03 #2
—A nosotros también nos gusta un punto intermedio, a decir verdad.
Ese que está ahí, Étienne, también piensa lo mismo, y en el campamento de Níger del Grupo de Observadores de la Tregua, donde se halla estacionado el Ejército Médico, hay unos cuantos compañeros esperando nuestro regreso que opinan que lo mejor es «un punto intermedio».
—Sois una tribu bastante extraña. Si hay tanta gente que gusta de ese «punto intermedio», ¿por qué sois vosotros mismos quienes os atáis con una serie de prohibiciones tan extremas en ese sentido?
—Por desgracia, esa gente somos una minoría.
Los seres humanos somos unas criaturas que vivimos con el miedo continuo de que, si no establecemos unas prohibiciones extremas y nos esforzamos por respetarlas en todo momento, perderemos lo ganado y nos sumiremos en un terrible caos.
En principio, somos así. La gente temerosa siente que lo del «punto intermedio» no es suficiente.
Y la mayoría de las personas de nuestro mundo pertenece al grupo de los temerosos.
A pesar de que, si uno sabe utilizar con habilidad el monedero, no debería ser necesaria la hucha.
—¿Qué es eso que llamas hucha? El monedero sí lo conozco, pero…
—Yo tampoco lo entiendo del todo. Ni tampoco lo del monedero. Son expresiones antiguas, de los tiempos en que el dinero tenía existencia física, pero todavía se conservan.
Expresiones antiguas. Pero si me preguntan quién me las enseñó, pues no fue otra que Myaha Mihie.
—Es decir, que si todos vosotros poseyerais la capacidad de degustar el «punto intermedio», no tendríais la necesidad de enzarzaros en una lucha contra nosotros.
—Efectivamente, así es.
Mientras yo hablaba con el guerrero, a mi lado Étienne y sus compañeros recogían las cajas de madera que traían los tuaregs y comprobaban su contenido.
Étienne era francés. Su aspecto se correspondía con el de un corpulento «macho», pero en lo que yo confiaba era en el sentido estético que corría por todo su cuerpo.
En cuanto a su faceta protestona, probablemente no exista otra nacionalidad que supere a los franceses en ese campo.
Entre el serrín que llenaba las cajas había un buen número de artículos ante cuya vista se desmayarían los probos ciudadanos de los Biogobiernos.
A pesar de lo cual, resultaban imprescindibles para todos aquellos que compartían dichos gustos.
Cuando nos lleváramos aquello a nuestro campamento, quedaría distribuido todo en menos de una hora.
Porque hasta ahora así había sucedido todas las veces.
Ni que decir tiene que la distribución tendría lugar después de que el compañero A, que me había extraído la célula de memoria del servidor, Étienne y los suyos, así como yo misma retirásemos nuestra parte del anhelado producto.
Efectivamente. Una vez convertida en adulta, escogí esta manera de huir, aunque fuera un poco, de la sociedad. De esa sociedad que mataba a la gente poco a poco por asfixia con su cariño y comprensión. Con una forma disimulada, artera, de lo más despreciable.
Lo que hacía falta para apartarse de ella eran dos cosas:
listado: ítem
i: aparentar que uno aceptaba convertirse en adulto
i: engañar en todo momento al sistema simulando ser adulto
/listado
Había oído que hace mucho mucho tiempo, cuando los alumnos problemáticos querían fumar tabaco, se escondían en los retretes o tras la fachada posterior del gimnasio para hacerlo.
Este es otro de los conocimientos adquiridos gracias a Myaha.
Lo que Myaha no sabía era que ahora, para poder fumar a escondidas, ya no bastaban los retretes del colegio, sino que había que ir al campo de batalla.
Quedaba al libre albedrío de cada cual considerarlo como algo patético o como una soberana estupidez en la que se jugaba uno la vida por satisfacer un placer insignificante.
Con todo, hay algo que me gustaría decir, y es que antes de llegar a este lugar ya había probado otras muchas cosas y perdido algo muy importante.
Esas muchas cosas son la hiperfagia y la anorexia.
La pérdida importante fue la vida de Myaha Mihie.
La vida.
El conjunto de moléculas medicinales que contribuyeron a crear mi padre y su amigo había borrado de este mundo la mayoría de las enfermedades.
El sistema llamado WatchMe, de monitoreo corporal permanente, llevaba a cabo a nivel molecular una vigilancia incesante de los errores de transcripción del ARN en la sangre o de la uniformidad inmunológica y, si encontraba algún elemento que se apartaba de lo debido, lo eliminaba sin tardanza.
