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Aquel día, Ichiro Tokume sacó del trastero la soga adecuada que había encontrado.

Puesto que se trataba de unas imágenes con punto de vista subjetivo, no aparecía en ellas el actuante, Ichiro Tokume. El rostro u otra información relativa a él se exhibían en la zona correspondiente al ángulo inferior derecho.

Se trataba de una categoría dentro de los consultores de salud, una profesión consistente en diseñar modos de vida para terceros.

Un trabajo donde el consultor sanitario social preparaba «consejos» para el cliente sobre qué desayunar, qué almorzar, qué cenar, de qué hora a qué hora practicar tal o cual deporte para mantener el cuerpo en la mejor condición o en qué zonas resultaba más eficaz realizar tareas de voluntariado durante el tiempo sobrante.

Un trabajo donde se diseñaba la rutina de otros.

Un trabajo donde se diseñaba la vida de otros.

Y, a su vez, probablemente este hombre también llevaba una vida que seguía con fidelidad las sugerencias de algún otro consultor de salud que le decía cuál era la forma más correcta de vivir para un diseñador de vidas.

Puesto que esa era la forma de existencia más comedida que podía llevarse en el mundo posterior a la sociedad de consumo.

En el campo de visión que tenía frente a mí, el hombre que a diario se dedicaba a construir las vidas ajenas se encontraba ahora moviendo las manos con habilidad para atar uno de los extremos de la soga de manera que formase un lazo.

Por lo visto, a la hora de tomar esa decisión, no tenían nada que ver ni el balance hormonal ni las GTP.

Lo siguiente que ocupó el campo de visión fue la cocina donde se adentró el hombre, quien encontró allí un pequeño escabel, que probablemente usaba su esposa siempre que tenía que alargar la mano para llegar al último estante del anaquel, cercano al techo.

La imagen subjetiva dejó ver cómo Ichiro Tokume agarraba el escabel y volvía a la sala de estar donde acababa de preparar la soga.

Después, subiendo con decisión al taburete bajo, comenzó a atar el otro cabo de la cuerda al cable de la lámpara que pendía del techo.

Entonces, pareció que se le había ocurrido alguna idea.

La imagen se apartó momentáneamente del escabel y se movió por el interior de la casa hasta llegar al lavabo.

El hombre giró el grifo, comenzó a salir el agua y su visión quedó obstruida por el cierre de los párpados.

Se estaba lavando la cara. Cuando volvió a abrir los ojos, Ichiro Tokume se restregó la cara con una toalla y durante un instante se reflejó su expresión en el espejo.

Dicho rostro no albergaba emoción alguna.

Unos ojos vacíos y una boca vacía. Dos aberturas hacia el vacío.

La visión subjetiva regresó al cuarto de estar.

La soga terminada en un lazo que había preparado sobre el escabel oscilaba casi imperceptiblemente colgando del techo.

El hombre metió la cabeza por el lazo. Después, durante unos instantes, la imagen de la pantalla se sacudió violentamente.

La visión subjetiva se movió de forma pendular, paseándose por el interior de la sala de estar.

Un sofá de suave color rosado, una pantalla incrustada en la pared, otra pared recubierta de alguna clase de material inteligente que imitaba el yeso.

Tomando como eje la soga de donde pendía el ahorcado, el campo de visión se balanceaba recorriendo lentamente todos los rincones de la sala.

Se diría que este hombre quería enseñar a los demás el espacio donde vivía con su esposa, intentando que todo quedara registrado en la pantalla.

Mirad, esta es nuestra casa.

Mirad, esta es la sala de estar donde me he ahorcado.

Por supuesto que este campo de visión había sido creado y registrado por unas lentes de contacto de realidad aumentada, y su propietario, ese Ichiro Tokume de treinta y ocho años, murió en el instante en que, como se vio antes, la imagen se sacudió de manera salvaje cuando descargó todo el peso de su cuerpo sobre los huesos del cuello.

Si no se intervenía, las lentes dejarían de registrar la realidad aumentada como consecuencia de un proceso natural cuando se extinguiera la carga eléctrica del cuerpo, que era lo que las hacía funcionar.

/película

En suma, que esta era la filmación subjetiva de un suicida.

De las 6582 personas implicadas, 2049 habían cometido su acción con las lentes de contacto de realidad aumentada conectadas.

Las imágenes subjetivas de su campo de visión que captaron aquellos dispositivos se conservaban en los servidores y, como había sucedido ahora, nosotros podíamos asistir a los momentos de su muerte con un realismo maravilloso, como si hubiéramos estado presentes allí.

Se veían los puntos de atención visual que revelan las lentes de contacto de realidad aumentada, que efectúan un monitoreo permanente.

¿Qué es lo que miraba Ichiro Tokume dentro de su campo de visión?

