06 #3
—Oye, entonces, ¿por qué no nos vamos a comer?
Hace poco han levantado cerca de mi casa un edificio enorme.
Desde fuera se ve totalmente blanco y con una superficie rugosa, igual que si lo hubieran enyesado.
Pero desde dentro se puede ver perfectamente el exterior.
Está hecho de un cristal de espuma polarizador. Es un material superinteligente.
—Vaya, se habrán gastado un buen montón de dinero, ¿eh? No me apetece demasiado…
—Comemos por ahí y luego te vienes a casa. Todavía son las once. No pasa nada porque almorcemos juntas, ¿no?
Me sentía indecisa y asaltada por el inexplicable impulso de pedir permiso a esa Myaha ya ausente. Algo así como «Oye, ¿puedo irme a comer con Kyan?».
Le contesté que, si era solo almorzar, sí.
Eché a caminar detrás de Kyan y nos subimos al vagón amarillo claro en forma de alubia que acababa de deslizarse junto al andén.
El WatchMe iba asociado a una línea de crédito y acababa de descontar de mi cuenta, sita en algún lugar perdido del mar de la electrónica, el importe mínimo de subida.
Mientras pensaba en el largo tiempo que había transcurrido desde la última vez que subí al metro en Japón, paseé la vista por el interior del vagón para mirar al resto de los pasajeros. Sentí un repentino terror.
pánico
Son iguales. Este, ese y aquel.
En el campo de batalla se podía disfrazar esa impresión.
Al tratarse del trabajo de un organismo internacional, los grupos de observación de treguas eran un batiburrillo étnico con gran variedad.
Había personas que, como yo, llevaban a escondidas una vida desordenada y, por lo menos, se suponía que existía mucha diversidad humana.
Pero ¿y aquí?
Me encuentro paladeando el anormal panorama de homogeneidad creado en el pueblo japonés por obra de la medicina.
La única diferencia que veo en los hombres y mujeres que hay sentados en el vagón es la existente entre el maniquí A y el maniquí B.
Un rebaño de japoneses con el mismo patrón corporal, donde nadie es ni demasiado grueso ni demasiado delgado.
Un rebaño de cuerpos saludables que no salen de los márgenes fijados por el modelo promedio.
Como si me hubiera perdido en un país de espejos.
¿Por qué, cómo demonios se había llegado a esta situación?
A pesar de que, como es lógico, todos poseen genes diferentes, ¿por qué todos tendían a adoptar la misma complexión?
máxima
Cuanto más exacerbado sea el objetivo fijado y menos flexibilidad permita, más fácil resultará cumplirlo a las personas débiles.
/máxima
Así me dice la sombra de Myaha. Con el mismo tono que usaba siempre cuando nos impartía su sabiduría. Sí, ahora recuerdo.
Una vez nos dijiste que la voluntad del ser humano, a pesar de ser tan débil frente a las tentaciones, a veces podía volverse muy terca.
Que las personas éramos como un medidor que solo podía girar la aguja hacia uno de los dos extremos, o el de la voluntad o el deseo. Que no éramos capaces de parar en un punto intermedio.
Que hasta las palomas tenían voluntad. Y que, puesto que la voluntad no era más que un rasgo genético fácil de implementar para los animales vertebrados, ese era el único motivo por el que todavía continuaba alojada en nuestros sesos.
/pánico
—¿Qué le sucede? ¿Se encuentra mal? Puede sentarse en mi sitio.
Una amable señora se preocupaba por mí al ver las ligeras muestras de pánico social que acusaba.
Según la realidad aumentada, se trataba de una figura política de cierto Biogobierno, que trabajaba como coordinadora o quizá como comisionada, pero su rostro apenas se diferenciaba del de los demás.
Encajaba a la perfección dentro de los márgenes establecidos.
Era un rostro saludable según el promedio.
Probablemente, el caso de los políticos, tanto más cuanto más importantes, era sin duda aquel en el que sus particularidades, mejor dicho, su ausencia de particularidades resultaba más evidente.
Sucedía lo mismo con toda la gente que estaba en la sede central de Ginebra.
Rechacé la oferta de la mujer diciéndole que me encontraba bien y me alejé de donde se sentaba. Kyan me siguió con expresión intranquila.
—Apartarse de ella de esa manera es muy maleducado. Se trata de un miembro muy importante de la Asamblea de un vicegobierno.
—Lo sé, ya lo he visto en los metadatos de la realidad aumentada. Perdona.
—No cabe duda de que llevas mucho cansancio acumulado del trabajo, Twan. Es un trabajo muy duro que hace un gran servicio a la sociedad.
