CAPÍTULO 30
JIGOKU
Las próximas peleas que tuvo fueron las más determinantes en toda su vida orientada a la venganza.
Se enfrentó en el Nivel de la Putrefacción.
Un espacio del infierno dedicado a ahogar las almas en sus propios vómitos y en las aguas nauseabundas de un río que corría sin parar; obligadas a llenar sus estómagos de puro sufrimiento ante los pecados que alguna vez cometieron en la tierra.
El Demonio de la Gula cuidaba aquel nivel; un ser andrógino, obeso y repleto de verrugas, igual de asquerosas que aquel infierno.
Su cuerpo era similar a un sapo con senos cargados de ácido, mientras que, en la cima, poseía un torso humanoide y una cabeza deforme.
En zonas de su cuerpo había bocas con innumerables dientes que giraban como sierras.
Disparaba líquidos ácidos que se asemejaban al río y daba saltos pesados hacia la espadachina, que terminó con él.
Hanae visitó el Infierno Marchito, un lugar desértico que carecía de luz y estaba repleto de la arena que alguna vez tuvo en sus manos.
Había vientos tan fuertes que causaban torbellinos y algunos relámpagos surcaban lo que parecían nubes.
Todo el espacio contenía cráneos u objetos que pudieran poseer valor en el mundo humano.
Los avariciosos estaban condenados a escarbar para encontrar sus extremidades o sus más profundos deseos en un mar oscuro e interminable de aquel polvo.
Cuando Hanae puso un pie en ese campo, las arenas se volvieron movedizas, buscando tragarla e inmovilizarla.
Eran controladas por el Jinete de la Envidia, quien tenía un largo cuerpo, similar a una serpiente, y cuatro patas como ganchos cerca de su cabeza femenina.
Sus ojos no tenían cuencas y sus facciones delicadas contrastaban con el horrible cuerpo que cargaba.
La espadachina tuvo una compleja pelea debido al terrible clima del nivel, siendo tragada por un torbellino mientras el enemigo guiaba relámpagos en su dirección.
Fue derrotado en otro lugar del Jigoku, el Infierno Reverso, un lugar que obliga a las almas perezosas a vagar por escalones infinitos, viéndose a través de los espejos esparcidos.
Los condenados que se negaran a avanzar, caían hacia los vidrios rotos en el abismo.
Hanae y el jinete llegaron ahí al hundirse mutuamente en las arenas negras, traspasando el suelo y cayendo en el espacio cristalino.
Hanae le hizo un corte que separó su cabeza del resto del cuerpo. Luego comenzaría a desintegrarse al caer en el abismo de cristal.
En el Infierno del Castigo, donde aquellos que cometieron diversos actos de violencia eran condenados a arrastrar cargas pesadas sobre sus hombros a la vez que caminaban en pisos de púas y eran azotados, Hanae se enfrentó al Demonio de la Ira:
un ser sin palabras en su boca que gritaba y gruñía como un animal.
Este atacaba con sus garras y largos cuernos enroscados sobre su cabeza en exagerados espirales.
Era similar a una cabra. También poseía vello en su cuerpo, como una especie de mamífero humanoide.
Por alguna razón, poseía la cabeza de un conejo de largas orejas sobre su lomo.
Lo asesinó después de cortarle uno de sus cuernos a la mitad, usándolo para clavarlo y enroscarlo en sus entrañas y, finalmente, sus espadas concluyeron el trabajo.
Finalmente, pasó al Nivel del Infortunio, un espacio helado.
Ahí se enfrentó a un jinete con el mismo nombre, nacido de las almas desafortunadas de los niños que murieron a destiempo.
Ahora sus rostros se plasmaban alrededor de su cuerpo de tonos oscuros y azulinos.
Su núcleo era rojizo, similar a un corazón, pudiendo verlo fácilmente.
Sin embargo, tampoco fue la pelea más sencilla.
Sus seis brazos formaban bolas dañinas que salían de los tejidos de su cuerpo.
Hanae lo asesinó en cuanto pudo alcanzar su centro palpitante.
Lágrimas de lamento, alegres risas y terroríficos gritos desgarradores salieron de sus distintos rostros al unísono cuando murió.
Se había detenido brevemente en aquel lugar al ver a las almas mentirosas y traicioneras ser castigadas. Por alguna razón, creyó que vería a Kai en ese nivel.
Al momento de llegar al séptimo infierno, el Nivel de la Desesperanza, apenas lograba recuperar el aliento.
Había recibido múltiples heridas, perdiendo dedos, un pie y parte de su oreja en algunas de las peleas.
Y, aunque fueron regeneradas por su transformación, se sentía algo agotada por tal esfuerzo.
Cada demonio fue un reto a vencer; más difíciles que aquellos que conoció en Japón, a excepción de Belioth.
Según la pintura, la cual estaba algo desgarrada y arruinada después de tantas peleas, en ese nivel habitaban las almas soberbias y vanidosas. Era el penúltimo, antes del Limbo, por lo que esperaba encontrarse con Nobukatsu.
Había pasado por un río de almas errantes, enfrentado a un bosque vivo y lleno de espinas como navajas, caminado por un desierto de remordimiento, visto paisajes de lava azul,
peleado con samuráis desalmados y sido testigo del castigo que las almas recibían antes de ser capaces de reencarnar algún día.
Para ella, habían pasado días desde que pisó el Jigoku, pero la realidad es que el tiempo se movía distinto en aquel plano.
Tuvo un ligero déjà vu al avanzar hacia una especie de templo de roca oscura, probablemente arena negra solidificada.
