04 #2
—Parece que se ha desperdigado en un nivel a baja altura. Por si acaso, mantente alerta, por favor.
Una vez que tranquilicé a Étienne con estas palabras, regresé al interior del vehículo.
El lanzacohetes que hasta hacía un momento alojaba una ojiva lista para disparar, rodó un poco por el suelo cuando lo solté a un lado y, disipada de golpe la tensión, me senté derrengada como si me derrumbara.
Exhalé un suspiro de alivio y desaté el cordón que ataba mi cola de caballo.
Al verse liberados del yugo, los largos cabellos se desparramaron, acariciándome suavemente la frente y las mejillas.
Vivíamos unos tiempos en que hasta fumarse un puro suponía algo tremendo y, desde luego, tampoco obtenerlo era nada cómodo.
Mi consciencia, al verse arrebatada inesperadamente de la tensión, no quería ver ni oír nada durante un tiempo, y sollozaba quedamente dentro del cráneo.
Pensé que ya podía permitírmelo. Porque ya solo quedaba que Étienne se encargara de que llegásemos a la base.
Me quedaría ahí sentada sin mover un músculo hasta que cruzásemos la entrada.
Después, cerré los párpados y abandoné mi cuerpo a una dulce somnolencia.
Las suaves olas rizadas del sueño acariciaron mi frente.
Entonces, cuando abrí los ojos, al momento me di cuenta de que había fracasado.
La luz procedente del techo tenía un pálido tono rosado que le confería cierta suavidad.
Me encontraba acostada. Rodeada de un conjunto de aparatos.
Cobré consciencia de que por debajo de mis clavículas penetraban en mi cuerpo varios tubos, no solo a través de los puertos de medicación, sino también mediante aquel antiguo procedimiento de los ganchos.
Estaba en un hospital de urgencias. O quizá en un Centro de Emergencias Éticas de algún lugar.
Pasado un tiempo, deduje en qué clase de instalación me hallaba.
Así que estaba viva. Y el hecho de que estuviera viva significaba que me había equivocado en algo.
Y no había sido solo una vez, sino dos.
No era la primera vez que intentaba dañar mi cuerpo mediante la ingestión de alimentos.
Antes de conocer a Myaha Mihie, me trajeron a este mismo centro por el daño que me produjo una hiperfagia.
En aquel entonces no existía en mí una intención clara de morir, pero no cabe duda de que por el interior de mi cráneo rueda un fuerte deseo de morir de características difusas.
decepción
En definitiva, ni pude morir por comer demasiado ni he podido morir por no comer casi nada.
/decepción
—Así que otra vez fracasé, ¿no? —balbucí en un acto reflejo a pesar de que mi madre estaba junto a la cama.
«Esta vez seguro que funcionará». Eso es lo que creía.
Desde luego, cómo se puede ser tan sumamente confiada…
Contando con Myaha, bastaría con seguir sus indicaciones, con usar las armas que proporcionaba.
Esta vez demostraré a todos que puede hacerse.
No en vano, Myaha era una chica que, a partir del Medicare, que era algo que estaba en todas partes, podía fabricar un arma de destrucción masiva.
Si después de conseguir una ayuda semejante no alcanzaba mi propósito, estaba convencida de que, por más que siguiera prolongando mi vida, seguro que nunca llegaría a realizar nada con éxito.
Hasta ese punto buscaba apoyo en la fuerza ajena…
Al oír mi voz, mi madre se echó a llorar mientras decía: «Por fin has recobrado la consciencia…
». Por lo visto, para ella no suponía mayor problema que yo hubiese murmurado algo como «Otra vez fracasé».
¿O quizá sería que mi garganta se encontraba demasiado reseca y no había podido vocalizar bien?
¿Y qué más daba? La única persona que tenía que apretar los dientes ante un fracaso era la persona que había fracasado.
—¿Y Myaha?
Esta vez creo que sí vocalicé lo suficientemente claro.
Y es que mi madre frunció el entrecejo y adoptó la expresión de quien no sabe muy bien qué contestar.
Mi madre había escuchado lo que dije. Por fuerza tenía que haber oído con claridad lo dicho.
Por eso lo repetí una vez más. Pregunté: «¿Qué ha pasado con Myaha? ».
Sobre mi cabeza, un biomonitor para niños emitía un suave zumbido electrónico.
Si se tratara de un adulto, no habría necesidad de un aparato semejante.
En ese caso no hacía falta un aparato externo que monitorease el interior del cuerpo.
