05
Un ejército oculto bajo las mejillas de una chica.
Hay quien llamaba así al Ejército Médico. Por supuesto que a modo de elogio.
¿Estás pensando que los ejércitos médicos de todos los Biogobiernos van de rosa?
Pues estás en lo cierto. Ya se trate de Francia, Rusia o México, sus ejércitos médicos, desde el uniforme hasta el casco, así como sus vehículos acorazados, son de color rosa claro.
Al igual que el color de la Infantería es el verde y la Marina va de azul y blanco.
Por eso la base de Níger, consistente en un campo de tiendas de campaña que tiene el Grupo de Observadores de la Tregua, es una superficie de color rosa.
Dentro de ese mar color rosa claro, el abrigo carmesí que vestimos los inspectores de espirales resalta bastante. Bueno, por no decir que resalta en cualquier lugar. Decidimos descargar «el material» obtenido en nuestra transacción a espaldas del conjunto de tiendas.
El «patio trasero» del Grupo de Observación de la Tregua de Níger.
Después de sacar la parte que me correspondía, junto con la del compañero A, opto por dejar el resto del trabajo en manos de Étienne. Quiero volver sin perder tiempo a mi oficina y echar un buen trago de alcohol. Como de costumbre.
No tengo el menor interés por saber de qué manera Étienne y los suyos trataban con el material obtenido en la transacción de los kel tamasheq .
Ni cómo lo distribuían, ni cuánto ganaban, ni qué parte sustraían ellos.
Dado que siempre me entregaban después algunos créditos, no parecía que robasen todo.
Bueno, todo eso ahora no importa. Lo que necesito es un puro y alcohol, nada más.
listado: ítem
i: algo que dañe mis pulmones
i: algo que dañe mi hígado
/listado
Gracias a haber venido hasta los campos de batalla, por primera vez he podido encontrar en este mundo una forma de hacerme por lo menos un poco de daño.
Una forma astuta, aunque cicatera. Mucho, mucho más cicatera que aquella con la que fantaseaba en mis tiempos de bachillerato de antes de perder a Myaha.
—Mira, he traído lo que prometí —anuncio sosteniendo frente a mí la botella de alcohol mientras aparto la lona rosa de la entrada de la tienda donde se refresca el compañero A.
Pero entonces me fijo en que allí no se encuentra solo A, rodeado de pantallas con campos de batalla, sino también mi jefa, con el gesto fruncido. En cuanto veo la expresión de A, temeroso y encogido, me doy cuenta de que la situación ha girado en una dirección incómoda.
—Inspectora superior Twan Kirie, la estaba esperando —dijo la mujer, que vestía un abrigo carmesí como el mío.
—¿Deseaba algo, Oskar?
—Siento interés por eso que acaba de esconder a su espalda.
Me encogí de hombros y lancé hacia Oskar la botella de vino añejo. Tengo buena reputación como persona que sabe darse por vencida. Era una botella de antiguo vino Pétrus. Una botella de cristal con un líquido color rubí que se movía como empujado por las olas.
diccionario
ítem “Château Pétrus” /ítem
descripción
Marca de una sustancia líquida que contenía alcohol, destinada al consumo humano, perteneciente a las llamadas «vinos de Burdeos» y que se producía en la población francesa de Pomerol.
También se aplica el nombre a los productos comerciales de dicha marca.
Su etiqueta se caracterizaba por un dibujo de Pedro, uno de los doce apóstoles.
En el año 1889, en una feria de muestras de la Exposición Universal de París, el vino de este château , que entonces era un completo desconocido, se alzó con una medalla de oro, a partir de lo cual se volvió famoso.
En un tiempo perteneció al grupo de los vinos particularmente caros, pero, con el vidalismo que se fue asentando después del Maelstrom, siguió el mismo destino que las demás bebidas alcohólicas.
/descripción
/diccionario
Ha transcurrido un largo tiempo desde que la población de los países avanzados ha dejado de beber alcohol, con lo que esa clase de placer lleva más de cuarenta años abandonada. Oskar agarró despreocupadamente con la mano izquierda aquella botella de vino rebosante de dicho placer.
—Vaya, vaya… Qué artículo tan vergonzoso.
—Se llama vino . ¿Lo conoce usted?
Solté mi contestación acompañada de una burlona risa nasal, pero mi jefa contestó sin mirar siquiera la etiqueta de la botella.
—De Burdeos, ¿verdad? Con alta proporción de uva merlot y parece que, según el año, incluso había barriles con cien por cien de uva merlot . Por eso resultaban muy suaves al paladar.