El espacio que veía era similar a la visión que tuvo gracias a la Arena Negra; amplio, con inmensas columnas y una especie de trono en el fondo.
Más allá de los pilares que lo rodeaban, existía un paisaje infernal de altas montañas, árboles rojizos y un halo brillante en el cielo que iluminaba el lugar; como si ese infierno tuviera su propia luna.
Nunca había visto algo similar en toda su vida.
El demonio que se sentaba en ese trono tenía todo un panorama a su disposición y, más abajo, el sufrimiento de las almas.
La idea no le agradaba; de hecho, le recordaba la horrible naturaleza de los seres que había asesinado por años. Sin embargo, había algo de belleza en un lugar tan terrible.
De repente, los vellos de su nuca se erizaron y la sensación de estar cerca de un demonio regresó, al mismo tiempo que unos pasos pesados hacían retumbar a las rocas pequeñas en el suelo.
Poco a poco, detrás de ella, se acercaron algunos demonios.
Eran tres jinetes. Reconoció a uno de ellos; era Belioth, no lo había asesinado propiamente.
Él esbozó una sonrisa con la boca en su estómago mientras pasaba.
Detrás de ellos, alguien más hacía presencia.
El protagonista de sus pesadillas, aquel que encabezaba su lista de odio. La razón de toda la aventura ―y las desgracias― en la historia de la espadachina.
―Hija mía… Bienvenida.
La voz rústica de Nobukatsu se escuchó más cerca y Hanae se giró para encararlo, alzando la vista ante su altura y musculatura.
La mujer lo analizó desde su cabellera negra hasta sus largos colmillos y cuernos.
Pronto cruzaría miradas con aquellas cuencas de amarillo intenso.
Era tal cual fue descrito durante siglos por chamanes o conspiranoicos.
Era similar al dibujo que hizo después de haber usado la Arena Negra.
―No soy tu hija… ―soltó con desprecio.
―Realmente sí, lo eres, no vale la pena negarlo… Sin mí, no existirías. Deberías agradecérmelo.
―Hubiera preferido nunca haber nacido a ser hija de un engendro como tú.
―¡Auch! ¡Qué palabras posees! Tienes la misma actitud que tu madre.
Él rió. Luego de hablar despreocupadamente, se sentó en el trono, haciendo temblar ligeramente el templo.
Hanae se molestó por tal forma de actuar. No era distinto a cualquier otro demonio ególatra, pero esta vez, se trataba de él… Nobukatsu.
―No hables de mi madre… No tienes el derecho. ―Había sacado sus espadas con ira en su mirada―. Hizo un pacto que no debió hacer. Ahora, estoy aquí para acabar con lo que empezó.
―Mm… ―Él la miraba con una garra entre sus colmillos―. Reconozco esa espada de ahí... ―señaló―. ¿Sabías que pertenecía a tu madre? Apuesto que no… Le gustaba guardar secretos.
―¿Cuál es la novedad? Ella me la otorgó en sus últimos minutos de vida.
―También fue una cazadora como tú, o bueno, a lo que ustedes los humanos quieran referirse con «cazador» ―bufó con desdén.
―¿Cazadora…? ―Frunció el ceño ante la revelación.
―Sí… Después de que naciste, la ilusa se negó a cumplir el pacto.
Al parecer se había entrenado en alguna colina, con un viejo mortal que alguna vez cruzó por los ríos del infierno, y comenzó a asesinar demonios.
A cada uno que iba por ti. Vaya mujer… ―Rió levemente ante la satisfacción de haberla llamado suya alguna vez.
Hanae comenzó a conectar puntos. Las preguntas de por qué su madre poseía una espada con obsidiana o quién era la vieja aprendiz de Hotako, Suki, parecieron responderse en ese instante.
Mi madre era una cazadora de demonios. Suki debe ser por «Natsuki». ¡Ella era como yo! O… Yo igual que ella.
Asimiló con impresión. Las conversaciones con Hotako en su infancia, acerca de la aprendiz misteriosa, cobraron sentido. El hecho de ser espadachina era otro secreto que su madre le guardó.
―Pero, un pacto es un pacto y es sagrado, Hanae Yoshida ―mencionó, levantándose del asiento y bajando nuevamente los escalones―. Ni ella, ni tú, ni nadie puede impedir que este se cumpla mientras yo siga con vida… A menos que haga un cambio.
―¿Qué tipo de cambio?
Hanae no despejaba su expresión endurecida, sosteniendo con fuerza el mango de sus espadas en cuanto lo vio bajar de su trono. Sentía que no era hora de conversar, sino de terminar con todo.
―Puedo borrar el pacto, olvidar el sacrificio de tu vida, solo si… te unes a mí.
―¿Unirme a ti? ¿Fue eso lo que le ofreciste a Kai? ―dijo, notando una expresión de desagrado en Nobukatsu.
―Kai… Sí. Pero él no era igual a ti. Él fue… decepcionante. ―Avanzó unos pasos, dejando en el aire dudas de qué hizo con Kai―. A diferencia de él, tú jamás has desistido de tu objetivo. ¡Y aquí estás! A pesar de que puedo llevarte a la muerte.
―¿Lo llamas «decepcionante» por no haberme asesinado?
Las palabras de Hanae lo cuestionaban enormemente, pues, aunque ahora le ofrecía una complicidad, pudo ver lo sucedido con Kai, quien en su momento dudó en asesinarla.
―Déjame decirte… que debió haberlo hecho.