Nada más lógico, puesto que tiene instalado el WatchMe.
Porque el rebaño de moléculas medicinales que lleva instalado informa al instante de lo que sucede en cada rincón de su cuerpo.
—Myaha-chan… no ha podido superarlo —contestó mi madre mordiéndose un labio.
Por su expresión, cualquiera diría que había sido culpa suya.
Aaah… Sentí unas violentas ganas de vomitar.
rabia
No reacciones así, mamá.
/rabia
Grité aquello mentalmente desde lo más profundo de mi adelgazado e inmóvil cuerpo.
Lo que hacía ella estaba por completo equivocado.
¿Acaso no existía la menor relación entre Myaha y mi madre?
Mi resentimiento iba dirigido contra el ambiente con que este mundo te llevaba a sentirte como mi madre.
Ese ambiente donde se daba por sentado que todos éramos recursos públicos y que por eso teníamos que preocuparnos los unos de los otros.
Ese odioso «espíritu público» que llevaba a pensar cosas tan absurdas como que, incluso ante la muerte de personas que apenas guardaban relación con nosotros, la gente se torturara pensando que podía haber hecho algo por evitarlo y que cómo es que no había logrado hacerlo.
Pero no me quedaba fuerza corporal ni energía anímica para gritar eso, por lo que me limité a murmurar:
—Así que ha muerto…
Mi madre asintió. Mientras se enjugaba los ojos con un pañuelo.
—Kyan-chan está a salvo. Se encuentra en un centro diferente, recibiendo el tratamiento adecuado.
—Ya veo…
Poco después, el suministro de fármacos y la orientación psicológica me devolvieron a la sociedad, al mundo.
listado: ítem
i: desde el mundo de la hipopotasemia
i: desde el mundo del hipotiroidismo
i: desde el mundo de la osteoporosis
/listado
Me arrastraron de vuelta al mundo de la salud.
Mientras continuaba con las visitas día tras día, con la ingestión de fármacos día tras día, iba excavando en mi derrota, cada vez más profundo, como si me fuera vaciando, pero todavía contaba con el mínimo de la sabiduría necesaria para no mencionar nada de ello, ni por asomo, en las sesiones con el psicólogo.
Fue en el taxi de vuelta a casa desde el centro de tratamiento cuando me sobrevino la iluminación.
Mientras, sentada al lado de mi madre, contemplaba por la ventanilla del vehículo el panorama del río Sumida al anochecer.
Mi corazón se estremeció ante la plácida coloración de los edificios que saturaban ambas orillas del río.
Una maraña de edificaciones con suaves colores rosas, azules o verdes, tan claros que casi parecían blancos.
A pesar de que ninguna ley había dictaminado que «no deberán existir edificios de colores vistosos», todos aquellos que se desplegaban ante mis ojos poseían una coloración pálida y una completa falta de personalidad, conformando así un paisaje urbano incapaz de emocionar el corazón.
Y se prolongaban hasta el infinito, alineados con las riberas, pegados unos a otros.
desesperanza
Esto no tiene solución.
/desesperanza
Al llegar a ese punto, finalmente aprendí la resignación. Asumí la muerte de Myaha, acepté la realidad contra la que ni siquiera Myaha pudo hacer nada, terminé por perder toda esperanza en el mundo y aprendí la técnica de vivir con aquella falta de esperanza a cuestas.
Lo que se reflejaba en mis pupilas era un atardecer del 12 de junio de 2060 y, si se me permite decirlo así, un gigantesco pabellón de hospital que se extendía hasta perderse en el horizonte, sin diferencia entre una orilla u otra.
La humanidad se encuentra ahora encerrada en el interior de un hospital de alcance ilimitado.
arrepentimiento
Perdóname, Myaha.
/arrepentimiento
No conseguí hacerlo.
Para aprender una cosa tan simple, ha sido necesario ofrendar mi vida al dios del tratamiento médico.
En el interior del taxi, comencé a llorar silenciosamente, pero mi madre no parecía advertirlo y continuaba con la vista clavada en la dirección en que avanzaba el vehículo.
Pasado un tiempo, me cansé de llorar y, recostándome en el respaldo del sofá del taxi, me dormí.
Una vez más, abrí los ojos.
Era una inspectora superior de espirales con veintiocho años.
Étienne me había despertado con unos golpecitos en el hombro cuando dormía junto a unas cajas de madera repletas de puros y vino.
—Queen, hemos llegado a la base.