mihie se habían mudado hacía trece años, a los pocos meses de fallecer su hija, y ahora me disponía a visitar aquella casa yo sola.

En la zona se agrupaban las viviendas de los miembros consensuados del respectivo Biogobierno, y los que cruzábamos por allí éramos seguidos por todos los rincones mediante una SecCam.

El lugar estaba zonificado. En la entrada del área zonificada había un garaje comunitario para vehículos magnéticos.

Me bajé del asiento móvil y caminé hasta la puerta.

Tocando con el índice la placa de la puerta destinada a los dedos, les mostré a los residentes del lugar mis datos personales.

recuerdo

—Oye, ¿sabías una cosa, Twan? Antiguamente, para llamar a las puertas, hacía falta golpear con los nudillos. Toc, toc, toc.

Recordé con nostalgia las palabras de Myaha.

—¿Sabes? Antiguamente, apenas había manera de conocer quién era el que estaba fuera, al otro lado de la puerta.

Como mucho, había quien tenía una pequeña lente en la puerta a modo de ventanita.

No existía el método, como ahora, de usar esas placas para poner el dedo y mostrar a los residentes la información personal.

Para empezar, hace cincuenta años, no existía ni siquiera la costumbre de mostrar en todo momento la información personal.

Ahora, cuando un visitante toca la placa de la puerta, los habitantes de la casa, ya sea mediante la realidad aumentada o haciendo aparecer los datos en la pared, ya saben al momento quién es y de dónde viene esa persona, pero antiguamente no existía ni el sistema ni la costumbre que llevara a hacer eso.

»Por eso llamaban a la puerta. Toc, toc, toc.

Así contaba Myaha.

—Pues sí, había que dar a conocer a los habitantes de la casa que quien venía eras tú.

¿Conoces la palabra knock 8 ? Significa dar unos golpecitos, toc, toc, toc, en la puerta.

Entonces, cuando la gente que estaba en la casa oía ese toc, toc, toc, preguntaban a voz en grito a la persona de fuera «¿quién es?

», y la otra persona, a su vez, tenía que contestar también a grito pelado quién era y de dónde venía.

Dado que todo dependía de que el visitante se identificara, podemos verlo de un modo extremo como que siempre encerraba una especie de riesgo creer que el otro estuviera diciendo la verdad.

—Oh…, no lo sabíamos… —contestábamos Kyan y yo.

Como siempre, las dos chicas escuchábamos los conocimientos de Myaha con el corazón latiendo de emoción.

—Pero ¿sabéis una cosa? Seguro que todos están cansados de esto.

De esta sociedad donde siempre tiene que ir uno de un lado a otro dando a conocer su propia condición.

De una sociedad donde no se puede vivir sin estar bien de salud y teniendo que preocuparse por la salud de los demás.

Como mínimo, nosotras tres somos conscientes de que estamos hartas de ello.

Hartas de tener que andar siempre con un cartel a cuestas donde vienen escritas todas nuestras circunstancias y tener que estar probando a cada minuto y a cada segundo quiénes somos.

¿Sabías, Twan, que la palabra «privado» antes no tenía un significado tan «picante» como ahora?

—No —contesté y, en un acto reflejo, miré preocupada en torno mío.

El corazón me latió un poco más deprisa. Porque Myaha había pronunciado una palabra tan procaz como «privado» a plena luz del día en medio de la clase, con todo el mundo allí, pero como si nada.

Y, además, Myaha continuó hablando sin que pareciera darle importancia a aquello.

—El motivo es que la mayoría de la información concerniente a uno mismo solo la conocía el propio interesado y unas pocas personas de su entorno.

En suma, porque todo era privado. ¿Por qué entonces ahora la palabra tiene esa connotación tan procaz?

Porque todo el resto de la información de cada uno ya no tiene nada de privado y lo único que queda como cuestión privada es el sexo o todo lo relativo a temas «picantes».

Kyan, ¿te imaginas por qué la cosa ha terminado así?

—No… no tengo ni idea.

Pero yo sentí una especie de inspiración repentina que me decía por qué había sido así.

Nos estábamos mostrando a todos de cara al mundo como si fuéramos rehenes.

Cuando contesté eso, Myaha sonrió.

—Efectivamente, Twan, así es.

Me pareció que había conseguido responder a las expectativas de Myaha y mi corazón sintió una cierta satisfacción.