La fábrica familiar de medicamentos Medicare que poseía cada hogar preparaba al instante la sustancia necesaria para destruir la materia nociva existente en las albúminas de la sangre, y era enviada de manera localizada al área que tuviera por objetivo.
—Oye, Twan, ¿te apetecería morir conmigo?
Cuando Myaha me dijo eso, habló con la misma decisión de costumbre.
A pesar de que soltara cosas que, si las oía un tercero, no iba a limitarse a fruncir el ceño, lo hacía de forma abierta, y en esa ocasión estábamos en el aula en un momento en que todavía quedaban varias compañeras dentro.
Puso el codo en mi pupitre, como hacía siempre.
Y es que, no sé por qué, pero tenía la sensación de que seguro que en algún momento me haría esa clase de invitación.
Por eso, apenas me sorprendí cuando me habló en público de esa propuesta de suicidio conjunto.
Ni tampoco cuando me dijo que lo pusiéramos en práctica ya, enseguida.
Era la única forma de que pudiéramos escapar de este lugar.
Así era como pensaba. Al lado de Myaha estaba de pie Kyan, aguardando mi contestación con rostro muy serio.
Así y todo, a la hora de morir resulta necesario establecer un orden para los preparativos.
En especial cuando se vive en un entorno de escasez de niños y decrecimiento de población donde no paran de machacar con la postura de «corrección pública» que sostiene que el cuerpo que tenemos es «público» y un «preciado recurso de la sociedad».
—Hace muchísimo tiempo, los expertos en lo tocante a la prohibición del suicidio eran los católicos —dijo Myaha con la serena voz de costumbre cuando nos transmitía sus conocimientos—.
Decían que la vida nos había sido concedida por Dios.
Dios nos había adjudicado dicha vida, nos gustase o no.
Por eso las personas, que no éramos más que simples corderos, no debíamos arrebatarnos la vida por nuestra cuenta.
De ahí que los suicidas fueran aborrecidos de manera especial.
Debían vagar hasta el día del Apocalipsis por el limbo, un lugar que no era el cielo ni la tierra, y se los enterraba en mitad de los cruces de caminos.
Como castigo por haber traicionado a Dios.
—No parece que a nosotras nos vayan a enterrar en medio de un cruce de caminos, ¿verdad? —dijo Kyan sonriendo inocentemente.
Cuando vi aquella sonrisa, no pude evitar sentir cierto hartazgo. Myaha ignoró el comentario de Kyan y continuó hablando.
—Y quien ha heredado aquel dogma católico es, curiosamente, nuestra sociedad sanitaria, rebosante de cariño.
La doctrina de la vida como algo otorgado por Dios se ha convertido en la de «el cuerpo como bien público» dentro del vidalismo de la sociedad sanitaria.
Nuestra vida ha pasado de pertenecer a Dios a pertenecer a todo el mundo.
Hoy en día existen demasiados significados posibles en torno a la expresión «proteger la propia vida».
Cierto. Myaha tenía razón en lo que decía.
Precisamente por eso sentía que debíamos morir.
Porque nuestra vida se hallaba protegida en exceso.
Porque todo el mundo se preocupaba en exceso por los demás.
Pero, aun así, morir sin más no servía. Tenía que hacerse de alguna forma que se burlara de nuestra salud en sí misma. En aquel entonces nos encontrábamos obsesionadas con dicha idea.
—Antiguamente existían los reyes —siguió Myaha—.
La gente echaba al rey para intentar cambiar el mundo , aunque fuera un poco.
Eran los ciudadanos los que echaban al rey.
Es decir, todos. Pero, aunque fuera así, en aquella época el flujo de información era demasiado deficiente como para que pudieran decidir entre todos la política, así que nacieron los Gobiernos.
Entonces, cuando la gente acabase otra vez harta, tendría que terminar con los Gobiernos.
La voz de Myaha mientras decía eso, más nítida y cortante que antes, estaba provista de una belleza que hacía estremecer la espina dorsal. Era igual que un acerado filo. Un cortante filo de hielo.
—Pero ahora es diferente. Cuando se acabaron los Gobiernos, lo que vino fue la sociedad de los Biogobiernos, y ya no existen personas que los derriben. Porque todo el mundo es feliz, todos gobiernan y la unidad sobre la que gobiernan tras la parcelación es muy pequeña.
Myaha miró por la ventana a las compañeras que caminaban distraídamente hacia la verja del colegio por el camino de tierra para regresar a casa. Su mirada parecía querer abarcar todo el panorama a sus pies desde la altura del tercer piso del edificio escolar donde estábamos.