CAPÍTULO 30 #3
―Déjame ir… Es lo que querías. ―Él estaba aceptando su destino―. Mira lo que te hice. ¡Mira tus brazos! ―Se refirió a las cicatrices claramente visibles en su piel; ni siquiera mil transformaciones demoníacas serían suficientes para desvanecer aquellas grietas.
La mujer hacía caso omiso. Intentó concentrar su transformación en sus brazos para tener mayor fuerza, pero su cuerpo estaba tan exhausto que se rehusó.
―Hanae… ―Kai liberó la transformación únicamente de su rostro para que la mujer pudiera ver su humanidad hablándole.
Posó sus ojos oscuros en ella―. Juro que mis intenciones cambiaron en cuanto te vi…
Me olvidé de mi misión y de mis objetivos.
Debido a mis dudas, fui condenado como un alma más en este plano…
―Su mano se zafaba poco a poco. A pesar de la fuerza que Hanae aplicaba, Nobukatsu cargaba su peso en las piernas de Kai―.
Cometí errores como demonio, ahora pido perdón como un humano.
―¡Si las cosas hubieran sido diferentes…!
―...hubiéramos sido una familia.
La tristeza se vio en los ojos de ambos.
Si bien eran medios hermanos, llegaron a amarse más allá de compartir la misma sangre. Era algo que no podrían borrar fácilmente y tendrían que aceptar sus errores cometidos bajo el desconocimiento. Sin embargo, la preocupación que habían construido el uno por el otro era genuina.
―Perdí la oportunidad de volver con mi familia… Todo lo hice para volver a ser quien era antes ―dijo con profunda tristeza reflejada en sus ojos, el arrepentimiento lo carcomía.
Hanae intentaba sostenerlo tanto como podía, pero ella comenzaba a deslizarse involuntariamente hacia esa brecha con ellos.
―Detente, ¡suéltame! ―gritó Kai. Hanae pudo jurar haber visto sus oscuros ojos humedeciéndose.
―¡No! ―Negó con la cabeza―. Puedo perdonarte… ¡Puedo perdonar lo que hiciste! Pero tienes que luchar. ¡Deja de ser tan terco, Kai!
Estaba dispuesta a dejar su rencor atrás con el fin de no perder al único que le hizo sentir tanto en tan poco tiempo; con el fin de no perder a aquel con quien compartía un pasado, además de un parentesco en su sangre.
Esto último era un dilema que tendrían que resolver, pero, para esto, Kai debía vivir.
―No sé qué me espera allá abajo, pero… ―Él esbozó una sonrisa―. Vive, Hanae, como yo nunca pude hacerlo… con humanidad.
Kai extendió su otro brazo para acariciar la mejilla ajena.
Un último toque en aquella suave piel que alguna vez anheló.
Una última mirada a aquellos ojos que esta vez lo observaban sin odio.
Luego, utilizaría sus garras para cortar su propia mano y liberarse forzosamente del agarre.
―¡No…!
Hanae extendió la mano, pero no había nada que agarrar. Kai y Nobukatsu cayeron al abismo del Limbo, perdiéndose en el blanco infinito de su interior. Un lugar donde ningún demonio se atrevía a pasar, creyendo que, peor que desaparecer, serían olvidados.
***
La guerra a las afueras de la Puerta del Infierno se había detenido.
Murieron personas, pero ningún demonio quedó para cantar victoria.
Sangre humana e inhumana se había esparcido por la nieve que lentamente se derretía.
Los cuerpos de los demonios se desintegraban, al mismo tiempo en que el sol salía detrás de las montañas.
«Si al amanecer no salgo, no intenten abrirlas», fue lo último que les dijo Hanae.
Sin embargo, las puertas se abrieron repentinamente.
Todos adoptaron posiciones de guardia, no tan listos para pelear una vez más.
Tuvieron bajas y estaban agotados, tanto física como mentalmente.
Fue una larga noche. Sin embargo, una figura femenina apareció, dejándose ver a través de las puertas.
A todos se les iluminaron los ojos al ver a Hanae Yoshida.
Hubo silencio mientras la mujer alzaba la vista al cielo y dejaba que el viento pasara a través de ella.
Sus cabellos oscuros, sucios por el agua, la sangre y la arena se removieron.
Luego vio a los guerreros del pueblo de Yokan.
Guerreros de la humanidad. Guerreros de una larga noche.
Pronto comenzarían a celebrar entre gritos, lloros y abrazos.
Hanae vio todo con impresión. Sentía gran agotamiento, pero, por primera vez, algo se iluminó dentro de ella. Probablemente… una sensación de paz.
Esbozó una sonrisa diferente a cualquier otra.
Una sonrisa que anunciaba una misión completada.
No había asesinado a Nobukatsu con sus propias manos, pero este había ingresado a un abismo del que jamás saldría.
¿Cómo se sentía al respecto? Intentaría averiguarlo.
