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—Biogobiernos. De nombre oficial, Comunidad de Consenso Médico.
Una agrupación de personas que han llegado a un cierto acuerdo en cuanto al sistema médico que se suministra.
Las personas armonizadas. Claro que los Biogobiernos cuentan con consejeros, pero constituyen una figura por completo diferente a la de los parlamentarios de los antiguos Gobiernos.
Los tipos que hoy actúan como consejeros o los comisionados no reúnen en sí el poder que ostentaban los reyes o los Gobiernos pasados.
El motivo es que, como resultado de haber repartido el poder entre todos en porciones tan pequeñas, ya no se puede hacer nada.
Si nos planteáramos atacar al Biogobierno, no encontraríamos ningún Parlamento al que pudiéramos lanzar nuestros cócteles molotov, como hacían los estudiantes de otras épocas.
Kyan debió de inquietarse al oír eso, porque frunció un poco el entrecejo y dijo:
—¿Por eso dices que nos suicidemos? O sea, ¿que elijamos nuestra muerte como una forma de ataque?
Myaha, con toda naturalidad, asintió a las palabras de Kyan.
—Como nuestras vidas son valiosas para esos tipos, también lo son nuestras posibilidades de futuro.
Somos una parte de su infraestructura. Por eso les arrebataremos estos cuerpos que se han convertido en parte de sus bienes.
Para proclamar al mundo que estos cuerpos son exclusivamente nuestros.
Nuestra intención es dañar las infraestructuras de esa gente y, por un casual, han resultado ser nuestros cuerpos. En eso se resume todo.
Myaha contestó con estas palabras a la inquietud de Kyan.
Por supuesto que si no reconociéramos que buena parte de lo que sentíamos Kyan y yo se debía a cómo nos dejábamos llevar por el carisma de Myaha Mihie, estaríamos faltando a la verdad.
Para Kyan y para mí, Myaha era una persona con un gran carisma.
Era alguien que sabía un montón de cosas acerca de un montón de temas, una ideóloga que odiaba demasiado un montón de cosas.
Huelga decir que, a estas alturas, hoy me resulta imposible pensar que aquella decisión naciera de la libre voluntad.
Pero Myaha era demasiado astuta, preparaba las cosas demasiado bien y en todo momento era demasiado consciente de cómo elegir la forma más eficiente de hacer las cosas.
Por eso en aquel entonces pensé que, sin duda, una vez más, habría preparado un método seguro para actuar.
Myaha sacó un puño del bolsillo y abrió lentamente los dedos frente a nosotras, exhibiendo lo que aparecía como la única manera esplendorosa de que lleváramos a cabo la acción.
—Estas son las pastillas. Solo hay que tomar una al día. Con eso, hace desaparecer del aparato digestivo todos los nutrientes contenidos en los alimentos que te hayas metido en la boca, desde el estómago hasta los intestinos.
—¿Cómo las has conseguido?
No tenía objeción a tomar aquellas pastillas, pero por mera curiosidad me interesaba conocer la ruta de su obtención.
No podía creer que, por ejemplo, sobreviviese todavía una especie en extinción tan atrasada como un adulto de «moral decadente» al que Myaha hubiera vendido su cuerpo, teniendo además la suerte de que se tratara de un agente de medicamentos.
—Las he fabricado, con el Medicare —contestó Myaha como si fuera lo más normal del mundo.
Y de ningún modo me pareció que estuviera mintiendo o tirándose un farol. Kyan, poniendo las manos sobre los hombros de Myaha, dijo también algo que reforzó todavía más mi impresión.
—Claro, es que Myaha puede incluso usar el Medicare para matar a toda la población de la ciudad sin dejar ni uno. Así que para ella preparar un fármaco como este es de lo más sencillo.
Myaha, sin volverse hacia esa Kyan que tenía a su espalda, se limitó a poner los dedos suavemente sobre la mano izquierda que ella tenía apoyada en su hombro.
Kyan era como un acólito de Myaha. Al igual que nosotras dos, coincidía en pensar que había algo anormal en este mundo en el que no existía lugar para ella, pero, aun así, era la menos valiente y, si alguien le gritaba, enseguida acataba dócilmente lo que fuera. Era una miedica.
—Yo estoy dispuesta a «marcharme». Twan y Kyan, ¿qué vais a hacer?
Me quedé unos instantes mirando las pastillas que Myaha hacía rodar en la palma de su mano.
Esas bolitas insignificantes iban a eliminar todas las sustancias nutritivas de cualquier alimento que yo ingiriese.
De manera que, a ojos de los demás, yo estaría desayunando o almorzando normalmente, pero en realidad avanzaría un paso tras otro hacia la muerte por inanición.
Si llegáramos a adultas, el WatchMe del interior de nuestro cuerpo detectaría la desnutrición e informaría al servidor del consultor de salud, que prorrumpiría en gritos y gemidos, haciendo que el Biogobierno enviase una ambulancia al instante.
Solo podíamos hacerlo antes de llegar a adultas, ahora.
