06 #4
—Oh, pues… no recuerdo bien.
—Anda ya, pero si en tu caso fue algo parecido, ¿no, Kyan? A mí me empezó a preguntar si sabía por qué las junglas de barras se doblaban y retorcían de esa manera.
—Quizá hacía esas cosas como quien tiende una red.
—¿Qué?
—Ya sabes, eso de ponerse en el parque con un… ¿libro, se llamaba? Y, mientras lo leía, esperaba a que pasara alguien con aire de poder juntarse con ella. Se me ocurrió que pudiera ser así. Buscaba chicas como tú o como yo.
Myaha buscando otras chicas con las que juntarse.
No terminaba de encajar en la imagen que me había formado de ella.
Myaha odiaba la sociedad sana. Odiaba ese mundo donde todos se esforzaban por leer entre líneas en el ambiente y ayudarse unos a otros, imponiendo su cariño.
Después de sentirse al margen de dicho mundo, algo como ponerse a buscar amigas no cuadraba con su carácter.
Así que, como me dio esa impresión, rechacé la idea de Kyan.
—No lo creo.
—¿Cómo?
—Creo que seguramente no fue así. No estaba buscando amigas. Estoy segura de que lo que buscaba eran camaradas.
—¿Y no es lo mismo?
—Nada de eso. Una cosa son los amigos y otra, los camaradas. Desde luego que en ambos casos se trata de compañeros, pero… Los camaradas son… ¿Cómo explicarlo? Son personas unidas por un lazo como el de los soldados.
Mientras hablaba, comencé a manejar el cuchillo y el tenedor para cortar parte de la caprese y echármela a la boca. Kyan ponía cara de no entender muy bien, con la cabeza ladeada y la mirada puesta en mí.
Continué hablando.
—Mira, lo que le pasaba a Myaha no es que quisiera amigas, sino que buscaba a personas que lucharan con ella. Porque una guerra no se puede librar estando sola.
—Quieres decir que cuanta más gente, mejor…
—Pues claro que sí. Y da mucho menos trabajo si escoges desde un principio a personas que ya tengan de base el carácter adecuado. Myaha, sin duda, buscaba personas con inquietudes similares a las suyas y, a la salida del colegio, esperaba en aquel parque a que pasara alguien así.
—Pero entonces, a lo mejor nosotras no fuimos soldados en la medida que hubiera deseado Myaha. Por lo menos, en mi caso.
Creo que, efectivamente, así fue. Tuve la impresión de que Myaha se lanzó al ataque sola contra lo que ella consideraba que eran las fuerzas enemigas. Sin duda debió de vernos como dos desertoras.
Si, al igual que nosotras dos, Myaha Mihie hubiera sobrevivido, ¿habría venido hoy aquí para almorzar con nosotras? ¿Recibiría con una magnánima sonrisa a esos soldados que antiguamente abandonaron la línea del frente? Pensándolo ahora, no estaba segura.
En ese momento, me di cuenta de que Kyan, con rostro inexpresivo, tenía la mirada clavada en el plato de caprese.
La visión producía una impresión anormal.
Sus ojos estaban inmóviles, con la mirada tan fija que se diría que en el fondo del plato había algo nadando.
Antes de que le pudiese preguntar qué pasaba, Kyan comenzó a hablar.
Todavía con la vista clavada en el plato de caprese.
—Sí, perdóname, Myaha —susurró Kyan.
Entonces, de repente, agarró el cuchillo de mesa. De una manera que solo se puede expresar con el verbo agarrar o quizá empuñar. Antes de que yo pudiera entender qué estaba sucediendo, Kyan se clavó la punta de aquel cuchillo en la garganta.
—Uugghh…
Nunca había oído salir un sonido semejante de la boca de Kyan.
silencio
sorpresa
Haciendo entrar en juego una fuerza de voluntad sorprendente, Kyan impulsó en sentido horizontal el cuchillo de cocina que se había clavado en la garganta, seccionando la carótida de golpe, que quedó asomando hacia fuera.
Cualquiera hubiera pensado que, tratándose de un cuchillo de mesa, no estaría lo suficientemente afilado como para cortar así.
Era igual que si el cuello de Kyan fuera un leño al que alguien hubiese dado un hachazo hasta la mitad.
Un chorro de sangre brotó de su cuello.
Las salpicaduras que alcanzaban un amplio espacio en torno a ella tiñeron de un rojo pringoso el diseño interior de aquel restaurante italiano del piso 62 de Lilac Hills.
La ducha de sangre que brotaba del cuello de aquella Kyan, que, con rostro inexpresivo, acometió de súbito aquel acto contra sí misma, impactó de lleno en el rostro del camarero que se acercaba a nuestra mesa para rellenar los vasos de agua y que cayó desmayado.
Todo sucedió en apenas un instante. Durante ese tiempo fui incapaz de hacer otra cosa que quedarme mirando como hipnotizada. Las gotas de sangre cayeron sobre el aceite de oliva de la ensalada caprese y se fueron extendiendo dentro de ella sin mezclarse.
/sorpresa
/silencio
Los otros clientes comenzaron a gritar.
En el mismo instante, un coro de gritos se alzó en todos los rincones del mundo.
El motivo es que, en ese mismo instante, aun cuando sucedió de formas muy diferentes, por todos los rincones del mundo un total de 6582 personas llevaron a cabo intentos de suicidio.
/cuerpo
/etml