Moviendo el cursor de un lado para otro sin descanso, iba seleccionando los puntos a donde él dirigió su mirada.

A partir de la lista así obtenida y de los movimientos en sí que hizo, el modelo de análisis de evolución psicológica comenzó a darle vueltas a una fórmula tras otra para interpretar el estado mental del señor Tokume en los diez minutos anteriores a su suicidio, pero la respuesta que apareció en la pantalla con todo descaro entraba dentro de lo previsible, sin que pudiera sorprender absolutamente a nadie: «profunda inclinación depresiva», «tendencias suicidas».

Visioné a velocidad triple las filmaciones correspondientes a cien personas.

Considerando que cada una duraba unos doce minutos, si dividimos eso por tres y multiplicamos por cien, el total nos da cuatrocientos minutos.

Utilizando sin piedad el botón de la marcha rápida para comprimir los últimos minutos de existencia de aquellos muertos, iba a pasar casi siete horas asistiendo al momento final de cien personas elegidas al azar de entre los 2049 registros de realidad aumentada.

Una base de datos de las imágenes subjetivas de los suicidas.

Si no fuera porque se trataba de un incidente tan disparatado, ¿a quién se le iba a ocurrir crear una base de datos de tan mal gusto?

Dicha base de datos reunía las imágenes subjetivas en torno a los diez minutos previos al intento de suicidio de cada persona, pero el motivo por el que se consideraba que ese periodo de tiempo era suficiente estaba en que, por lo visto, el aspecto que presentaban unos y otros indicaba que, una vez que tomaron la decisión de suicidarse, comenzaron a actuar de manera tan brusca como rápida.

El desarrollo de los hechos presentaba una celeridad tal que parecía por completo que estuvieran aplicándose aquella máxima educativa tan propia de los padres de «no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy» o esa otra frase hecha de «el día que se me ocurrió, estaba de suerte».

El hombre aquel que trabajaba en mantenimiento forestal se hallaba en un bosque de Canadá talando árboles cuando, de pronto, sacó la sierra mecánica del pino que ya tenía cortado a medias y se taló al momento su propio cuello, con lo que las imágenes de su visión rodaban por un terreno cubierto de hojas semipodridas.

Pasé a la filmación de la siguiente víctima.

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Entonces, mi rostro apareció en el centro de la imagen de la realidad aumentada y se me cortó la respiración.

Un espejo, era un espejo.

Estaba contemplando de frente mi propio rostro, que se hallaba en un lugar y un tiempo diferentes.

Entre las víctimas que había elegido de manera aleatoria, se encontraba esta.

Una muerta me estaba mirando.

Durante unos minutos iba a contemplarme a mí misma, Twan Kirie, a través de la mirada de mi amiga, hasta que se suicidase clavándose el cuchillo de mesa en el cuello y tiñera con su propia sangre el interior del local.

silencio

miedo

Mi rostro. Mi piel, un poco requemada por los rayos ultravioleta del Sáhara.

Qué espejo tan grotesco.

El piso 62 de Lilac Hills. Un restaurante italiano.

La mirada se apartó de mi rostro y se dirigió hacia el plato colocado sobre la mesa, con su combinación de colores vívido rojo y fresco blanco.

La ensalada caprese que habíamos pedido.

Inconscientemente, había devuelto la velocidad de reproducción a tiempo real.

La imagen subjetiva de Kyan estaba clavada en una roja rodaja de tomate, sobre la cual descansaba la blanca loncha de mozzarella .

horror

—Sí, perdóname, Myaha.

/horror

Este era el momento en que Kyan iba a decir eso.

Aquella frase que escuché y que sonaba como un conjuro.

Acto seguido, la atención de Kyan se desplazó al cuchillo de mesa y la imagen recogió su mano y aquel antebrazo suyo tan saludable, que no era ni demasiado grueso ni demasiado delgado.

La mano agarró el cuchillo de mesa que estaba a la derecha de la caprese y lo empuñó con la punta hacia abajo y el filo hacia el cuerpo mientras que yo miraba boquiabierta.

Por casualidad, justo en ese momento el camarero se acercó para rellenar mi vaso de agua…

límite: paciencia

Detuve la realidad aumentada.

/límite

/miedo

/silencio

/película

Me había olvidado de respirar y ahora gemía pidiendo aire, pidiendo oxígeno.

En la sala de conferencias de la oficina japonesa de la OMS que estaba utilizando para ver las escenas de la realidad aumentada, solo se oía mi agitada respiración.

Por suerte, me encontraba a solas en la estancia. Dado que cuando sucedió el incidente el único inspector de espirales que se hallaba en Japón era yo, no sé si puede decirse que, por fortuna, no tenía necesidad de trabajar junto con otros inspectores.