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Así fue como caí en aquel desierto llamado «rutina».
Un desierto tan amplio como un océano, compuesto de la consciencia de nuestra condición pública y de recurso. Con unas arenas movedizas llamadas «armonía».
Mi mente se hallaba divagando todavía con esa clase de fantasías sin sentido cuando el pájaro se posó sobre territorio japonés y el resto de los pasajeros se levantaron para bajarse.
Reuní mi equipaje, salí del pájaro y, tras pasar el control de equipajes personales, me adentré en la sala de llegadas del aeropuerto, pintada de rojo violáceo.
Nada más bajarme del PassengerBird, la realidad aumentada de mis lentes de contacto comenzó a desplegarse toda de golpe.
Cada vez que cambiaba el punto de mi campo de visión donde se centraba la mirada, aparecía y desaparecía la metainformación de la realidad aumentada.
Si miraba hacia la entrada de la cafetería, aparecía el menú del establecimiento y la proporción de asientos ocupados en él, así como la valoración de los usuarios mediante estrellas que parpadeaban.
Todo en nuestro mundo llevaba asociada una valoración con estrellas de los usuarios.
También las personas teníamos asignada una valoración mediante estrellas asociada a nuestra valoración social.
El Café de París que había en la sala del aeropuerto tenía cuatro estrellas.
Twan Kirie tenía cuatro estrellas y Kyan Reikado tenía tres.
grito
—Twan, Twan, Twan, Twan.
/grito
Una voz como la de una niña estaba gritando.
Puesto que no tenía ninguna niña entre mis amistades, se trataba casi con toda seguridad del gemido de una Kyan Reikado que había tenido conocimiento de mi regreso.
Yo, que iba ya vestida con mi ropa de civil, acababa de recoger en el mostrador de equipajes mi aparatoso abrigo de inspectora de espirales y me dirigí hacia donde estaba Kyan, que me llamaba como un perrito que ladrase guau , guau .
También el cuerpo de Kyan tenía asociada una información del dominio público donde constaba el Biogobierno del que dependía y datos como la notas: abreviatura de “evaluación social” SA /notas que le otorgaba el comité ético local de dicho Biogobierno.
—No sé cómo has podido distinguirme entre todos esos pasajeros…
—Porque tú, Twan, eres una chica que destaca un montón. Ni te das cuenta de ello…
—No, la verdad.
—Ya que de por sí haces un trabajo que destaca, creo que deberías preocuparte un poco más de no destacar tanto. Y tienes la piel reseca…
—Cosas del oficio. Trabajo en desiertos, alta montaña o zonas húmedas, todos malos para la piel, pero es que la guerra no escoge los lugares.
Lo cierto es que también sería el resultado acumulado de la pobre dieta del campo de batalla.
Si el WatchMe no detectaba al instante esa pobre dieta para enviar una comunicación urgente al médico contratado por el Biogobierno al que pertenezco, era porque tenía instalado en el cuerpo un DummyMe que continuamente enviaba información falsa sobre el estado físico.
Pero, aun así, teniendo la piel en estas condiciones, resultaba difícil huir del estigma de persona sin remedio.
listado: ítem
i: por las mañanas, una de las pastillas que escupe el Medicare
i: seguir el cuadro resumen de vida sana ideal enviado por el planificador de vida
i: tomar alimentos sanos que no conlleven una carga adicional para el cuerpo
i: consejos específicos del consultor de salud
i: alimentos específicos para la salud
i: conjunto de medimoles que eliminan las erupciones cutáneas cuando se presentan los síntomas de próxima aparición
/listado
En otras palabras, que presentar una piel reseca era la prueba de que, como mínimo, se estaba incumpliendo una de estas normas que constituían el menú básico indispensable que había que degustar en la sociedad vidalista.
La prueba de que se estaba perturbando la armonía.
La sociedad vidalista implicaba un estilo de vida que no consentía una pobre dieta, sin distinción de sexos.
Una dieta pobre dejaba necesariamente su huella en el cuerpo.
Una piel rasposa significaba una pérdida de autocontrol.
Tener ojeras suponía una falta de consciencia de ser un recurso de la sociedad.
Todo eso se reflejaba fielmente en la SA.
La mayoría de los Biogobiernos establecían para los adultos la obligación de hacer pública la información de su historial, incluyendo los registros médicos.
Con objeto de mostrar hasta cierto punto los fundamentos de la puntuación de la valoración social de cada uno.
Sin duda, en el pasado, donde abundaban los políticos gordos, hubiera resultado inconcebible ofrecer a la luz pública una información particular de este calibre.
Resultaba sorprendente ver ahora en los archivos a los grandes personajes del pasado.
