Harmony 02 #2
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02 #2

No hacía falta ni preguntarle en qué sentido se consideraba «bastante afilada». En su calidad de enemigo público. De perro rabioso que soñaba con el día en que le gastaría una jugarreta a ese mundo que con tanta delicadeza y amabilidad nos asfixiaba apretándonos el cuello con una banda de algodón.

—Por eso, creo que, si unas cuantas personas nos proponemos hacerlo, se podría incluso acabar en un instante con todos los habitantes de Japón. Es solo cuestión de proponérselo.

—Pero no se debe hacer eso —dijo Kyan.

Sin embargo, aquellas palabras me sonaron un tanto impostadas.

Mejor dicho, recordándolo ahora, quizá el mismo sentimiento de odio que expresaba Myaha fuera compartido también por mí.

En realidad, yo misma nunca había pensado a fondo si eso era algo que no debía hacerse ni tampoco por qué no debía hacerse.

listado: ítem

i: porque tengo un padre

i: porque tengo una madre

i: porque tengo amigas

/listado

¿Sería por eso? Sin embargo, lo cierto era que, dejando aparte a mi familia, yo no tenía nadie más a quien pudiera llamar amiga que esa Myaha que nos incitaba a fabricar gas venenoso con el Medicare casero y esa Kyan que nunca se paraba a pensar en nada.

—En cualquier caso, parece que te tomas muy en serio eso de «proponérselo», ¿no? —le dije con una sonrisa.

Myaha también sonrió con aire alegre.

—Sí, muy en serio. Pero, para cuando nosotras lleguemos a la edad adulta, seguro que pensar cosas así será un crimen.

—Pero, solo por pensarlo, nadie vendría a detenernos, ¿no?

—No se trata de la policía. Hablo de mi corazón, del alma.

Tras decir eso, Myaha agarró de pronto uno de esos pechos míos que estaban creciendo.

El seno izquierdo. El más cercano al corazón.

Abrí al máximo los ojos por la sorpresa, pero Myaha, mientras se ponía a magrear esa teta con la mano, comenzó a hablar con expresión muy seria. Kyan, que estaba con nosotras, contenía el aliento ante lo repentinamente que había sucedido todo.

—Para cuando se detenga el crecimiento de esta teta, todas nosotras deberemos tener en nuestro cuerpo el WatchMe.

Se diría que los dedos de Myaha se movían con la intención de estrujar mi seno, como si quisiera grabarme el dolor en él, agarrándolo con mucha fuerza.

—Un conglomerado de medimoles que vigilan el cuerpo.

Unas moléculas insignificantes que convierten el cuerpo humano en palabras.

De esa manera, cualquier situación corporal nuestra que pueda imaginarse es transformada en vocabulario de medicina y es entregada a unos parlamentarios evaluadores rebosantes de la ternura de nuestro Biogobierno.

—Su… suéltame ya, Myaha.

Pero Myaha, ignorando mi disgusto, continuó hablando sin dejar de manosearme.

—¿Tú serías capaz de aguantar eso, Twan?

—Lo que no puedo aguantar es lo que está haciendo tu mano.

Pero, a pesar de lo que dije, la mano de Myaha no cejó en su acoso y, con la sonrisa de costumbre, ignoró mi protesta y continuó hablando.

—¿Quieres decir que podrías soportar algo como que esa gentuza cambiara tu propio cuerpo por palabras? Yo, ni de broma.

Myaha me encontró en el parque. Cerca de unos padres vestidos con un chándal rosa, a cuál más arrugado, que miraban cómo jugaba su hijo pequeño, había una chica de mi misma edad sentada en un banco leyendo un libro.

Era Myaha Mihie. La conocía de vista porque iba a mi clase.

Mejor dicho, no había nadie que no la conociera.

La espeluznante.

Eso era lo que pensaba todo el mundo de Myaha. Tanto chicos como chicas, varios grupos de alumnos habían intentado atraer hacia sí a aquella chica que era quien sacaba mejores notas en la clase, pero Myaha no se pegaba a ningún grupo y continuaba manteniendo en el aula un bello aislamiento.

Alguno de los grupos interpretaba aquello de manera equivocada, sintiendo lástima por ella.

Y es que lo natural era pensar que se trataba de una persona desdichada.

Las chicas que así lo creían a veces la invitaban a comer juntas el almuerzo traído de casa o se ofrecían a intercambiar mensajes con ella, intentando atraer la atención de Myaha de diversas maneras.

Vivimos tiempos en que todos se preocupan mutuamente unos de otros.

A nuestra generación, que se ha criado impregnándose de la buena voluntad que le han impuesto, le resulta muy difícil asimilar algo tan inconcebible como la existencia en su entorno de alguien que rechace de manera entusiasta esa amabilidad. Se trata de algo que no tiene remedio.