Entre tanto, caería de rodillas ante la extenuación y la incredulidad de que todo había terminado; que la gran y aterradora trayectoria de su vida llegó a un punto de inflexión.
Hanae creyó haber visto el rostro de su madre entre las nubes, sonriéndole de vuelta después de un gran esfuerzo. O al menos eso quería creer; que ella estaba viéndola en alguna parte. ¿Todo valió la pena?
¿Ya puedo descansar, mamá?
Preguntó a las nubes, sintiendo que estas asentían con una sonrisa.
Los guerreros restantes fueron hacia ella para agradecerle e incluirla en la celebración, incluso Kito, quien le dio una mirada de aprobación. Sin embargo, Hanae se desplomó en el suelo, carente de fuerzas y sin sentir sus extremidades. Tan solo su corazón reduciendo su palpitar.
Ya podía descansar…
***
Más tarde, había despertado en la cabaña que le fue otorgada.
Por alguna razón, una parte de ella se decepcionó al ver que seguía viva.
Anhelaba un descanso eterno junto a su madre, pero solo se desmayó a causa del esfuerzo triplicado.
Tuvo batallas inimaginables en el Jigoku que jamás nadie comprendería o creería.
Se abrigó y salió al exterior, notando que la actividad en el pueblo de Yokan volvía a la normalidad, al menos dentro de lo posible, pues todos estaban alegres por la victoria y festejarían.
Sin embargo, también debían enterrar a sus muertos.
Los cuerpos de los demonios se desintegraron por la obsidiana que los guerreros usaron en sus armas y la sangre en el campo sería cubierta de nieve por lo que restara del invierno.
A cierta distancia vio a Kito, así que se acercó, fijando la mirada en la Puerta Infernal cerrada entre el blanquecino paisaje.
―Nos diste un buen susto ―reveló Kito después de unos segundos de silencio. También llevó su vista hacia la puerta―. La profecía se ha completado… Triunfamos en la guerra, eliminaste al supuesto «Rey del Infierno» y cerramos la brecha entre mundos nuevamente.
―No pude haberlo hecho sola… ―admitió.
Y no lo decía solo por el ejército de Yokan, sino por cada persona que intervino en su camino, aportando a que pudiera llegar a la puerta; incluso Kai, quien luchó hasta el final, a pesar de que no era su obligación ayudarla.
―¿Y luego…? ¿La profecía decía algo más?
―¿Algo más? ―Kito la miró con ligera confusión―. Lograste lo que querías, ¿no?
―Sí, pero…
Hanae bajó su mirada. Sentía un vacío extraño en ese momento. ¿Cuál sería su propósito ahora? Por años solo buscó asesinar a Nobukatsu y a los demonios que se interpusieran en su camino. Ahora que logró deshacerse de él, ¿qué seguía?
―Descubriste lo que significa vengarse, ¿eh?
―Kito posó una mano en su hombro―. Igual busqué lo mismo.
Por muchos años me empeñé en asesinar demonios por la muerte de mi esposa e hija.
Sabía que fue culpa de Nobukatsu, pero pensé que deshacerme de sus «enviados» era suficiente.
¿Sabes qué logré…? Nada. Me sentí peor y creí no encontrar la felicidad, pues estuve muy solo.
Diario me encerraba en un único pensamiento: asesinar a todos los demonios que encontrara.
Y jamás he sido tan hábil como tú ni he gozado de gran destreza. Ya te imaginarás.
Kito dobló un poco la tela de su pantalón para mostrarle las cicatrices profundas en su piel.
―¿Quieres un consejo? ―Acomodó nuevamente la prenda y volvió a ver hacia el horizonte―. Aprovecha el regalo que la vida te dio… de no envejecer tan rápido, y vive lo que no viviste por todos estos años.
Hanae lo miró, recordando las palabras similares de Kai.
¿Era eso lo que debía hacer?
¿Vivir en paz de una vez por todas? Quizás lo intentaría, aunque jamás ha conocido qué es la paz.
Al siguiente día se despediría del pueblo, especialmente de Kito y Yuki, prometiendo que enviaría cartas para que estuvieran al tanto de ella. Lo único que se llevaría de Yokan sería la flor invernal que la niña le había dado. Serviría como un símbolo de la esperanza.
Saldría de Hokkaido para volver a su ciudad natal, Kibi Plain, a la casa que alguna vez abandonó por el repentino asesinato de su madre.
Ese lugar sería su punto de partida para comenzar un nuevo capítulo en su vida.
Un capítulo en el que tomaría un rumbo alejado de la venganza que apenas se había extinguido.
Sin embargo, aquí no finaliza la historia de Hanae Yoshida.
La vida está llena de dificultades, derrotas y pérdidas…
La mañana puede ser oscura, las estrellas opacas y la esperanza débil.
Sin embargo, entre tanta oscuridad, siempre habrá un atisbo de luz.
Siempre existirán quienes luchen para alejar las sombras de los inocentes.
El amanecer puede estar a la vuelta de la esquina.
―Hanae