—No sabía…
—Aquí donde me ve, de niña lo bebí. Pertenezco a la última generación que realmente pudo experimentar el placer de beber alcohol. En casa también teníamos y recuerdo una botella de Pétrus como esta.
—He oído que eran muy caras…
Me interrumpí sintiendo que me había metido por mí misma en la trampa. Avancé por el interior de la tienda para acercarme al asustado A y a mi jefa.
—Mi familia era relativamente adinerada, antes del Maelstrom.
—Ah, vaya —contesté con voz hueca mientras me plantaba delante de mi jefa.
notas: En la sede central de Ginebra la llaman solo «presidenta», el «querubín» de los inspectores de espirales Oskar Staufenberg, número uno de los inspectores /notas.
Soltera y de setenta y dos años, gracias a un WatchMe de la más alta capacidad de resolución, a su perfecta moderación, a sus frecuentes medidas antioxidantes, a su eliminación de errores acumulados de replicación de ARN, conseguía mantener su belleza de los treinta y tantos años y era la viva encarnación de la salud.
—Qué situación tan incómoda, ¿verdad? —dijo mi jefa alzando la botella de vino—. Sin duda sabrá lo indecente que resulta el asunto, ¿verdad?
—La capacidad de juicio no la he olvidado, señora presidenta —contesté con una leve sonrisa, intentando presentar resistencia a mi jefa.
El pobre A, sudando a chorros, seguía encogido en su silla frente a la consola y se diría que ya no veía ni a mi jefa ni a mí.
—Está muy bien que sea consciente de que ha hecho algo malo. Pero, así y todo, parece que todavía no ha terminado de entender en qué clase de lugar estamos.
Adopté una sonrisa irónica. Twan Kirie, veintiocho años, inspectora superior de espirales. Precisamente porque contaba con la sabiduría necesaria para saber qué clase de sitio era el Sáhara, había solicitado venir a ocupar este puesto. Viendo que yo guardaba silencio, mi jefa continuó hablando.
—En estos momentos, el Grupo de Observación de la Tregua de Níger se encuentra en una situación extremadamente delicada. Según cómo sea nuestro informe en calidad de inspectores de espirales, se determinará si la causa justa corresponde a Níger o a los tuaregs.
Me encogí de hombros. Me daba la impresión de que si salía a la luz que estábamos disfrutando en secreto de tabaco y alcohol, como mínimo los tuaregs se pondrían de nuestra parte.
Dirían algo así como «Hmm, vaya, así que también entre ellos hay gente que sabe apreciar las cosas en la medida justa».
Pero, sin tener en cuenta dicha idea, mi jefa comenzó a dar vueltas en torno a mí mientras continuaba su ataque verbal.
—La comprobación del derecho a la vida por parte de los inspectores de espirales puede llegar a convertirse en la mecha de nuevas guerras.
Si se descubre que en un lugar así nosotros, que enarbolamos la bandera de ese vidalismo según el cual la prioridad del respeto debe ser la salud y la longevidad individuales, nos dedicamos a meternos en el cuerpo sustancias nocivas como alcohol y tabaco, se producirá una situación terrible.
¿Para quién sería una situación terrible?
Al menos, para mí no supondría ningún problema.
Tampoco había cerca ningún fumador pasivo a quien perjudicar.
Por más que infligiera daños al cuerpo, se trataba de mi propio cuerpo, que solo me incumbe a mí.
Pero, por más que piense así, a izquierda y derecha solo tengo gente imbuida por la corrección pública y, en estos tiempos de concienciación de uno mismo como recurso público, el mero hecho de pensar como yo se consideraba una desvergüenza, una indecencia.
—Para empezar, ¿cómo ha conseguido mantener callado el WatchMe que lleva en el cuerpo? Si se toma una cierta cantidad de bebida alcohólica, el conjunto de moléculas medicinales del torrente sanguíneo lo detecta y enseguida envía el preceptivo informe al servidor de control de salud…
—De por sí, dada la clase de territorio en que nos encontramos, a menudo el sistema se halla fuera de cobertura… —Comencé a explicarle con el tono de quien se dirige a un profano.
Tras aclararle en qué clase de territorio trabajaba nuestra primera línea de observadores de la tregua, añadí algo:
—Pero, más que todo eso, las chicas poseemos artes mágicas. Por lo visto, usted, señora presidenta, ya se ha olvidado de que también es una chica…
—No tiene la menor gracia eso que acaba de decir. No sé qué sucio truco estará usando, pero ¿qué diablos cree que pasará con esta observación de la tregua gracias a lo que han hecho ustedes?
