Harmony 02 #3
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02 #3

Esa es la titulación que ahora sí tengo, porque me fue necesario obtenerla por cuestiones de trabajo, pero de la que, obviamente, carecía de niña.

Además, de entrada, siendo una chica de bachillerato preocupada solo por su crecimiento, me gustaría saber de qué parte de su cabeza, pecho o vientre iba a surgir una motivación para algo como el conocimiento histórico.

Por eso, no conocía absolutamente nada de ese medio de comunicación extinto hacía tiempo que eran los libros, ni tampoco había oído nunca que se tratara de un artículo que se comercializara a elevados precios entre un puñado de gente excéntrica.

No es que Myaha me llamara la atención por nada especial. Simplemente pensé: «Anda, si está ahí». Nada más.

Sin embargo, ella me descubrió.

Myaha embutió el libro en su cartera y se acercó a mí con pasos desgarbados.

Me sorprendió ver su rostro tan inexpresivo.

Seguí avanzando hacia ella, mirándola a la cara, pero con intención de pasar de largo.

Sin embargo, Myaha, que me había reconocido, se aproximó con unas cuantas zancadas y señaló la jungla de barras.

—¿Sabes por qué esas barras están retorcidas como un guiñapo? Para que se sincronicen con el movimiento de los niños.

Me quedé estupefacta al ver que de pronto soltaba aquello sin ningún prolegómeno. No supe qué decir. Myaha se dio cuenta de mi desconcierto y continuó hablando sin esperar más.

—Para que los niños no se maten. Antiguamente, algunos niños murieron en esas junglas de barras. ¿Lo sabías?

Negué con la cabeza. Sin decir nada. Como si fuera tonta.

Nunca había oído hablar no ya de esas muertes accidentales, sino ni siquiera de niños que se hubieran herido con esas junglas de barras.

La voz de Myaha tenía un tono tan suave como el de una flauta, pero a la vez acumulaba una frialdad que borraba de un plumazo cualquier emoción y mantenía mis oídos como atados por un hechizo.

—Las junglas de barras tipo gimnasio estaban hechas de metal hasta principios del siglo XXI. Eran tubos entrelazados como barrotes en formas geométricas tridimensionales.

—¿Y si entonces alguien se caía desde arriba?

—No pasaba como con las junglas de barras actuales, que se mueven enseguida para recoger al que cae.

Porque a las barras metálicas de entonces no les habían conferido inteligencia ni mutabilidad; de hecho, ni siquiera flexibilidad.

Hubo niños que murieron por fractura de huesos al golpearse la cabeza o el cuello contra aquellas barras tan duras.

Y los areneros eran un foco de virus y bacterias, así que los parques infantiles eran, por decirlo claramente, lugares muy muy peligrosos.

¿Se puede saber por qué demonios la chica más rara de la clase se pone a hablarme precisamente a mí de la arqueología de las junglas de barras? No entendía a qué venía su actitud, pero le seguí la corriente.

—Entonces, los parques de antes eran muy diferentes de lo que hoy día llamamos «parque», ¿no?

—No tanto. El aspecto general apenas ha cambiado en este último siglo.

Sigue habiendo árboles y aparatos para que jueguen los niños.

También había críos que, como nosotros, se sentaban en los bancos a leer libros.

La diferencia consiste en que ni los areneros ni las junglas de barras ni las escaleras en forma de arco poseían una inteligencia destinada a pensar en la seguridad de los niños.

—¿Eso que estabas mirando antes era un libro? —le pregunté sorprendida.

Porque lo cierto es que aquella era la primera vez en mi vida que había visto ese objeto llamado «libro».

—En efecto, Twan Kirie. Eso que tenía en la mano era un libro. Siempre lo llevo conmigo y los ratos libres que tenemos entre las clases, por lo general, los paso leyéndolo.

Al terminar de hablar, Myaha sacó el libro de su bolso escolar y me lo enseñó. En la portada ponía: El hombre sin atributos .

—No sé, pero por el título parece bastante aburrido.

Cuando oyó eso, Myaha pareció alegrarse.

—Ajá. Cuando estoy en el aula, me comporto como si en mi lugar solo hubiera aire, pero, aunque a pesar de ello debo de llamar la atención, y más por no juntarme con el resto, tú ni te fijabas en que paso el tiempo mirando un objeto tan estrafalario como los libros.

Tal y como imaginaba, eres una chica de la que sí cabe esperar algo.

Quizá sea un poco inmodesto decirlo, pero, dentro de los alumnos de esa clase, soy una chica con un montón de particularidades 3 .

Me hallaba estupefacta. Ciertamente, siendo una chica que en clase no se juntaba con ningún grupo y que se limitaba a estar quieta mirando algo, algo además tan raro como un libro, llamaba la atención aunque quisiera evitarlo.

Pero, a pesar de ello, nunca había dado a ese hecho el peso que ahora ella me atribuía.

Sin embargo, en el caso de los demás no era así.

Por lo menos al principio, cuando todos se esforzaban por hacer buenas migas con ella o ayudarla en lo que necesitara.

De hecho, yo era la única que no había hecho caso a Myaha.

—Si hay alguien que no quiere mezclarse con los demás, le dejas a su aire.

Tampoco te dedicas a darle consejos. Esa es la clase de persona que realmente deseas ser.

Perteneces a un grupo de amigas y en los días libres haces también actividades de voluntariado, pero, en definitiva, de lo que más te preocupas es de ti misma.

A ti no te importa todo eso de la armonía.

Por eso tampoco te habías fijado en ese estrafalario acto mío de leer libros.

Había dado en el clavo.

Había dado en el clavo, pero se trataba de algo que hasta entonces nadie había sabido descubrir. Me turbó un poco y, mientras me apresuraba a buscar la manera de reaccionar, me salió una pregunta estúpida que se apartaba de la cuestión principal que ella planteaba.

—Pero los libros pesan y ocupan. Son incómodos de llevar, ¿no?

—Sí, pesan y ocupan, pero por eso mismo los llevo, Kirie-san. Pesar y ocupar son actos que van contra la sociedad de hoy en día.

La voz con que hablaba Myaha era como la que usaban los hombres con garganta idónea para sopranos.

Tras estas palabras, la chica echó a andar llevando la cartera a su espalda con una mano.

Aun cuando recuerde ahora la escena, no sé exactamente qué fue lo que me llevó a seguir tras aquellas espaldas.

De lo único que me acuerdo es de que sentí que cada una de las palabras de Myaha incidía de un modo placentero en el núcleo de una serie de cosas que hasta entonces no había sido capaz de expresar correctamente.

O quizá se pueda decir que ella pulió nuevamente la mortífera arma herrumbrosa que desde un primer momento yacía en el agua salada de mi mar interior.

Por cierto, que, cuando un día posterior pregunté a Kyan por ello, me dijo que ella también había conocido a Myaha en el parque.

—Pues bien, ahora llega la Q 4 : ¿crees que una persona que nunca se ha caído en su vida puede llegar a morir sin ser consciente de que se ha caído?

Myaha lanzó su pregunta mientras seguía caminando, sin volverse hacia mí. Lo único que yo veía de ella era la parte trasera de su cabeza, pero me daba la impresión de que, sin duda, debía de estar sonriendo alegremente.

—¿Te refieres a lo de las junglas de barras?

—No solamente, pero, bueno, da igual. Digamos que sí.

—Supongo que sentir miedo cuando nos caemos es una reacción instintiva del ser humano… —contesté.

Aun cuando la hipótesis de «no haberse caído nunca en la vida» supusiera una experiencia con escasas probabilidades de existir, no me parecía que por algo tan simple pudiera borrarse del cerebro humano el miedo hacia una caída.

Myaha contestó con un impreciso «Hmm», que lo mismo podía interpretarse como acuerdo que como desacuerdo. Acto seguido, añadió:

—Así que esa es tu A… Porque se trata de un instinto, en definitiva, porque la naturaleza ha hecho así al ser humano. ¿No es eso?

—Sí.

—Kirie-san, ¿tú te has caído alguna vez en algún sitio?

Recordé un episodio de la niñez. Había ido a un campamento y, al resbalarme en unas rocas, me caí a un arroyo.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Había oído decir que cuando sufrimos un accidente, ese instante nos parece anormalmente largo, pero, en mi caso, casi al mismo tiempo de comprender que había resbalado, ya me encontraba en el agua.

Al parecer, me golpeé una pierna al resbalar en las rocas y, cuando abrí los ojos en el arroyo, vi que el agua en torno a mi pantorrilla derecha presentaba una nubecilla ondulante de suave color rojo, conectada a un hilillo bermellón parecido a la seda que salía de mi herida trazando una línea curva.

Una trucha nadaba en torno a aquel hilillo como si quisiera enredarse en él.

Mi padre acudió enseguida en mi ayuda y me curó con el botiquín portátil que llevaba.

Pero todavía hoy puedo recordar el aspecto sensual que ofrecía ese hilillo rojo ondulando en la corriente.

La herida en sí se cerró mediante una pasta medicinal a base de una de esas sustancias que, según Myaha, podría matar a cincuenta mil personas y, aparte, un líquido generado por un tanque de moléculas de uso también medicinal fabricó unos anticuerpos que evitaban infecciones y patógenos.

Mi padre unió aquel líquido al puerto de medicación existente bajo mis omóplatos.

—¿Qué sensación tuviste en el instante de caer, Kirie-san? —preguntó Myaha parándose en seco y girándose hacia mí.

Le contesté con toda sinceridad que sucedió tan rápido que no sentí nada; que, cuando me quise dar cuenta, ya estaba en el agua.

—Ah, vaya…

Myaha pareció perder el interés y, volviendo a mirar hacia delante, reemprendió la marcha. Yo, siguiendo tras sus pasos, le pregunté:

—Mihie-san, ¿quieres decir que una persona que no se ha caído nunca no siente miedo a caerse?

—No exactamente. Pero puede olvidarse de ello. Al igual que ahora, en nuestros días, todo el mundo vive sin acordarse de las enfermedades, ¿no?