Porque nuestra generación se ha criado bajo la enseñanza de que ser adulto consiste en mostrar afecto unos hacia otros, apoyarse e interpretar entre todos una armonía.

listado: ítem

i: ama a tu prójimo

i: si te golpean la mejilla derecha, pon la izquierda

/listado

A nosotras también nos han enseñado que convertirse en una persona así es lo que significa llegar a adulta. Porque, después de haber experimentado aquella catástrofe denominada Maelstrom, la especie humana, sin distinción de latitudes, se vio abocada a transformarse en ese sentido.

listado: ítem

i: libertad

i: fraternidad

i: igualdad

/listado

Myaha odiaba esa clase de sociedad.

Quizá los padres no puedan elegir a sus hijos, pero no es menos cierto que los pequeños no pueden elegir absolutamente nada; así que Myaha, como otra de sus muletillas, solía decir que por lo menos estaría bien que el mundo pudiera ser a gusto de una.

Por eso, cuando se le acercaba con todo su afecto un chico o una chica, al principio los rechazaba cortésmente y, si insistían demasiado, terminaba por decirles con displicencia:

—No tengo interés en una simple persona.

Parecía que les estuviera diciendo que, si no se trataba de un extraterrestre o de alguien con poderes paranormales, no había nada que hablar.

Era igual que la princesa Kaguya 2 , que ponía condiciones absurdas a sus pretendientes.

Lógicamente, cuando las respuestas llegaban a este punto, no había nadie tan ingenuo como para interpretar positivamente un rechazo tan descarado pensando que en realidad le gustaba mucho, mucho, muchísimo y contestaba lo contrario por coquetería o que se trataba de una mera cuestión de carácter frío.

Por tanto, ¿significaría que Kyan y yo no éramos para ella unas simples personas?

Puede que, en cierto sentido, eso fuera un motivo para enfadarse.

Así es que yo tampoco me sentía a gusto en ese colegio y, en la medida de lo posible, intentaba pasar la mayor parte del tiempo metida en casa, pero, en principio, digamos que entré en uno de los grupos de amigos existentes.

Creo que aquello era el único resto que quedaba en mí de sociabilidad.

Intentando borrar mi presencia con un perfil bajo, todos los días rezaba por no tener que intervenir en el tema de conversación que saliera esa mañana en el grupo.

Me encontraba extenuada por la amabilidad que me demostraban aquellas amistades.

declaración

la amabilidad exige una amabilidad de carácter compensatorio

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La consideración que me mostraban los profesores, los padres o toda la gente de alrededor me asfixiaba en silencio.

Hace muchísimo tiempo, por lo visto existía algo que llamaban «acoso».

No sabía exactamente en qué consistiría aquello y, con quince años recién cumplidos, nadie me lo había enseñado, pero al parecer se trataba de una especie de ataque colectivo de un modo especial hacia unos niños determinados.

En cualquier caso, era algo que había desaparecido de la sociedad de forma natural.

Después del Maelstrom, los ataques hacia un recurso humano tan preciado como los niños, aun cuando se tratara de un asunto entre los propios pequeños, era algo que no podía permitirse.

Consciencia de ser un recurso.

La gente llamaba «recurso humano» a su percepción social, al deber.

Al cuerpo como bien público. Los educadores decían a la población: «Tienes que ser consciente continuamente de que eres un recurso imprescindible para este mundo».

Circulaban lemas entre la especie humana como «Cuidemos de nuestra vida» o «La vida humana vale más que la Tierra».

Si yo hubiera nacido hace un siglo, ¿habría sufrido acoso?

Seguro que sí, me gustaría que así fuera. De ningún modo estaría en el lado de los que acosan.

Un día en que regresaba del colegio pensando en ello, vi a Myaha sentada en un banco del parque con algo en la mano, cerca de una jungla de barras para gimnasia infantil.

Tardé un poco en comprender que lo que tenía en la mano era un medio de comunicación extinto, un libro.

En otras palabras, yo era una alumna de bachillerato y, al igual que el resto de las compañeras, una ignorante en cuanto al pasado.

Una parte del pasado, en particular lo tocante a las imágenes, se hallaba censurado y alcanzaba a imaginar que en dicha parte vetada existirían crueles escenas de cadáveres, pero hacía falta una titulación especial para poder acceder a ellas.

El motivo por el que resultaba difícil ver en la Biblioteca Completa Borges la mayor parte de las producciones de un medio de masas llamado cine que existía en el pasado era porque contenían escenas de violencia.

Para ver cine, para acceder a información visual que incluyera violencia, era necesaria una titulación estipulada por la ley.

Y la mayoría de esas producciones del pasado llamadas películas estaban excesivamente repletas de una violencia cuya autorización resultaba inconcebible en esa sociedad tan pacífica y refinada de nuestros Biogobiernos.

Título de tratamiento de información visual psicológicamente dañina.