Estoy haciendo un gran servicio a la sociedad yendo a fumar a los campos de batalla.
Soy consciente de que, si estuviera viviendo entre vosotros, sería con toda certeza una sociópata que se cortaría las venas o mataría a alguien, por lo que el mejor servicio que puedo aportar a la sociedad es mantenerme apartada de ella.
Por eso, sin sentir ningún complejo de culpabilidad, contesté a Kyan:
—Así es, estoy haciendo un gran servicio a la sociedad.
Tras la muerte de Myaha, el camino de Kyan y el mío discurrieron por rutas muy separadas.
En el caso de Kyan, fue como si ese desagrado que sentía hacia la sociedad, hacia la familia, hacia el vecindario o hacia el colegio fuera igual que un rito por el que todo el mundo tenía que pasar y ahora hubiera regresado escrupulosamente al camino correcto.
En cuanto a mí, en la apariencia superficial era como si, al igual que Kyan, me hubiese adaptado hasta cierto punto, mientras que en realidad me dedicaba a acumular todo el conocimiento que sin duda habría adquirido Myaha en caso de estar viva.
Con el tiempo, los resultados de mis estudios habían ido mejorando y, en lo que respecta a las «calificaciones», ya debía de ser una digna sucesora de Myaha Mihie.
En cierto sentido, me había convertido en una doppelgänger de Myaha Mihie.
A todo ritmo, me iba convirtiendo en ella.
En cuanto a Kyan, que no se había convertido en Myaha Mihie, ingresó en el grupo extremadamente apretado del noventa por cien de los japoneses, con similares valores de proporción de grasa en el cuerpo, estabilidad del sistema inmunitario, porcentaje de error de replicación de ARN y estado de salud.
Mientras que yo iba rebotando de uno a otro de esos fumaderos que llamaban «campo de batalla».
De aeropuerto en aeropuerto.
De puro en puro.
De botella de vino en botella de vino.
Sin embargo, ahora iba a cambiar del Château Pétrus a la ensalada caprese.
En tierra japonesa, donde no había el menor viso de conseguir puros o alcohol, me despedí del mareante paisaje humano del metro y me fui con mi antigua amiga a degustar la saludable comida de un restaurante italiano.
Lonchas de queso desgrasado de buey sobre unas rodajas de tomate rociadas con aceite de oliva. En el piso 62 de Lilac Hills. De cara a la galería, se comiera aquí lo que se comiera, existía aunque solo fuera una brizna de riesgo.
Cuando uno encargaba el menú en un sitio de estos, como medida de cortesía puramente formal, el restaurante en cuestión informaba del número total de calorías de los platos solicitados y advertía del porcentaje de probabilidad de que la ingestión de dichos alimentos causara algún perjuicio en los genes.
El aviso se hacía pidiera uno el menú que pidiera.
Entonces, todo el mundo se quedaba satisfecho con que le hubieran ofrecido la información sobre los riesgos y, después de que le hubiese entrado por una oreja y salido por otra, encargaba el menú deseado dentro de los márgenes de lo recomendado por el consultor de salud que tuviera bajo contrato el Biogobierno donde se estuviera encuadrado.
En el local había clientela, pero tampoco demasiada. Al igual que los pasajeros que vi en el metro, todos los clientes sentados frente a las mesas con forma de margarita encajaban dentro de los márgenes de lo que se consideraba un cuerpo saludable para los japoneses.
sentimiento
—Hacía tiempo que no comíamos juntas como ahora, ¿verdad? —dijo Kyan mientras miraba cómo el camarero colocaba los platos con la ensalada caprese.
Ahora que lo decía, desde el día que fracasamos las dos en suicidarnos, Kyan y yo no almorzamos juntas en el colegio.
—Sí, cierto.
—Da una sensación rara, eso de comer solo nosotras dos.
—Así es, cuando almorzábamos juntas siempre estaba también Myaha.
Al terminar de hablar, dirigí la vista hacia la ventana.
El panorama desde el piso 62.
El panorama que quiso dañar Myaha.
El panorama con el que Kyan se había familiarizado sin remedio.
El panorama del que yo había huido.
/sentimiento
—Ahora que lo dices… Quizá sea la primera vez que comemos juntas solo nosotras dos.
—Aunque en el caso de Myaha, yo sí comí alguna vez solo con ella —contesté—. Fue antes de que ella nos presentara.
—Sí, lógico. Myaha y tú ya erais amigas antes de que nosotras nos conociéramos.
—Bueno, amigas… Myaha me atrapó unilateralmente.
—¿Ah, sí?
—Yo iba caminando cuando de pronto me cazó y se puso a hablarme de las junglas de barras. Te lo conté, ¿no?