¿Así que este era el hermoso aspecto al natural del cuerpo de esa gente que grabó su nombre en la historia?
Pensándolo bien, desde la perspectiva actual resultaría imposible considerar a Churchill como un héroe. Con ese cuerpo gordinflón, ¿quién iba a confiar en él? Y los cuadros de mujeres desnudas del siglo xviii hacia atrás quedarían todos fuera de lugar.
Mole, mole, mole de cien arrobas . Antiguamente había una canción que se llamaba así.
question
P.: indique cuál es el significado de la palabra “mole” que se repite aquí
R.: una palabra despectiva que se aplicaba a las personas gordas y grasientas
/question
Con todo, dado que esa palabra resultaba demasiado hiriente para la dignidad ajena, con el tiempo dejó de usarse.
Al igual que el alcohol, el tabaco, los hombres moralmente degenerados que compraban a las chicas o las palabras de moda que desaparecen de manera natural de nuestras vidas, el término sobrepasó sus años de aguante y desapareció.
Como si marcharan en pos de dicha desaparición, las verdaderas moles, así como los delgaduchos, fueron borrados también casi por completo de la faz de la tierra.
La observación constante de la salud por parte del WatchMe y los consejos de los especialistas en salud hicieron que engordar demasiado o adelgazar demasiado fueran cosas eliminadas casi a la perfección de la vida cotidiana.
Kyan Reikado. La amiga que hace unos años intentó morir rechazando alimentarse.
Ahora también ella lucía un cuerpo de dimensiones que entraban dentro del promedio de lo saludable. Un cuerpo sin gracia de adulta, con dimensiones sin gracia.
Cruzamos a buen paso la sala del aeropuerto, que había sido desprovista con minucioso cuidado de cualquier color intenso o de cualquier espacio de reminiscencias autoritarias.
El conjunto de mesas amarillas rodeadas de paredes color rojo violáceo destacaba de un modo que atraía la mirada.
Me eché el equipaje al hombro y me dirigí hacia el metro, con Kyan pegada a mis talones.
Con todo lo alto que era el techo y todo lo amplio que era el espacio, no emanaba el menor olor a poderío.
La falta de «color» era el estilo de los Biogobiernos.
El espacio existente en las grandes construcciones arquitectónicas, de una forma u otra, guste o no guste, lleva impregnado un cierto olor a fascismo, una altivez del poder asociada a lo monumental.
Las construcciones gigantescas hacen que el ser humano se sienta pequeño.
Aun cuando se trate de un lugar público como un aeropuerto, es lo mismo.
Por eso, para eliminar por completo dicho olor, sin duda había sido movilizado un gran número de gente relacionada con el mundo de la cordialidad de un modo casi escalofriante.
Y ese esfuerzo que habían hecho entre todos para borrar el olor a poderío a mí me producía un temor bastante intenso.
Era como si la política corriera al cargo de las monjas, como si todo estuviera impregnado de un excesivo color de educación cristiana, pero, en cualquier caso, en líneas generales, el mundo donde vivimos ahora está dirigido por esa clase de gente.
Fascismo a cargo de una madre bondadosa.
El mundo se había vuelto cordial hasta el fondo. Incluso las artes.
La denominada «Hoja de perfil», que era una parte de la aplicación de mantenimiento de la salud que se iba acumulando a lo largo de la vida, consistía, por así decir, en un «otro yo».
Se alojaba en el servidor del Biogobierno y vigilaba a diario con todo denuedo mi vida cotidiana, detectando lo que me gustaba y lo que no, así como mis tendencias éticas, y cuidando de que no hubiera literatura o pintura que pudiera hacerme daño.
Si me disponía a leer alguna novela o ensayo, comparaba su contenido con el historial de mis terapias y, si existía algún pasaje que pudiera relacionarse con uno de mis traumas pasados, o bien le aplicaba un filtro por su cuenta o bien me enviaba un aviso previo.
Tal que así: «Esta producción artística puede herir su sensibilidad» o «Esta novela puede infringir el Apartado 40896A de la Inspección moral (Acuerdo de la Asamblea de 4 de febrero de 2049 sobre salud y claridad de los Biogobiernos)».
Lo que aparece cuando eliminas una obsesión es una obsesión diferente y más oscura todavía.
recuerdos
Recuerdo que una vez Myaha dijo: «¿Sabías una cosa? Es una historia de hace mucho mucho tiempo. Cierto artista, usando la estela de condensación de un avión, escribió sobre el cielo de Hiroshima la onomatopeya flash de un centelleo. ¿Qué te parece?».
—¿ Flash ? Se refiere a la bomba atómica, ¿no? Me parece de muy mal gusto.
—Sí, ¿verdad? Muy mal gusto. Pero, después, Myaha se rio alegremente y añadió: