CAPÍTULO 30 #2
Sin dejarlo decir una palabra más, se abalanzó hacia Nobukatsu con sus espadas empuñadas con firmeza. Él la vio y, sin inmutarse, la golpeó con fuerza, causando que cayera a un lado.
Hanae rodó por el suelo y volvió a levantarse; intentó lo mismo, esta vez buscando ser impredecible, arremetiendo desde su espalda. Sin embargo, el demonio dio un corto paso a un lado, evitando el corte. Esquivó una segunda, tercera y cuarta vez cuando Hanae volvió a abalanzarse.
Él era inmenso, pero se movía con asombrosa agilidad, sin dar paso a los rasguños en su rústica piel. Veía la insistencia de la mujer en atacarlo, pero tenía poco resultado. El demonio parecía tener muy buenos reflejos.
La espadachina pudo ver a Belioth de soslayo; por alguna razón le divertía verla batallar. Ella, por su parte, decidió que apenas comenzaban. Redobló los embates sin ser atacada de vuelta, siendo veloz cuando el puño se dirigía a ella. Sin embargo, sus espadas apenas rozaban con la piel ajena.
Al ver que no estaba teniendo resultados, se transformó. Su forma demoníaca se presentó ante los ojos orgullosos de Nobukatsu, como si viera su propia creación. En parte… lo era.
―¡Magnífico! ―expresó Nobukatsu con orgullo, antes de que la espadachina volviera a arremeter.
La forma demoníaca le permitiría a Hanae aumentar su fuerza y habilidades natas.
Era un botón de emergencia; uno que había usado demasiadas veces durante su recorrido por cada nivel del Jigoku, así que no estaba en su máximo potencial.
De todas formas, esto no la detuvo, lanzándose con garras y espadas, viendo cómo Nobukatsu, a pesar de su peso, se lograba mover casi como una pluma.
La pelea, presenciada por tres testigos, llegó a un punto de quiebre cuando Nobukatsu tomó a Hanae y la empujó contra un pilar, causando que este se agrietara.
Luego la golpearía varias veces contra el suelo, como si fuera una muñeca de paja.
Había perdido la cuenta de las veces que otros demonios hicieron lo mismo durante sus batallas.
Al menos su transformación endurecía su piel, así que tenía una especie de escudo.
No obstante, el impacto fue tan fuerte que, cuando él la pisó, plantándole su pie en la espalda y manteniéndola boca abajo, sus escamas comenzaban a desaparecer; poco a poco volvía a su forma humana.
Uno que otro hueso en su columna se escuchó quebrarse debido al peso. Hanae gritó de dolor.
Una de sus espadas, específicamente la de su madre, se había roto: una mitad yacía clavada en el suelo. Algo en su interior padeció al ver los pedazos de lo único que poseía de su madre, además de los recuerdos.
―Es ridículo. Debiste aceptar mi oferta mientras pudiste.
Estaba aturdida.
Desde su perspectiva veía el templo tambalearse borrosamente. Ni siquiera intentó levantarse.
―Hubieras sido grandiosa, incluso más que Kai…
Entre todos los hijos que he engendrado con humanos, ustedes son los únicos que han sobrevivido y me han desafiado.
Sin embargo, tú… decidiste ser tan terca como tu madre.
Recorriste distancias, llegaste hasta mí, ¿y para qué?
¿Para asesinarme? ―Rió prepotentemente, sin despegarle el pie de encima.
Su risa hizo temblar levemente el templo―. Solo viniste a una muerte segura.
Posó una de sus garras debajo del cuello de la mujer, logrando que este sangrara con su roce.
―Humanos… Tan sentimentales. Creí que eras más como yo, pero eres tan débil como cualquier otro. Débil como tu madre.
Estaba a punto de asesinarla y terminar con todo. De estar maravillado por la transformación demoníaca de la mujer, pasó a estar decepcionado por su toma de decisiones. Hanae no podía despegar sus ojos afligidos de aquella espada rota. Sin embargo, algo se escuchó, una especie de rugido.
En el momento en que Nobukatsu alzó la vista en la dirección del sonido, algo golpeó su rostro fuertemente, causando que cayera a un lado.
Hanae parpadeó varias veces y una figura endemoniada se posó frente a ella: alta, con una armadura formada por su propia piel, y cuernos enroscados.
Tonos rojizos resaltaban en su cuerpo, sobre todo en sus pectorales.
Extrañada, vio cómo le ofreció la mano y una sensación de familiaridad la recorrió… Era Kai. Recordaba aquellas características en su brazo cuando intentó asesinarla.
―Espero que aún no te hayas rendido.
―¿Viniste a terminar el trabajo…?
―¿Te vas a quejar cuando vine a salvarte? No seas inoportuna, Yoshida. Levántate y ayúdame a terminar con ese desgraciado.
Hanae dudó, pero Nobukatsu volvía a levantarse, esta vez con más furia, así que prefirió enfocarse en el mal mayor. Aceptó la mano que le era ofrecida y se colocó al lado de Kai; siempre fue más alto que ella, pero en aquella transformación la superaba más en estatura.
―¿Qué es esto? ¡Te dejé apaleado junto a los condenados! ―dijo Nobukatsu, denotando impresión al verlos juntos.
―¿En serio? ―Kai bufó. Su voz varonil se escuchaba diferente, más profunda, con una ligera distorsión―. Se te olvida que soy tu hijo… Al parecer la terquedad es de familia, así como la venganza.
Miró de reojo a Hanae. Vio las heridas que él mismo le causó y las nuevas debido a sus intentos de pelear con Nobukatsu. Apretó su mandíbula y soltó un suspiro pesado antes de abalanzarse hacia el demonio.
La espadachina iba a hacer lo mismo, pero dos de los jinetes que se encontraban ahí buscaron intervenir.
Ella resopló antes de transformarse desde las puntas de sus dedos hasta las alas de membrana rocosa que se formaron en su espalda.
Tomó la única espada que le quedaba. Le dolía no poder sostener la de su madre.
―Están en mi camino… ―dijo, e inició una pelea con ambos demonios.
Belioth se había quedado al margen, siendo testigo de todo.
A diferencia de Hanae, Kai no volaba, pero se movía con audacia y agilidad alrededor de Nobukatsu, llegando a confundirlo e incluso a marearlo. La diferencia de tamaño contra el gran demonio no era impedimento para Kai.
Al mismo tiempo, Hanae destrozaba a los jinetes con la espada entre sus garras.
Rebanó el pecho de uno y otro murió decapitado; su cabeza cayó a los pies de la semidemonio.
Cuando eso sucedió, volteó a ver a Belioth, quien solo llevó sus manos a su espalda, dando a entender que no se entrometería.
Admiraba a Hanae y, de cierta forma, también la respetaba.
Había perdido contra ella, algo que nunca antes le había sucedido. Él jamás perdía, pero no buscaría la revancha. Hanae decidió ignorarlo.
Cuando el paso estuvo libre para Hanae, se unió a la pelea junto a Kai.
El caos continuó en el templo, siendo dos contra uno; columnas cayeron y el trono se agrietó.
Ambos daban batalla, cayéndose y volviendo a contraatacar.
Nobukatsu tenía la victoria difícil, viéndose enfrentado por aquellos descendientes nacidos de un pacto con humanos.
Nunca antes había vivido algo igual en todos sus siglos de existencia. Incluso perdió una mano en el proceso.
Eventualmente, la batalla se trasladó hacia un río de aguas oscuras como el cielo, a los pies del templo. Nobukatsu cayó por las numerosas escaleras hasta llegar a orillas de la corriente.
Hanae había utilizado su única espada funcional, mientras que Kai arremetió con sus garras y armas de piedra infernal. Por primera vez, ambos vieron al demonio poseer una expresión preocupada.
―¡Desgraciados! ¡Débiles…!
Nobukatsu no se quería rendir, pero emitió un grito al recibir la espada de Hanae en uno de sus ojos. Seguido de esto, ella lo empujaría hacia el río. Para su sorpresa, era más profundo de lo que parecía, hundiéndose junto a él.
Lo arrastró y empujó hasta la profundidad que, en vez de oscurecerse, se aclaraba en un brillante blanco.
La mujer no se detuvo, determinada a eliminar a Nobukatsu.
Más adelante cayeron en espacio seco, carente de agua, aún en las entrañas del río; como si estuvieran en una cueva con el río sobre sus cabezas.
Fue como si dieran un salto fuera del agua, pero al revés.
Nobukatsu se golpeó mientras Hanae quedó ágilmente de pie.
Había una brecha que desprendía luz blanca; no parecía haber nada más que eso en su interior.
―Cuidado, es el Limbo… ―advirtió Kai en cuanto los alcanzó―. Si caes ahí, no tendrás salida. Es la Nada.
Hanae apenas le dio un vistazo a Kai antes de avanzar y quitar la espada del ojo de Nobukatsu, el cual rugió al sentirlo. Un hilillo rojizo salió de su cuenca, causado por la obsidiana en el filo.
Hanae necesitaba descansar, apenas y le quedaba energía, así que volvió a su forma humana, confiando en que estaban en la recta final para acabar con el demonio. A Nobukatsu le faltaban fuerzas.
―Hasta aquí llegas… ―Lo miró fijamente en el ojo restante―.
Volviste mi vida un infierno, mi madre murió por tu culpa, y otros más murieron por los demonios que enviabas detrás de mí.
Esta maldición que cargo ha sido un infierno sobre la tierra.
Eres la única razón por la que estoy viva. Por fin… llegamos a la conclusión.
Hanae alzó su espada en dirección al corazón del demonio.
―Nos vemos nunca, Nobukatsu.
Antes de que pudiera bajar la espada, el demonio la pateó, haciendo que se tambaleara hacia la gran brecha.
Se quedó sin aliento al ver cómo iba a caer en el Limbo, en la nada infinita.
Sin embargo, Kai no lo pensó dos veces y la empujó para apartarla.
Como consecuencia, Nobukatsu intentó sujetarlo con su única mano. Ambos forcejearon y cayeron.
―¡Kai! ―Hanae sujetó su mano antes de que el semidemonio se perdiera en la luz. Fue un movimiento impredecible en sí misma―. ¡Sube!
Kai se sorprendió al ver que no lo dejaba caer. Se preguntaba si acaso Hanae había olvidado todo lo que él hizo y… lo que causó; entre tanto, Nobukatsu se había aferrado a sus piernas con la mano que le quedaba.
Miró hacia abajo, viendo al demonio colgando con desesperación e ira, y luego a Hanae, quien lo sostenía con cada fibra de fuerza que le quedaba. Podía notarlo y, definitivamente, eso confundía a Kai en ese instante, sobre todo, después de lo sucedido entre ambos.