Cierto, este era el único momento posible. Ahora que habíamos conocido a alguien con un talento tan extraordinario como Myaha Mihie. Si dejaba escapar esta ocasión, yo no sería capaz de hacerlo por mí misma en la vida.
—Yo también lo haré —contesté antes de darme cuenta, sin saber cuánto tiempo me había quedado contemplando aquellas pastillas.
Kyan, aunque parecía un tanto temerosa, terminó por asentir también. Ya no quedaba nadie en el aula. Cada una de las tres escogió sus pastillas, nos las echamos a la boca y las englutimos de un trago.
Por supuesto que yo no me morí.
Y trece años después de aquello, me encontraba en el Sáhara expulsando un humo violáceo entre mis labios fruncidos mientras aguardaba a que Étienne y los demás compañeros terminaran de meter las cajas de madera en el compartimento trasero del vehículo acorazado.
El tuareg, ese guerrero kel tamasheq , fumaba un puro igual que el mío mientras miraba cómo, en un lugar un poco apartado, uno de sus subordinados abría un plato parabólico portátil de pequeño tamaño.
—Hace tiempo que me llaman la atención. ¿Qué son esos platos?
Cada vez que asistía a una transacción de esta clase, veía el mismo panorama.
Era como un transmisor sacado de algún anticuario y que para permitir el intercambio de voz necesita del apoyo mecánico de unos auriculares.
Para alguien como yo, acostumbrada a reproducir temas musicales de una lista a partir de los auriculares implantados en mi cuerpo, resultaba una imagen de lo más extravagante.
—¿Hmm? Ah, ¿eso? Es para las ondas ultracortas.
—¿Y para qué se usa? ¿Quién escucha hoy en día algo semejante a una radio de ondas ultracortas?
—Es para comunicarnos con un camarada que está en la Estación Espacial Internacional.
Menuda sorpresa. Y yo que creía que desde que aquel marco denominado Estados Unidos de América se hizo pedazos con el Maelstrom, todos sus proyectos de actividad espacial se habían ido directos a la papelera…
—No sabía que ahí viviera todavía alguien.
—Varios Biogobiernos compraron la estación de forma conjunta y la utilizan para la formación del espíritu astronáutico.
Llevan a cabo actividades espaciales como parte de la educación de una serie de estudiantes selectos.
Uno de nuestros jóvenes consiguió seleccionarse en unos exámenes que solo aprueba una persona de cada diez mil.
Al llegar ahí, el guerrero tamasheq se remangó con un gesto teatral el brazo izquierdo para mostrar un reloj de pulsera que bien podía calificarse de «antigüedad».
—Justo ahora debe de estar pasando por encima de nosotros.
—Qué suerte tuvo de que no le eliminaran por su historial, al ser combatiente de un conflicto armado.
—Él se crio en Malí. Su nacionalidad es también la de República de Malí.
Hay que tener en cuenta que, oficialmente, con quien combatimos nosotros ahora es con el Gobierno de Níger.
Tenemos camaradas por todas partes con diversas nacionalidades.
Es un punto fuerte característico del pueblo de las caravanas.
—¿Y qué aporta él desde el espacio? ¿Decir cosas como «la Tierra se ve azulada»? Como vuestros turbantes…
En el mismo instante en que lancé mi ironía, el joven junto al «plato», concentrado en los toscos y anticuados auriculares, empalideció hasta que su rostro cobró un tono azulado cercano al de su vestimenta. El jefe de los guerreros lo notó también y, girándose hacia el joven, le dijo:
—Tranquilízate. ¿Qué sucede?
—Una comunicación desde arriba. Parece que un aparato de reconocimiento, probablemente un WarBird, vuela hacia aquí. Debe de ser del Ejército de Níger. Es un aparato de reconocimiento, pero su silueta es anormal. Dicen de arriba que puede ser un bombardero camuflado.
Un relámpago de tensión pareció recorrer el rostro de Étienne y de sus compañeros.
Una transacción ilegal entre los kel tamasheq y el Grupo de Observadores de la Tregua, aunque su contenido fuera el intercambio sin dinero de por medio de alcohol, tabaco y otros cuantos desmañados artículos de lujo por unos patch antipatógenos de tratamiento médico patentado, no podía traer nada bueno en caso de que quedara registrada en imágenes.
—Ahora entiendo por qué siempre escogéis el lugar y la hora de las transacciones de un modo tan riguroso —comenté con un suspiro.
En pocas palabras, ajustaban el lugar y la hora de la transacción al momento en que pasara por encima la órbita de aquella estación espacial similar a un museo a donde habían enviado a su joven espía. Es decir, que nosotros también éramos vigilados por el pueblo tuareg en esos momentos. Vaya, vaya.
—Efectivamente. Sin el apoyo que nos presta el joven que se halla en el espacio, nosotros también nos sentimos inseguros con esta clase de transacciones. Y es que, se mire como se mire, estamos en el campo de batalla. Él es nuestro sustituto de un satélite de reconocimiento.