—Bueno, el asunto no tiene solución.
Le di unas palmaditas en el hombro a mi jefa aparentando la mayor despreocupación posible.
Oskar Staufenberg, envuelta en el abrigo oficial color carmesí de los inspectores de espirales, se echó a temblar de furia.
Entonces, acaricié suavemente el emblema de la OMS que llevaba yo cosido en el abrigo, en el que se veían dos serpientes enroscadas en espiral en torno al bastón del conocimiento, y dije:
—No sucederá nada que vaya a ensuciar este emblema. Porque usted no va a dar parte del asunto.
Oskar Staufenberg chasqueó la lengua. Para esta mujer empapada de la placidez y el refinamiento de la sociedad de los Biogobiernos, aquello debía de suponer la máxima expresión de desprecio de que era capaz.
rabia
—Por supuesto que no se puede hacer público algo tan vergonzoso como esto.
/rabia
Mientras contestaba, me miró con una evidente expresión de furia.
—Si se hunde el prestigio de los inspectores de espirales, se echará a perder todo el esfuerzo realizado hasta ahora por conseguir un mundo más pacífico, más saludable, más lleno de cariño.
Incluso visto a corto plazo, solo con hacer público su breve tiempo de disfrute y pedir disculpas al mundo entero, el Grupo de Observación de la Tregua de Níger perdería su fuerza centrípeta en un abrir y cerrar de ojos y se desmoronaría.
ridículo
—Eso sería muy lamentable, señora presidenta.
/ridículo
Llegados aquí, por fin también el joven A pareció empezar a comprender que el asunto no terminaría hundiéndole hasta el peor de los supuestos. Con objeto de tranquilizarlo, le di unos golpecitos en el hombro y le dije:
—Nosotras rezaremos por que no suceda algo así.
grito
—Ahora bien…
/grito
De pronto, Oskar levantaba la voz. Una vez más, el rostro de A pareció petrificarse.
—Tendrá que asumir una buena conducta, inspectora superior Twan Kirie. Me encargaré de que regrese a su país. Hasta que se haya calmado el asunto.
—¿Mi país? ¿A Japón?
Ni de broma.
Para huir con todas mis fuerzas de aquella mazmorra, había pasado por cosas como comer en exceso o en defecto, perder una amiga y, finalmente, convertirme en inspectora de espirales para saltar de una región en guerra a la otra.
Ni de broma.
—Eso es. A Japón. No permitiré que use el campo de batalla como un cuarto de fumadores.
Nos ha traicionado. Ha conseguido ocultar que pertenece a esa gente que se asfixia con la buena voluntad circundante.
Después de tanto tiempo fuera, vaya usted a empaparse de ese ambiente de amor recíproco al prójimo, estimada Twan. En eso consiste la corrección pública.
Mi jefa dejó la botella junto al monitor de A y, dando la espalda a su turbada y petrificada subordinada, salió de la tienda.
Intenté imaginar los deprimentes días que, inesperadamente, iban a caer sobre mí de aquí en adelante.
Vivir en Japón. Ese Japón que tanto aborrecí en mi adolescencia y que Myaha Mihie odió con todas sus fuerzas.
—Has estado tan formidable como siempre, Twan —dijo A con alivio, sin comprender en absoluto cómo me sentía—.
Impresionante. Todavía me parece increíble que el asunto se haya saldado con una sanción tan ligera.
Desde luego que la buena fama que tienes está justificada.
Entiendo a la perfección que Étienne te llame Queen.
Me asaltó un fuerte impulso de abofetear el rostro de aquel joven que de repente se ponía a parlotear tan alegremente, pero en lugar de entregarme a un arrebato de violencia, abrí la botella de vino y eché un largo trago del Château Pétrus.
El líquido color rubí se desbordó por las comisuras de mis labios y, tras correr por mi mandíbula, alcanzó el abrigo carmesí de inspectora de las espirales.
Fue una manera de beber tan tan devastadora que hasta pareció hacer saltar por los aires el alivio que había sentido A.
Por lo menos quería permitirme hacer eso. Por lo menos quería beber esa botella. Y es que, seguramente, sería el último alcohol que podría tomar durante un buen tiempo.
Al pensar en ello, el alma se me hundió de golpe.
Adiós, Sáhara.
Hasta la vista, kel tamasheq .